lunes, 17 de noviembre de 2014

T2. Capítulo 36. INFINITO.

Iba a ser nuestro hogar. Vi de reojo cómo se mordía el labio. Esa manera tan sensual de hacerlo. Era capaz de ralentizar el tiempo con un solo gesto.  Sus ojos parecían expresar mil emociones. Entramos en el jardín, con un césped muy bien cuidado. La piscina tenía la forma de una guitarra. Me enamoró. Unos metros a la derecha, unas cuantas casitas de animales. Su zoo estaría encantado. Unas escaleras muy sofisticadas nos recibían. Había cuatro peldaños hasta una pequeña terraza de unos dos metros de ancho que se extendía a lo largo de la fachada. En ella, había algunos bancos, otra escalera que daba a la piscina, y dos puertas. La principal y la que llevaba a la cocina. Atravesamos ésta primera con ganas. Quedamos fascinadas. Era la casa que deseábamos. El suelo era de un parqué claro, y las paredes blancas, con algunos fragmentos en negro. Los muebles, igual que éstas. La combinación entre estos dos colores opuestos. El sofá era bajo, una mesilla de igual tamaño en cristal lo complementaba. La tele estaba colgada en la pared. Era desorbitada. Un mueble negro se extendía bajo ella, con grandes cajones. Con forma cúbica, estanterías soportaban libros y películas. Una gigante cristalera con vistas a la piscina ocupaba la esquina del salón. Delante de ésta, un piano de cola maravilloso. Corrí a él y toqué unas cuantas notas. Pura magia. Después de este rincón, encontramos tras un arco el comedor. Unas sillas que parecían muy cómodas rodeaban la gran mesa. Esta sala era de tonos azules. Pero un azul clarito, un azul tímido. El paso de la nada al cielo. Un azul vago. Daba la sensación de estar en la playa. Tranquilidad, paz. Me gustaba. Y desde allí podíamos acceder a la cocina, que tenía los mismos colores que el salón. Aparte de los típicos muebles y electrodomésticos, una barra con varios taburetes. Sobre ella, había tres focos muy bajos. Colgaban de forma maestral. Elegante. Una fina columna de acero los unía a la pared. Volvimos al salón, donde estaban las escaleras, y al lado, un baño. Nos asomamos. Tal y como dijimos. Sencillo. Tan solo tenía un inodoro y un lavabo con un espejo. No queríamos nada más en él. Subimos ahora al piso de arriba. Comenzaba a anochecer, por lo que encendimos la luz. Le costaba coger fuerza. Apenas alumbraba. El pasillo era amplio, ancho. Los dos primeros cuartos estaban vacíos, aún no habíamos pensado qué poner ahí. Quizás pronto se convirtiese en un dormitorio infantil… El siguiente lo utilizaríamos de lavandero. Era muy pequeño. Tan solo había espacio para esa lavadora, y una pequeña terraza donde colgaríamos la ropa. Era curioso como en cada hueco de la casa encontraba vida. Veía vida. Sabía que en cada esquina estaba escrito mi futuro. Mis proyectos emergerían de ahí. Pronto dejaría de oler a pintura, para oler a nosotras. A hogar. Pronto el sofá se ensuciaría, la nevera dejaría de enfriar, los cristales manchados por la lluvia. Qué ganas de estrenarla, de empezar a vivir. Era como un nuevo juego. Una nueva etapa. Tenía  que reconocer que siempre había temido al inicio. Al comienzo. Pero esta vez tenía unas ganas horribles. El miedo ya no tenía lugar en mis planes. El miedo no era un personaje en mi nueva historia.  
-¿No es preciosa? -preguntó.
-Es más que eso. -reí. -después de ver el cuarto de invitados, tocaba el estudio que habíamos encargado. Sería un lugar en el que compondría y grabaríamos nuestros CD´s. Seguro que era un auténtico placer trabajar desde casa. Desde nuestro hogar. La puerta era mucho más gruesa que las demás. Entramos. Una especie de salón en el que varias pufs rodeaban una mesita se adelantaba al estudio. Las paredes eran blancas y un pentagrama con grandes notas musicales la decoraba. El pentagrama daba la vuelta a toda la habitación. Tras un cristal, las famosas paredes que aislaban el sonido. Con su micro en el centro. Con todos los muebles que requería un estudio de grabación. Sus cascos, sus mesas de mezcla. Sus instrumentos colgados… que por cierto, relumbraban. -creo que será mi lugar preferido.
-Me lo temía. -bromeó. La abracé por detrás.
-¿Sabes que te toca ahora? -susurré.
-Nuestro nidito de amor. -contestó. Nos dirigimos sin separarnos hasta el que sería nuestro dormitorio. Acarició el pomo con su fina mano y abrió. Era precioso. Una cama tan grande como la que teníamos se hallaba en el centro. Era blanca por completo, salvo el esbozo de la sábana, de un tono tan morado como el de las paredes. Las mesillas eran blancas, y las luces estaban en el cabecero de la cama, formando un hilo de focos. Un ventanal gigantesco iluminaría nuestro cuarto. Me asomé. Se veía muy poco debido a la oscuridad de la noche… pero tenía la certeza de que el sol al salir alumbraría cada rincón. A éste le seguía un vestidor muy amplio. Vacío, por ahora. Poco tardaríamos en rellenarlo por completo. También disponíamos de un baño, que se escondía tras una puerta corredera, muy cómoda. El baño era espectacular. Con los mismos tonos de la habitación. En él, junto a los muebles básicos de un baño, había una bañera con una forma irregular, formaba un círculo que no llegaba a ser perfecto. Para Malú era impensable no tener una bañera donde relajarse con su música y su espuma.
Sin ni siquiera esperármelo, me plantó un beso. No tardé en reaccionar. Agarré sus caderas, que se pegaban con fuerza a las mías. Miré de reojo al techo. Sonreí. Lo habían conseguido. Me moría de ganas por darle esa sorpresa. La pregunta era cuándo. ¿Cuándo era el mejor momento?
-¿Te pasa algo?
-No. -reí nerviosa.
-Uy, ¿qué tramas? -soltó mi nuca.
-Nada. -la besé. Pero se negó a continuar. Era así de cabezona. Le di un pequeño empujón y cayó en la cama. Su cuerpo rebotó varias veces.
-¡Ala, qué bruta!
-Venga ya, si solo te he dad… -hizo tal movimiento con el pie que me desestabilizó y caí de lleno en ella. Rió escandalosamente. Su risa era tan conmovedora… Yo la compararía con una llama de luz. Una llama de luz que te va iluminando hasta cegarte por completo. -te quiero. -la risa se extinguió. Me miró seria.
-Y yo a ti. -respondió, con un brillo latente en sus ojos. Nos besamos despacio. Nuestros labios eran los que tomaban el control. Los que nos llevaban. Bailaban muy pegados, sin retroceder. Bailaban como en una loca noche. Cambiaban rápidamente de estilo. Lo mismo se marcaban un vals, que pasaban al frenético ritmo de la samba. Y nunca se saciaban lo suficiente. Siempre querían más. Para ellos no había una meta más que disfrutar. No había razón para parar. Los bailarines parecían encontrarse cada vez más a gusto.
-Eres increíble. -confesó. Me paró el corazón. Dejó de latir por un instante.
-Se me habrá pegado de ti…
-Cállate. -me tapó la boca. Reí.
-Ábrete. -pronuncié alto y claro.
-¿QUÉ? -malinterpretó. Me salió una carcajada. -¿tan directa tú…?
-Mira arriba. -le dije, haciéndolo yo. Ella frunció el ceño. Sonreí embobada. Se giró y se tumbó a mi lado. Torné mi rostro hacia Malú. Quería ver su reacción. El pulso se me disparó.
-¡Oh! -exclamó. -es… no tengo palabras. El techo tenía una cristalera para ver las estrellas. La poca luz de la zona en la que nos encontrábamos permitía verlas con claridad. Brillaban con intensidad. Pensé que unas enamoradas de las estrellas necesitaban esto.
-Me alegro de que te guste. -dije, agarrando su mano. -como has visto, se controla por voz. -añadí.
-Me proporciona mucha inspiración… a la vez, me hace sentir pequeña. Y grande al mismo tiempo. Es muy contradictorio, cariño. -reí. Estaba hecha un lío. Pero entendía cada palabra que decía. -es como si tuviera el poder para dominar el mundo… me siento la reina. Y a la vez una plebeya de tan enorme sistema solar.
-Se te está yendo la pinza un poco.
-Sí… yo también lo creo. Pero qué más da. -me rodeó con una pierna, volcando su cuerpo hacia mí. -si tengo todo lo que quiero. -sonrió.
-¿Eso me incluye? -insinué.

-Claro, idiota. -dejó caer un beso en mi hombro. Alargué mi brazo lo máximo, hacia arriba. Cerré un ojo. Cogí las estrellas con mi mano. Ella me imitó. -puede que el universo nos controlase en algún momento. Pero ahora somos nosotras las que mandamos. El infinito es nuestro. -me miró de reojo. Sonreímos a la vez. Nuestro amor había traspasado las capas de la Tierra.

(Echarle un vistazo a: http://www.novelamaluymarina.blogspot.com.es/p/vuestros-spin-offs.html )

jueves, 13 de noviembre de 2014

T2. Capítulo 35. PABLITO.

No veía la hora en la que el avión despegase. Recogiera sus enormes ruedas y echara a volar. Estaba atacada. Ese niño era más que el simple hijo de mi amiga. Era como un sobrino. Un sobrino que no tenía mi sangre, pero sentía ese vínculo. Sería la mejor tía que Pablito pudiese tener. Eso estaba más que claro.
-¡Relájate! -exclamó Malú entre risas. -menudo viajecito me vas a dar.
-No sabes la que te queda, esposa.
-Vacilona. -me dijo, abrochándose el cinturón. -voy a llamar a la azafata para que te traiga unos somníferos y unas buenas almohadas. -bromeó.
-Me apetece un café.
-¡Ni loca te metes cafeína ahora!
-Joder, ni que fuera una droga o algo. -reí.
-Idiota. -me besó. -aquí la única droga que existe eres tú. -solté un "jij" un tanto agudo. -¡¿pero qué?!
-Ay, déjame, estoy nerviosa.
-No hace falta que lo jures…
El trayecto no terminaba. Mirar al oscuro océano me entretenía en algunos momentos, enormes cruceros asaltaban mi vista de vez en cuando. Parecían tan pequeños desde aquellas alturas… y en realidad eran auténticos monstruos marinos. El aburrimiento hacía el hambre. La azafata estaba un tanto harta de mí. Malú se había echado a dormir, y ya no tenía con quién charlar. El Ipad me distrajo un rato, estuve viendo una de esas pelis románticas que siempre acaban bien. Cuando acabó, con su "y comieron perdices", eran las cinco de la mañana. Me dediqué entonces a jugar a un juego sangriento de zombies que me habían regalado los de Apple. El sol comenzó a aparecer. Amanecía. Toda la noche en el avión y yo sin pegar ojo. Al final del pesado y eterno viaje, me puse a componer. Las nubes inspiraron a una letra que salió en apenas minutos. Fue cuando despertó María Lucía.
-Eres un reloj. -me sorprendí.
-¿Ya hemos llegado? -preguntó algo desconcertada. En ese mismo instante, anunciaron el aterrizaje. Sonreímos al oírlo. Golpeé el asiento que estaba delante de mí.
-¡¡Llegamos!! -chillé. La señora de dicho asiento se giró con cara de pocos amigos. Mencionó algo en inglés que mi escaso nivel del idioma me impidió entender. Era lo que tenía dejar los estudios…
-Creo que no le has caído muy bien, cariño. -afirmó segura.
-Qué pena. -dije con ironía.
Un taxi nos trasladó hasta el hospital donde se encontraban nuestros amigos. Llamé a Pablo para preguntarle cómo iban las cosas. Fue un parto rápido y apenas doloroso, según dijo. El niño estaba perfectamente, durmiendo. Todo había salido a pedir de boca. Agarré fuertemente la mano de mi mujer. Ella también estaba ansiosa por llegar. Era ya bien entrada la mañana. El taxista frenó y se giró para cobrarnos. Cada vez había que pagar más dinero. Qué robo.
-¿Cómo crees que será? -me preguntó para ponerme más nerviosa aún. -¿rubito? ¿morenito? ¿ojos negros, marrones, azules?
-¡Cállate! -le pedí, perdiéndonos por los pasillos. -le he pedido a Pablo que no me mandase una foto para llevarme la sorpresa, jope.
-Qué mona que eres… -me besó la mejilla sin ralentizar el ritmo frenético de nuestras pisadas. Al fin la habitación. Di dos golpecitos. El corazón me bombeaba con fuerza. Pablo apareció con unas enormes ojeras bajo sus ojos. Eso sí, su pelo seguía intacto. Le abracé.
-Enhorabuena papi. -le dije. Rió y me dio las gracias. Tras el saludo de Malú, nos invitó a pasar. Corrí de puntillas hasta la camilla. Lidia estaba tumbada con el peque entre los brazos.
-Está sobado. -susurró. -no ha dormido casi nada.
-Pues como yo entonces. -reí flojito. Besé la frente de mi mejor amiga. Eché un primer vistazo a Pablito. Estaba acurrucado en su madre. Tenía la cara muy redondita, la piel rosada, los ojos hinchados. Tenía los labios como sus padres La misma forma regular. Sus cabellos eran rubios, muy claros, todo apuntaba a que tendría el pelazo de su madre. La nariz era muy pequeñita.  Al igual que sus manos. Eran tan minúsculas… Li agarró mi dedo índice y lo puso en la palma del recién nacido. Lo apretó y yo morí en el acto. Pestañeó con dificultad. Bostezó y volvió a cerrar los ojos, pero esbozó una pequeña sonrisa que se grabó en mi mente para los restos.
-La baba. -murmuró Lidia, riendo.
-Joder, es precioso. -confesé.
-¿Quieres cogerlo? -preguntó. Yo asentí. Lo colocó en mis brazos y sentí la calidez de su enano cuerpo. Aunque era bastante grande en comparación con otros bebés. La sensación era indescriptible. Lo había querido tanto sin ni siquiera verlo… Y ahora lo tenía ahí, en mi regazo. Me quedé embobada mirándolo. Comencé a pensar cómo sería  pasados unos años. Lo imaginé gateando por los pasillos. En su primer día de guardería. Cómo sería su voz. ¿Le gustaría jugar al fútbol, o sería tan cantarín como su padre? Tenía tantas ganas de verlo crecer…
-Qué cosita… -murmuró Malú, quitándomelo de las manos. Lo apretujó en su cuerpo y lo meció por toda la habitación. Me senté en la camilla con Li.
-¿Cómo estás tú?
-Muy ilusionada. -sonrió.
-¿Y dolores?
-Eso se me olvida cada vez que lo miro. -se acarició el brazo.
-Vas a ser una gran madre.
-¿Acaso lo dudabas? -rió. -no, en serio, tienes que probarlo.
-Déjate, eh. -bromeé. -ya tendremos tiempo. -López me pegó una palmada en el hombro. Se le veía emocionado. Sus ojos brillaban como nunca lo habían hecho. Rió sin motivo. Verlos tan felices me contagiaba. Nos quedaban tantas cosas por vivir, por descubrir… La vida era un gran camino lleno de curvas, con cuestas y con bajadas. Llamaron a la puerta. Pablo fue corriendo a abrir.
-¿Me traerás unos churritos, no? -lo oí decir.
-¡Empieza a cuidarte, hombre, que ya eres padre! -escuchar esa voz me provocó una alegría infinita. Me dirigí hacia la puerta, y antes de llegar, ya estaba achuchándome.
-¡¡Natalia!! -exclamé. Pedro miraba perplejo, pero con esa sonrisilla tímida. También le abracé.
-¿Cómo está la recién casada? -preguntó el tío de Vane.
-Pues… recién casada. -carcajeé. Malú se acercó a saludar con el nene entre sus brazos.
-Mirad que preciosidad. -les dijo. Se asomaron a verlo.
-Ay… qué chiquitillo. -opinó, acariciándole el pie. Pedro lo observó con la misma cara, guardando las distancias. Seguía siendo el que era.
-Sentimos mucho el no ir a la boda… -se disculpó su mujer. -los médicos le recomendaron no moverse...
-Tranquila, tranquila. -intervino María Lucía. El dueño del "Rincón Musical" había tenido una subida de azúcar dos días antes del enlace, por eso no pudieron acudir. Fue una pena. Los eché en falta. Su presencia era importante para mí. Mucho. Habían sido mis padres durante la época, yo creo, más complicada de mi vida.
Aquella mañana la pasamos con los nuevos papis, más que enamorados de su retoño. No les faltaba razón. Era un niño guapísimo. Además de simpático. Se le veía en la sonrisa. Sería de lo más risueño. A la hora de comer no pudimos negarnos a la invitación de Natalia y Pedro, que se marcharon a eso de la 1 para prepararnos una comida de ensueño, o eso dijeron. Allí también acudieron Vanesa y su novia con sus respectivos hijos. La incomodidad era notable. No sabía cómo actuar ante ella. Vane se sentía igual. Y Úrsula, por supuesto, que pasó casi toda la comida con la cabeza agachada.
-¡¡Vamos a jugar a "La Voz"!! -pidió la niña. Aún recordaba ese día. Malú se mostraba afable con ellos. Al fin y al cabo no tenían la culpa de nada. Encima, la adoraban.
-Estoy muy arrepentida. Ya lo sabes… -se dirigió a mí cuando todos estaban pendientes de la actuación de Ana Belén, la más feliz de la familia. Yo tragué saliva. Sinceramente, ni yo misma sabía qué sentía.
-En ese momento… pf. -lo recordé.
-Lo siento. -volvió a pedir perdón.
-Oye, escúchame, ya está. -le ofrecí la mano. -olvídalo. Será lo mejor.
-¿Seguro? -dudó. Me encogí de hombros. Sonreí y me devolvió la sonrisa. Estrechamos las manos.
-Eso sí, habla con la jefa. -señalé con la cabeza  a Malú, que parecía concentrada de espaldas a la pequeña, que con su falda de ballet interpretaba una canción infantil. Le saqué una risa algo exagerada, que atrajo la mirada de mi chica. Frunció el ceño con gesto sonriente. Le guiñé el ojo y me imitó. Natalia consiguió que Ana formara parte de su equipo. Lo celebró como si estuviese en el mismo programa. María Lucía se acercó a nosotras.
-A ti aún no te he pedido perdón… -murmuró. Ella abrió los brazos, a los que Úrsula se entregó sin dudarlo.
-Creo que gano más teniéndote, que enfadarme contigo toda la vida. -dijo sabiamente.
-No sabía que estaba casada con una filósofa. -reí.

Pero la reconciliación con Úrsula y la venida al mundo de Pablito no fueron los únicos acontecimientos de ese día. Nuestra casa había sido terminada… Solo le faltaban los muebles del jardín y terminar de pintar algunas habitaciones… por lo demás. Lista. Antes de que atardeciera, ya estábamos en el solar. Unas enormes sonrisas emergieron en nuestras caras. Nos quedamos unos minutos observándola. Era la soñada. La indicada. 

jueves, 6 de noviembre de 2014

T2.Capítulo 34. VIVE.

Esa boda fue increíble. Un recuerdo grabado a fuego en mi mente. En esos anillos que llevábamos siempre en el dedo anular. En cada vídeo y fotografía. La huella de ese día era imborrable. Pero la celebración no terminó ahí. Después de pasar varios días en Algeciras, con muchos de los invitados que decidieron quedarse, viajamos a Huesca. Llevamos a mi madre hasta su casa, en la que pasaría unos meses. Necesitaba volver. Aunque yo sabía que se cansaría pronto. Se había adaptado a la ciudad. A la ciudad y a Pepi y sus aventuras.
-¿Seguro que no os importa llevarme? -preguntó mirándose por enésima vez en el espejo retrovisor.
-Claro que no. -le sonreí. -además, así nos despedimos.
-Ay… no me lo recuerdes. -se puso las manos en la cara.
-No te preocupes, la cuidaré bien. -la tranquilizó Malú, que le pasó su mano por el hombro desde el asiento trasero.
-No lo dudo. -suspiró.
-Mamá, no te pongas así. -reí.
-No me gustan los países raros. -bufó. Mi mujer y yo daríamos casi la vuelta al mundo en nuestra luna de chocolate, como decía ella. Era una auténtica loca de ese dulce. Pasaríamos por los países más exóticos. Los menos conocidos. Las islas más paradisíacas. Nos lo merecíamos después de tanto sube y baja. De tantas noches sin dormir. De tantas horas en la carretera. De arañarnos la voz. De desangrarnos en el escenario. De renunciar a nuestros placeres, para dárselos a nuestros seguidores. Esos que provocaban sonrisas y lágrimas. Emociones y tensiones. Esos que nos iluminaban.
-Pero es una experiencia única. -replicó ella.
-¿Y el hambre que vais a pasar? -preguntó, provocando nuestras risas.
-Te quiero, mamá. -susurré. -giró su rostro hacia mí y agarró mi mano, que se alejaba del volante poco a poco. La besó.
-Y yo a ti, hija mía. -murmuró.
-Me vais a hacer llorar. -dijo María Lucía simulando el llanto. Perdonar a mi madre, a día de hoy, creo que es de las mejores decisiones que he tomado. Me ha devuelto su ausencia con cariño, amor, respeto y consideración. Sabe entenderme. Sabe escucharme. Sabe cuidarme. Y lo más importante, sabe ser madre. Ha vuelto ese pilar que necesitaba. Ese sostén que me equilibrase. Eso me llevó a pensar en él. En esa figura. En mi padre. No tuve la oportunidad de despedirme nunca de él. En ninguno de los sentidos. Ni le dije adiós, cuando aún vivía. Ni le dije hasta siempre, cuando murió. Tenía esa espinita. Ese clavo del que no lograba deshacerme. Por ello, nada más llegar al pueblo, caminé a solas hasta el cementerio, que se encontraba a las afueras. Con las manos en los bolsillos y la capucha sobre mi cabello, emprendí la andadura. El ligero paso de mis zapatillas aceleró el trayecto. Tardé unos quince minutos en llegar. Hacía muchísimo tiempo que no pisaba ese lugar, nada agradable para mí. No me gustaba estar allí. Nunca me había gustado. El cielo estaba cubierto de nubes, algo normal en Calanda. Un suave viento movía la valla, algo regastada, provocando un chirrido molesto. La crucé y me frené. Alzando la cabeza, vi el enorme territorio que descansaba bajo mis pies. El albero conservaba su brillo. Pero algo había cambiado. Dos nuevas paredes con más lápidas en la derecha. Dos nuevas paredes… Había muerto mucha gente desde que no iba. El cementerio se dividía en frontones cargados de inscripciones y flores. No era muy grande el espacio que había entre ellos. Sin embargo, en la entrada, había una especie de patio con grandes árboles y algunas tumbas de gente importante.
Fui andando junto a las infinitas lápidas buscando aquel nombre. Ese nombre que sabía con certeza que saltaría a mis ojos. Y allí estaba. Una de las últimas. A él le seguían cinco más. Me puse frente a ella y no supe cómo empezar. Ocupaba el último lugar de su fila, rozando el suelo. Me arrodillé y puse mi mano sobre su nombre. La placa estaba fría. El mármol era negro, y las letras doradas.
-Hola papá. -susurré. -o Antonio, porque te fuiste sin ser mi padre. O eso entiendo… Sé que nunca me has aceptado, pero no puedes negar que me has querido desde que nací. Al igual que yo a ti. No sé cuando se pierde ese sentimiento… -sentí un escalofrío. -Nunca he comprendido por qué tanto odio hacia mí. Solo era un niña. Y lo peor de todo… era parte de ti, papá. Soy sangre de tu sangre, te guste o no. No me preguntes qué hago aquí, pero necesitaba venir. -me tomé un respiro. -apenas tengo recuerdos. Y los que tengo, son malos. Con mucho esfuerzo puedo sentir cómo me agarrabas la mano para cruzar la calle… Te he echado mucho de menos. Te he necesitado, y nunca has estado. Me hiciste demasiado daño… Duele decirlo. Duele pensarlo. Me duele cada vez que lo recuerdo. Yo solo quería ser feliz, hacerte feliz, sentir que estabas orgullosa de mí… No te pedía nada del otro mundo. Sabes que siempre me he conformado con poco. O casi nada. Me sobraba con un minuto de atención que me dedicaras. Un "¿qué tal el colegio?" Solo necesitaba una sonrisa tuya hacia mí… y ni eso me pudiste dar. Te pido perdón, perdón porque nunca te sabré perdonar. Jamás podré perdonarte. No puedo hacerlo. Lo siento. -me puse de pie. -espero que donde quiera que estés seas diferente. Espero que te vaya muy bien. De verdad. Hasta siempre, papá. -aquella conversación, más bien monólogo, me dejó algo tocada. Las viejas cenizas volvieron a despertar en mí. Sentía ese mal, ese sufrimiento. Era difícil apartarlo por completo de mi vida. De mi historia. Además, el entorno hostil del cementerio me llevó a reflexionar sobre la muerte. ¿Qué habría más allá? Lo había pensado muchas veces. Millones. Era algo que no me preocupaba, no tenía miedo a ella. Sin embargo, me producía curiosidad. ¿Qué pasa cuando tu alma sale del cuerpo? ¿Dónde vas? ¿Eres consciente? ¿Existe ese cielo o ese infierno? ¿Hay algo? ¿Nos quedamos vagabundos en la tierra? ¿Vemos a nuestros antepasados? No sostenía ninguna hipótesis. No era de esas personas cerradas que se abrazan a una sola idea. Yo era todo lo contrario. Tenía cientos de proposiciones en mi cabeza. Tampoco descartaba la idea de la reencarnación. De hecho, me parecía que era la que más sentido tenía. A lo mejor mi alma ocupa el cuerpo de cualquier otro ser pero se olvida de esta vida. A lo mejor. Si fuese así, me gustaría ser un animal marino. Vivir nadando por el mar libremente.  
-¿Dónde estabas? -preguntó Malú, que estaba sentada en la puerta de la casa. -¿y esa cara? ¿todo bien? -se levantó preocupada. Esbocé una sonrisa y miré hacia abajo.
-De parranda.
-No mientas. ¿Qué has hecho?
-He ido al cementerio. Quería hablar con mi padre. -no contestó. Se quedó sorprendida.
-Dios mío… -murmuró mi madre, que escuchaba a escondidas tras la puerta.
-¿Nos estabas espiando? -reí.
-No… -volteó los ojos. -pero hija, no me esperaba eso…
-Necesitaba ir. Solo eso. -entré, evitando cualquier comentario.
Tras pasar el fin de semana con mi madre, nos despedimos de ella. Comenzaba la verdadera aventura. Me asustaba, en cierto modo, la idea de visitar países tan alejados de mi hogar. Pero por otro lado, también despertaba mi interés. Los últimos años me habían cambiado. Había evolucionado, madurado. Mi mente se había abierto. Estaba dispuesta a conocer mundo. A estar en contacto con otras culturas. Tenía ganas de investigar, de comprobar que había más allá. Quería entender al mundo entero. Y mientras tanto, nuestra nueva casa comenzaba a nacer. Un chalet moderno a las afueras de Madrid que estaría listo para nuestra vuelta. Si todo salía bien. Solo tenían que reformarlo, pues ya existía. Iban a construirlo sobre otro más antiguo. El resultado sería increíble. Solo con el boceto se me pusieron los pelos de punta. Sentía verdadera emoción por el proyecto.
El avión era ya parte de mi vida. Uno, otro, y otro más. Los taxis de Nueva York, los tranvías característicos de San Francisco y los "moto taxis" de la India, fueron otros de nuestros aliados en el viaje. Pude conocer la diversidad, la cultura, el pensamiento de infinidad de sitios. Lo distinto que podía ser el color del mar, el tipo de suelo. El olor de las ciudades, el sabor de sus platos. La tranquilidad de las aldeas, el estrés de la Quinta Avenida. La riqueza del lenguaje, la música desde otro punto de vista. Y todo ello sin olvidarme de mis raíces. Sin soltar a Malú de mi mano. Sin quitarme el anillo que brillaba en mi dedo. Aquella luna de miel no fue una cualquiera. Nos sirvió para mucho. A parte de todo lo ya mencionado, mi forma de componer cambió. Se vio influida. Mi conocimiento había crecido. Otras ritmos se sumaron a mi guitarra. Otros acordes florecían bajo mis dedos. Y me valió para conocer a la mujer que me acompañaría en la vida, en distintos ambientes. Y sí. Me seguía gustando igual o casi más. Podía decir con firmeza que me agradaba en todos los campos, sentidos y ciudades. Me encantaba sin más.
-Pensé que la Estatua de la Libertad era mucho más alta. -comentó mientras la miraba. -me miró de reojo. -sí, sigue comiendo ese perrito caliente e ignórame. -reí con la boca manchada de ketchup.

-Tiene demasiada salsa. -hablé con la boca llena. Ella mordió el otro extremo de la salchicha.
-Lo afirmo. -dijo asqueada. New York fue una de las ciudades que más me gustaron. Tenía un encanto, un tono especial, una magia que no había conocido antes. Era la ciudad de los sueños, sin duda. -el móvil. -me avisó. Estaba tan ensimismada que ni lo había oído. Era Pablo.
-¿Sí? -pregunté mientras mi chica limpiaba simpáticamente mi boca.
-¡Marina! ¡Marina! -parecía alterado.
-¿Qué ocurre? -Malú me miró dudosa. Me encogí de hombros. Se acercó sutilmente a mi oreja para oír junto a mí.
-¡¡Es Li!! ¡¡Pablito está llegando!! -exclamó con la voz rota.
-¡¡QUÉ!! -gritamos las dos a la vez. El teléfono se me cayó al suelo. Mi amiga pariendo y yo a miles de kilómetros.
-¡¡Estás mongola!! -gritó María Lucía, agachándose a por el móvil. -¡¡cuenta qué pasa!!
-¡Estamos entrando al hospital, en cuanto sepa algo más os llamo! -avisó.
-¡¡PABLO JODER HAZ AL…!! -la voz dolorosa de Li fue lo último que oímos. Mi piel de gallina solo pedía una cosa. Coger un avión.
-Dios… -me emocioné. Malú me abrazó fuertemente. Lo necesitaba. La achuché contra mi cuerpo.

-Tenemos que ir a verla ya. -agradecí esa idea. En menos de una hora habíamos vuelto al hotel. El enano nos esperaba. 

domingo, 2 de noviembre de 2014

T2. Capítulo 33. COMO UN ÁNGEL.

Y siendo aquella una de las tardes más especiales de mi vida, comenzó a irse el sol. Sentí la necesidad de ver al astro esconderse en el mar. Hundirse en él hasta que no quedara ni un rayo en el planeta. De ver cómo se oscurecía el cielo, dejándome contemplar las estrellas. Salí al patio. El restaurante estaba en un lugar alto desde el que se divisaba la costa. Allí vería el fenómeno perfectamente. Deseé tener un poco de soledad. Un respiro. Cero flashes. Cero agradecimientos y felicitaciones. Pero parecía que no era la única que quería presenciar el final del día. Su cabello era inconfundible. Me acerqué al poyete y me senté a su lado. Sonrió tímidamente mirando el abismo que había delante de nosotras.
-¿No tenías vértigo? -pregunté. La conocía de sobra.
-Lo he ido perdiendo. -contestó. Asentí con la cabeza. -como a ti. -se me formó un nudo incómodo en la garganta. -lo siento, perdona. No era mi intención. -se disculpó. -joder, soy una idiota.
-Tranquila, Vanesa. -le pedí. -todo bien.
-No quiero arruinar tu día. -bajó de nuevo la mirada.
-Gracias por venir. -susurré al cabo de unos segundos.
-No es fácil. -dijo.
-¿El qué no es fácil? -quise saber. 
-Nada, nada. -suspiró. Agarró la copa que había en el otro lado y le dio un sorbo. Ignoré aquello y miré como el sol desaparecía lentamente. -es duro verte casándote, Marina. -mi corazón se desvaneció a la velocidad que el enorme astro se alejaba. Dolía. -tu huella es demasiado grande. Entiéndeme. -tragué saliva. Ni siquiera sabía qué decir. -eh. -rió, dándome un codazo. -quiero que seas muy feliz.
-Y yo. Pero también quiero que tú lo seas.
-Lo seré. Creo que me va a ir muy bien con Úrsula. Lo presiento.
-Es una buena mujer.
-Sí. -respiró profundo. La noche se hizo en el sur de la península. -deberías volver. Alguien reclamará tu presencia.
-Estoy un poco cansada. -reí. -dame un sorbo de eso, por favor. -me tendió la copa y bebí un poco, dejando el color de mi pintalabios en ella.
-¡Ea, ya me la has manchado! -se quejó, mientras yo me alejaba, volviendo al convite. Allí hice lo que llevaba haciendo toda la tarde. Agradeciendo las felicitaciones, los regalos, conociendo a más y más invitados.
El final de la boda fue lo mejor. Cuando muchos ya se habían ido, comenzó la verdadera fiesta. Teniendo la gran suerte de que gran parte de los allí presente se dedicaban a la música, empezó un macro-concierto increíble. Todos en el escenario robábamos el micro y poníamos en marcha la diversión. Alborán se colocó en el centro y lanzó con su chorro de voz un solo que nos dejó mudos. Al segundo, lo echaron de allí a empujones mientras él reía sin parar. Era insuperable. Canción tras canción, la noche se fue alargando. Dieron la 1, las 2, las 3… Los padres de Malú se arrancaron por bulerías, mientras mi madre, tímida como ella sola, se movía siguiendo los pasos de mi suegra. Malú, que estaba en lo más alto, reía sin parar. Roja como un tomate. Se acercó a mí, tirándose en mi hombro sin parar de carcajear. Me contagió. Y así, con el delicioso sabor de su risa, fue agotándose la luz de la luna. Llegaba la hora de recoger. De descansar. No sentía los pies. La cabeza me daba vueltas. ¿Cuánto había dormido en dos días? Entre la noche en la playa y ésta… mis horas de descanso fueron bastante escasas.
-¿Qué cojones…? -Malú se frenó de golpe cuando caminábamos hacia el coche que nos llevaría al hotel.
-¿Qué has visto? -le pregunté. Pero estaba sin habla. -¿Cariño? -miré hacia donde apuntaban sus ojos. Una carcajada seca salió de mi boca. Jamás lo habría imaginado. Pero estaba ocurriendo. Era real. Me agarré a su cuello para no caerme, porque el sueño y el ataque de risa que me había entrado me estaban empujando al suelo. Ella, tras superar el shock, caminó hacia el auto conmigo a rastras con una gran sonrisa de la que emergían carcajadas. Lo de que las bodas era una gran oportunidad para ligar era cierto. Pero nos preguntábamos si eso surgió allí o antes. José y Mari juntos. Qué… indescriptible.
-Párate un momento a pensar en los hijos que pueden salir de ahí. -bromeó Malú mientras se colocaba el cinturón.
-No nos precipitemos. Lo mismo solo…
-¡Le estaba metiendo la lengua en el hígado! -me cortó ella.
-Qué expresión tan romántica. -reí. Ella rodeó mi cintura. -¿te ha gustado nuestra boda? -pregunté, acariciando las infinitas ondas que formaban su pelo. -inolvidable ha sido desde luego. -sonreí. No contestó. Se limitó a mirarme y a esbozar una pequeña pero gran sonrisa. Lo entendí. ¿Para qué hablar si ya sabíamos lo que íbamos a decir? Se coló en mi vestido y acarició mi pierna despacio. Como si no tuviera fuerza. Movía su índice sin mucho ímpetu. Pero me bastaba. Un mínimo movimiento. Un simple roce me llenaba. Ella sabía hacerlo. Sabía dármelo todo con un gesto. Coloqué mi mano sobre el dorso de la suya. Estaba cálida. No dudé un segundo en entrelazar sus dedos con los míos. Ella los apretó, regalándome la eternidad.
-Chicas, hemos llegado. -nos anunció el conductor. -buenas noches. -sonrió.
Probablemente comenzaba una de las noches, aunque ya era casi de día, más imborrables de mi vida.
Caminamos por el pasillo, completamente desierto dadas las horas, buscando nuestra habitación.
-¿Qué sientes? -me preguntó.
-Cosquillas. -reí nerviosa.
-Vale, veo que no soy la única. -contestó. Paró y me besó, apoyándome en la pared amarillenta. -siento como si fuese la primera vez que te beso. -un escalofrío recorrió mi cuerpo de principio a fin.
-Yo también. -murmuré, buscando su cintura.
-Anda, vayamos a la habitación. No le demos espectáculo al que vigila las cámaras de seguridad. -bromeó, abriendo la puerta con la tarjetita mágica. La suite estaba llena de globos y pancartas, nuestras maletas sobre los sofás, y una caja enorme en la mesa. Las sorpresas aún no habían terminado. En los carteles vimos que todo esto tenía que ver con nuestros clubes de fans. Ambos se habían unido para hacernos un regalo, como ponía en la caja de cartón duro.
-Dios mío… -me emocioné.
-Son geniales… -dijo perpleja. -a veces me pregunto qué he hecho para que puedan quererme tanto. -suspiró. -¡vamos a ver qué es! -intentó despegar la banda de celop que había con las manos. Pero fue imposible conseguirlo. Busqué una tijera y la ayudé. Cuando la abrimos, no pudimos creer aquello. Había una guitarra negra con los bordes en plateado. Un plateado que brillaba con luz propia. En el borde de abajo estaba inscrito mi nombre con ese mismo color. Era una auténtica preciosidad. Y junto a ella había un pie con micro incluido. En la parte superior, su nombre grabado en vertical. El micrófono  parecía muy cómodo. Original. Personalizado para una única persona. Ella.
-Joder… -me puse las manos sobre la cabeza. María Lucía seguía embobada. Agarré el instrumento y me lo colgué con la correa que traía, también bordada con mi nombre. Toqué. Sonaba perfecta. Malú ya estaba haciendo de las suyas con el pie de micro. La miré riendo. Se movía ágilmente dándole bandazos de un lado a otro. -qué energía… -opiné.
-Deja eso. Que hoy tu guitarra soy yo. -se dirigió a mí segura de sí misma. Me descolgó mi nueva adquisición y la puso a buen recaudo. Agarrándome de la nuca, se perdió en mi boca como tantas veces había hecho. Pero esta era especial. Hoy me sabía diferente. Sabía a algo nuevo. Se me escapó una sonrisa. -vamos. -me susurró, desatando mis ganas. Me dio la vuelta para quitarme el vestido. Quedó en el suelo, rodeándome. De un salto, me libré de él. Fue fácil. Lo que sí que me costó más trabajo fue deshacerme de su ropa. La cremallera parecía no quererme mucho. Mi mujer reía desorbitadamente mientras yo luchaba para quitarle el vestido. Tras varios intentos, ambas quedamos al desnudo. Nos miramos.
-Ni que fuese la primera vez que me ves… -susurró.
-Como tú has dicho antes, siento que es la primera vez. -y la besé. La besé con ganas mientras nos íbamos tumbando en el lecho. La cama era amplia. Enorme. Con un colchón que parecía traído del paraíso. Mis besos fueron cubriendo su piel cada vez con más rapidez. Su respiración se aceleraba junto a la mía. Dimos vueltas. Muchas vueltas. Sin dejar de tocarnos, de acariciarnos, de darnos todo el amor que habíamos guardado. El tiempo volvía a ser nuestro. Lo controlábamos. Ya no nos superaba. Ya no nos separaba. Ahora éramos nosotras las dueñas. Las que teníamos el control. Lo paramos. El tiempo ahora no existía. Era polvo. Polvo que ya nada podía hacer. Solo esperar sentado viendo cómo disfrutábamos.
Su forma de hacerme el amor era tan única. Tan especial. Sabía hacerme olvidar todo, para centrarme en ella. En cada movimiento que me hacía delirar. En sus susurros convertidos casi en gemidos, que se mezclaban con los míos. Y lo hizo. Lo volvió a hacer. Me llevó más allá del planeta. Acaricié las puntas de todas las estrellas. Y pude abrazar a la luna. Descansé en las nubes, que lentamente me devolvían a la tierra, donde abrí los ojos y me encontré con su sonrisa, que se dirigía a mi frente. La besó.
-¿Agua? -pregunté. Rió.

-Confórmate con mis besos. -dijo, fundiéndose en mi boca. Pero antes de que pudiese hacer algo más, la puse bajo mi cuerpo. -holi. -dijo con una dulce voz. Voz que se quedó en mis labios. Alargué mis brazos. Acaricié con las uñas los suyos, hasta agarrarle las muñecas. Comencé a mover mis caderas. -uy… -se mordió el labio, volviéndola más irresistible de lo que ya era. Me colé en su cuello, cuya suavidad me hizo perder el control de mis actos. Su piel me superaba. Me podía. Era de ángel. Su olor me atraía. Sus suspiros me conducían. Me guiaban. Era tan fácil, tan mecánico. Mi cuerpo iba solo. Actuaba por puros instintos a los que ella respondía. Me entregué a ella. Se retorcía entre las sábanas. Las agarraba. Arañaba mi espalda. Soltaba quejidos de placer. Le di todo lo que tenía. Y la hice mía. Tan mía que jamás escaparía de mí.