viernes, 28 de febrero de 2014

Capítulo 43. CONTIGO APRENDÍ

Sabía perfectamente que aquel hecho me marcaría. Sentía una sensación extraña. Seguíamos allí plantadas las dos, mirando a mi madre. La verdad es que el rencor que nos teníamos se fue disipando conforme los minutos de dolor pasaban. Me levanté y miré a Malú para indicarle lo que iba a hacer. Ella lo entendió con mi mirada. Me acerqué a mi progenitora y le pedí que se levantara. Le di un abrazo. Hacía tantos años que no se lo daba que me resultó hasta raro. Pero… por mucho tiempo que hubiese pasado, ese abrazo era un abrazo maternal. De madre a hija. Se derrumbó de nuevo, ahora en mis brazos. Lloraba muy fuerte.
-Tranquila. -le dije en el oído, llegué a acariciarle el pelo. Fue un acto reflejo. -Mamá…
-¿Me has llamado mamá? -preguntó separándose. Sus ojos se iluminaron. No pude evitar sonreír. ¿Qué estaba haciendo? Supongo que la muerte de mi padre nos había ablandado y enterramos por un momento el hacha de guerra. Volvió a tumbarse en mi hombro mientras moqueaba. Al fin dejó de chillar. -Te quiero, hija. -lo dijo apretándome más fuerte. No pude evitar llorar. Lo hice flojito, sin exagerar. Fueron unas lagrimillas de nada. Da igual que fuesen pequeñas, yo no las pude contener. Lo necesitaba, necesitaba desahogarme. En el fondo la echaba muchísimo de menos. Todo el mundo echa de menos una madre. Yo había estado viviendo sin ella… y no existía nada más complicado que eso. Besé su frente. Poco a poco fuimos calmándonos. Me di cuenta de que Malú ya no estaba en su asiento, ni en la sala. Nos había dejado a solas. -Lo siento tanto… -moqueó. -ojalá pudieras volver a nacer… y empezar de cero. Juro que sería diferente.
-Aún no es tarde… -la animé.
-¿Eso quiere decir que me perdonas?
-Lo que me hicisteis no tiene perdón… -dije, separándome de su cuerpo.
-No vuelvas a desaparecer. -se agarró bruscamente a las solapas de mi chaquetón. -Por favor. -rogó en un suspiro. Yo no supe que contestar. Me callé. -¡Por favor! ¡Por favor! -repitió, tirando de mi prenda de vestir.
-Cálmate. -le pedí. -esta decisión tendré que pensarla mucho… entiéndeme. Sabes perfectamente por lo que pasé. Y tú lo permitiste, mamá.
-Era tu padre. -era fácil echarle la culpa al lado, y ahora más, porque no podía defenderse.
-Podías haberle frenado. -argumenté.
-Y entonces me hubiera pegado a mí también. -dijo fríamente.
-Pero entonces las cosas serían de otra manera, podíamos haber escapado las dos, podíamos haber luchado juntas. -nos quedamos calladas unos minutos, mirándonos a los ojos, esperando a que la otra siguiera hablando, pero no pasó. No continuamos aquella conversación. -Bueno, hasta pronto. -me di la vuelta. Me sujetó del brazo. Sabía que haría eso.
-No te vayas… por favor. No quiero volver a perderte.
-En realidad nunca me has recuperado. -me dolió decirlo. Me costó sacarlo. No me atreví a mirarla. Bajé la cabeza. Se produjo un silencio incómodo.
-La semana que viene vuelvo al pueblo. Si quieres que nos veamos antes… llámame.
-No tengo tu número. -le dije, ella sonrió porque pensó que eso significaba que la llamaría. Pero no era así. Tenía que darle muchas vueltas todavía. Lo apunté en la agenda y me despedí con otro abrazo. Esta vez mucho más corto que el anterior. No quería crearle falsas esperanzas. Al cruzar la puerta volví a oír su voz:
-Estoy sola, eres lo único que me queda. -no me giré. Seguí hacia delante con la mirada perdida.
-Cariño. -Malú me sorprendió. Se levantó corriendo del taburete que estaba junto a la barra y me abrazó. -¿Cómo ha ido?
-Ahora te cuento. -le dije. No me apetecía hablar nada en el bar porque todos nos miraban. Malditos cotillas. Nat y Vane me lanzaron una mirada de complicidad y apoyo. Fui a darle las gracias por avisarme y me subí al coche. Ella no arrancaba. Fijó sus ojos en mí desde el asiento del conductor. Yo estaba con la cabeza agachada intentado asimilar lo que acababa de pasarme. Su helada mano acarició mi brazo.
-¿Te llevo a casa? -preguntó.
-No me apetece ir a ningún sitio… -no entendía mi mal estar. Estaba tan confundida por el suceso anterior que estaba en una especie de depresión extraña. Estaba totalmente decaída. Dejó de mirarme y se puso en camino. -¿A dónde vamos?
-A respirar. -dijo. No sabía muy bien a donde me llevaba, de todas formas me daba igual… yo no quería estar en ningún sitio. Apoyé la barbilla en mi puño y me dediqué a mirar y no mirar por la ventana. El paisaje corría ante mis ojos, ojos que no captaban esas imágenes. Mi cerebro proyectaba una y otra vez la escena de mi madre llorando. -No llores… -oí a Malú, que frotaba mi pierna. Yo ni me había dado cuenta que lo estaba haciendo.
-Para el coche. -le pedí con los ojos encharcados. Me hizo caso y salí a la carretera. Era una especie de carril. No estábamos dentro de la ciudad, íbamos dirección a la montaña en la que estuvimos con Li. Sabía entonces a donde me llevaba. Me desperecé y me tiré en el borde de la carretera que la separaba de una especie de campo. 

Oí un portazo, había salido del auto. Se sentó a mi lado. Hacía un aire horrible, pero no me importaba. Necesitaba aire limpio. -No sé qué hacer.
-No hagas nada. -me agarró de la cintura y me obligó a echarme en su hombro. El viento empezó a molestar.
-¿Tú qué harías?
-No lo sé… es algo muy complicado. Es algo que tienes que vivir… -hablábamos muy lento, con largas pausas mientras nuestras melenas bailaban en el aire.
-¡OS VAIS A RESFRIAR! -gritó alguien desde un coche que iba a una velocidad muy lenta.
-Tiene razón. -rió Malú, pero no se apartó.
-La verdad es que ahora mismo me importa bien poco eso. -bufé. Me acerqué un poco más a su cuello. Su olor me hacía sentir mejor.
-Ay, que me haces cosquillas. -rió al sentir mi nariz en su garganta. Yo sonreí levemente. Su risa me animó. Se giró despacio y observó mis labios. Pensé que iba a besarlos, pero no. Se quedó así. Me acerqué y fui yo quien besó los suyos, con todos los pelos por la cara. Estaban helados. La temperatura era nuestro peor enemigo ahora mismo.
-¿Me llevas a casa?
-¿Yo qué soy ahora, un taxista?
-Algo así. -bromeé, encogiéndome de hombros. Nos subimos al coche entre risas. Al cabo de un rato, me di cuenta que no íbamos a Alcalá. -Por aquí no es…
-Sí que es.
-No. -negué muy convencida. Había visto el cartel dos veces, y las dos veces había tomado el camino contrario.
-Me has dicho que te lleve a casa…
-Sí… y te has pasado la entrada dos veces.
-Has dicho a casa. -sonrió plenamente. Ahora lo entendí. -bueno, si quieres doy la vuelta.
-No, no. -nada me apetecía más que dormir en compañía. O al menos, intentarlo. Sabía de sobra que no lo conseguiría.
Al llegar a su casa,  mientras cenábamos, sonó un mensaje en su móvil. No hizo falta mirar la llamada… se acordó de golpe. Yo también lo hice al ver su cara.
-¡Vero! -habíamos quedado con ella para preparar el cumpleaños de Malú. Le escribió algo al whatsapp a la vez que masticaba sonriente. A saber que estaba poniendo. Se quedó mirando el teléfono esperando una respuesta. Soltó una carcajada que me hizo reír a mi también. Su risa era jodidamente contagiosa.
-¿Qué haces loca?
-¡Dime, dime, dime, si estoy loca! -me cantó. Yo me eché a reír con las pocas fuerzas que tenía.
-Lo estás…
-Le he dicho que nos ha dado un ataque de "lof" y hemos parado en una gasolinera. -reí tan fuerte que se me saltaron las lágrimas.
-¿MALÚ? ¿PERO QUÉ DICES?
-Es mucho más creíble que la historia de verdad. Hija, que vida tan… emocionante. Parece una peli. -yo seguía riéndome mientras la oía de fondo.
-Estás como una cabra.
-Y te encanta. -sonrió como siempre lo hace, a quemarropa. Asentí sonriente.

Estaba ya casi dormida, con su cuerpo medio echado en mi. Su respiración iba a la misma velocidad que la mía. Eché su pelo a un lado, apartándolo de su cara. A mí me esperaba una larga noche, una de las más largas y duras de mi vida.
-No me dormiré hasta que tú lo hagas. -dijo. Eso se lo creía ella. Estaba que no podía más, podía verlo en sus ojos.
-Claro. -reí.
-Que sí, jo. -me pegó un pequeño puñetazo en mi pecho. Fingí que me dolió y me pidió que no me riera de ella, pero lo hice. Era inevitable, era tan divertida que podía sacarme una sonrisa aunque me faltaran horas para morir. Estaba completamente segura de que lo haría.

Al cabo de una hora cayó rendida. Sus párpados cerrados y su mano en mi pecho. Fue el momento perfecto para ponerme a pensar yo sola. Tenía una conversación pendiente conmigo misma. ¿Qué haces ahora, Marina? ¿Perdonamos a mamá? Dicen que padres solo hay unos… Una lágrima se me escapó. Me sentía fatal. No lloraba su muerte, lloraba el no haber llorado. No haber derramado ni una sola gota por su fallecimiento. No era capaz de hacerlo, no era capaz de ponerme triste. El único motivo de mis lágrimas era ese, el no sentir pena. ¿Cómo podía ser así? Era mi padre. Me había dado la vida. Sin él, yo no existiría. Ahora solo podía hacer una cosa, perdonar a mi madre. Recuperar el tiempo perdido con ella, al fin y al cabo, ella había conseguido sacarme adelante. Me había regalado el vivir y el ser como era. Con ella aprendí a caminar. Merecía una segunda oportunidad. Sí, eso era. Una segunda oportunidad. La llevaría a mis conciertos y la tendría a mi lado siempre. Sonreí al pensarlo. Volví a sentirme hija. 

jueves, 27 de febrero de 2014

Capítulo 42. INEVITABLE.

Malú se relamía el dedo. Yo reía sin parar, no solo por su comportamiento, sino también por el de Mari, que seguía boquiabierta sin poder creer lo que acababa de oír. Cogí mi cuchara y la rellené de helado. La metí en su boca y sonrió.
-Es que está muy bueno…
-Espera, vamos a ver, analicemos. -dijo Mari con la voz temblando. Juntó sus manos y empezó a moverlas. Intentaba decir algo por sus movimientos de boca, pero no lograba articular palabra. -Vamos a ver… -repitió.
-¿Quieres probar el mío? -me preguntó Malú, yo asentí con la cabeza y me dio a probar de su helado.
-Riquísimo. -sonreí. -como tú. -Ella soltó una risilla. Me entraron ganas de besarla.
-Qué fuerte… qué fuerte. -balbuceaba Mari. Creo que no se estaba dando cuenta que lo decía en voz alta. Ella y yo seguíamos con el tonteo del postre ajenas a la cordobesa. -¿¡QUERÉIS ECHARME CUENTA!? -mi chica y yo volvimos la cara sorprendidas. Al fin reaccionó. Nos incorporamos en los asientos y nos decidimos a escuchar. -No sé por dónde empezar… A ver… cálmate. -imposible que no se nos escapara una risa. Ella seguía muy seria. Aún no lo había asimilado. -a ver, ¿soy la mánager de la novia de Malú?  
-Pues sí. -contesté. -básicamente. Sin sentido alguno, comenzó a iluminarse lentamente una sonrisa en su cara. Parecía feliz de aquello. Se sentía orgullosa, podía notarlo.
-¿Esto no lo sabe nadie? -no era tonta, ni mucho menos.
-Algunas personas. -intervino Malú.
-Puntuales. -añadí. Ante esto, cerró una cremallera imaginaria en sus labios. Sonreímos por ese gesto. -¿Algo más?
-Si queréis contarme vuestra historia… seré todo oídos.
-¿Y si no queremos? -me encantaba cuando la artista se hacía la borde y luego se reía, dándonos cuenta de que era una broma. Pasamos la tarde en aquel restaurante, si se le podía llamar así, contándole a Mari todo. Ahora estaría mucho más cómoda con ella, prácticamente lo sabía todo. Me daría confianza. Quería o no, tenía que pasar mucho tiempo con mi mánager, y que mejor que llevarnos así de bien.
-Si me lo has contado es porque confías en mí… -cayó en la cuenta ella sola. -Gracias, es importante que lo hagas. -no se me ocurrió otra cosa que responderle con una gran sonrisa.
-Oye. -la llamó Malú, cogiéndola del brazo. -¿puedo proponerte algo, representante de Marina?
-Lo que quieras, hija de Pepe de Lucía. -rió ella. Esas contestaciones de Mari eran únicas. Ese desparpajo me encantaba.
-¿Puedo invitarla a cantar conmigo en algún concierto? -me miró de reojo mientras se lo proponía. Yo desvié mi mirada a María. Las dos asentimos sonrientes una y otra vez. -Guay. -dijo satisfecha. -Se me ha ocurrido que podrías venir al de Madrid.
-¿Yo? ¿En el Palacio de los Deportes? Je je je je. -reí de esa estúpida forma, respirando fuerte en cada JE. Era un JE irónico, muerto de miedo. Comencé a girarme y me iba a levantar, cuando Malú me tiró de la manga, colocándome en mi sitio de nuevo.
-Sería una gran oportunidad para promocionar el disco. -opinó Mari.
-No lo dudo. -solté. -pero…
-¡PERO NADA! -chilló Malú, para mi sorpresa. No me lo esperaba. -Vienes y punto. -dio un golpe en la mesa. -Soy tu productora, ¿qué mejor forma de hacerte publicidad?
-¡ES MALÚ! -oímos un grito que venía no de muy lejos. Una avalancha de gente se formó de golpe y venía hacia nosotros. Nos levantamos agitadamente de la mesa y recogimos el chaquetón de la silla a toda velocidad, la mía se calló del tirón que le metí y salimos corriendo.
-¡POR AQUÍ! -nos guió un amable trabajador. Nos cedió la puerta de atrás y buscamos el coche.
-¡NOS VEMOS MAÑANA! ¡GRABAS CON PABLO! -me avisó mientras me metía en el coche con mi novia. Ella siguió adelante, buscando su mini adorable. Malú arrancó su audi a una velocidad de vértigo y tomó la carretera ágilmente. Me toqué el pecho, el corazón iba muy rápido.
-Acostúmbrate. -sonrió, dándome una palmada en el muslo.
-No sé si llegaré a hacerlo. -dije.
-Ya verás cómo sí. -soltó con seguridad. Yo no seguía muy convencida. No me veía capaz de acostumbrarme a tal cosa. Era tan extraño para mí.
Pasaron dos semanas, dos semanas en las que terminé el disco. Grabé la canción con Pablo y empecé a entablar aún más confianza con el resto de músicos. Pronto empezaría la promoción, lo que significaba horas de entrevistas, viajes, hacer y deshacer maletas, decirle al mundo que esa era mi música y esa era yo. De encontrar gente que apreciara lo que hacía. De encontrar un apoyo. Fueron dos semanas estresantes. La presión que ejercía Paula sobre nosotros era bestial. Todo parecía ir bien, entonces aparecía su moño en la puerta trayendo problemas. Tal vez fuese una antena parabólica para atraerlos… Por lo demás, todo iba genial. Pedro seguía con su tranquilidad desquiciante, Ricky con su timidez, Merce con su desparpajo y Pepe Luí mejorando sus chistes. Li y López seguían con sus piques, sin que mi amiga cediera a empezar una relación con él. Todos sabíamos que le gustaba Pablo, se le veía a leguas de distancia… pero se hacía de rogar. Por otro lado, Malú y yo cada día nos sentíamos mejor juntas. Confiábamos la una en la otra y nos queríamos muchísimo. Quizás demasiado para el tiempo que llevábamos. Justo este día habíamos quedado con Vero para preparar su cumpleaños. Faltaban tan solo unas semanas… Acababa de entrar marzo. Íbamos en el coche, ella conducía, y yo jugaba con el móvil. Lo lanzaba y agarraba en el aire. Malú se puso nerviosa, pero yo seguí.
Una llamada que no esperaba llegó, haciendo sonar el teléfono.
 -¿Quién es?  
Me quedé mirando la pantalla del móvil un momento. -Vanesa.
-¿Vas a cogerlo? -preguntó, sin interesarse mucho. Después de otro instante notando cómo vibraba en mi mano, me decidí a descolgar.
-No quiero alarmarte… pero tu madre está en el bar. -se me cambió la cara. Llevé mi mano a la pierna de la conductora y la aferré con fuerza. Ella me cogió la mano y la apretó.
-¿Qué ocurre? -preguntó preocupada al ver mi cara. Yo no podía responderle, me temblaba el pulso. Puse la llamada en altavoz para que pudiera entenderlo ella misma.
-...dice que no se va de aquí hasta que aparezcas. -continuó.
-¿Quién dice eso? -interrogó mediante un susurro.
-¿Qué le digo? -preguntó Vane. Malú agarró con más fuerza mi mano. -Marina, está llorando. No para de dar golpes, está muy enfadada con el mundo… ya lo entenderás. No quiere que te lo diga… prefiere hacerlo ella.
-Ya voy. -logré decir, pero con voz muy bajita. Colgué. -Cariño… mi madre… está en el bar. -El resto de la conversación ya la había oído. Me miró asustada, sin soltar mi mano. Sabía que podía contar con ella.
-Cambio de rumbo. -dijo. -voy a soltarte la mano para girar el volante, ¿vale? -asentí con la cabeza, aunque no tenía ningunas ganas de que eso ocurriera. Echaba de menos apretarla cuando la soltó. -soy muy pava para conducir solo con una. -rió, yo sonreí tímidamente. Entramos en carretera recta y pudo agarrarla de nuevo, gesto que me ayudaba mucho. Ese castañeo en las piernas me recordó a aquel viaje en el tren hacia los estudios de La Voz. Pero los nervios era distintos, completamente diferentes. Aquellos nervios eran de emoción, estos de miedo. Habían pasado dos semanas. 14 días desde que no tuve noticias sobre ella. Al principio pensaba mucho en ella, cada noche me venían a la cabeza recuerdos de pequeña… pero después fui acumulando trabajo y acabé de olvidar el tema por completo. De esa cosa tan importante que tenía que contarme. Sin yo darme cuenta, apreté con más fuerza su mano. -Ya estamos cerca, mi amor. -besó mi puño, que estaba agarrado a fuego a ella. -El bar estaba a tan solo un giro. -¿Quieres que vaya contigo? -querer quería… pero no sabía que me iba a encontrar.
-No sé qué va a pasar ahí dentro…
-No me voy a asustar, habré visto cosas peores. -yo tampoco iba a insistirle mucho, en realidad necesitaba que me acompañase. 
Entramos juntas en el local a un palmo de distancia. Ella me seguía con la cara agachada, tapándose el rostro con el pelo. No había mucha gente, dos o tres mesas con familias. En la barra estaban los cuatro viejos de siempre. Vi a Pedro tras la barra y lo saludé levantando la mano.
-Están en el comedor de atrás. -dijo, señalándolo. Lo utilizábamos para los bautizos y bodas. Era enorme. Entré y vi a Vanesa sentada a su lado. Natalia intentaba tranquilizarla acariciándole la espalda y mirándola sin quitar ojo.
-Buenas noches. -dije al entrar. Todos clavaron la mirada en mí, menos ella, que tenía la cabeza agachada y roja como un tomate. La mesa estaba llena de clínex. Vanesa frunció el ceño y se acercó a mí junto a su tía.
-No seas dura. -me abrazó, sin yo entender muy bien el mensaje. Le dio dos besos a Malú, ésta la miró fríamente. Se fueron después de que Nat nos saludara también y me advirtiera de su estado. No sabía cómo afrontar aquello. Si sentarme a su lado o al frente, si preguntar o esperar a que hablase. Volví a aferrarme a su mano y la miré. Sus ojos apuntaban a mi madre. No tenía ni la menor idea de que pensaba. No supe leer esa mirada. Tiré de ella hacia la mesa y al fin alzó su cara para vernos. Plantó su mirada en María Lucía.
-¿Es tu amiga? Se me parece mucho a Malú. -preguntó extrañada, con los ojos rojos y la cara casi morada.
-Es Malú. -reímos las dos.
-¿MALÚ? -parpadeó varias veces. -¿y qué hace aquí?
-Mamá, es… -abrió los ojos y pude comprobar que no había ni un claro blanco en ellos. No hacía falta que terminara la frase, lo había captado.
-Vaya… pensé que seguías con Vane…
-No. -negué con la cabeza a la vez que lo decía. Me hizo un gesto para que me sentase enfrente.  Lo hice, y mi chica se colocó a mi lado. Escondíamos nuestros dedos entrelazados bajo la mesa. 
-¿Recuerdas el día que te llamé al concurso…? -preguntó. Yo asentí con la cabeza. No era capaz de segregar la saliva suficiente como para hablar. -hacía meses que te buscaba, y al verte no dudé en llamar e intentarlo… lo hice miles de veces hasta que lo conseguí… pero pasaste. Luego en el metro otra vez… Te escapaste dos veces… y ahora ya es tarde. -se le quebró la voz y rompió a llorar en la última frase. -¿SABES CUÁNTO TIEMPO LLEVABA INTENTANDO CONTACTAR CONTIGO? ¿LO SABES? ¡Y SALISTE HUYENDO! -alzaba la voz mientras sus lágrimas se derramaban. Yo sentí miedo… Malú puso su otra mano sobre las ya enlazadas. Me escurrí algo en la silla, echándome hacia atrás. -¡Y TODO PARA QUE TE DESPIDIERAS! -¿Despidieras? ¿A qué se refería? -PERO YA NO PUEDES, MARINA, TU PADRE SE MURIÓ HACE UNA SEMANA. -un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi progenitora se echó en la mesa, tapando su cara. Pude oír sus gritos llenos de dolor. Me quedé totalmente de piedra, sin saber cómo reaccionar. No me salía llorar… tampoco decir nada. Entré en una especie de shock, aunque yo seguía consciente, no terminaba de creerlo. Por un momento olvidé todo lo que me rodeaba… olvidé que mi madre estaba berreando frente a mí, que Malú estaba mirándome cual pasmarote sin saber qué hacer, olvidé que estaba en el bar, olvidé hasta mi nombre. Solo recordaba la última vez que le vi, ¿hacía cuánto? ¿siete años? Me sentía la peor persona del mundo… Quizás debí haberla escuchado. Deseé haberme dado la vuelta aquel día en el metro. Respiré hondo y volví a mi.
-¿Estás bien, cielo? -me preguntó. No recuerdo cuando puso su mano en mi espalda… pero estaba allí, paseando desde el cuello hasta abajo. No le respondí, la miré. Mis ojos solo le pedían que saliéramos corriendo. Seguía presa del pánico. No terminaba de creerme sus palabras. Era lo último que esperaba. Ni se me había pasado hipotéticamente por la cabeza. Esperaba que me diese más detalles…
-¿Cómo fue? -tuve que preguntar.
-Le detectaron cáncer mientras tu cantabas felizmente. -dijo sin mirarme a los ojos. Probablemente no sería capaz de decírmelo a la cara. -Estaba muy avanzado… no podían hacer nada. -volvió a romperse su voz y no pudo evitar que sus lágrimas volvieran a aflorar. Me impuso ver aquel iris verde, que había heredado yo, inundado. Inevitable recordar una escena… una escena que la tengo grabada en mi mente y que recuerdo como si hubiese ocurrido ayer. Llegué del instituto tarde, bastante tarde, una hora de retraso. Todo porque la profesora de historia nos había castigado… de igual forma, mi padre se cabreó. Creía que yo le mentía… Después de una serie de insultos insinuando que había estado con Vanesa haciendo cosas que Satán me ordenaba, me linchó una paliza con el bate de béisbol de mi primo. Mi madre lloraba desconsoladamente, intentando detenerle. Eran los mismos ojos que ahora… -¿Ni una maldita lágrima vas a derramar por tu padre? ¿Ni una?  -aquellas palabras me hicieron sentir la peor hija que pudiese existir.
-No creo que merezca mis lágrimas. -lo dije seria, sin temblar, pero me dolió.

-No, si en el fondo… te entiendo. -unió sus dedos. Mordió su labio y cerró los ojos. 

lunes, 24 de febrero de 2014

Capítulo 41. Y QUE PEQUEÑA QUE SOY

Tenía por seguro que esa noche no pegaría ojo. Y no me equivoqué. Los párpados no hacían el esfuerzo de moverse, y mis pupilas tampoco parecían tener ganas de moverse. Estaban quietas, observando el color blanco del techo. Las dos de la mañana. Oí en mi cabeza la frase que me había soltado Mari antes de despedirnos: Mañana sesión de fotos para el disco, duerme bien. Pero bien que estaba durmiendo… ¿Qué querría mi madre? Quizás debí darme la vuelta y resolver aquel asunto. Debía haber tenido la valentía suficiente. La madurez de volverme a ella y pedirle que me contara eso y me dejase en paz. Hacía tantos años que no la veía… No entendí si quiera cómo pude reconocerla. Supongo que el cruce de nuestras miradas lo dijo todo. Aún tenía la imagen de su rostro grabada en mi mente. Su cara de  sorpresa al verme. Su voz retumbaba en mis oídos, aquellas palabras… ¿Por qué razón me buscaba? Cuando me escapé, el móvil se llenó de llamadas suyas. A eso de los dos o tres días decidí contestar a una y explicarle que jamás volvería al infierno de hogar que tenía. Desde aquella cruel y dura frase no volvió a hablar conmigo. Ni trató de volver a hacerlo. Era el hazmerreír del pueblo y ellos no intentaron defenderme. Mi madre ignoraba las burlas, pasaba de largo. Sin embargo, mi padre echaba más leña al fuego. El móvil vibró, cosa que me extrañó a estas horas de la madrugada.
-¿Estás despierta? -preguntó Malú. -Sí, si estás despierta. -dijo muy lista. Seguramente al verme "en línea". No supe que contestar, ella ya se había respondido sola. Al cabo de los segundos recibí otro mensaje suyo. -¿No tenías mañana la sesión de fotos?
-Sí… pero no paro de darle vueltas a lo de mi madre. -los ojos comenzaron a picarme por la intensidad de la luz del teléfono en la tremenda oscuridad de la noche.
-Yo tampoco puedo dormir… también estoy pensando en ello… -puso. Me hizo sonreír en cierto modo. Sentí que se preocupaba por mí.
-Cariño, te quiero. -solté. Me apetecía decírselo. Me contestó con una de esa carita tan mona que manda un besito con un corazón.
-Bueno, te dejo que intentes dormir. Mañana tienes que estar llena de energía. -era lo más correcto, al fin y al cabo. Apagar el móvil y dormirme, aunque fuera bajo el efecto de unos somníferos. Nos dimos las buenas noches y dejé el teléfono en la mesilla de noche.
No llegué a completar ni las cinco horas de sueño… llevaba unas ojeras que asustaban a cualquiera. Me miré al espejo y estuve un rato buscando mis ojos. No querían aparecer. Toda luz me molestaba. Estaban enterrados, escondidos a la luz. Mari me iba a matar.
Porté unas gafas de sol para ocultar el estado de mis ojos.
-No hace sol para llevar unas gafas. -observó mi representante al subirme a su coche.
-Ya… las llevo de complemento. -dije mientras me rascaba el pelo. Me puse el cinturón para ignorar su mirada. Me quitó las gafas, hice el intento de retenerlas pero fue tardío. A mis reflejos esa mañana no se les podía pedir más.
-¿¡SE PUEDE SABER QUE HICISTE ANOCHE!? ¡NUNCA PENSÉ QUE SERÍAS UNA FIESTERA SIN PREOCUPACIONES CUANDO TE CONOCÍ!
-¡No lo soy! ¡Te lo aseguro! -contesté con la máxima sinceridad.
-Se coge antes a un mentiroso que a un cojo…
-¡Qué es la verdad, Mari! -exclamé, ella condujo más rápido de lo normal. Me tuve que agarrar al asiento algo asustada.
-¡YO NO ME CHUPO EL DEDO! PERO, ¿SABES QUÉ? ¡YO TE VOY A PONER DERECHA! -dio volantazos. No me extrañaría nada que dentro de poco un helicóptero y cientos de coches oficiales nos persiguieran. Sí, hubo una época en la que estuve enganchada a GTA. Miré agachada y avergonzada mis vaqueros. Bajar la cabeza era lo más digno que podía hacer. -¡Solo te pedí que durmieras! ¿TAN DIFÍCIL ES?
-Mari, no estuve de fiesta, estuve en la cama depresiva. -dije al fin. No podía seguir oyendo aquella bronca que no merecía. Pegó un frenazo al ver el semáforo en rojo y ambas . -te contaré todo, pero vamos a necesitar mucho tiempo.
-Bah, seguro que bollo dramas de esos. -se me escapó una risa.
-¿Y tú como sabes que yo…? -no me dejó terminar la pregunta.
-He investigado sobre tu vida, hija. Trabajo para ti.
-¿Debería tener miedo?
-Pensé que lo habías tenido ya. ¿ME HAS VISTO? -di un salto al escuchar ese espontáneo e inesperado grito. Rió a carcajadas, unas carcajadas de malvada.

La sesión de fotos no pudo ir peor. El fotógrafo era tan inexperto como yo. Hicimos un millón de capturas al menos. Vi tantos flashes como estrellas en el cielo. Fue una auténtica tortura.
-No estás muy fotogénica hoy, ¿eh? -preguntó el pedazo de huevón. Estaba muy histérica.
-Ayer no tuve un buen día. -argumenté borde, mientras dos maquilladoras me repasaban la sombra de ojos.
Un fondo azul, con tonos oscuros y otros más claros era el único decorado que tenía. El presupuesto no daba para mucho. La foto que más divertida, y más yo era en la que salía montada en una silla con la mano al viento y sobre una sola pata. Sacaba mi lado más infantil, el que aún se me escapaba de vez en cuando.
-¿Por qué no le haces una con la guitarra? La ha traído. -opinó mi mánager. A mí me fascinó la idea. Me la traje con vistas a eso. Mari se la llevó a Gabi, el fotógrafo. Me la acercó e hicimos varias fotografías con mi mejor aliada.
-Venga, ya es suficiente. -dijo, acercándose y quitándome el instrumento. Al llevarlo hacia Mari, se le resbaló y cayó al suelo. Me entraron unas ganas de levantarme, coger la guitarra y pegarle en la cabeza con ella. Respira, Marina, respira. Me mordí la lengua. Mi guitarra, joder. La guitarra que me había regalado Malú. Mi preciosa guitarra.
-¡MANAZAS! -le chilló ésta. ¿Para qué alterarme? Ella lo hacía por las dos. No sé cómo no me levanté de la silla y lo empotré contra la pared de ladrillos que tenía justo al lado. La cogió y tocó algunas cuerdas.  
-Está viva. -ni se inmutó. La rabia me estaba matando por dentro. ¡CASI TE CARGAS MI PRECIADA GUITARRA! Tenía más valor del que pensaba, eso seguro.
-¿Sabes el cariño que le tengo? -le pregunté retóricamente.
-Perdona, hija. -encima le molestó. No podía con mi mala ostia. A pesar de ello, tuve que sonreírle a su cámara para que mi disco quedara con un aspecto más o menos decente. Aunque sonriera, forzosamente además, solo tenía ganas de levantarme y estrellarle la cámara en su cara. -Ya está. Gracias por tu paciencia, estoy empezando. -torció la sonrisa. -espero tener muchos proyectos como éste. -Ojalá no, por el bien de los clientes… -Mucha suerte con el disco, espero que me envíes una copia. -me dijo un codazo sonriente. Sonrisa que no devolví.
-Por… supuesto. -dije. Creo que la ironía se notó demasiado. -Mucha suerte para ti también. -porque la iba a necesitar. Maldito descarado.
-¡Marina! -exclamó Mari al verme ya vestida con mi ropa. Giré la cara para mirarla.
-Vente conmigo a comer, tenías algo que contarme, ¿no? -acepté, asintiendo sin mucho entusiasmo. No tenía ganas de revivir esa mancha del currículum de mi vida. Me agarró por la cintura y me estrujó en su pequeñín cuerpo. -Nos llevamos muy bien, jefa. -era la primera vez que me llamaban así y me quedé algo desorientada.
-No tengo muy claro quién de las dos es la jefa. -reí. Ella mandaba sobre mí, mucho más que yo sobre ella.
-¿Mc Donald´s o Burger King? -preguntó entre risas, evitando mi anterior comentario.
-Qué original.
-Me apetece comida basura. -si es que no podía ser más ordinaria. El moño comenzaba a pasarle factura, aún así, me encantaba su lado choni. Era divertido y muy gracioso.
-Me da un poco la risa… -dije al sentarme frente a ella con la cajita que contenía la hamburguesa. -nunca se me había ocurrido este lugar para hablar de un tema como éste.
-¿Tan malo es? Seguro que es una tontería. -ya estaba acostumbrada a eso. Todo el mundo le quitaba importancia a mis problemas simplemente por mi apariencia. Parecía una chica normal, feliz. Siempre sonreía, por lo que nadie se imagina lo que pasó. Desde que me fugué empecé a ver la vida de color de rosa. Las facturas de la luz de las que se asusta la mayoría para mí solo eran un pequeño obstáculo. Cualquier problema que se me presentara para mí era más pequeño… me afectaba menos que a otros. Era lo que tenía vivir con un trauma como el mío. Hacía empequeñecer el resto de dificultades.
-Sufrí maltrato por parte de mis padres. -solté sin anestesia. Mari se quedó con las mano en la hamburguesa y con la boca abierta, a punto de darle un mordisco. Un poco de baba bajó por su barbilla.
-Joder. -soltó la comida en la caja y se limpió la baba. Me sentí un poco mal. Le había cortado el apetito. Con las ganas que tenía de su comida basura. -Pero… cuéntame más. Todo. Siento haber inf… inf…
-¿Infravalorado?
-Eso. Infravalorado tu problema. Y yo que pensaba que estabas de fiesta… y tú… ahí…
-No, no. Ya no me pegan. Bueno, no pueden. -le expliqué la historia desde el minuto cero. Conforme ésta avanzaba, nuestra comida iba desapareciendo, yendo a parar a nuestro hambriento estómago.
-¿Y ahora no tienes novia? -preguntó, muy cotilla. -debo enterarme de todo. No es nada malo. -había observado mi incomodidad. -¿Quién es? -¿CÓMO MENTIRLE A ESTA MUJER?
-Nadie. -reí, tirando la servilleta. -¿postre?
-¡A mí no me hagas la cobra! -me levanté, caminando hacia el mostrador. -¡Tú! ¡Vuelve aquí! ¡Te lo ordeno! ¡JEFA! -ahora todo cobraba menos sentido. Me ordenaba… pero yo era la jefa. Extraño. Me tiró una servilleta. Impresionante su puntería, me dio justo en la nuca.
Cogí el móvil y rápidamente marqué el teléfono de Malú, el cuál sabía de memoria. Era estúpido, existiendo la agenda… cosas de Marina.
-¿Puedo contárselo a mi mánager? -pregunté rápidamente, eché la vista atrás, vi que se había calmado. Oí un silencio. No sabía que responder. -Entenderé lo que me digas. -pensé que ayudaría.
-Vale…
-No voy a contarle nada que no quieras. -eso que lo tuviese claro. -si no estás de acuerdo, no lo haré.
-Espera, ¿dónde estáis? -le dije el sitio de mi ubicación y colgó. Sonreí mirando el móvil. Sí, había colgado. Eso significaba que en nada aparecería por la puerta. Hice el paripé, dejando que otros se colasen para hacer tiempo. Volcaba la cabeza una y otra vez, esperando verla. Al fin, entró con unas gafas de sol y el pelo cubriéndole la cara. Sonreí al verla. Levanté la mano para que me viese y le señalé la mesa donde estábamos sentadas. Mari estaba en el baño, la sorpresa que se llevaría cuando volviese iba a ser menuda. Pedí tres helados y me acomodé a su lado.
-Hola princesa. -la saludé, quedándome con ganas de un beso.
-Hola. -sonrió. Le tendí su helado y negó con la cabeza. -acabo de comer con Rubén. -dijo tocándose la barriga.
-Bueno, pues para mí. -reí.
-Eres una foca. -dijo con desprecio.
-Pues cómetelo. -el chantaje sirvió, y empezó a dar las primeras cucharadas. Mari apareció y se acercó a la mesa, iba a darse la vuelta. Pensó que se había equivocado, pero volvió a girarse y la saludé con la mano.
-¿Y esta joven? -preguntó extrañada, acomodándose. -Me suena su cara… -Malú rió y bajó sus gafas. Sonrió. Aquella sonrisa era famosa y delató su identidad. -¡MA…! -corté su exclamación con un pisotón. -Perdón. -se le escapó una risilla. -¿Qué haces aquí?
-¿No querías conocer a su novia? -le preguntó. Me dejó helada hasta a mí, no me podía imaginar cómo debía estar ella.
-Cariño, eres demasiado brusca. Estas cosas se cuentan más…
-Bah. -me cortó, moviendo la mano. Mi representante seguía mirándonos boquiabierta, intentando asimilar el repentino golpe de información que había recibido. -¿de qué es tu helado? -me asombraba lo tranquila que se quedaba después de soltar lo nuestro.

-Pruébalo. -le sonreí. Ella metió un dedo en el vaso y se lo chupó. -Qué finica eres, amor. -reí. 

domingo, 23 de febrero de 2014

Capítulo 40. NO ME INTERESA.

Llegué al piso y vi sobre el felpudo de mi casa a Pablo López mirando al suelo y con una bolsa de pasteles en la mano, y en la otra una rosa roja preciosa. Le ayudé a levantarse y me miró entristecido.
-Será mejor que me vaya. -dijo mirándome los zapatos.
-No, quédate y repasamos la canción. -le sonreí, dándole una palmada en la espalda. No parecía muy convencido. -¿Dónde está el entusiasmo y romanticismo que tenías por teléfono?
-Se ha caído por las escaleras. -señaló a éstas. Abrí la puerta y escuché cómo Li corría. Probablemente se estaba escondiendo. Yo me reí por dentro. Qué dos. Nos sentamos en el sofá. Fui a buscar la guitarra y los borradores que teníamos. Pablo no paraba de mirar al pasillo. Estaba totalmente distraído pensando, seguramente, en su Lidia. Chasqueé los dedos para atraer su atención. Sacudió la cabeza y exclamó: ¡QUÉ!
-¿Dónde estás?
-Perdona, ¿la cantamos? -A lo largo de la mañana, el compositor y yo estuvimos corrigiendo algunos versos y perfeccionando los acordes y ritmos. Metiéndole otros nuevos y haciéndola perfecta.
-Qué bonita. -apreció diciendo esas palabras, tímidamente, mi compañera de piso. Estaba algo roja y sonreí plenamente. Giré la cabeza hacia López. Vi que tragó saliva y cómo miraba a mi mejor amiga. Estaba claro que había tema del que quema. -Me voy a trabajar. -dijo sonriente, evitando la mirada del malagueño.
-Bonita ella. -soltó cuando oyó encajar la puerta. Me eché a reír. -¿Qué me está pasando? Ay dios.
-¿Amor?
-Puede. -se encogió de hombros y continuamos con el tema.
A eso de las dos de la tarde, Pablo me dijo que debía irse, pues tenía reunión con su mánager. Lo acompañé hasta la puerta y justo cuando iba a girar el pomo, la puerta se abrió, dándole justo en la nariz al pobre chico.
-¡Ostia! -nada más decirlo, Li se tapó la boca. Los ojos se le inundaron de lágrimas. Un golpe en la nariz, es un golpe en la nariz.
-¿Por qué abres tan brusco? -le pregunté en tono de enfadada.
-Joder, lo siento. -se disculpó, apoyando su mano en el hombro izquierdo del cantante.
-Ha merecido la pena. -sonrió con los ojos llorosos. -he podido tenerte cerca sin que me grites. -Me quedé totalmente petrificada, al igual que Li. -Y he sentido tu piel en mi piel.
-¡Dale un beso, joder! -grité en mi mente. Lidia estaba sonriente mirándole. Estuve a punto de empujarla.  No hizo nada. Pablo me sonrió y chocó los cinco.
-Hora de irse. Hasta pronto. -cerró la puerta él mismo y se largó. Mi compañera de piso y yo nos quedamos mirándonos un rato. Sabía que le estaba echando la bronca telepáticamente. Bajó la cabeza y pasó a la cocina para hacer la comida.
-¿Por qué te complicas tanto? El amor es sencillo. -dije apoyándome en el marco que separaba la entradita de la cocina.
-¿Qué amor? -preguntó mientras se disponía a recogerse el pelo con la gomilla negra que siempre llevaba en la muñeca. Incliné la cara y torcí la sonrisa.
-Eres un caso. -reí.

Esa tarde había quedado con Mari para que fuésemos a una entrevista. Pasó a recogerme en su pequeño pero acogedor coche. Era un mini rojo que no pegaba nada con su estilo desaliñado de cuarentona.
-¡Hola! -exclamé ilusionada, entrando en el automóvil.
-Qué bien te veo. -sonrió. Llevaba, una vez más, aquel moño despeinado, aunque ahora se había maquillado.
-Estoy muy emocionada. -dije frotándome las manos. Estaba deseosa de hacer esa entrevista. Era una revista enfocada a la música donde las jóvenes promesas lanzaban las ideas de sus nuevos proyectos, contaban la experiencia de ser un principiante de la música y exponían sus trabajos. Era una gran oportunidad para darme a conocer un poco más y promocionar ese disco que tanto me estaba costando sacar.
Llegué con la misma sonrisa con la que entré en la redacción. Se cruzaron por delante nuestra multitud de becarios llevando cafés a sus superiores, algún que otro despistado, y un nuevo cantante al que tan solo había oído una vez en la radio, pero fue lo suficiente para reconocerlo. Observamos el reloj y vi que nos habías retrasado unos diez minutos. Aceleramos el ritmo por las escaleras, buscando a mi entrevistador.
-Bueno, más vale llegar tarde que nunca. -dijo con la respiración acelerada mi mánager.  Por fin encontramos la sala y a Patricia, la reportera encargada de mi artículo. Las preguntas fueron fáciles de responder. "¿En qué te inspiras para componer?" "¿Desde cuándo lo haces?" "¿alguna anécdota de la grabación del disco?" "¿Cuándo oiremos el single?" Pero hubo una que me hizo sonrojar y dudar en la respuesta. "¿Has vuelto a ver a tu coach?". Miré a Mari, lo cual no me iba a solucionar nada porque ella no lo sabía. Pensé que sería bueno que lo supiese, porque necesitaba a toda costa una mano consejera. Ojalá Li estuviese conmigo.
-¿Marina? -interrumpió mis pensamientos mi representante.
-¿Eh? -contesté despistada.
-Respóndele, que está esperando. -me dio un brusco empujón.
-Eh, sí. Tuve unos problemas con la producción del disco y ella misma se ha encargado de solucionarlos. Cree mucho en mí y yo se lo agradezco. -contesté. Fue lo primero que se me pasó por la cabeza. Su nombre al fin y al cabo, formaría parte de la gente que participó en el CD. Tarde o temprano lo sabrían, además, no era nada sospechoso que tuviera que callarme.
Después de la participación en la revista, me hicieron unas fotos para ella en una especie de estudio improvisado. Tan solo había dos focos y un fondo blanco.
-Tú sonríe. -me pidió el simpático fotógrafo.

A la salida, vi que Malú me había llenado de mensajes el móvil. Caminé distraída siguiendo los pasos de Mari camino al coche mientras los leía.

                             
Sonreí al leerlo. Qué mandona era.
-Oye, voy al centro, cojo el metro. Ya nos vemos. -le dije.
-¿Quieres que te lleve? -me preguntó.
-No, no te molestes.
-Bueno, pues nada. Mañana sesión de fotos para el disco. -me avisó apuntándome con el dedo índice. Duerme bien.
-Hoy día se soluciona todo con maquillaje. -reí, alzando la mano para despedirnos. Me crucé con un mogollón de personas que viajaban en el metro. Es increíble el número de desplazamientos que se producen en este tipo de ciudades. Me senté en el único asiento libre que había y pronto fui aprisionada por una multitud que me rodeaba, agarrándose a los barrotes para no caer en la frenada. Los observé. Un gran cantidad de pasajeros se acumulaban en el medio de transporte. Un señor con barba sujetaba a su, seguramente, nieto, sobre sus piernas. Al lado una señora embarazada miraba sonriente su barriga. Más a la derecha, un hombre serio, vestido con chaqueta y corbata portaba un maletín de cuero bastante bueno. Era increíble la cantidad de personas que vemos pasar por nuestra retina. Gente diferente y con vida propia.  Cada uno con su historia, cada uno con sus sueños. Me impresionaba esa idea. Puede que fuera una buena canción… Al lado mía se puso una mujer de unos cincuenta años, cuya cara no pude ver porque miraba al otro lado. Parecía cansada, arqueaba su espalda desganada apoyándose en la pared que había entre la puerta y mi asiento. Yo me bajaría en la siguiente parada, así que pensé en dejarle mi asiento. Ella lo necesitaba más que yo, sin duda alguna.
-Perdona, ¿Quiere sentarse? -le pregunté educadamente. -volteó la cabeza y mi mundo se hizo trizas… era ella. Era mi madre. Me quedé rígida, sin poder moverme ni articular palabra. Nos quedamos mirándonos asustadas sin saber cómo reaccionar. Me agarró el brazo con fuerza y se sentó en el asiento.
-Te encontré. -dijo con la voz rota.-Me alegra que seas tan buena persona… Qué guapa y qué grande estás.-susurró casi llorando. Yo también estuve a punto de hacerlo. No me explicaba que hacía en Madrid, y pareció haberme leído la mente porque al segundo dijo: he venido a la capital para buscarte… no he parado ni un segundo.
Me libré de sus garras con un giro rápido. Cada vez que veía su rostro, los recuerdos malos de mi pasado florecían en mi mente. Me dolió verla tan demacrada, pero sintiéndolo mucho, lo merecía. Yo había sufrido mucho por su culpa. Más bien por la de mi padre, ella solo se dejaba llevar por él pero era partícipe y ninguna vez se atrevió a defenderme. A dar la cara por su hija. Oí que el altavoz anunciaba mi parada y comencé a hacerme paso entre la gente, escapando de ella, que gritaba que no quería volver a perderme ahora que por fin me había encontrado. Pero mis pies eran más rápidos que sus torpes pasos. Al cruzar la puerta no detuve mi carrera buscando la salida de la estación, pero logré oír un último grito suyo.
-¡TENGO ALGO IMPORATNTE QUE CONTARTE! -aquello me indicó que volvería a hacerlo. Que volvería a encontrarme y que volvería a sentir lo que había sentido hacía apenas un minuto. Estuve a punto de girarme y gritarle: ¡NO ME INTERESA!
Llegué asfixiada a la salida del metro. Me apoyé en el semáforo que debía cruzar para encontrarme con Malú. Me eché a llorar en él. Apenas podía respirar. El corazón me iba muy deprisa.
-¿Está usted bien? -se acercó una señora mayor con un andador.
-Sí. -dije limpiándome rápidamente las lágrimas.
-Estos adolescentes… ¿te ha dejado tu novio?
-Ojalá. -solté. -y no soy ninguna adolescente. -contesté borde. El semáforo se puso en verde y crucé, esta vez a una velocidad ralentizada. Iba más despacio que la señora con andador. Metí las manos en mis bolsillos y me encogí. Saqué un gorro de la bandolera y me lo puse. Tenía las orejas heladas. Mi cara era un auténtico poema.
-Ay, que moni con ese gorrito. -dijo Malú al verme con una enorme sonrisa, pero rápidamente se borró de su rostro. Me miró triste y asustada. -¿ha pasado algo? -preguntó con la mirada entristecida y cogiéndome los brazos. Agachó su cabeza para buscar mi mirada, que apuntaba al suelo.
-Me he encontrado a mi madre en el metro… me está buscando. -me abrazó y soltó un "ains" comprensivo. Me aferré muy fuerte a su chaquetón.
-¿Prefieres que vayamos a mi casa? -me preguntó sin despegarse de mí.
-No, vamos a cenar. -le pedí. -ese era el plan.
-Ya, pero si no te encuentras bien… podemos hacer un plan B. Peli y manta. ¿te apetece?
-Ese plan no me gusta. -contesté muy borde, para arreglarlo con un: me falta abrazo en ese plan.
-Abrazo está en todos los planes que hagas conmigo. -sonrió, consiguiendo que yo también lo hiciera. Fui a besarla y no se quitó.
-Ostia, lo siento. -dije al darme cuenta de que estábamos en pleno centro de Madrid, separándome de su cuerpo.
-Bah. -dijo sacando la lengua.
-No, bah, no. -reí. -Nos han podido ver, ¿lo sabes?
-Aquí cada uno va a su rollo. -miró a su alrededor. -Seguro que si alguien lo hubiera visto, ni me hubiera reconocido. Y menos a ti, con este gorrito. -dijo bajándomelo divertidamente y tapando mis ojos con él.
-¡Eh, que me despeinas! -reí, colocándolo de nuevo. -Es de Li, se lo he cogido prestado.
-A ella le quedan mejor. -soltó. -¡No me mires así, es la verdad! Soy sincera.
-Demasiado sincera. -bufé. -pero es verdad. -tras una pausa en la que nuestras sonrisas se encontraron bajo el enorme reloj que marcaba el paso del tiempo, le dije que fuéramos a ese restaurante.
-¿Seguro? -me preguntó.
-Hombre, ya que es gratis. -sonreí. -Has dicho que invitabas tú. -me mordí la lengua y Malú aplastó mis cachetes con sus manos envueltas en unos calentitos guantes negros.
Me quedé mirando el vino de su copa. Estaba concentrada, pensando en qué podía ser aquello que tenía que contarme mi madre. No tenía ni idea. Al levantar la mirada, vi que Malú estaba apoyada en su mano mirándome muy atenta.
-Eres preciosa. -dijo.
-Demasiado sincera. -bromeé.
-¿En qué piensas? -le conté sin dudar un segundo lo que mi mente mascaba en esos minutos. Alargó su mano hasta la mía y jugó con las diez pulseras que llevaba en mi muñeca. Pulseras que nunca me quitaba.
-Pues ni idea. -ni ella ni nadie lo sabía. Siguió paseando sus dedos por mis complementos. Comenzó a desabrocharlas sin mi permiso. Quité el brazo repentinamente. -Déjamelas.
-No. -dije, tomando un sorbo.
-Vale… -mi contestación borde hizo que se echara hacia atrás, acomodándose en la espalda de su asiento.
-Lo siento. -me disculpé, volviendo a dejarle mi brazo.
-¡Jé! -sonrió. Siempre se salía con la suya… ¿Y cómo decirle que no con aquella cara qué tenía? Al deshacerse de todas las pulseras descubrió una cicatriz en mi muñeca. -Por eso no querías que te las quitase… -comprendió al fin. Yo asentí triste.
-Fue una tontería. Era una niña con muchos problemas. -dije, colocándome de nuevo las pulseras con su ayuda.
-Lo siento… no sabía que…
-No te preocupes. -sonreí. -fue hace mucho tiempo. -Terminó de anudarlas todas y se quedó agarrada a ellas. Me miró y no sabía que decir, pero no hacía falta. Su mirada lo decía todo. Sentía pena.

-Espero que tu madre te cuente lo que sea y se largue. -confesó. -Ojalá no la vuelvas a ver nunca más. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

Capítulo 39. DUELE.

Estaba completamente agotada, boca abajo en la mejor cuna del descanso, su cama. Ella seguía trepando por mi espalda, llenándola de besos y caricias. A mi aún me costaba respirar. Mis manos descansaban estiradas sobre la almohada. Las suyas se deslizaron creando una acaricia a lo largo de mis brazos hasta entrelazar sus dedos con los míos. Nos quedamos en silencio, solo se oía el delicioso sonar de sus labios en mi piel. Cerré los ojos y sin ser consciente me quedé sonriendo.
-Qué mona estás así. -dijo, besando mis mofletes, probablemente colorados por el calor que sentía en ellos. Luego paró aquel paseo de sus dedos por mi dorso para apoyar la cabeza justo en el inicio de mi espalda. Al cabo de un rato, se levantó y se fue alejando mientras yo la miraba atentamente sin moverme del sitio. No pasaron ni cinco minutos y ya la echaba de menos. Fui en su busca. Me enrollé en uno de sus infinitos albornoces que colgaban de una percha.
La encontré en el tejado con un cigarro en la mano y mirando de nuevo las estrellas. Le gustaban más que a mí. Llegué sigilosa y la abracé por detrás.
-¿Ya estás harta de estar solita? -me preguntó riendo y girando su cara para verme.
-Sabes que odio la soledad. -contesté, perdiéndome también en el universo. Le quité el cigarro de su mano y lo tiré. Ella me echó una mirada de odio. -Fumar mata.
-Idiota. -me insultó, sacando otro de la bata que portaba.
-¡Eh! -impedí que lo encendiera, quitándoselo en un ágil movimiento. -¿Tú me cuidas?, pues yo te cuido. No me he comido ni un solo bollo en esta semana. He merendado fruta. -comenzó a reírse.
-Si estuviera aquí mi hermano diría que te acabas de comer uno… -seguí sus risas. -A lo tonto a lo tonto te has salido con la tuya y no estoy fumando.
-Siempre me salgo con la mía. -me hice la creída y se giró, acercándose para besarme. La rechacé echándome atrás. -Apestas a tabaco…
-¡Anda que te den, niña! -exclamó, provocando mis risas. Era tan preciosa cuando se enfadaba. Volvió dentro y se volvió a desnudar y enredarse entre las sábanas blancas. La imité y me puse de lado frente a ella. Pellizqué mi brazo con fuerza y emití un chillido de dolor. -¿Qué haces? -rió.
-Quiero comprobar si esto es real. Que estás aquí a mi lado y que no estoy soñando. -sonrió plenamente y se dio un pellizco retorcido.
-Pues… yo tampoco estoy soñando, así que me temo que es tan real como la vida misma.
-Pero es demasiado perfecto para ser verdad. -dije con voz de niña pequeña. Sabía que la volvía loca. Se mordió el labio y me besó muy fuerte. -¡Jo! -me quejé. Me miró sin entender nada. -No sabes a ti, sabes a cigarro. -Se dejó caer en la cama y emitió un suspiro.
-Caprichosa…

Mientras desayunábamos en el comedor, Malú ojeaba el montón de revistas que había sobre la mesa. Al parecer estaba subscrita en muchas de ellas. En cuanto las terminaba, las tiraba con desgana a la otra punta de la mesa. Pero ojeando una de las revistas, la tostada se le cayó de la boca e hicieron que sus ojos se salieran de sus órbitas.
-¿Qué has visto, princesa? -le pregunté, impresionada por su reacción. Me miró enfadada y levantándola y enseñándome la página que tanto le había llamado la atención. A mí también se me cayó la tostada y manché mi pantalón de mermelada. A la mierda todo. Por no contárselo antes se había enterado por otros y eso era algo que odiaba.
-Puedo explicártelo… -solté la típica coletilla que suelta todo chico infiel cuando lo pillan con otra. Sonaba a escusa. Malú tomó aire y golpeó la revista sobre la mesa. Bajó su cabeza apoyando sus manos en su frente. No quise hablar. No quería cagarla. Entendía su estado y me quedé mirándola entristecida. Pasó las manos por su rostro varias veces. En la revista había un título, que no era el causante de su enfado precisamente. "EL LADO MÁS SOLIDARIO DE MARINA, LA GANADORA DE LA VOZ". Pero más abajo había una foto en la que salíamos Li, Vanesa y yo junto a los niños enfermos. -A ver, Malú.
-Cállate, cállate. -me ordenó haciendo un gesto con la mano y sin mirarme. Me levanté y me acerqué a ella. Me agaché, poniéndome en cuclillas y agarrándola por la cintura. -¿Por qué? -preguntó casi llorando.
-Cielo, escúchame. -dije nerviosa. Yo había estado en una situación similar, o al menos ella creía estarlo ahora mismo porque por su cabeza viajarían pensamientos erróneos.-No tengo nada con Vanesa, te lo puedo jurar si quieres.
-No hace falta que me jures nada, si tú me lo dices, yo me lo creo. Pero me duele saber que me hayas mentido. -me alegré de oír aquello, pero su rostro no decía lo mismo. Me sentía mal…
-Vane me pidió disculpas de nuevo, pero aquella vez fue mucho más sincera, te lo prometo. Vi un cambio en ella y reconoció todo el mal que me había hecho. Tanto a mí como a ti. -la expresión de su cara no había cambiado en absoluto. Se mostraba abierta a escucharme y no interrumpirme. -Solo he quedado con ella una vez después de la charla que tuvimos y fue para esto. -dije señalando la foto. -Bueno, y me la encontré anoche antes de venir… pero ya está. Puedes preguntarle a Li. -hablaba muy rápido, casi me ahogaba con la saliva.
-Tranquila. -percibió mis nervios y aquel miedo repentino que me entró. Aportaba datos a toda velocidad para que creyera en mí. -Pero, ¿por qué me lo ocultaste?
-Pensé que no te gustaría…
-Hombre, no me hace mucha gracia… no me fio ni un pelo de Vanesa. Pero bueno, si tú estás segura de que puede ser tu amiga, adelante. -no parecía muy convencida mientras me decía aquello.
-No pienso volver a hablar con ella si te molesta, eso tenlo por seguro.
-No te voy a prohibir eso. Es tu vida.
-Nuestra vida. -corregí. -Y no dejaré que estés incómoda. Para mí lo eres todo… sé que llevamos muy poco y quizás me precipite en eso de "nuestra vida", pero es lo que siento. Me tomo esto muy en serio.
-Créeme, yo también me lo tomo en serio. -dijo con la mano en el corazón. -Te quiero, Marina. -soltó de repente, para mi sorpresa, con la voz quebrada.
-Perdona, debería habértelo dicho antes. -agaché mi cabeza. La agarró y la puso sobre sus piernas. Me masajeó el pelo. El sonido de mi móvil interrumpió el placer.
-Madre mía, qué solicitada estás últimamente. -rió. Vi que la llamada era de mi amigo y artista López.
-¡Tía, ábreme! -exclamó. Ni un saludo…
-Buenos días a ti también. -Malú se acercó a mi oreja para oír lo que decía.
-Estoy en la puerta de tu casa llamando. Traigo el desayuno. -mi chica y yo nos miramos sonrientes. Se había pillado de Li. -Pensé que sería guay repasar la canción y tal…
-Ya… la canción. -Malú me pegó un codazo y me susurró: ¡Tía!
-Eso, que me abras.
-No estoy, pero Lidia tiene que estar ahí. -oí cómo tragaba saliva al decirle aquello.
-Está muy pillado. -rió la cantante muy bajito. El móvil me indicaba que tenía otra llamada entrante. Se lo dije a Pablo y me colgó educadamente.
-¡TU AMIGO PABLO TE ESTÁ ESPERANDO EN LA PUERTA! -gritó. Tuve que apartar el teléfono de mi oreja para no quedarme sorda. Malú se tuvo que alejar del móvil porque no paraba de reírse.
-Pues ábrele, te lleva el desayuno. -noté un bufido por su parte y tuve que tragarme las carcajadas.
-Vete a la mierda un rato. -me dijo, colgándome. Llamé a Pablo ahora. Qué bien me lo estaba pasando. Y yo no era la única, ella limpiaba las lágrimas que habían brotado por la risa.
-Está dentro, le he dicho que te abra.
-No hay indicios de que vaya a hacerlo. Voy a sentarme en la puerta… y a esperar.
-Cómo un buen caballero.
-No quería decirlo pero… he tenido un flechazo con tu amiga. Yo no suelo tener amores a primera vista, hasta la otra noche.
-Muy predecible, Pablo.
-Las mujeres lo detestáis todo. -soltó. -¿Dónde estás tú? -miré a Malú, ella siempre ponía las escusas. Movió las manos como si ellas fueran a inventar una mentira.
-Eh… en casa de otra amiga. -levanté la ceja. Qué mal se me daba mentir.
-Ah. -no pareció darse cuenta de que le acababa de colar una trola. -¡LI, ÁBREME BELLA FLOR, VENGO A ENTREGARTE MI CORAZÓN JUNTO A UNOS CRUASANES! ¡ÁBREME LAS PUERTAS DE TU VIDA! -Malú y yo no podíamos aguantar más y nos echamos a reír mientras López gritaba sin control ésta y otras ñoñadas.
-Ya voy a abrirte, colega. Espera ahí. -me levanté de las silla y fui a por mi ropa. Pablito necesitaba mi ayuda.
-Nos vemos pronto, productora. -le guiñé un ojo.
-Me gusta más que me llames de otra manera. -se acercó lentamente a abrazarme.

-¿Princesa? -asintió con la cabeza sonriente y posó sus labios en los míos.  

martes, 18 de febrero de 2014

Capítulo 38. APOSTÉ POR TI.

La desesperación estaba matándome. Llevaba un estrés acumulado que no era normal. Pedro y el resto del grupo buscábamos sin medida y a toda prisa un productor que aportara la cantidad suficiente para que mi disco pudiera ser acabado. Fuimos tocando miles de puertas, esperando que alguien aceptara nuestra oferta. Escuchaban las canciones, les tocábamos en directo incluso, pero nadie parecía interesado en mi talento. Empezaba a pensar que no era suficiente. Que no tenía ese don que creía. Que aquel mundo no era mi destino. Fui perdiendo las ganas y la ilusión que tenía puesta en aquel CD. Malú nos ofreció una lista con un montón de productores. íbamos tras su paso, como mendigos pidiendo un poco de limosna. Se hacían los sordos. "Ya te llamaremos" o un frío y rotundo "no nos interesa" eran las respuestas hasta ahora. Poco a poco, la lista se fue llenando de tachones. Cada raya que ocultaba un productor, era una oportunidad perdida.
-Te noto muy estresada. -me dijo Malú a través del teléfono.
-Lo estoy, no hay manera. -afirmé frustrada, mientras pinchaba con desgana los trozos de lechuga que tenía por cena.
-¿Por qué no pasas la noche conmigo? -la pregunta entonada con una voz muy dulce me conducía a un poco de relajación. No pude negarme. Necesitaba pasar tiempo con ella.
-Enseguida estoy ahí.
-¿Dónde vas tú? -preguntó Li, tan cotilla como siempre.
-Me voy a dormir con Malú. -dije recogiendo la vajilla y caminé hacia la cocina.
-A dormir… ya. -insinuó, levantando las cejas pervertidamente. -me giré de golpe para responderle donde más le dolía.
-¿Quieres que llame a Pablito y pasas la noche con él?
-¡Que no me gusta! -exclamó dando un zapatazo.
-Claro que sí. -reí, mientras ella murmuraba cosas en bajito y con los cachetes enrojecidos. -pareces una niña.
-Déjame. -se quejó, tirándose en el sofá. -Pues ahora recoges tú la mesa.
-Tía, que me tengo que ir.-protesté. Ella sonrió. -pues dejo todo sucio aquí. -fui a coger una muda de ropa y al volver vi que todo seguía tal como estaba. -¿No vas a limpiar esto?
-No.
-Pues tú verás, yo no duermo aquí.
-Pues vale. -dijo borde, sin apartar la vista de la televisión. Me acerqué para darle un beso y quitó la cara.
-Pablo está al llegar. -bromeé, de camino a la salida.
-¡OJALÁ TE BAJE LA REGLA, PUTA! -chilló enfadada. Sí que le había molestado…
-Li, relaja. -quedé estupefacta. No solía decir esas barbaridades.
-¡Vete ya! -gritó. Me fui entre risas tras la divertida escena. De camino al coche, me encontré a Vanesa. Hacía días que no la veía, la búsqueda desesperada de un productor me había desconectado del mundo.
-¡Estás perdida! -vino corriendo a abrazarme, pero quise mantener la distancia y le di un beso en la mejilla, evitando rozar su cuerpo. Le conté el por qué de mi ausencia. -Joder, qué mal. No hace falta que te diga que aquí me tienes, ¿verdad?
-Muchas gracias, Vane. -sonreí feliz al pensar que podía contar con su apoyo.
-¡MARINA! -exclamó su tía desde la otra acera. Cruzó sin mirar y haciendo aspavientos con las manos. Hacía meses que no nos veíamos. -Jodía, que guapa estás.
-¿Qué tal todo?
-Muy bien, ahí vamos. A ver si te pasas más por el bar, que ya ni te conozco.
-Para bares estoy yo… -dije con ironía. -tengo un marrón encima.
-La vida de famosa que es muy dura, ¿no? -reí al oírla. Me seguía encantando la espontaneidad con la que hablaba.
-Más de lo que crees.
-Oye, vente al Rincón Musical y te invitamos a algo.
-Eso, ¿has cenado? -intervino Vanesa, interesada en que fuera a su negocio.
-Sí, ya he cenado. Pero gracias, otro día. -me fui alejando mientras le decía adiós con la mano.
-¿Dónde vas? ¡Ven a tomarte algo! -me tiró del brazo Vane.
-No, en serio, otro día. Tengo planes. -me revolví, liberando la manga de mi chaqueta de sus manos.
-¡Qué siesa estás últimamente! -exclamó mi ex. Yo no volví la cara y subí al vehículo en busca de mi cita.

Malú no dudó en preguntarme el por qué de mi retraso. Yo me excuse diciendo que había ido a echar gasolina. No sé cuánto tiempo podría estar mintiéndole. Me dolía cada vez que tenía que poner una escusa. No decirle la verdad me reconcomía por dentro.
-Ven, quiero enseñarte algo. -me llevó del meñique, como solía hacer. Era muy mona cuando me agarraba así. Me llevó al tejado de su chalet. Desde allí se divisaban muchas luces a lo lejos, probablemente de la ciudad. Nos sentamos muy cerca, rozándonos. Se echó hacia atrás, quedando tumbada. Me empujó junto a ella. Desde allí podíamos ver las estrellas. Eran las más iluminadas que había visto nunca.
-¿Te he dicho alguna vez que me encanta mirar las estrellas? -preguntó en un susurro.

-No, no me lo habías dicho. -contesté con una leve sonrisa. -A mi también. Cuando vivía en Calanda me quedaba contemplándolas en la pequeña ventana circular de la buhardilla mientras oía tus CD´s en un pequeño walkman que gané en un concurso de yogurts. -rió al oír lo del sorteo. -Para una vez que gano algo. -resoplé.
 -Eh, no te quejes, has ganado la voz.
-Pero eso lo gané por ti.
-No… fuiste tú y tu música.
-No, fueron tus consejos y tu forma de levantarme. -argumenté sin dejar de sonreír. No podía dejar de hacerlo a su lado.
-¡ESTRELLA FUGAZ! -exclamó cerrando los ojos muy fuerte. -¿Has pedido un deseo?
-No me ha dado tiempo… -puse pucheritos.
-No te preocupes, ya lo he pedido yo por ti. -me eché a reír. -por nosotras. -me acerqué a darle un beso en los labios. Me aparté y me quedé a escasos milímetros de ella, mirándonos muy cerca, jugando con nuestras narices. Apoyé mi mano a su derecha, y dejé caer mi peso en mis rodilla para ponerme sobre ella. Me cogió la cara con sus manos, heladas por el frió del exterior, atrayéndola a la suya. Volvimos a besarnos dulcemente. Noté que tiritaba.
-Estás temblando, amor. -le dije.
-Lo sé. -Abrió las piernas para que mis rodillas dejaran de estar flexionadas y mi cuerpo recayera en ella.
-¡Ay! -exclamé al caer. Ella emitió una carcajada ronca que me mató.
-Así me das calorcito. -se arrecucó en mi cuerpo, rodeando mi espalda con sus brazos. Me recosté en su cuello, dándole pequeños besos a lo largo de él. Soltó una risilla. -Me haces cosquillas. -se revolvió.
Mi móvil comenzó a sonar y me incorporé a toda velocidad. Lo saqué de mi bolsillo trasero y vi que la llamada era de Pedro, el director musical.
-Tengo que contestar. -le dije, pidiéndole un minuto con la mano. Lo entendió y se quedó en el sitio mirando al universo con su rostro angelical. Yo bajé del tejado.
-¡No te lo vas a creer! -oírlo así me sorprendió. Él no se inmutaba casi nunca, así que algo gordo tenía que haber pasado. -¡TENEMOS EL DINERO! -la noticia me llenó de alegría y por otro lado, de tranquilidad. Por fin podía dejar atrás ese miedo a no llegar a conseguirlo. Cerré el puño y lo lancé hacia arriba dando un salto.
Hablé con él durante unos minutos con una felicidad inmensa. No paraba de moverme de un lado a otro.
Decía cosas y cosas y yo seguía en una nube. Había asimilado, quizás demasiado, que no iba a lograr sacar el disco a la venta. Por eso aquello fue más que una sorpresa, un regalo del destino. Cuando colgamos, me quedé unos instantes con una sonrisa enorme apuntando al suelo.  Oí unos pasos tras mi espalda.
-Hay disco… -dije aún sin creérmelo, guardando el teléfono.
-Lo sé. -contestó para mi sorpresa. Me quedé mirándola con los ojos achinados intentado comprender su mensaje.
-No… -murmullé. Ella sonrió ampliamente. -¿Tienes algo que ver?
-No… -dijo sin dejar de sonreír mirando a otro lado. Me enfadé, di un bufido y me di la vuelta. -Sí, he sido yo. ¿Pasa algo?
-Que no tenías por qué hacerlo.
-Siempre he querido producir un disco… Y qué mejor que el tuyo.
-Ya, pero quería encontrar a alguien que creyera en mi música… Ahora no sé si valgo para esto de verdad o no. Quería solucionar este problema yo sola…
-¿Sabes qué? Pensé que te haría ilusión… si quieres cancelo todo y punto. -se cabreó. Yo también estaba enfadada, pero ahora conmigo misma por haber sido de aquella forma con ella. Lo había hecho con toda la buena intención del mundo y yo en vez de agradecérselo reaccioné de una forma ilógica y estúpida. Después de un silencio incómodo y unas miradas de rencor, me acerqué a ella con los brazos abiertos. Sonrió levemente y apoyó su cabeza en mi hombro.
-Perdona cielo, he sido una auténtica gilipollas. -me disculpé, dándole un beso en la frente. Ella se quedó en silencio. La miré de reojo y vi que estaba con los ojos cerrados. Acaricié su cintura y despegó lentamente sus párpados a la vez que se acercaba a mi boca. No paramos de besarnos. Estaban pegados por completo. Una extraña fuerza me impedía separarme de ellos… y no solo eso, también aceleraba el ritmo de nuestros besos. Agarré su cintura con fuerza y saltó sobre mi cuerpo.
-¡SOY UN KOALA! -exclamó, desatando nuestro ataque de risa. Se escurrió, posando sus pies en el suelo. Se tambaleó y se agarró a mi cuello, tirando de él hacia abajo. Intentamos controlar nuestro equilibrio, dando pasos a los lados.
-¡Casi! -dije con alegría al volver a estar estables, con los pies en el suelo y nuestros cuerpos unidos.
-Oye, caerse mola.
-Claro que sí, cariño. -dije con ironía y terminando la frase con risa. Posó sus manos en mis hombros y me empujó. Fui andando hacia atrás, siguiendo el recorrido que sus empujones marcaban. Llegamos a su habitación y me dio un último empujón, esta vez más fuerte. Caí en la cama.
-¿Mola o no mola? -preguntó, poniendo sus manos en sus caderas.
-Mola, mola. -sonreí. -Pero mola más si caes tú también.
-No, mola más si vienes y me tumbas delicadamente como haces siempre. -me levanté de un salto y fui a por ella.
-Así sí. -sonrió, acomodándose en la almohada. Me tiré a su lado, inspirando para absorber todo su indescriptible olor. -¿Huelo bien? -asentí muy rápido y varias veces. -Ay, que mona. -dijo agarrando mis cachetes. Acarició mi pecho hasta llegar a la cintura. Metió su mano por debajo y subió por mi vientre, paseando sus dedos. Solté un pequeño suspiro, lo que provocó una sonrisa en su cara. -¿te gusta? -volví a asentir rápido y varias veces, y su risa volvió a surgir. -¿quieres que siga? -repetí la escena. -Deja de hacer eso o moriré de amor. -solo por decirlo, seguí con aquella estupidez de asentir como una niña pequeña. -Jo, Marina, que mona eres. -comenzó a darme besos seguidos en mi cachete, a la vez que se deshacía de mi ropa sutilmente.
-No es justo. Yo desnuda y tú tan tapada. -dije con voz de pito y cruzando mis brazos.
-Calla. -se levantó y se quitó la ropa frente a mí. Yo la miraba embobada, sin perder de vista la manera en la que se desprendía de cada prenda… -la baba, guapa. -bromeó. Yo me sonrojé, pero no me dio tiempo a decir nada porque sus labios callaron mis palabras. Entrelazamos nuestras manos y me dejé llevar por el baile de sus labios. Sus piernas jugaban con las mías, y nuestros cuerpos se rozaban una y otra vez. Nos movíamos al compás, sin dejar de mirarnos a los ojos. Fuimos una sola. Llegamos las dos al paraíso. Estábamos sudando, la una sobre la otra. Me acerqué a su oído y susurré cantando los versos del que sería mi primer single:
-Empezar siempre es difícil
Pero contigo fue sencillo y fácil
Bastaron unas horas
unos momentos
para que se produjera el encantamiento.
Giró la cabeza para mirarme. Me crucé con aquella mirada cargada de emoción.

-Me has matado… -confesó. 

sábado, 15 de febrero de 2014

Capítulo 37. COMO UNA FLOR

Me había duchado tres veces en lo que llevaba de mañana. No paraba de sudar. Estaba nerviosísima.
-¿QUIERES ESTARTE QUIETA? -me chilló Malú la tercera vez que salí del baño. -Me estás poniendo de los nervios.
-¡No puedo! -exclamé. Vino riendo hasta mí y me abrazó, impidiendo mis movimientos.
-Ahora ya no te puedes mover. -soltó una risa ganadora. El corazón me iba a mil por hora. Nunca había tenido que enfrentarme a eso de conocer a mis suegros. Lo más parecido a unos fueron Pedro y Natalia. Su móvil comenzó a vibrar y me soltó para cogerlo. La miré, intentando captar lo que decían.-Ah, ¿qué vais a llegar antes? -Me puse como una loca a dar vueltas sin pestañear. Malú se reía mientras hablaba con sus padres. Fui corriendo a la pared y comencé a darme cabezazos. -¿Se puede saber qué haces, loca? -reía al colgar. Me apartó y me pidió que me relajase de una vez.
-Jo, que estoy muy nerviosa. Yo nunca he tenido suegros. Bueno, sí los he tenido pero…
-Lo he entendido, no hace falta que te expliques.-sonrió. Me dio un largo beso en los labios. -No te preocupes, saldrá bien. -dijo muy segura. -Tú solo sé cómo lo eres conmigo.
-Vale, voy a la ducha.
-¿Otra vez? Niña, voy a tener que sacar tres discos más para pagar la factura del agua. -reí.
-Es broma, pero voy a cambiarme de ropa. No me gusta demasiado…
-¡Siéntate en el sofá y no te muevas! -me llevó  a él y me tiró. Encendió la tele. Se sentó también y se acomodó en mi hombro. -Pon lo que quieras. -me tendió el mando. Fue a cogerme la mano y la apartó enseguida. -¡Está empapada!
-Me sudan las manos cuando estoy nerviosa, ¿vale? -ambas reímos.

Sonó el timbre y antes de que yo reaccionara con alguna estupidez, Malú se quedó mirándome.
-Respira, inspira, respira, inspira. -me indicó con las manos. Me levanté y caminé detrás suya, escondiéndome tras ella. Con el corazón a punto de salir disparado por la boca, vi a los tres en la puerta. Su hermano también venía. Me miró sonriente y levantó las cejas. Reí. Sabía de qué iba esa comida. Me abrazó con sus enormes brazos y casi me ahoga.
-Que te quiero yo, cuñi. -me susurró al oído. Reí y le di una palmada en la espalda.  
-Hombre, Marina, qué de tiempo. -me dijo Pepi. Su padre nunca me había visto. Me miró serio, revisándome de la cabeza a los pies mientras su mujer me daba dos besos. -¿Qué haces aquí? -La pregunta me sorprendió de sopetón y no sabía que contestar. Malú se adelantó.
-Hacía tiempo que no nos veíamos y bueno, se ha pasado para mostrarme las nuevas canciones del disco. Le he dicho que se quede a comer, espero que no os importe. -José se rió y Malú pisoteó su pie.
-Claro, que se quede. -sonrió simpática su madre. Me acerqué a darle dos besos a Pepe, que seguía analizándome.
-¿Qué tal el disco? -preguntó cortés y serio.
-Bueno, ahí vamos. -contesté. El disco en realidad estaba más bien muerto… hasta que encontrase a un productor que lo sacara adelante.
Nos sentamos en la mesa. Las miradas entre mi chica, José y yo no paraban de sucederse. Esperábamos el momento, ese momento, para soltarlo todo.
-Y cuéntanos, ¿qué tal va tu nueva vida? -quiso saber Pepi, que estaba muy preguntona.
-Bastante bien. Un poco estresante, eso sí.
-Al final te acostumbras, ¿verdad hija? -Malú asintió con la cabeza. Sacó el pescado del horno y lo puso en el centro de la mesa. Lo repartió mientras su madre hablaba sin parar. Mi suegro clavó la mirada en mí. Seguramente se olía algo.
-Pescado. Qué metafórico. -rió José, que volvió a recibir un zapatazo por parte de su hermana. Yo no pude evitar soltar una risa.
-¿Más patatas? -preguntó Malú a su padre, para evitar cualquier pregunta acerca de aquel chistecito.
Continuó la conversación. Estaba intentando ser lo más agradable posible. Estirando mi simpatía hasta los límites. Quería caerles bien a toda costa. Estuve sonriente en todo momento. Ni paraba de hacerlo para comer. Cada vez estaba más temblorosa porque sabía que a cada minuto que se consumía, estaba más cerca del momento. Mis manos se convirtieron en grifos. Cuando terminamos la comida, las escondí bajo la mesa. Noté una caricia suya en mi pierna. La miré de reojo, vi que sonreía. Se me aceleró el pulso más de lo que ya estaba. Llegó la hora.
-En realidad… -Malú se aclaró la voz. -Marina está aquí por una razón. -Su padre entrelazó sus dedos y apoyó ambos codos en la mesa. Sonrió. Parecía que lo sabía todo. Su madre se limpió con la servilleta y nos miró extrañada.
-Voy a recoger estas cosas… -José quiso quitarse de en medio. Se levantó de la silla sin hacer mucho ruido y cogió los vasos con cuidado.
-Siéntate ahora mismo. -le ordenó su progenitora. -¿No ves que va a contarnos algo?
-Pero si yo ya… -Un tercer pisotón calló al joven.
-Pues… -Pude notar lo nerviosa que estaba. Titubeaba. Apreté su muslo por debajo de la mesa para que notara que yo estaba a su lado. Junto a ella. Me miró sonriente agradeciendo el gesto. -Marina y yo estamos juntas. -soltó de un tirón. Se quedó muy a gusto.
-Que ya lo sabía, digo. -ahora sí pudo recoger la mesa José. No sabía qué hacer. Me sentía muy perdida. Su madre estaba con los ojos como platos mirándonos. Iba de mí a ella, y de ella a mí sin cerrar la boca ni parpadear. Sin embargo, su padre dio una palmada y se rió.
-¿No vais a decir nada…? -rompió el incómodo silencio la cantante.
-No me gusta nada. -sus palabras cayeron como un jarro de agua fría. Nos quedamos callados. Pude notar como mi piel se volvía pálida. Malú me miró de reojo, muerta de miedo. De repente, su padre comenzó a dar fuertes carcajadas. -La cara que se os ha quedado. -entendí entonces que era una broma. Menuda la forma de tomarnos el pelo…
-Joder con los Lucía. -bufé, provocando sus carcajadas de nuevo.
-Yo ya lo veía venir. -seguía Pepe con las risas. Yo no sabía por qué se reía, pero le seguí el juego soltando algunas carcajadas. Pepi le atizó en el brazo con la servilleta.
-¡¿Y tú por qué no dices nada?!
-Solo lo sospechaba. -se hizo el inocente.
-Pero ya lo podrías haber hablado conmigo, ¿no? -volvió a atizarle.
 -Hombre, es que hablaba mucho y muy bien de Marina… -mientras los dos discutían entre ellos, Malú se acercó a mí con los ojos brillantes y una sonrisa enorme. Venía directa a mis labios.
-Te dije que todo iría bien. -me susurró en mi boca, y me besó posteriormente.
-Si por un beso pones la vida, que importa tu sexo. -tarareó su hermano limpiando la mesa.
-Pero vamos a ver, ¿desde cuándo? ¿cómo? ¿por qué lo sabe tu hermano? -esta vez la frase era al revés. Tras la calma viene la tempestad. Había pasado de estar en shock a no parar de hacer preguntas y agitaciones con los brazos.
-Mamá, relájate. -le pidió mi chica. La agarré de la cintura. Ahora me sentía mucho más cómoda. No me gustaba ocultar las cosas. Hablar con ellos sabiendo quién era yo en realidad, me relajaba. Ya no tenía tanta presión ni nervios.
-Vamos al sofá y me cuentas todo lo que no me has contado. -dijo su madre casi en una orden. José seguía en la cocina después de recoger la mesa él solo. Comenzamos a contarles nuestra historia desde los inicios, desde que su sillón se giró hasta nuestros días. Cuando aún no habíamos llegado a la mitad, apareció su hermano con una bandeja. Traía té y algunos dulces.

-Unos bollos de postre… -todos nos reímos, y Malú le tiró un cojín. La bandeja se tambaleó dejando caer algunas gotas en la bandeja. 

miércoles, 12 de febrero de 2014

Capítulo 36. FUI A REFUGIARME

Me senté en aquel sillón frente a un espejo con luces. El estilista no tardó en llegar.
-Encantado, soy Sebastián. -me puse de pie para saludarle. Era muchísimo más alto que yo y era un auténtico fideo. No había visto nunca a alguien tan delgado. Hacía gestos muy afeminados. Me senté y dejé que hiciese lo que quisiera con mi pelo. Luego me dio una ropa y me maquilló con una infinidad de productos que no conocía.
-¡Buenos días! -me saludó una chica de pelo rizado y ojos azules. -¿Qué tal? -Estuvimos un rato conversando. Parecía interesada en mi carrera. No hacía más que hacer preguntas sobre el disco, sobre mis canciones… Eso me animó. Me sentí realmente bien al ver que le importaba. Luego de un rato hablando, me enteré de que ella era la directora del videoclip. -¿repasamos el guión?
-Por supuesto. -acepté la propuesta, aunque el guión ya me lo sabía de memoria. Lo había leído unas quinientas veces. Tenía mucho miedo a actuar. No me gustaba ser el centro de atención. Imaginé el momento de verme enfocada por varias cámaras y la idea no me gustaba nada.
-¡Empezamos en cinco minutos! -chilló Mar. -Relájate y comenzamos. -me dijo frotando mi hombro. Me quité el largo chaquetón que llevaba para no coger frío y dejé ver el vestido verde agua que llevaba. Una veintena de técnicos rodeaban el escenario. Seguía las indicaciones de la directora sin rechistar. Lo de tocar el piano mientras mi pelo bailaba con el viento fue lo que más me gustó del vídeo.
Tras dos cambios más de vestuario y peluquería, dos cambios de lugares, doce horas de rodaje y unos nervios que aún hacían mi corazón palpitar a una velocidad extraordinaria, concluyó el día. Hice unas fotos y las colgué en twitter. Estaba ansiosa por mostrar el resultado.
-Un placer trabajar con ustedes. -se despidió de nosotros Mar.
-El placer es nuestro. -le sonreí.
-El placer está en el sexo. -intervino Pepe Luí con sus chistes espontáneos. Todos pusimos la mirada en él, que se reía avergonzado.
-Espero que vaya todo bien. En cuanto saques el disco me lo compro. -dijo para romper el incómodo silencio. Le di las gracias muy contenta y me quedé en una cafetería cercana al retiro, donde habíamos grabado las últimas secuencias, con los músicos y Pedro.
-Vaya pasada. -Merce no borraba la sonrisa de su rostro. Los ojillos le brillaban. Todos estábamos ilusionados con el single, con el videoclip, con el disco. Era nuestro gran primer proyecto en el mundo de la música. El director musical se palpó los bolsillos buscando el móvil. No paraba de sonar "Gagnam Style". Reímos al oír su tono.
-Eso ya está pasado de moda. -rió José Luís. -Ahora la moda se llama Marina Marín. -dijo con voz de locutor de radio.
-Calla. -le pidió tan soberbio como siempre. -Dime, Paula. -contestó finalmente la llamada.
-Si car es coche, y men es hombre… ¿mi tía carmen es un transformer? -el chiste del pianista nos hizo reír, pero Pedro nos pidió silencio con un gesto.
-No es momento. -le dijo bastante preocupado. Intuí que algo malo pasaba. Ricky y Mercedes también lo notaron y cruzamos una mirada los tres. Teníamos miedo. Se levantó y salió del local para seguir conversando, por lo que no pudimos enterarnos de nada.
-Parece algo serio. -habló el bajista, que rara vez lo hacía.
El tiempo que estuvo fuera se nos hizo eterno. Cada minuto nos daba para planear otra hipótesis y otra y otra, hasta volvernos locos.
-Problemas. -resopló, sentándose en el banquete. -Ha habido un fallo con las grabaciones y el presupuesto es más alto del que disponemos.
-¿Un fallo? -quería saberlo todo acerca de lo que había pasado. Me influía directamente.
-Sí, al parecer han tenido que retocar muchísimo los audios porque contenían mucho ruido. Problemas en el sistema de grabación…
-¿Y eso qué significa? -quiso saber Merce, desquiciada por la noticia.
-El premio del concurso era una determinada cantidad para producir tu disco, pero no es lo suficientemente grande como para cubrirla.
-¿Qué más? -quise saber. Prefería que me lo dijese de una vez.
-Se cancela el disco. -el duro golpe nos dolió a todos, puse las manos en mi frente y bajé la cabeza. No quería saber nada del mundo. Mi sueño se había ido por el desagüe. Qué poco había durado la aventura.
-¿Y qué pasa con lo que grabamos? ¿Y nuestro esfuerzo? -se indignó José Luis.
-A la basura. -respondió con la mirada perdida en el vaso y sin pestañear. Él creía en mí.
-¿No hay otra solución? -preguntó Ricky.
-La hay. Si conseguimos un productor que ponga el dinero que falta… Pero tal y como está el país… es muy complicado. Habría que mover muchos hilos. -comentó por encima. Mercedes y yo comenzamos a moquear. Las ganas, el esfuerzo, la ilusión… se quedaron en el culo de la botella de aquel bar en el que deseé no haber entrado nunca. La rabia y la impotencia vinieron de la mano a cada uno de nosotros. El bajista se levantó enfadado, cogió su chaqueta negra y se despidió con un adiós amargo.
-Esta reunión ya no tiene sentido… -dejo caer mientras se largaba. Yo decidí irme también. Tenía toda la razón. Aquella cena ya había acabado. Cogí el coche y cambié la dirección. Fui directa a casa de Malú en vez de ir al piso con Li. Dejé que mis lágrimas salieran. Lágrimas que se habían acumulado en la cafetería y que no quise soltar delante de mis compañeros.
-¿Qué te pasa? -Llegué con la cara enrojecida. Había dejado de llorar hacía un rato, pero mis ojos me delataban. Con solo mirarme sabías que había estado llorando.
-Abrázame. -le pedí. Inmediatamente me envolvió en su cuerpo y suspiré en su hombro. Me acarició la cabeza y me pidió que me relajase y le contase lo que había pasado. Pero yo no quería hablar, simplemente quería descansar en sus brazos y desahogarme. Después del largo abrazo, se sentó junto a la chimenea y yo me eché en el sofá, dejando mi cabeza en sus piernas. Acarició mi pelo, haciéndome un cariñoso masaje mientras me miraba sonriente.
-Cuando quieras me lo cuentas. -dijo, sin dejar de jugar con mi pelo.
-Se ha roto mi sueño. -logré decir con la voz rota. Malú se incorporó sorprendida. Erguí mi cuerpo hacia delante y volteé las piernas para quedar sentada.
-¿Qué? -le conté más detalladamente lo que había pasado. -Verás como encontramos a alguien que quiera aportar lo que falta.
-¿Encontramos?
-Claro, voy a ayudarte todo lo que pueda. -sonrió. Me acerqué para besar sus labios y se dejó besar por mí. -mira que eres tonta. -interrumpió el beso de repente.
-¿Eh?
-Teniendo una novia cantante, te pones a llorar porque no encuentras productor… es que eres imbécil. -reí mientras nos mirábamos.
-Oye, ¿sabes que Pablo estuvo ayer ligando con Li?
-¿López?
-Sí. -abrió la boca sorprendida y después comenzó a reírse sin poder parar.
                                                   

-Ay, por dios, que me da algo. Tienen que ser tan adorables juntos.
-Tienes que verlos, son más graciosos. No paran de discutir. -estuvimos un rato hablando de ellos entre risas y caricias.
-Podríamos hacer una cita doble, de esas modernas. -propuso.
-Pues sí, pero entonces le tendríamos que contar a Pablo lo nuestro.

-Chica lista. -rió. -por cierto, hablando de contar lo nuestro. Mañana vienen mis padres a comer y… -comencé a negar con la cabeza. -Sí, sí, Marina, sí. -sonrió. Yo negué aún más fuerte. Ella no paraba de reír ante mi cara de susto. Me sujetó la cabeza para que dejara de agitarla y la arrastró hacia su boca. Nos besamos mientras mi mente daba vueltas pensando en cómo reaccionarían sus padres…