lunes, 1 de diciembre de 2014

Capítulo final: EL MAYOR DESAFÍO DE LA VIDA ES VIVIR.

Agarro la guitarra con fuerza. La achucho contra mi cuerpo. Cierro los ojos un instante y tomo aire con seguridad y con ganas de darlo todo. Subo los escalones, el corazón me empieza a latir con ímpetu. Las cosquillas en la barriga y el nudo en la garganta aparecen de nuevo. Una magia nueva se apodera de mí. Este sitio me trae muchos recuerdos. Es una sensación preciosa. Un viaje en el tiempo. Como si nada hubiese pasado. Miro aquel nombre, esta vez sin iluminar, en el sillón. Aún recuerdo cómo me temblaban las piernas. Aún recuerdo ese miedo. Cómo olvidarlo. Empiezo a tocar la guitarra. Esta vez no hay golpes de sonido, ni público que me anime. Esta vez no siento la presión, ese "¿seré lo suficientemente buena?" "¿les gustaré?". Para romper el ensordecedor silencio, golpeo las cuerdas con énfasis. Inundo el vacío plató con mi música. Con esa canción. La canción que lo desencadenó todo. A prueba de ti. La letra de la canción parece estar a fuego en mi mente. Oigo el pulsador, y la silla de Malú se gira. Sonrío. Ella hace lo mismo. Su rostro comienza a dar signos de vejez, pero su belleza sigue siendo la misma. O quizás superior. El brillo en su mirada es inapagable. Eterno. El amor que me transmite su sonrisa es incalculable. Me pregunto cómo puede seguir enamorándome después de tantos años. Después de tantas experiencias. Me hago una pregunta estúpida. ¿Algún día la dejaré de amar? Es imposible. Es imposible dejar de sentir lo que siento. Es tan fuerte. Tan infinito. Inabarcable. Indescriptible. Y es que su gesto todo lo dice. No tiene secretos para mí. Cuanto más la miro, más me gusta. Sé que en su piel está mi futuro. La silla a su izquierda se gira. Apenas se ve la persona que la ocupa. Es tan pequeñaja. Puedo ver su coletita asomar. Se pone de rodillas y ríe nerviosa, dejando ver el hueco de sus paletas. Sin duda, ha sacado los ojos de Malú. Esa mirada transparente. Recuerdo la primera vez que los abrió. Sentí tantas cosas es un solo segundo… Los nervios me pudieron y me eché a llorar mientras ella intentaba adivinar qué me pasaba. Me miraba inquieta, preocupada. Y solo tenía unos minutos de vida. Sabía que iba a ser especial. Lo sabía. Jamás olvidaré el día que dio sus dos primeros pasos y luego cayó de culo en la alfombra desatando la risa de sus abuelos. O cuando empezó a comer por sí sola, golpeando el plato y haciendo volar a litros y litros de sopa. El primer día que pisó la arena, la pateó asustada. No le gustaba la sensación. Prefería caminar en la orilla cogida de nuestras manos, soltando chillidos cada vez que veía venir una ola. Y cómo olvidar aquella vez en la que se perdió en el parque de bolas. Se escondió en uno de los toboganes y mantuvo la boca cerrada hasta que Malú se metió a buscarla. Fue gracioso ver cómo, gateando, buscaba a su hija. Esquivando a otros niños, sorteando obstáculos. Es una gran madre. Desde el momento en el que supimos que íbamos a tener un hijo lo supe. Tuve ese presentimiento. La forma en que miraba su barriga. La forma de tocarla. Y lo mejor de todo es que podía compartir esa labor con ella. Algo tan importante como formar a un niño. Educarlo. Llegar a convertirlo en una persona. Se me pone la piel de gallina. Termino de cantar a la vez que se difuminan mis pensamientos. Natalia corre hacia su madre, y ella la alza, sentándola en sus piernas y agarrando sus manos. La mira con ternura.
-Así nos conocimos mamá y yo. -le explica.
-Solo que yo era un poco más guapa. -bromeo. La niña ríe. Siempre lo hace. Es tan risueña como María Lucía.
-Yo quiero ser cantante también. -dice. Me acerco a ellas y me pongo en cuclillas. Descanso mis manos en las diminutas rodillas de mi hija.
-Tendrás que trabajar mucho. -asiente seguidamente. Su coleta baila. -¿quieres aprender a tocar la guitarra? -le pregunto. Vuelve a asentir. -eso está genial.
-Le voy a pedir una a los reyes magos del tito José porque él tiene muchas y seguro que los reyes se las ha traído todas. -dice casi sin aire.
-Buena elección. -río.
-Tú eres muy lista para la edad que tienes, ¿no? -interviene mi mujer.
-Soy la más lista de la clase. -afirma convencida. Malú carcajea sin perdernos de vista. Beso las frentes de las chicas que me dan la felicidad. La razón de mi existencia. 

Mi nueva vida circula rápido. Mi madre dice que es un signo de vejez. Y es que los días, los meses, vuelan. Sin yo poder detenerlos. Es exagerado. Cuando empezaba la primavera, ya estaba acabando el verano. Nuestros discos se creaban, se publicaban, los conciertos se abarrotaban, y ya estábamos de nuevo con otro CD. A pesar de la fluidez de los acontecimientos, soy infinitamente feliz. Mi rutina no puede ser mejor. La que había ansiado y perseguido siempre. Mi carrera alcanza cotas altísimas. Ni yo misma me lo creo. Vivo en una nube. Vivimos. Porque mis éxitos son los suyos. Y los suyos los míos. Estamos unidas en todos los campos posibles. Unidas en todos los sentidos. 
Respecto al resto, mi madre se trasladó a Madrid para seguir con más detenimiento el crecimiento de su nieta. Muchas eran las horas que pasaba junto a nosotras. Por otro lado, José se mudó a casa de mi mánager. El amor que ambos sentían era extraño, iluso, y a la vez especial. He de reconocer que hacían una pareja estupenda. Y hablando de parejas, Vanesa y Úrsula continuaron juntas a pesar de las adversidades. Las dos trabajaban en el bar de Natalia y Pedro, el cual se convirtió en una franquicia con locales en toda España. Mi banda sigue siendo la que era. Ellos querían continuar conmigo, y yo con ellos. Si los productores exigían un cambio, eramos nosotros los que tornábamos de productora. Isabel seguía siendo mi mano derecha en el mundo de la moda. Mi confianza en ella crece día a día. Se vuelca en cada proyecto, quizás por eso su éxito sea tan enorme. Cree en lo que hace. Me siento realmente cómoda en sus manos. Lidia y Pablo están igual de enamorados con su pequeño, el cual, cuida con responsabilidad a Nat. Bromeamos con que algún día nuestros niños serán pareja. Quién sabe. La vida da muchas vueltas... Y tantas que da. Quién me diría a mí que mi familia sería la chica que decoraba mi pared en un póster algo mugriento. O que las críticas hacia mi, según decían algunos, absurda ilusión se convertirían en elogios y premios. Al final aprendí que la vida te da tantas de arena como de cal. Comprendí que los baches solo son obstáculos que nos dan lecciones. Y los logros son señales de que lo estamos haciendo bien. Al final la vida solo es un camino con principio y fin. El de algunas personas es más inclinado que el de otras. Unos tramos son de arena, y otros de piedra. Unos de cemento, y otros de hierba. Pero al fin y al cabo es el mismo camino. Y yo, como sufridora de mil torturas y triunfadora de mil alegrías, parafraseo aquello que un día decidió mi mujer plasmar en su piel. Ahora he conseguido entender esa frase, y ahora sí la puedo decir: el mayor desafío de la vida es vivir.

FIN