martes, 8 de abril de 2014

Capítulo 60. DESAFÍO.

Dicen que hay que aprender a levantarse cuando uno se cae. Yo me había chocado contra el muro cientos de veces, cada golpe era diferente. Unos eran más dolorosos que otros, el caso es que, por desgracia, me había acostumbrado a eso de que las cosas saliesen mal. Me había habituado al duro material del suelo. A tener mil heridas. Aún así, seguía sintiéndome de goma. La persona más débil del universo. Cada piedra me hacía más vulnerable, cuando debería ser lo contrario. Hacerme fuerte con cada lección de vida. Pero no, yo me volvía pequeña, indefensa. Y eso era lo que sentía justo en este momento. No quería que la alarma sonara. Levantarme era un enorme desafío.
Ya habían pasado cuatro días y no había recibido noticias suyas. José solía llamarme con frecuencia para ver cómo estaba. Le preguntaba por ella. Seguía mal, según él, peor que yo. Pero eso era cuestionable. Ningún sentimiento puede ser medido. Por mucho que intentemos verlo… hay gente que puede llegar a sentir más dolor que uno que aparenta estar pasando el peor momento de su vida. La clave está en la manifestación de nuestro estado. Hay gente que sabe amar o sufrir en silencio, y no por eso significa que sientan menos que otros que lloran días y días. Yo intentaba, en la medida de lo posible, guardarme todo. Era de ese tipo de personas. No quería amargar a los de mi alrededor con mis problemas. Si expresara el malestar que sentía, ninguna persona sería capaz de estar a mi lado.
No podía más. Tenía que saberlo, tenía que saber por qué habíamos llegado a ese extremo. Ese mismo día había jurado que era ella la mujer de mi vida, que jamás nos separaríamos. En cambio ahora… ¿Qué me quedaba? Esa idea de felicidad inventada que había creado mi cabeza. Por más que intentaba asimilarlo me era imposible. Aún no me había creído que había desaparecido de mi vida. Que se había largado cuando mi corazón más la amaba.
-¿Me echas una mano con la comida? -me preguntó Li.
-Claro. -le sonreí. -qué menos… -me puse a cortar la cebolla mientras ella calentaba una olla con agua.
-¿Cómo has dormido?
-Dejémoslo en que he dormido. -le respondí sin dejar de mirar al cuchillo. Solía cortarme con facilidad. Me concentré al máximo en donde ponía el cuchillo.

-Bueno, vamos a poner algo de música para animar esto. -dijo Lidia, encendiendo la radio y poniendo la emisora que nos gustaba.
-"Si te amé, ya no sé… ni tu nombre ya no existes en mi piel, si lloré, no recuerdo cómo fue…" -la letra de la canción me llegó tan hondo que sentí mi organismo estallar. Era el tema que yo misma había tocado. Una canción que había oído hasta la saciedad. ¿Cómo pude odiarla tanto en ese momento…? Me despisté y me rebané medio dedo. 
Un chorro de sangre salió disparado mientras el estribillo seguía sonando. -"Si te amé, pudo ser… un momento de locura." -Lidia me limpiaba la herida, pero yo no pude soportar más oír salir esas palabras en su voz. Me di la vuelta furiosa y tiré de la radio, el cable se soltó del tirón que le di. La estampé contra el suelo y se rompió en mil pedazos.
-Marina… -se quedó impactada mi compañera de piso. Suspiré agotada. Ella me miraba impotente, sabiendo que no podía hacer nada. -Vamos. -dijo, agarrándome por el brazo.
-¿A dónde? -pregunté desconcertada.
-A buscar a Malú. No puedes estar así toda tu vida. -ni una palabra más bastó para convencerme. No tenía ni idea de qué iba a ocurrir, ni me lo imaginaba.
-Vale, pero antes apaga el fuego, anda. -la avisé. Ella rió distraída y pulsó el botón de la vitrocerámica. 
Nos subimos al coche y por segunda vez, su música en la radio. ¿POR QUÉ LE HABÍAN DADO HOY POR PONERLA A TODAS HORAS? Decía eso de "¿Por qué te vas y caigo en un abismo dónde no hay salida…?" Solo oímos eso. Mi amiga cambió la emisora. Probablemente tenía miedo a que rompiese la ventana del cristal o algo. Quise responderle, aunque obviamente, era una canción. De todas formas, un impulso me llevó a gritarlo.
-¡¡YO NO ME HE IDO!! -Li me ignoró y siguió mirando la carretera.
-Apriétate. -me dijo mirando mi dedo cubierto por una servilleta ensangrentada. Hice lo ordenado. El corazón se me iba a salir del pecho. Las manos me sudaban, como cuando me ponía nerviosa.
-¿QUÉ HACES? -le grité nerviosa. Se había metido por otro camino.
-Ir a recuperar a tu princesa. -dijo tan normal.
-¡ES POR LA OTRA SALIDA! -exclamé.
-Jo, yo no me entero en este pueblo. ¿No podía comprarse una casita al lado nuestra? -reí. Dio la vuelta invadiendo el sentido contrario. Bajé la mirada al suelo risueña. Oí un sonido extraño. El coche se paró en horizontal a la línea del medio. Vamos, que tanto los coches que iban, como los que venían, no podían pasar.
-Serás huevona… -me eché reí por no llorar. Le dio mil vueltas a la palanca de cambio, aceleraba y frenaba. Nada.
-¡Jo! -le dio un puñetazo al volante. -No hay manera.
-Anda, toma. -le di mi móvil para que llamase a una grúa y abrí la puerta.
-¿Dónde vas, colgada? ¡No me dejes aquí tirada! -me chilló por la ventanilla. -¡Pero si faltan dos kilómetros para llegar a la casa! ¿Dónde vas? -le dije adiós con la mano. Siguió gritando. Yo pasé.
Fui pensando por el largo camino qué decirle. Pero tenía claro que por más que pensara, cuando llegara allí no iba a decir nada que tuviese organizado. Iba a soltar las cosas tal y como las sentía. O puede que me cortara y me rajara. Que diera media vuelta. Perdí el hilo de mis pensamientos, me quedé en blanco. Llegué a su fachada. Estuve como cinco minutos en la puerta, dando vueltas sobre el felpudo. Había acercado mi dedo al timbre unas cuantas veces, pero no me atrevía a llamar. La puerta se abrió lentamente sin que yo hubiese tocado. 
-¿Pensabas llamar algún día? -rió. Yo sonreí tímidamente y asentí. -pasa, anda. -dijo sin mucho ánimo. Se me cortó la voz. No me salía decirle nada. Al pasar por delante suya, su fuerte aroma me traspasó el cuerpo. Me tragué las lágrimas. Verla me había producido un dolor fortísimo. Nos sentamos en el sofá y un silencio se formó, esta vez incómodo, no como los que teníamos antes. -¿No piensas decir nada?
-No soy yo quien debe hablar… -le dije sin mirarla. Lo entendió.
-Te quiero. -sonó sincero.
-¿Entonces por qué todo esto? Malú, en serio, estoy hecha un lío. No sé a qué ha venido tu comportamiento.
-Joder. -murmuró. -Marina, te juro que te amo.
-Deja de decir eso… haces daño. -echó la mirada al suelo. Mis palabras fueron frías y directas a donde más dolía, pero debía decirlas. Tenía que saber lo que me había hecho pasar.
-Cariño…
-Déjate de rodeos. Dame un por qué antes de que me vuelva loca, por favor. -le rogué. Observó mi punto de desesperación y suspiró. Se puso la mano en la frente.
-Está bien. -cedió. -voy a por una tila, espera. -pintaba mal, muy mal. En realidad no quería que volviera a sentarse con las tazas. No quería estar allí. Tenía miedo. Esta situación me superaba. Por otro lado, me moría de ganas por saber el motivo. ¿QUÉ HABÍA HECHO? Me había entregado totalmente. La pierna me empezó a dar saltitos. Me dio la tila y le di un buche. -sí, bebe. -quise chillarle que lo soltara todo… pero me mordí la lengua. No me gustaba gritar, y menos a ella.
-Venga… -le supliqué. Mis latidos se multiplicaban. Necesitaba saberlo de una vez por todas. Su móvil sonó, me puse histérica. Resoplé. Ella se quedó mirando la pantalla.
-Tengo que cogerlo. -me miró con miedo. -lo siento… -se levantó y se alejó. Mientras Malú dialogaba yo sorbía el culito de la taza. Me la había tomado en dos buches. Me iba a hacer falta.
Volvió a sentarse. Llevaba unas piratas negras ajustadas y una camiseta de manga larga de deporte. Seguía siendo perfecta. La miraba y es que no podía hacer otra cosa que amarla. Era para mí, estaba segura.
-¿Preparada…? -me preguntó frunciendo el ceño.
-¡YA, POR FAVOR! -chillé.

-Nos han descubierto…

lunes, 7 de abril de 2014

Capítulo 59. BLANCO Y NEGRO.

Eran casi las cuatro de la mañana. Li me llevó rodeando mi cintura hasta la cama. La había deshecho y preparado para que me acostase. Me sentó en el borde con cuidado y yo me eché hacia atrás. Estaba exhausta. Me había hecho demasiado mal eso de emborracharme. Me di la vuelta y quedé boca abajo. La cabeza me iba a reventar en cualquier momento.
-No te vayas. -le agarré la mano sin mirarla. Se sentó y acarició mi pelo, que tapaba toda mi cara. No pude evitar volver a sollozar. Cada recuerdo me arañaba. Solo sentía ganas de morirme.
-Tranquila. -me susurró, acercándose a mi oreja. -estoy aquí contigo. -sus palabras me ayudaron. Parecía una estupidez… pero fue la mano que sostuvo mi caída a un abismo infinito. Me aferré a ella lo más fuerte que pude. -tranquila. -repitió. Cada vez que lo decía, una gota de vida me llegaba. Me acarició la cara, apartando el pelo que la cubría. Me cerró los párpados. -duérmete. -me pidió. Calmé mi respiración. Las lágrimas pararon de salir. Habría agotado el suministro otra vez… Se tumbó de lado, abrazándome. No sabía cómo, pero con su pequeño cuerpo me hizo sentir protegida. Encontré en sus brazos el refugio que necesitaba. Cuando ya estaba totalmente calmada, otra vez apareció ella, esta vez me llegó al olfato. Las sábanas seguían impregnadas de ella. -¿qué pasa ahora? -me preguntó al oírme llorar de nuevo.
-Huele a ella… -sollocé.
-¿Quieres dormir conmigo? -me preguntó, secando las gotas que resbalaban por mi rostro enrojecido. Asentí. Me pasé la noche abrazada a ella. Necesitaba a alguien y ella estuvo conmigo una vez más. Siempre. No me había fallado.
El día siguiente fue aún peor. Me levanté a la hora de almorzar chorreando en sudor y con un taladro en mi cabeza que me impedía pensar. Mis párpados se habían quedado pegados. Ellos tampoco querían vivir en aquel mundo de mierda. Un mundo que se había quedado hecho trizas. Querían seguir cerrados para no asumir que ella no estaba a mi lado.
-Ya era hora. -me dijo Li al verme atravesar el salón. Estaba limpiando los muebles, como cada fin de semana. Parecía algo común, aunque no era otro domingo más. Era un domingo sin ella. -¿has dormido bien? -no contesté. La respuesta era obvia. -Oye, intento normalizarlo un poco…
-Ya lo sé. -dije, buscando la caja de ibuprofeno. -no sé cómo voy a agradecerte lo que hiciste anoche por mí.
-Idiota. -rió. -sabes que puedes contar conmigo siempre. -me sonrió. -ven aquí, anda. -nos fundimos en un fuerte abrazo. Mi mayor problema, mi mayor miedo. La soledad. Era incapaz de quedarme sola. Necesitaba siempre a alguien… Quizás si en el momento que me dejó hubiera estado acompañada, no me habría emborrachado. No habría llegado a ese punto. Pero lo hice. Era incontrolable.
-Se ha ido tan de repente… -moqueé.
-Eh, no empieces otra vez. -me dijo Li, que ya me veía al borde de derrumbarme de nuevo.
-Es que… si hubiera una razón… Porque si no estuviéramos bien lo entendería. Lo habría visto venir… Pero es que ha sido muy rápido... -Lidia suspiró al escucharme. No supo que decir. Estaba tan impactada como yo.
-Seguro que en dos días vuelve corriendo. Era muy feliz contigo.
-¡Por eso no sé por qué me vino con eso anoche! -exclamé pegando un puñetazo. -Odié que no me diera una explicación. Joder, aunque fuese mentira. Ahora me pasaba el día dándole vueltas.
-¿Por qué no quedas con ella? -me propuso. No se me había pasado por la mente. Cogí el móvil y miré su whatsapp.
-No se conecta desde antes del concierto…
-Prueba a llamarla. -dijo. Me dispuse a ello. "El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura". Lo tiré contra la mesa de la misma rabia.
-Sácame de aquí. -le pedí a mi mejor amiga.-necesito despejarme. Hagamos cualquier cosa.
Después de comer, a eso de las cinco, nos montamos en el coche. Le pregunté que a dónde íbamos, pero no me contestó. Le encantaba eso de sorprenderme.
Me encontré a todos mis amigos muy bien arreglados. Estaban junto a la cartelera del cine.
-¿Te apetece ver una peli con tus coleguis? -me preguntó sonriente. Me parecía un plan perfecto. Palomitas, película, gente, risas. Me senté entre Quique y Vanesa.

-Me he enterado de lo de Malú. Lo siento mucho. -me susurró la que había sido el amor de mi vida.
-¿Cómo?
-Li nos lo ha contado. -la muy cotorra… no se podía callar. Bufé. No me apetecía hablar de ello. Había salido precisamente para olvidarme. -espero verte más por el bar.
-Si prácticamente no paso por casa… ¿cómo quieras que vaya al "rincón"?
-Qué diva estás hecha. -soltó espontánea. Yo no pude evitar que saliese una carcajada. Los espectadores me mandaron a callar. Enrique me lanzó una palomita que dio en mi ojo.
-¡Ah! -me quejé. Le metí un codazo. Necesitaba eso. Diversión. Alejarme de la melancolía que me rondaba. Por ello, alargué la quedada lo más que pude. Les invitamos a cenar a casa, cena a la que asistió López.
-¿Qué tal estás? -me abrazó.
-Ahí vamos. -reí tímidamente. En realidad fatal.
-Se arreglará, estoy seguro. -chocó mi mano.
La noche se sucedió contando anécdotas viejas. Pasamos un buen rato. Me hablaron del concierto que di la noche anterior. Según ellos, lo hice más que genial. Que estuve enorme. Pero cada vez que oía la palabra "concierto", se me venía la imagen de su silla vacía. ¿Cómo podía echarla tanto en falta? Había pasado de ver la vida en color, a verla en blanco y negro.
 -¿Os habéis enterado de lo del padre de Lorena? -dio un golpe repentino Gloria en la mesa. Ella era una de sus mejores amigas.
-¡Ostias, sí! ¡Qué fuerte! -opinó Jessy.
-Joder, soltarlo. -me desesperé. Ellos rieron.
-Cómo ahora ya no estás por el barrio pues pasa lo que pasa, que no te enteras de nada. -me lanzó una pullita Leire, la novia de David.
-Se ha cepillado a la frutera. -me eché a reír. Las carcajadas se amontonaban en mi garganta para salir. Fue la manera espontánea de decirlo de Quique lo que me acusó tanta risa. -cómo de "loser" tiene que ser para tirarse a una frutera de un barrio cutre siendo político. ¿Hola? ¿Me cuentas tu vida? -volví a descojonarme. Gracias a esta risoterapia extraña que estaba haciendo pude liberarme de la tensión acumulada que soportaba.
-Lo peor es que su mujer se ha enterado y lo ha echado de casa. -añadió Glo. -Lorena lo ha acogido en su casa, no le ha quedado otra.
-¡Y se le cortó el rollo! -rió bruscamente Quique, que había ido detrás de ella durante mucho tiempo y no le hacía caso. Lorena no quería parejas, no quería enamorarse. Vivía la vida loca. Cada noche un hombre nuevo ocupaba su cama.
-La pobre está de sequía extrema. -aportó Jorge.
-Ay, qué penita. -dijo Li. Ella tan buena como siempre.
-No, eso le pasa por puta. -Enrique le tenía un rencor guardado importante. Se formó un murmullo después de decir aquello. Yo seguía riéndome. Lidia me miraba contenta. Había conseguido alejarme del malestar y la depresión.
Cuando se fueron todos, miré el móvil. Una llamada perdida de "El cuñi molón". Reí al ver el nombre, él mismo lo había puesto. ¿Quién sino?
Me quedé mirando la notificación. No sabía si devolverle la llamada o acostarme. Le di unas cuantas vueltas al móvil. Tarde o temprano iba a caer… así que, marqué su número.
-¿Cómo estás? -preguntó nervioso.
-¿Cómo quieres que esté…? -dije decaída, colocándome en la cama. Mi compañera de piso se había encargado de cambiar las sábanas del dolor. El dolor que me producía su olor. Su aroma me resquebrajaba por dentro. Me traía miles de recuerdos. Era un placer dañino.
-Mi hermana es idiota. Te lo juro. -parecía alterado. -me lo ha contado y me he quedado flipando. -me quedé en silencio. No sabía que contestarle. Tenía toda la razón.
-¿Te ha contado por qué me ha dejado?
-Que va… ¿por?
-Ni idea… Simplemente me dijo se acabó y se largó.
 -¿QUÉ? -se sorprendió. -¿en serio?
-Totalmente en serio… -la voz fue perdiendo fuerza conforme terminaba la frase.
-En cuanto la vea la mando al rincón de pensar, como a nuestro hermano. -reí. -No, no te rías. Se ha comportado como una niña pequeña, sinceramente. Te pido perdón…
-Tú no tienes que pedirme perdón, idiota. -reí.
-Oye, afloja las confianzas, eh. -volví a reír.
-¿Cómo está ella…?
-Fatal. Destrozada. Rota. -me partí en dos. Los tres adjetivos me congelaron la garganta. -nunca la había visto tan mal por una relación…

Al colgar me tapé con las sábanas. Cerré los ojos. La segunda noche sin ella. Sin sus buenas noches, sin sus besos, sin ese te quiero antes de dormir, sin su cuerpo abrazado al mío aportándome calor, sin su piel pegada a la mía, sin sus ojos que alumbraban la oscuridad de la noche, sin sus susurros que cortaban el silencio, sin aquella forma de pestañear, sin su sonrisa infinita, sin sus dedos acariciando mi espalda, sin su manera particular de arrastrarme a ella con sus pies, sin la ilusión de que al despertar la vería. Pero sí tenía una cosa de ella esa noche. Su ausencia mortífera. 

domingo, 6 de abril de 2014

Capítulo 58. NO TE PUDE RETENER.

El trabajo más el comportamiento y personalidad de mi irritable mánager me suponían un estrés inaguantable. La semana se me hizo eterna. Viajaba de plató en plató de nuevo, de radio en radio. Qué duro era empezar. Debía a darme a conocer por todos los lugares. La promoción más dura era ésta. El primer disco. El primer sueño. Suerte que también era cuando más ganas tenía. Cuando tenía una fuerza imparable.
-Me tienes abandonada. -oí su voz tras el móvil.
-Lo siento cielo, no paro un segundo… -dije, acomodándome en la butaca del tren. En frente, Jorge me miraba disimuladamente.
-¿Qué tal con el nuevo? -me preguntó.
-Fatal. -resoplé, mirando por la ventana.
-Bueno, ya mismo vuelve Mari y adiós al problema.
-Ya, Malú, pero joder… no estoy cómoda. -le dije. Mierda. No me había dado cuenta de que me estaba oyendo. Abrió los ojos como platos y miró a otro sitio, haciendo como que no había oído nada.
Al poco tiempo de colgar, se sentó a mi lado.
-¿Estabas hablando con Malú…? No he podido evitar oír la conversación. -claro. No ha podido evitarlo… Claro.
-Eh… sí. -se produjo un silencio incómodo. Volví a refugiarme en el paisaje primaveral que había tras mi ventana.
-¿Sois muy amigas? -volvió a intervenir.
-Sí. -contesté seca. No quería seguir hablando con él.
-Es una gran cantante, ¿no crees?
-Lo es. -afirmé. -de hecho, la he seguido desde siempre.
-Así que de malulera a intima amiga. -unió hilos. Asentí sin poner mucho énfasis. -Oye, siento estos días… nunca se me dio bien hacer amigos y socializar.
-¿Entonces por qué te metiste a mánager…? -le solté. Bajó la cabeza.
-A partir de ahora vamos a llevarnos genial. -prometió. -de verdad. -me tendió la mano y dibujó una leve sonrisa. Yo, por no discutir más, cedí.
Los días se fueron sucediendo con todo el pesar de soportar a un individuo que estaba las 24 horas incordiándome y con la presión de no poder hablar libremente con mi chica. La echaba mucho de menos…
El fin de semana más ansiado de mi vida por fin llegaba. Jamás había tenido tantas ganas de terminar la semana. Llegué a casa de Malú y, sin soltar la maleta, la abracé.
-Ay… tu perfume… ya no me acordaba ni de cómo olías. -bromeó.
-Eres más idiota... -reí.
Pasamos la tarde entre caricias, besos robados y tonterías. Éramos felices. Lo nuestro parecía infinito. Nada podría separarnos. Eran esos instantes los que nos hacían sentir que aquello era para siempre. Vimos las fotos del viaje a París y no podíamos estar más contentas. Nuestras caras en las imágenes lo decían todo. Nadie podría negarlo.
-¿Estas preparada para tu primer concierto? -me sonrió, acabando sus labios en los míos.
-Nunca se está lo suficientemente preparada para eso…
-Te vas a lucir y yo voy a estar allí para verlo.
Pero no fue así. No estuvo allí para verme. Me prometió que iría… me indicó el sitio donde iba  a estar en la sala, sitio que estaba vacío.
-Estará al llegar. -me dije, acomodándome en el taburete. Miré a mis chicos. Estaban plenamente eufóricos.
-El primero de muchos. -susurró Pepe Luí.
-Hagamos que tiemble la tierra. -añadió Merce agarrando con fuerza las baquetas.
-Comámonos el mundo. -asintió con la cabeza Ricky. Pero me faltaba ella. Seguía faltando en ese lugar. Comenzamos la canción, a la cual el público se entregó. La sala estaba llena de gente, y como no, las marineras. Les mandé un guiño. El cosquilleo se esparció por mi ser. Por cada rincón de mi alma. Estaba siendo mágico. Por otro lado, el dolor que me producía ver aquella butaca sin ocupar me partía el alma. La busqué con mi mirada, pero por más que deseara, no conseguía encontrar su rostro entre la masa.
Al rato la vi llegar. A partir de ese momento, el concierto cogió fuerza. Fue como la chispa que alimentó al fuego. Mejor tarde que nunca. Aunque la verdad, se había perdido media actuación. A saber que había pasado…
Me olvidé de eso y disfruté a fondo del extraordinario momento que me brindaba mi carrera. Gracias a mi fuerza, a mi empeño y a las ganas que puse en mi sueño, lo había alcanzado. Lo pasé mejor que nunca. El estrés de aquella semana mereció la pena. Qué sensación de poder me daba el escenario. Me sentía la reina del mundo.
Me encontré con Malú en nuestra casa. Li se había ido con López, así que decidimos quedarnos allí, ya que mi piso quedaba más cerca que su casa.
-Has estado genial. -dijo tímidamente, con el rostro algo decaído.
-¿Pasa algo, cariño? -le levanté la barbilla. Me abrazó. Algo pasaba, sí. -Princesa, ¿qué ha ocurrido? -la apreté. Froté su espalda con mis manos. No decía nada, y eso me ponía nerviosa.
-Siento haber llegado tan tarde… -estaba llorando. Me partía en dos el oírla sollozar.
-Ah, ¿era eso? Tonta, da igual. -besé su frente.
-No… no solo eso. -me apretó aún más. -necesito que me prometas una cosa.
-Dime. -nos sentamos en el sofá. Yo a su derecha y ella a mi izquierda. Mi brazo la rodeaba por detrás y mi mano contraria acariciaba la suya.
-Vas a ser fuerte, ¿a que sí? -no entendía nada. ¿A qué venía eso? Apretó mi mano. Sus lágrimas caían despacio por sus mejillas.
-Malú, esto no me gusta…
-Cállate. -me pidió, mirándome con los ojos encharcados y rojos. -promételo.

                                                      
-Prometido. -logré decir con mucho esfuerzo. Volvió a abrazarse a mí, esta vez sentadas. -cariño… explícate, por favor. -suspiró al oírme.
-Tenemos que dejarlo. -las tres palabras se me cruzaron en el cuerpo como si fueran tres hachas que me hicieron cachitos. Me hizo tanto daño que me dolía físicamente. Entré en un estado de shock que me impidió incluso llorar. Debía ser broma. No… no podía ser cierto. Lo nuestro era eterno. -Lo siento, de verdad, pero es lo mejor, créeme. Para ti y para mí. -me dio un largo beso en los labios. -sé grande. Demuestra al mundo lo que vales. -dijo sin apartarse de mi boca. Se levantó y salió por la puerta. El ruido de ésta al encajarse me hizo despertar. No era una pesadilla, era la pura realidad y la mujer que me había robado el corazón se iba con él. Me levanté y abrí la puerta bruscamente. El ascensor ya se había ido con ella dentro. Eché a correr por las escaleras gritando su nombre. Cuando quise salir fuera, su coche ya iba en camino. Era inútil. No la pude retener. Pegué una patada a una papelera que rodó y rodó por la calle ligeramente inclinada, a la vez que los papeles y la porquería se salían de ella. Yo era una de esas piezas de basura y Malú había sido mi botín. Me había destrozado de un solo golpe.
¿Y qué debería hacer ahora? ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Aceptar que solo había sido la cuerda desafinada de mi guitarra. La manzana del edén que nunca debí probar. El sueño imposible que pasó a ser la peor pesadilla que podía haber tenido. Me eché a llorar. Lo necesitaba. Me arrodillé en la oscuridad de la noche. Justo en el borde de la acera. Me desahogué. Necesitaba soltarlo. Chillar. Y eso hice. Grité mis llantos hasta quedarme sin voz. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué había hecho? Ni si quiera un motivo. No había hecho nada para que eso pasara. Eso fue lo que más dolía, que no existía un por qué. Se fue sin más. Me rompió sin más.  Eché a correr por las aceras. Me encontré con un coche al girar la esquina y casi me hizo puré. Metió un frenazo y pitó.
-¡A VER SI MIRAMOS ANTES DE CRUZAR! -gritó el conductor enfadado.
Hizo que me sintiese aún peor… Me sentía tan sola, tan inútil. Mis ojos se habían quedado sin lágrimas y la carrera me había dado sed. Encontré un bar abierto. Entré sin pensármelo dos veces. Estaba desierto, solo había dos personas en la barra y el barman. Pedí una coca cola y me la bebí de un solo sorbo. El camarero se quedó estupefacto.
-¿Otra? -negué con la cabeza. Necesitaba algo que hiciera olvidarme todo. Malú no salía de mi cabeza.
-Ponme lo más fuerte que tengas. -volví a dejarlo boquiabierto. Sacó una botella y empezó a echarme chupitos. Yo me los bebía de tres en tres.
-Deberías parar ya…
-No. -negué, dando un golpe con el vaso. -otro. -a pesar de mi vista nublada, seguí bebiendo. No me hacía nada bien, era consciente de ello, pero mi lado más débil pedía más. No podía parar. Estar ciega me ayudaría a despejarme. El dolor de cabeza suplía al dolor de perderla.
Pronto empecé a encontrarme mal. El estómago me daba cuchilladas. Me di la vuelta en el asiento y me agarré el vientre. Vomité allí en medio. El camarero, muy amable, me agarró y me llevó al cuarto de baño para terminar la faena. Mi cuerpo desfallecido cayó en las lozas mugrientas.

No sé cómo pasó. Ni cuándo. Me desperté en la bañera con la ropa puesta y Li echándome agua con la manguera.
-No vuelvas a hacerme esto… -me pidió, con la garganta rota. -estaba muy asustada.
-Lo siento… -dije avergonzada. Cabizbaja. Mi olor a alcohol era insoportable, ni yo me aguantaba. Me eché a llorar. Mis lágrimas se mezclaban con el agua que salía de la manguera. Apoyé mis codos en las rodillas y sujeté mi cabeza. Lidia cortó el chorro y dejó la alcachofa sobre el grifo. Se arrodilló y apoyó la cabeza en el borde de la bañera. La miré de reojo. -¿cómo has sabido que…?
-Malú me avisó... me pidió que te cuidara. -la pronunciación de su nombre me volvió a descuartizar…


miércoles, 2 de abril de 2014

Capítulo 57. CORAZÓN PARTÍO.

Era curiosa la sensación. Inexplicable. Insuperable. Sentía un extraño vaivén en mi cuerpo. Un pequeño gusanito que se paseaba por mi pecho de arriba abajo. Un cosquilleo agradable. Mis ojos estaban a punto de morir. Las pestañas al borde de cerrarse, hacían lo que podían para mantenerse abiertas. Y si a algún globo suicida se le ocurría pasar cerca de mí, mi piel de gallina lo explotaría. Mis dedos se movían sin permiso por sus cabellos morenos. Mi otra mano estaba ocupada, sirviendo de cama para la suya. Estaba tan preciosa que me rasgaba el alma partiéndome en mil pedacitos. El ritmo de su respiración era tan silencioso que apenas se notaba. Expulsaba el aire lentamente, y lo inspiraba de igual forma, haciendo que su cuerpo se hinchase y deshinchase a la misma velocidad. El olor que desprendía no podía ser más perfecto. Se había echado más perfume de la cuenta. Probablemente quedaría incrustado en mis sábanas de por vida.

-¡Buenos días, parejita! -entró entre chillidos Malú a su chalet. Pablo y Li seguían tal cual los dejamos. En el sofá tirados, totalmente dormidos. -¡Hora de levantarse! -dio palmas.
-Qué delicadeza… -reí, corriendo las cortinas.
-Hombre, mira la hora. -respondió ella, sacudiendo los cuerpos pegados de nuestros amigos.
-¿Dónde estoy…? preguntó Lidia, saliendo del regazo de su chico. Solté una carcajada. Vaya careto que llevaba.
Desayunamos los cuatro comentando el día anterior. El concierto había sido increíble. Arrasó. Me sentía orgullosa de ella. La miraba sonriente. Era una fiera.
-¡Sales en todos! -exclamó emocionada Li ojeando los periódicos del día. -¡Marina, tú también! -gritó aún más fuerte. Me levanté de la silla y observé mi foto junto a ella. Habían dedicado un párrafo para mí. Lidia lo leyó en voz alta con una vocecilla que lo decía todo. Estaba muy contenta… terriblemente feliz por mí. Terminó con un suspiro y bebió un sorbo de la taza. -¿ves? te dije que algún día la conseguirías.
-¿El qué?
-La felicidad. -dijo sonriente. Le cogí el moflete con fuerza y tiré de él. Chilló quejándose y se echó hacia atrás. Echamos a reír. No había cosa más divertida en el mundo que picarla. Decidimos pasar el día de compras. Acudimos a un centro comercial de poco tránsito. Por suerte, no había mucha gente.
Al atardecer y buscando un restaurante, mi móvil sonó. Vi que era Paula. ¿Qué querría…? Era domingo. ¿Habría pasado algo importante? Tenía que ser, era mi día de descanso.
-Marina, soy Paula, tu productora musical. -¿no sabía que existía la agenda de contactos? Ya sabía quién era…
-Hola, ¿ocurre algo? -me adelanté.
-Sí… es Mari. -dijo tan normal. No tenía ni idea de lo que había pasado… pero su tranquilidad y seriedad me enfurecían. Yo ya estaba temblando. Algo no iba bien. -ha tenido que abortar. -mierda. Mierda. Mierda. Con lo emocionada que estaba los últimos días… Habían superado la crisis… Había estado junto a su marido en el concierto. Los dos tan felices. Joder. Cómo cambian las cosas de un día a otro. La vida se tuerce y te da la espalda de repente. Sin avisos. Muestra su lado más duro y frío y te destroza. Te rompe por dentro quitándote todo lo que te ha regalado antes.
-¿Cómo está…? -me atreví a preguntar, con miedo a la inevitable respuesta.
-Fatal. Destrozada. -su tono de voz seguía tan estricto como el de siempre. ¿Ni una situación así la cambiaba? -deberías llamarla. -Obvio que lo iba a hacer…
-¿Todo bien, mi amor? -se dio cuenta Malú de que me había parado a hablar por teléfono mientras ellos seguían perdiéndose por las oscuras calles de Madrid. Le hice un gesto con la mano de que se esperara. Tenía mucho que contarle…
-Marina, mañana mismo vienes a la oficina. Te he asignado otro mánager mientras se recupera ella. -tras la escalofriante conversación, le conté lo ocurrido a los chicos, que se quedaron totalmente conmocionados. Conocían a Mari, y era difícil imaginársela mal… Siempre tan graciosa, con ganas de comerse el mundo.
-¿Por qué no vamos a verla, cielo? -me preguntó mi chica.
-No sé si tendrá ganas de vernos… -opiné, poniéndome en su lugar. Marqué su número. No me lo cogió… Mantuve la llamada hasta oír el contestador. Volví a hacerlo una segunda vez. En esta ocasión tuve suerte.
-Hola. -su voz apagada me sorprendió. Jamás la había oído así… podía notar su dolor.
-Me acabo de enterar… Lo siento mu… -me cortó.
-No te preocupes, estoy bien… En nada estaré contigo otra vez. -su fuerza era tremenda. -Menudo desastre… joder. -se quejó. -con lo feliz que estaba yo… Ofú. Tengo el corazón "partío".
-¿Podemos ir a verte?
-Ahora mismo estoy ocupada… estoy dejándole los deberes a tu nuevo representante.
-Campeona, deja eso y descansa. -le dije.
-No, no. Además, así me despejo un poco. No paran de llegar familiares y estoy hasta el… -se ahorró la palabrota por vez primera. Solté una risa. Asombroso su coraje.
Esta mujer daba lecciones de vida, sinceramente. Tendría algún pozo en su casa cargado de fuerza o algo. Cualquier madre requeriría un psicólogo, entraría en depresión… y mil historias más. Perder a su primer hijo después de todo lo que me había contado… Me dolía hasta a mí. No entendí como pudo salir de eso tan rápido. Mari, a simple vista, ya parecía de por sí una mujer con un par de ovarios bien puestos. Demostrar eso era otra cosa. Y ella lo había logrado.

Llegué a la discográfica a eso de las doce de la mañana. Allí estaba Pedro junto a un hombre de pelo engominado y muy bien arreglado. Llevaba un traje llamativo, se notaba que le había costado un ojo de la cara. La corbata anudada cuidadosamente y un maletín oscuro en la mano izquierda.
-Buenas. -me saludó mi director musical. De pronto llegó Paula. Le sonrió al engominado. Los dos estaban cortados por la misma tijera… Eran muy similares. Se miraron de nuevo.
-Marina, éste es Jorge. -me dijo. -tu representante a partir de ahora.
-Encantada. -le tendí la mano, no la estrechó. La quité algo molesta.
-Llevo toda la mañana informándome sobre ti.-ni hola. Muy bien. Sacó el móvil y me enseñó la pantalla. -María Dolores me ha pasado todo lo que necesitaba saber.  Viajamos a Sevilla en unas horas, tienes firma de discos a las seis y media. -¿En serio? No lo sabía. Nótese la ironía… me sabía mi agenda como la palma de mi mano. Asentí con la cabeza mientras mencionaba los planes de la semana. Menuda tortura. Ya empezaba a echar de menos a Mari. Ojalá se recuperase pronto. Ojalá. No aguantaría mucho con éste.
-Te va a ir muy bien con él, ya verás. -me guiñó Paula despidiéndose de mí. Yo asentí riéndome. Claro que sí… Pedro y Jorge ya se habían largado. Yo me quedé cerca del parque con mi guitarra. Necesitaba un poco de tranquilidad antes de volver a casa y recoger la maleta. Me puse a tocar e inevitablemente, mis dedos inventaron una nueva melodía. La apunté a toda prisa. Sonaba muy bien.
El tiempo no corre. El tiempo vuela. Me había entretenido demasiado con mi instrumento. Iba tarde. Muy tarde. Llegué sudando al aeropuerto dando largas zancadas y esquivando a los viajeros.
-A buena hora. -seguía con el mismo peinado y la cara de sieso. -la puntualidad es un rasgo muy importante. Te hace madura y seria. -comentó. Yo miré a las pantallas sin prestar mucha atención a sus palabras.
Durante el vuelo no articuló palabra. Miraba por la ventana para distraerse. Yo tenía el cuaderno en la mano. Movía el boli dando golpecitos sobre la libreta. Estaba pensando la letra de mi próxima canción.
-¿Puedes estarte quietecita? -preguntó desagradable, mirándome de reojo. Me quedé sorprendida y paré el bolígrafo. Tras otro instante de silencio, decidí intervenir.
-Bueno… ¿qué tal? -no sé si no me oyó o simplemente me ignoró. Volví a repetírselo, ahora más alto.
-¿POR QUÉ CHILLAS?
-NO SÉ. -elevé también mi voz. Retornó a mirar por la ventana. Joder, qué mal lo iba a pasar con ese hombre.
Al bajar del avión y aspirar el aroma de aquella ciudad, miles de momentos se me vinieron a la mente. Sevilla. Nuestro primer viaje… Casi se me cae la baba mientras bajaba las escaleras.

A las seis y media, ni un minuto arriba, ni un minuto abajo, salí a firmar. La cola se extendía por los pasillos del centro comercial. Me quedé sorprendida, no esperaba tanta expectación… Cuando me vieron allí arriba empezaron a corear mi nombre. Una multitud gigantesca hacía la ola gritando. Me puse las manos en la boca mientras lloraba y reía a la vez. La tensión acumulada estalló tras esta sorpresa. Había sido un día extraño, cargado de sensaciones.
La primera chica de la cola vino corriendo a abrazarme. Qué espontaneidad. Me eché a reír mientras la apretaba en mis brazos.
-Toma. -dijo sonriente, dándome un clínex. Lo necesitaba. Limpié mis lágrimas y le firmé el disco. -estuviste tremenda en el concierto con Malú… -eso era. Joder, eso era. Por eso había tanta gente aquí… el concierto. Sonreí al recordarlo. La verdad es que fue una de las mejores experiencias de mi vida.
El público sevillano era como su ciudad. Tenía un color especial. Cariñosos cómo ellos solos. Me sentí tan acogida, tan bien recibida… Estaba como en casa. Aquello era inolvidable. Terminó la sucesión de gente y por allí seguían algunos fans, delante de la valla.
-¡QUE CANTE! ¡QUE CANTE! -corearon tocando las palmas.
-¡No, no! ¡Ya se tiene que ir! -chilló mi mánager, calmando a la oleada. A mí me apetecía mucho  hacerlo. Mari hubiera ido corriendo a buscar un micrófono… Los guardias me fueron empujando hacia la salida… Me di la vuelta y me acerqué a los chicos. Me arranqué con el single a capella. Sin guitarra y sin micro. Qué más daba. El silencio se hizo para que mi voz se proyectase a lo largo del edificio. Un momento mágico que quedó guardado en la caja de mi memoria. Esa firma tuvo algo especial, algo que no hubo en ninguna otra. No quería irme de allí…
Jorge me echó la bronca por hacer lo que hice. Yo asentía mirando por la ventana del taxi.
-Es que vamos a ver, ahora vamos a llegar tardísimo a la televisión. ¿Me estás oyendo? No sé si lo sabes pero tienes que actuar en…
-¡Lo sé! ¡Lo sé! -exclamé. Me sacó de quicio. -no hace falta que me estés diciendo a cada segundo que es lo que tengo que hacer. Lo tengo todo muy bien aprendido. Me ponía de los nervios.
-Pues no vuelvas a hacer algo si te digo lo contrario. -me dijo, refiriéndose a lo que había pasado en el centro comercial.
-He cantado en todas las firmas… no iba a irme de allí sin hacerlo. Además, lo merecían. Se han portado conmigo genial.
-¿Y qué pasa con los de "Canal Sur"? No puedes satisfacer a…
-Sí que puedo. -le corté. -Aún faltan veinte minutos para salir. Llegamos de sobra. -le callé la boca. Al fin. No me estaba gustando nada su actitud… Era el polo opuesto de Mari… 

jueves, 27 de marzo de 2014

Capítulo 56. LIBERAME

Me entró un frío horrible. El público estaba entregado a la artista. Yo aún seguía al borde del escenario, cambiándome el micro de mano una y otra vez. Las piernas me temblaban. Recordé el inicio de todo esto. Frente a la puerta del plató de La Voz. Era la misma sensación pero multiplicada por diez mil. No hacía otra cosa que morderme el labio y moverme de un lado a otro. Me apreté bien el pinganillo a la oreja. La canción que cantaba estaba llegando a su fin. Era la hora, era la hora. Cerré los ojos y respiré con calma, como me había dicho Malú. Me sentía cual helado en pleno verano sevillano. Derretida. Peor que un flan. Era mi primera actuación en directo, sin contar las del programa… era una kamikaze. No podía empezar con unas pocas personas… no. Yo a lo grande. Casi 15.000 maluleros esperándome. El famoso "Blanco y negro" había acabado… era mi turno. Salí. Pise el escenario con ganas. Los focos daban una calor tremenda. Dentro de nada empezaría a sudar como un pollo. Oí uno de los organizadores gritar mi nombre, pero yo seguí hacia delante.
-Eh… ¿no me dejas que te presente? -rió la cantante. Tierra trágame. -bueno, Marina tenía muchas ganas de cantar y ha salido directamente. -el público contestó simpático ante mi metedura de pata. Sentía una cosilla en el cuerpo nada común. Me di la vuelta y caminé por donde había venido. Oí la risilla de Malú extendiéndose por todo el Palacio a través del micro. -Ven aquí, anda.
-Es que soy principiante. -dije tímida, provocando de nuevo el bullicio. Me acercó a ella enroscando su brazo en mi cuello. Con aquellas plataformas niveló mi altura. Era raro no tener que agachar la mirada para verla.
-Marina. -hizo una pausa. -ya la conoceréis, supongo. Los que no, fue una concursante brillante de La Voz, además, me hizo ganar. -levantó el puño en señal de victoria. No apartaba la mirada de mí mientras me presentaba. -es una chica con un talento innato, una dulzura en la voz y una forma de componer increíbles. Y por si fuera poco, es una grandísima persona. Nos hemos hecho muy amigas. -casi se me escapa una risa, pero la aguanté. -y os aseguro que es estupenda.
-Muchas gracias. -sonreí incrédula. Me habían llegado sus palabras. Los acordes comenzaron a sonar. Empezaba ella. Mientras entonaba la primera estrofa, nos fuimos alejando. Ocupando todo el escenario. José me miró sonriente. Le devolví el gesto y me arranqué a cantar. Tenía una inseguridad que me decía que la voz no me iba a salir. Pensé que me quedaría muda al abrir la boca. Pero no, no fue así. Salió disparada por el enorme recinto, llenando cada rincón de él con mi música. Cruzábamos miradas, nos abrazábamos, nos acercábamos y nos alejábamos. La canción daba para mucho. Los espectadores parecían encantados. Miré a las primeras filas. Saltaban enloquecidas gritando el popular tema, con los brazos al aire pintados con ceras. El nudo de mi garganta se iba desatando conforme pasaba la canción. Me sentí cómoda. Entre la persona que cantaba a mi lado y lo arropada que me sentía por el grupo, el miedo y el temor salieron corriendo, permitiéndome dar todo de mí. Al finalizar el tema y apagarse los focos, Malú y yo nos acercamos sonrientes. Se nos escapó una risa. Nos dimos un beso corriendo, antes de que todo se volviera a iluminar.
-Bueno… -recuperó la respiración la madrileña. -ahora os voy a dejar en buenas manos. -me miró y se rió. Qué le gustaba hacer pausas cuando hablaba. Se retiró, dejando una caricia en mi brazo y mandándome una mirada de fuerza. -Todo tuyo. -susurró.
-¿Qué pasa, Madrid? -pregunté casi chillando. Estaba muy arriba. -Mientras la jefa se cambia de ropa os voy a tocar mi single, ¿os parece? -la gente chilló que sí, dando palmas. Desde luego tenía el listón muy alto después del conciertazo que estaba dando mi chica. La luz se volvió a difuminar hasta quedar completamente extinguida. Me pasaron mi guitarra y colocaron un pie de micro junto a mí. Mis músicos se colocaron detrás de mí. Merce iba guapísima, jamás la había visto así de bella. Pepe Luí había peinado su enorme melena. Qué logro. Ricky se había atrevido con la gomina. Un look muy diferente en él, que nunca se tocaba el pelo. Lo dejaba tal cual. -vamos. -les dije apretando el puño. El color azul de los focos se fue iluminando conforme dábamos las primeras notas. Hice el estadio mío. No se me hizo tan grande como esperaba. Conseguí dominarlo. Miré hacia arriba y observé con orgullo cada una de las interminables gradas. No fue tan difícil como esperaba, ni tan imposible como veía hacía unos años. No sentí tantos nervios como imaginé. El ánimo que me aportaban los allí presentes me hacía olvidarme de todo. Centrarme en dar lo mejor de mí y lo más importante de todo, disfrutar. Disfrutar ese momento porque era único e irrepetible. Quién sabía si algún día podría volver. A lo mejor era la primera vez de muchas, o la primera y última. Todo dependía del destino. Y yo no sabía qué tenía guardado para mí. Me hice algo de publicidad, anunciando el nombre de mi disco y que tenía conciertitos muy pronto, que yo estaría encantada de volverles a ver.

Sentía más euforia que nunca. Saltaba entre cables y operativos. Nada ni nadie podía pararme. Los técnicos me miraban risueños. Chillé en el largo pasillo hasta llegar a mi camerino. Lo crucé de una punta a otra sin cortar mi grito y sin parar de correr. Puse los brazos en cruz y llegué a mi habitación "volando". Me metí en la ducha con la sonrisa más gigante del mundo.

Tras terminar el espectáculo, estuvimos saludando a los invitados. Entre ellos me encontré con una sorpresa. Una alegría infinita me dio verle.
-¡Raúl! -el chico que había conocido en La Voz. Cómo le había echado de menos. Me había acordado mucho de él y habíamos mantenido el contacto gracias a la magnífica tecnología actual.
-¿Qué "paza"? -oh dios, su acento andaluz era irrevocable. Ya me estaba riendo. Me parecía tan simpático y alegre.
-¿Cómo no me has dicho que venías? -le abracé.
-Pues porque era una sorpresa, ¿por qué va a ser? -rió. -las sorpresas no se dicen.
 Fuimos al chalet de Malú a celebrarlo, él se vino también,  además de algunos amigos suyos que ya conocía del cumpleaños, mi madre, Vanesa y el resto de la pandilla. Dijeron que no querían molestar y demás, pero mi chica era una cabezota sin remedio. No aceptaba un no por respuesta.
-¡Pues vaya casoplón! -opinó Quique. -¡ligarás de lo lindo, hermosa!
-Ya estamos. -le pegué una palmada en la espalda. Éste personaje no maduraba.
-Oye, Lulú, ¿me presentarás a chicas monas, no? -le rodeó por el cuello.
-Malú. Se llama Malú. -le dije cabreada. Ella se reía.
-Mira, para empezar, te presentaré a Danka.
-Uy, que nombre tan original. -asintió él. Yo tuve que quedarme detrás de ellos porque me había entrado la risa.
-Es rubita… -le explicó María Lucía.
-Enrique, te aseguro que es guapísima, guapísima. -añadió Li, sin soltar del brazo a su queridísimo López. Veía yo pletórico a mi amigo, deseoso de conocer a Danka. El chocazo contra la pared que se iba a llevar era tremendo…
-Oye, oye. Una cosa. -se frenó de golpe, levantando el dedo índice. Malú siguió andando para abrir la puerta del chalet. El resto nos paramos. -que por muy guapa que sea… yo quiero una chica decente, eh. Nada de perras… -explotamos de risa. A mí me colgaban los lagrimones de la risa, mi novia no era capaz de meter la llave en la cerradura por culpa de las carcajadas. Lidia se tiró en el jardín de rodillas. No podía parar de reírse. Mi madre se aferró a una farola para controlarse. -¿PERO QUÉ HE DICHO PARA QUE OS RIÁIS ASÍ DE MÍ? -preguntó el pobre chaval sin entender nada. La mascota de Malú salió nada más abrir la puerta su dueña.
-Esta es Danka. -articuló casi sin vocalizar por culpa de las carcajadas, la artista.
-Ostia puta… -soltó. La perra se acercó a él y subió las patas a su barriga de un salto.
-Veo que le gustas. -reí.
-Tus muertos. -echó al animal a un lado. -¡quita, chucho!
-Eh, ven aquí. -la llamé. Acaricié su lomo. -Quique, me dice que le gustas mucho. 
-¡Iros a la mierda! -exclamó. -Malú, saca la botella de ron. Necesito un buen chute.

Después de que se largaran todos, la tranquilidad y el silencio invadió mis oídos, acompañado de un pitido causado por el volumen de la música. Pablo y Li seguían en el sofá tonteando, mientras Malú y yo recogíamos la basura.
Al terminar, vimos que se había dormido mi amiga. Su compañero estaba a punto también.
-Os dejo la casa, anda. -le susurró Malú, acariciando el pelo del malagueño.
-No, ya nos vamos. -dijo ajetreado. Ella lo agarró del hombro y le pidió que se quedasen.
-Mañana os traemos el desayuno. -le sonrió simpática. El chico le agradeció el gesto y le dio un beso en la mejilla. Yo fui a despedirme. Dejé caer un beso en el pelo de mi dormilona amiga.
-¿Y a dónde nos vamos nosotras…? -le pregunté, agarrando su mano camino del coche.
-A tu casa. -sonrió. -me gustó demasiado eso de dormir en una cama pequeña. -rió.
-Bueno, podemos dormir en la de Li que es inmensa.
-No, mola más la tuya. -subimos al auto. De camino al piso, Malú me habló sobre el concierto mientras acariciaba mi muslo. -¿ves cómo no era tan terrible…?
-Dios, ha sido increíble. -bufé. -por un momento pensé que me tiraba al público cual estrella de rock. -rió la gracia mi chica. -eh, que va en serio. -siguió riéndose a carcajadas.
-Qué graciosita estás hoy. -me colocó el flequillo bien. -te viene bien eso de actuar.
-Uf, no sabes… estoy temblando aún.
-Es una emoción inexplicable, lo sé.
-Bueno, yo que te voy a contar a ti, ¡maestra! -la miré de reojo. Me miraba risueña.
-Me han dicho… -paró de hablar para hartarse de reír. Le dolería ya la barriga. -que… -volvió a frenarse. -has ido corriendo por el pasillo gritando como una posesa. -me hice la tonta y miré a otro lado rascándome el pelo.
-Esto… -se echó a reír.
-O sea, que sí. Jo, yo quería haberte visto.
-Pues me vas a ver ahora. -la carretera estaba despejada, sin problema. Empecé a dar bandazos cambiando de carril. Malú gritaba que parase asustada. Yo volví al carril original riéndome. -tranquila, que no pasa nada.
-Idiota. -me insultó.
-Anda… ven aquí. -dije, arrimándome para darle un beso.
-¡El volante! -me chilló, agarrándolo. -el último día que conduces. -me advirtió. Yo seguí con mis carcajadas. Qué bien me lo pasaba picándola. Volví a hacer la maniobra peligrosa y ella cagadísima se agarraba al quitamiedos. -¡PARA! ¡LIBÉRAME! -le hice caso y pulsé el freno de golpe. Se quitó el cinturón y salió al exterior.
-¿Dónde vas, loca? -le pregunté.
-No pienso subirme. -se cruzó de brazos.
-Pues nada, mañana nos vemos. -cerré su puerta alargando el brazo y arranqué. Vi por el espejo que corría gritando "¡espera!". Paré. Cuando iba a abrir la puerta volví a acelerar.
-¡Marina, pedazo de gilipayasa, para ya!



lunes, 24 de marzo de 2014

Capítulo 55. DÍAS DE SOL.

El trabajo se asentaba en mi vida, como también se asentaba la primavera. Hacía unos días de sol fantásticos. Al volver de París, estuve haciendo entrevistas por todos los medios de comunicación. Entre eso, intercalaba los ensayos con la banda. En menos de un mes empezaba la pequeña "gira". Lo llamaba así porque no sabía calificarlo de otra forma.
-1..2…3. -contó Mercedes con golpes a la vez entre las baquetas. Después de la señal, nuestros instrumentos sonaban a la vez. Buscábamos un nuevo sonido, algo más íntimo que en el disco. En las canciones con más ritmo, manteníamos la fuerza, pero las tranquilas las ralentizábamos. Crearíamos un ambiente de lo más escalofriante. Quería que a cada uno de los presentes se les erizase la piel al oír mis temas.

-¡Mejor esta! ¡Sí señor! -opinó Pedro quitándose los cascos. -uf, que emoción.
-¡Vamos a chinar el cuero, buey!-imitó Pepe Luí el acento mejicano. Le reímos la gracia, como siempre.
-Venga, descanso de cinco minutos y seguimos. -me senté en el banquete que tenía junto al micro y saqué el móvil.
-¿Qué miras tan atenta? -se acercó Merce. Por el otro lado me vino el cómico. Me arrancó el móvil de las manos.
-¡NO! -chillé. Ya era tarde. Había visto mi fondo de pantalla.
-¿Qué coño…? -preguntó extrañado con el rostro desencajado. Salíamos Malú y yo. Ella me daba un beso en la mejilla, ambas con las gafas de sol. Mi sonrisa lo decía todo. Tras nosotras, la Torre Eiffel. Recuperé mi teléfono.
-¿Qué has visto? -preguntó asustada Mercedes al ver la cara de su compañero.
-¿Era…? -me escondí el smartphone en el bolsillo y agaché la cabeza evitando las preguntas. Cogí la guitarra y toqué los acordes de la canción que íbamos a ensayar. Nuestro director musical nos indicó que era hora de continuar. Y así, con aquel mal trago, comencé a cantar. José Luis no paraba de mirarme. Probablemente estaría atando cabos en su mente. No habíamos llegado aún al segundo estribillo cuando dejó el teclado y soltó. -¿Tú tienes algo con Malú? -nos callamos todos. Paramos de tocar. Me fusilaron con la mirada. Yo ya no sabía qué hacer.
-A ver, ¿por qué dices eso? -preguntó Pedro, calmándolo. Poniendo orden.
-Trae el móvil. -me dijo el teclista.
-Marina, ¿qué está diciendo éste? -se dirigió a mí. Saqué el Xperia del bolsillo y se lo tendí con la clave quitada. Pedro se asomó. -Una foto… muy bonita. Pero tampoco significa nada, José Luis. -me devolvió el aparato el joven.
-Sí, sí que significa. -me alcé de valor. -estamos juntas. -Pepe Luí soltó una carcajada vencedora. Los demás tomaron oxígeno y me apuntaron con la mirada. -Ostia puta. -dijo sereno y tranquilo. -qué fuerte. -se tapó la boca. -¿Por qué no nos lo contaste?
-Eso, eso, esto es una bomba. -Merce estaba también muy interesada.
-No lo sé, tampoco es que lo sepa mucha gente. -dije. -y es mejor así.
-Mucho mejor. Eso podría influir en tu carrera. -intervino de nuevo mi director musical.
-Y en la suya. -añadí. Él asintió.
-Pero más a la tuya. -estaba convencida de que quería lo mejor para mí, pero estaba siendo algo egoísta. Nos influía a las dos. Ya fuera para bien o para mal. Eso nunca lo sabríamos hasta que sucediese. Quizás nos quedaríamos con la duda para siempre. O quizás sí. Se produjo un silencio algo incómodo.
-¿Otra? -preguntó Ricky moviendo su bajo. Pasaba de esto. A él le gustaba la música, era lo único que le importaba. Por un lado era bueno, porque era serio en todo momento. Correcto y muy buen trabajador… Sin embargo, éramos una piña. Pasaríamos millones de momentos juntos. Yo veía mejor conocernos todos y hacernos amigos. Trabajaríamos más cómodos y nos lo pasaríamos de vicio convirtiendo nuestro hobbie en nuestra labor.
-Venga… vamos a seguir. -acarició su enorme barrigón Pedro.
-Vámonos que nos vamos, Peter. -intervino Pepe Luí, volviendo a su tono simpático y gracioso habitual.
-No me seas Abraham Mateo, eh. -estallamos en risa. Su forma tan suave de decirlo nos mataba. Sobre todo al receptor de las palabras, que agachaba la cabeza poniendo morritos.

Era viernes, Malú y yo habíamos decidido pasar la noche juntas. Era la noche antes del concierto. Estaba atacada. Palacio de los Deportes, joder.
-Ni que fueras a dar tú el concierto. -rió la cantante, recogiendo la mesa. Me veía agitada.
-Pero voy a salir contigo y… -me paré. No sabía cómo describir ese momento. Iba a ser perfecto. Lo llevaba imaginando un montón de tiempo, desde que supe que se haría realidad. La abracé por detrás y la cogí. No sabía cómo podía estar así de tranquila. Después de tantos años… sería algo normal para ella.
-¡Suéltame! -chilló, tirando el trapo a la encimera. Estaba que no cabía en mí. Tenía unas ganas, una ilusión, un cosquilleo dentro de mí que no era nada normal. Ojalá se pasasen las horas volando. Ojalá ya fuera el momento. Me moría de ganas. Empecé a cantar ese "te conozco desde siempre" que me iba a marcar la vida. Malú me siguió en un gracioso baile a la vez que colocaba el lavavajillas. Volví a soñar despierta. Me imaginé aquel enorme estadio en el que había estado no sé cuántas veces. Encima, vendrían mi madre y todos mis amigos. Quique, Leire, Jorge, David, Jessy, Lorena, Gloria, Li, López y Vanesa. Cuando mi chica me dijo que la iba a invitar me quedé algo pillada. Jamás pensé que lo haría… pero quiso. Un gran detalle. Confiaba en mí.
-Vamos a dormir, anda. -dijo, dándome una palmada en la mejilla.
-Pero si no son ni las nueve. -me quejé.
-Marina… -hizo una pausa y comenzó a alzar la voz. -¡que mañana tenemos concierto!
-Eres demasiado responsable. -reí, abrazándola.
-Asquerosamente responsable. -corrigió. -¿tú no tienes algo que contarme? -la pregunta me asustó. No parecía algo bueno. Me quedé con la cara desencajada. -He hablado con Pedro. -me sonrió.
-Ah, eso. -caí en la cuenta. -tengo que tener más cuidado. Lo siento.
-No, tonta. -rió. -me ha encantado que se lo contaras. -arqueé las cejas. -no sé de qué te sorprendes. No es la primera vez ni mucho menos que alguien se entera de esta cosa secreta.
-¿Soy tu cosa secreta…? -reí.
-Algo así. -carcajeó fuertemente.
-Te necesité en ese momento. Siempre fuiste tú la que lo decías y… no sabía muy bien qué hacer.
-Pues nada, tú lo sueltas tan tranquila y te quedas "relajá". Anda que no me quedo a gusto yo cuando lo suelto…
-Ya se te ve… -reí.
Al fin llegó el día. Durante la jornada, Malú estuvo muy concentrada. No quería si quiera hablarle. No quería desconcentrarla. Estaba centradísima. Por la mañana desayunamos en su casa. Se mostraba feliz y a la vez pensativa. Tenía a la mejor maestra que podía pedir. Tendría que aprender de ella.
Llegamos pronto a la prueba de sonido, donde me encontré a Mari hablando con David, el mánager de María Lucía. En cuanto me vio, corrió hacia mí.
-¡¡¡LLEGÓ EL GRAN DÍA!!! -me aplastó en sus enormes brazos. Qué energía. Con sus palabras empecé a asimilar que sí. Que iba a actuar con ella delante de más de diez mil personas. Me dio un vuelco en el estómago. ¿Sería capaz? ¿Me quedaría sin voz? Ya en la prueba me parecía mágico… Cantar a su lado era lo mejor que me había pasado nunca.

Apenas media hora faltaba cuando entré en su camerino. Estaba sentada en una silla, completamente sola y mirándose en el espejo enorme e iluminado que tenía enfrente. Pensé en darle un susto por detrás, pero recordé lo concentrada que había estado a lo largo del día. Di dos golpes en la puerta que ya había abierto, y la cerré.
-Hola. -me vio a través del espejo.
-¿Puedo acercarme, o romperé tu aura? -aún no cruce la puerta.
-Idiota, ven aquí. -rió. Me acerqué a un paso acelerado. Se levantó de la silla para recibirme y nos abrazamos. Fui a darle un beso en la cara y se echó hacia atrás. -¡Maquillaje! El que avisa no es traidor.
-Qué culito te hace… -dije provocativa, aunque se me escapara una risa. Era muy mala para esto. Llevaba un traje ajustado, como no, negro. -¿tus labios también tienen maquillaje?
-No. -sonrió, fundiéndonos despacio. Acarició mi nuca. -Estás muy guapa. Me vas a quitar fans.
-Créeme que no. -reí, volviéndonos a besar lentamente.
-¿PERO QUÉ? -segunda pillada del día. López y Li estaban en la entrada. Lidia lo empujó hacia dentro.
-¡Holi! -saludó tan normal. Malú y yo, aunque nos sobresaltamos por el chillido de Pablo, no nos separamos mucho. Seguimos unidas. La abracé aún más. Ya nada iba a arreglar, lo había visto.
-Pero… pero… ¿tú…? -señaló a mi chica. -¿y tú…? -nosotras nos miramos risueñas, asintiéndole al chaval.
-Pues… -intervino Li, haciendo aspavientos.
-O sea, sois… -nos señaló.    

-¡QUE SÍ, IDIOTA! -le gritó su novia. -¿hace falta que te dibuje un croquis? -reímos exageradamente. Ver a Li chillar es una de las cosas más graciosas del universo. Y así, con aquel notición del que se acababa de enterar el malagueño, Malú salió al escenario con su fuerza arrolladora capaz de demoler cualquier obstáculo que se interpusiese en su camino. Yo, nerviosa, la mirada impaciente. Pronto me tocaría salir… 

jueves, 20 de marzo de 2014

Capítulo 54. PERDIDA

El cansancio se extendió hasta las doce. Fue a esa hora a la que despertamos. Nos quedábamos casi sin fin de semana. Teníamos dos escasos y cortos días para disfrutar de una ciudad con tantos rincones y secretos por descubrir. París estaba llena de detalles, a cual más perfecto. Li, que había estado en la capital francesa unas tres veces, nos programó el viaje. Había apuntado qué sitios debíamos visitar obligatoriamente. Me senté al borde de la cama. Abrí la agenda y vi que hasta había anotado el tiempo en cada lugar. Mientras ojeaba el pequeño cuaderno, Malú se puso de rodillas detrás de mí y me rodeó el cuello con sus brazos. Besaba mi hombro sin prisa.
-Vamos a hacer los deberes de Li. -rió. -a ver… ¿que toca?
-Viajecito por el Sena. -le contesté.
-Es precioso. Me encanta. ¿A ti te apetece?
-A mi me apetece toda cosa que hagamos juntas. -sonreí. Empezó a reírse y a darme besos, esta vez en el cuello. Me daba unas cosquillas horribles. -¡PARA! -exclamé sin parar de carcajear, escabulléndome con bruscos movimientos que no tenían éxito. No lograba deshacerme de ella. Me echó hacia atrás, tumbándome en la cama. -Va, vamos. -recuperé la respiración.
-Ponte un bikini, a ver si te voy a tirar al río. –me amenazó mientras nos vestíamos.  
Subimos al barco. Me encantó la frescura que nos trasmitía. Hacía un calor primaveral estupendo. Después de aquel frío invierno madrileño, ese sol se agradecía. La agradable brisa del Sena nos envolvía. Malú se agarró a la barandilla y subió los pies en la barra más baja. La abracé por detrás e hice el amago de tirarla. Se agarró asustada.
-No tienes huevos. -me desafió con una risilla.
-¿Te recuerdo lo que pasó la última vez que dijiste eso…? -se bajó rápidamente. Besé su sien y nos quedamos en el sitio contemplando el paisaje. Nunca había visto tanta belleza concentrada en un mismo lugar. La de cosas que me había perdido en la vida… Suerte que aún me quedaba mucha para descubrir sitios como ese.
Subimos a la Torre Eiffel, que menuda estafa. Te cobran una barbaridad solo por subir. Llegamos a la cima y me topé con una vista increíble. Podíamos divisar toda París. Eso sí, era un placer no apto para acrofóbicos. Me quedé un buen rato, no recuerdo ni cuánto tiempo pasó. Era increíble. Me tenían hechizada las vistas.
-Cariño, ¿bajamos ya? -me preguntó Malú, tirando de mi brazo. -es la hora de comer.
-¿Puedes esperarte un segundo?
-Qué borde eres. -soltó con cara de asco. -te espero abajo. -no le contesté. Rápidamente la seguí. No aguantaba nada enfadada con ella. Rió victoriosa y yo miré a otro lado.
-No puedo contigo… -confesé risueña.

Después del almuerzo teníamos previsto visitar la catedral de Notre Dame. La vi e inmediatamente se me vino a la memoria las clases de Historia del Arte de segundo de bachillerato. Como también recordaba que me entró en el examen y me hizo aprobar. Me fijé en la arquitecturita, aún me acordaba de algunas cosas. El arte gótico en su esplendor. Nos unimos a un guía para enterarnos de algo. Duramos poco con él, nos cansó tanto exceso de información y decidimos ir por nuestra cuenta.
-Era muy plasta. –soltó ella mientras paseábamos con nuestras manos entrelazadas alrededor del monumento.
El día terminaba supuestamente con la visita al Louvre. Las ganas de ver más cultura eran nulas, tanto para ella, como para mí. Yo siempre había me había decantado más por la arquitectura que por la pintura, así que fuimos unas malotas y nos saltamos el estricto plan de Lidia. Decidimos quedarnos en el Jardín de las Tullerías, entre el museo éste y el Sena. Comenzó a refrescar y a oscurecer. El sol se iba y nosotras perdidas en aquel enorme jardín encantador.

                     
                            


No me despegaba de ella ni para ir al baño. No la soltaba. Cómo decía en la carta, no iba a separarme ni un milímetro de su piel durante el viaje. La necesitaba tanto.
-Va siendo hora de que nos vayamos… -opinó Malú, viendo la hora que marcaba su reloj dorado.
-¿Quieres ir a cenar? -le pregunté, levantándome del banco.
-Estaría bien. Pero antes… -me abrazó. Me reí en sus brazos. -lo echaba de menos. -dijo, apretándome más.
-Pero si llevamos toda la tarde así.
-Y aunque estuviésemos una eternidad… tendría ganas de más. -nos besamos bajo la luna parisina. Ella se sentía tan enamorada como yo de ella. Éramos muy felices. Últimamente las cosas me iban muy bien… por fin.
Fuimos a un restaurante precioso tras una ducha en el hotel. No conocía ninguno en París después de ese… pero sinceramente, pensaba que era imposible que hubiese otro más bonito. Y, como todo en la vida, tenía un precio, bastante elevado por ser de lujo, pero merecía la pena. Ella lo merecía.
-Boba, no hacía falta que me trajeras a este sitio… yo con un Mc Donald´s me conformaba… -dijo.
-Qué sencilla eres. -carcajeé.
-Es verdad, idiota. -reía mientras nos acomodábamos en los asientos.
-Levántate. -le pedí. -quiero hacer una cosa. -me hizo caso, algo extrañada. Fui tras ella y empujé la silla para que se sentase. Ella se echó a reír.
-Qué romanticaballerosa… -dijo la última palabra despacio, inventándosela. Nueva para el diccionario Malú-español, español-Malú. Ojeamos la carta un buen rato. -Vas a tener que vender muchos discos para pagarme la cenita, ¿lo sabes? -bromeó.
-Creo que mejor voy a vender un riñón. -opiné, provocando su risa contagiosa. Cogí un cuchillo de los que estaban sobre la mesa e hice el amago de cortarme la barriga para sacar el órgano. Malú no paraba de dar fuertes carcajadas. El resto de clientes se giraron de golpe y nos miraron de forma extraña. Pronto se acercó un camarero. Muy serio y elegante.
-Vous pouvez parler plus bas? –nos preguntó con un acento más que perfecto. Probablemente era nativo. Nos pedía que habláramos más bajo.
-Pardon… -me disculpé. -nous voulons deux verres à vin. –utilicé mi francés buscando entre las telarañas de mi memoria. Mi chica se quedó asombrada mirándome. No tenía ni idea de que supiese hablarlo. El riguroso señor se retiró con la demanda y María Lucía seguía pasmada.
-Cómo me gustas hablando francés. –insinuó levantando con su sensualidad la ceja derecha. Noté su pierna acariciar mi muslo.
-Cariño, aquí no. –le susurré, tragando saliva. –s´il vous plaît. –volvió a morirse al oírme. El trabajador irrumpió la escena. Traía dos copas de vino y ella se asustó, se incorporó quitando la pierna de mi silla rápidamente. Dio un golpe y la mesa se movió, tanto, que los cubiertos saltaron, haciendo sonar. Otra vez nos fusilaron con la mirada los allí presentes. El camarero nos miró algo harto de nosotras. Le pedí la comida y volvió a irse. Malú y yo nos reíamos bajito, para no liarla más.
-Qué vergüenza. –estaba colorada como un tomate. Se escondió bajo sus infinitos cabellos.
-Si es que… -suspiré sin dejar de sonreír. –bueno, una anécdota para recordar.
El primer plato, una sopa típica francesa, llegó a nuestra mesa. Mientras yo bebía un último trago antes de empezar aquel manjar, la princesa del pop español dio la primera cucharada. El humito que desprendía se podía ver.
-Está ardiendo… -la avisé. Pero de poco sirvió. Se metió la cucharada entera. Se le puso la cara de todos los colores posibles y la escupió en el plato. Abrió la boca y se echó aire con la mano.
-¡Quema, quema! –chilló desesperada. Yo lloraba de risa… Nos convertimos de nuevo en el centro de atención.
El dueño del restaurante, vestido de uniforme y con el típico bigote francés, se acercó a nosotras junto al camarero que nos atendió anteriormente.
-Me temo que tenéis que abandonar el local. –dijo en nuestro idioma natal.
-Perdona, no volverá a suceder. –negó con la cabeza ante mis palabras. –de verdad, ya nos estamos quietas.
-¿Hace falta que llame a seguridad? –amenazó.
-Ya nos vamos… -se levantó avergonzada mi chica. Al principio estábamos algo cortadas cuando salimos del restaurante, pero al final acabamos riéndonos bajo la tenue luz de las farolas de una calle desierta.
-Eres todo un caso. –le dije aún entre carcajadas.
-Te quiero. –se aferró a mi cuerpo. Yo la rodeé por su cuello y caminamos hacia ningún sitio. No teníamos rumbo en ese momento. -¿nos hacemos un Mc Donald´s?
-Creo que sí. –carcajeé. –no estamos hechas para el lujo…
-Vamos, que un Mc Pollo no tiene nada que envidiarle a la mierda sopa esa. –reí al oírla. –como quemaba la “joía”. –sacó la lengua y habló con ella fuera. –“mira como la tengo”. –puede que dijese. No la entendí. –me encantan las estrellas parisinas. –dijo, parándose en seco y mirando al cielo.
-No es por nada, pero esas estrellas son las mismas que las…
-Cállate. –me cortó. –aquí brillan más, ¿no las ves?
-Pero eso es porque estás tú mirándolas. –rió tímidamente cómo solía hacer cuando le decía estas cosas. La abracé por detrás.
-¿Algún día se te acabaran las ñoñadas? –preguntó, acomodándose en mi pecho, y yo en su hombro.
-Solo si dejas de quererme.
-Eso no pasará.
-Pues ahí tienes la respuesta. –volvimos a fundir nuestros labios mientras dábamos pasos a la vez hacia delante. Pierna derecha, pierna izquierda. Nuestro retraso era importante. Quién iba a decir que personas con nuestra edad hicieran esas bobadas de adolescentes. Mordí su cuello en una de esas zancadas.

-Hemos acabado el día igual que ha empezado, pero a la inversa. Ahora eres tú quién me hace cosquillas. –reí acordándome del momento en la habitación. Dejé de abrazarla y metí mi cabeza entre sus piernas. Agarré sus manos y la alcé. -¡BÁJAME! –chilló asustada. Yo empecé a correr dando bandazos de un lado a otro de aquella calle perdida de París. -¡MARINA!