domingo, 7 de septiembre de 2014

T2. Capítulo 18. SOBRELLEVÉ.

Mi móvil parecía que había vuelto atrás en el tiempo. Como si de repente hubiese ganado "La Voz" otra vez. No paraba de sonar. Una y otra y otra vez. Era un agobio. Nuestros amigos, que eran tantos…, no querían perderse un detalle del estado de salud de Malú. Y es que nos había cambiado la vida a todos.
La llegada de Li al hospital fue muy especial. Muy especial porque se echó a llorar al verme. Me abrazó como pudo.
-¿Cómo lo llevas? -me preguntó.
-Lo intento sobrellevar... -reí. -¿y tú? -le sequé las lágrimas.
-Bueno, ya estoy mejor. He pasado unos días chungos…
-Sí, ya sé… -me lo imaginaba.
-Si no, hubiera venido antes. -volvió a achucharme. -lo siento.
-Tranquila. Tienes que ocuparte de otra personita más importante. -palpé su barriga.
-No puedo pasar a verla, ¿verdad? -bajó las cejas tristemente.
-Se supone. -sonreí. -cuando esto esté más despejado de médicos te cuelo. -le guiñé el ojo.
-Pero si ellos dicen que no tenga visitas… será porque es mejor para ella. Deberías hacerles caso.
-No quieren visitas porque esto se colapsaría, y no quieren. -argumenté, mirando de un lado a otro. No había moros en la costa. Agarré el brazo de Li y nos metimos en la habitación, donde estaba José contándole una anécdota de cuando eran pequeños.
-¡Como te pillen verás! -exclamó asustado. -estás hecha ya una experta.
-Cállate, anda. -bromeé. Miré a Lidia. Su cara de impresión era un poema. La verdad es que al principio costaba hacerse a esa imagen de Malú. Porque no era Malú, vaya. Era todo lo contrario.
-Joder… -se llevó las manos a la boca. Acaricié su costado, rodeando su espalda. La llevé a su lado.
-Os dejo a solas. -susurró mi cuñado, que salió por la gruesa puerta.
-Ma…malú. -tartamudeó. -¿me oye? -me miró. Sus ojos estaban entristecidos, pero brillaban.
-Nadie lo sabe. -me encogí de hombros. -pero yo le hablo siempre, por si acaso. -se quedó callada, observando muy atenta a mi prometida. Le agarró con cuidado la mano y la llevó a su barriga.
-Está creciendo. -sonrió. -espero que puedas notarlo. -deseó. -no para de moverse. -yo también me preguntaba si notaba algo. Si llegaba a procesar algo de lo que le decíamos. Si sentía que la estábamos apoyando.
 No estuvimos mucho tiempo allí, por miedo a que nos pillasen. Li y yo hablamos durante un buen rato en la cafetería. A penas había gente. Unas cinco personas sentadas alrededor de la barra.
Después de marcharse, encontré a mis suegros y a mi madre en la sala de espera. José debía seguir  junto a su hermana. Al lado de ellos, una ropa amontonada. Pepe jugaba con un objeto muy pequeño en la mano.
-Toma. -en el centro de la palma de su mano había un anillo. El anillo. Ese que se ahogó entre lacasitos. Ese con el que le había pedido matrimonio. -lo llevaba el día del accidente. -miré la ropa. Era suya. Lo guardé en mi bolsillo con cuidado. Agradecí que me lo dieran, y me senté junto a ellos. -puedes llevarte su ropa y dejarla en casa. -acepté con la cabeza. La cogí. Aún olían a ella. La abracé. No me separaría de esas prendas hasta dejarlas en buen lugar.
-Nosotros nos vamos a descansar. -me dijo Pepi, se levantaron de sus asientos. Menos mi madre, que seguía bebiendo café.
-Yo me quedo contigo, cielo. -me informó.
-Está bien. -dije. Y me despedí de mis suegros. Llegó el silencio y la incomodidad de estar a solas con mi madre. Un hecho que no debería producirse, porque era mi madre, básicamente. Pero bueno, nuestra relación había tenido muchos baches. Era muy extraña.
-Pronto la tendrás en casa. -rompió el hielo. -seguro. -asentí desganada, sin llegar a mirarla. Todo aquello era demasiado duro para mí. ¿Por qué la vida se comportaba tan mal conmigo? ¿Por qué? ¿Alguna vez conseguiría ser feliz del todo? ¿O jamás dejaría de darme golpes? Empezaba a cansarme de sufrir tanto. A mí no me funcionaba eso de "lo que no te mata te hace más fuerte". Era tan débil. Tan sensible. Y desde que nací no he parado de estamparme ni un solo momento. Tiré la servilleta cabreada al vaso de café que tenía en la mano. -¿qué ocurre? -acarició mi muñeca. Me aguanté las ganas de llorar.
-Estoy harta… -mi voz se quebró. Me levanté enfadada e intenté salir corriendo, pero ella me frenó, tirando de mi brazo. Un recuerdo me vino de golpe. Era pequeña, no tenía más de 5 años. Iba a cruzar la carretera, mi madre tiró de mi extremidad de la misma forma. Cuando entonces, un coche a toda velocidad pasó delante de mis narices.
-Eh, tranquila. -me abrazó, intentando calmarme. -está mucho mejor, se va a poner buena enseguida. No llores.
-No es por eso. Es por todo. Es por este maldito mundo… Todo me tiene que pasar a mí. Todo. 

-¿Estás ya mejor? -me preguntó, dándome el tercer vaso de agua.
-Sí. -aunque en realidad solo tuviese ganas de encerrarme en la habitación de Malú y mirarla hasta aburrirme. Me sequé el sudor de la frente con mi propia camiseta.
-Hola. -en el pasillo apareció Úrsula. Me extrañó demasiado que no viniese con Vanesa. Parecía nerviosa. ¿Habrían discutido? -no, no te levantes. -me dijo amablemente. Se sentó a mi lado y me dio dos besos. Mascaba chicle muy rápido, eso me desquiciaba.
-Bueno, yo voy a estirar las piernas. -intervino mi madre, que se marchó nada más decirlo.
-¿Cómo estás? -preguntó preocupada. -ya me lo imagino. -se contesté ella misma. -¿y ella?
-Evoluciona. -moví la cabeza de un lado a otro.
-Eso está bien. -movía sus piernas rápidamente, haciendo sonar los tacones en el suelo.
-¿Te pasa algo? -me atreví a preguntar, mirando sus zapatos. Rió.
-Sí. Pasa que te tengo que contar una cosa importante. No sé por qué me río, no tiene ninguna gracia. Pero bueno. Joder. -empezaba a asustarme.
-¿Qué le has hecho a Vanesa? -intenté hacer de adivina.
-No, no es Vanesa. Vane está perfecta. -el chicle desapareció. O había dejado de masticarlo, o se lo había tragado. -verás… probablemente ésta sea la última vez que hables conmigo.
-Me estás… -me cortó para seguir.
-Quiero que sepas que lo siento mucho. Siento vivir sin pensar.-aquella frase se quedó colgada en mi mente, rebotando por las paredes de mi cabeza. Me aterraba la idea de una mala noticia. Otra más…
-Estoy pasando por los peores días de mi vida. Espero no tener que aguantar otra mierda más. Así que más vale que no me enfades demasiado. -sonó borde. Demasiado borde. Pero mi situación, mi estado de ánimo, y mi cansancio acumulado, rebozaban los límites. El resto me daba igual. Solo me importaba ella.
-Entiendo. -zapateó aún más rápido. Giraba su vista a lo largo de la sala. Evitaba mis ojos verdes.
-Cuando quieras. -me crucé de brazos. Lo cierto era que al principio no me gustaba nada esa mujer. Pero se había ganado mi confianza conforme la fui conociendo. Me demostró que no era la persona que creía. Si ahora estaba a punto de confirmarme que tuve razón, que esa primera impresión sobre ella era correcta, me sentiría la chica más estúpida del mundo por no dejarme llevar por mis advertencias. ¿Qué demonios tenía que decirme?
-Ramira es mi hermana. -dijo, mordiéndose el labio.
-¿QUÉ? -enfurecí. Me levanté de un tirón de la silla y me llevó las manos a la cabeza. No podía creerlo. ¿Había alguien de mi lado? ¿O todos pensaban ir contra mí?
-Déjame que te lo explique. -respiraba aceleradamente.
-No me digas que tú estás detrás de eso. Por favor. No me jodas. -que fuera su hermana no significaba nada.
-Sí… fue idea mía. -sus palabras me hirieron. Destrocé el vasito marrón de café.
-¿POR QUÉ? ÚRSULA, ¿POR QUÉ? ¿QUÉ TE HEMOS HECHO? O sea, flipo. Tus hijos se llevan bien con nosotras. Te los cuidamos… Pensé que te caíamos bien. ¿POR QUÉ ME HAS HECHO ESTO? -no podía entenderlo. No entendía su traición.
-Marina, por favor, siéntate. Déjame que te lo cuente todo, y luego si quieres desaparezco para siempre.

-Ojalá nunca hubieses aparecido… -suspiré, deseándole todos los males del universo. 

3 comentarios:

  1. Dios!! Cada vez esta mas interesante!! Siguela y no dejes de escribir que lo haces genial!!��

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  2. que intigaa!!! proooximo yaaa por favooor, escribes de lujo

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  3. Eres especial escribiendo me encanta sin duda la mejor novela q estoi lellendo sigue y capi pronto

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