domingo, 26 de octubre de 2014

T2. Capítulo 32. SÍ QUIERO (2)

Un enorme jardín con cuantiosas mesas altas con sus taburetes alrededor nos recibía. Era el exterior del restaurante en el terminaríamos nuestra boda. Al parecer, el dueño era amigo de la familia de los De Lucía. Por ello, habían puesto extremo cuidado en cada detalle. Al menos en el primer paso lo habían bordado. Habían decorado genial la parte de fuera. Los camareros llevaban bandejas en sus manos cargadas de bebidas y refrescos, y otras de canapés. Los invitados llegaban en pequeños grupos. Eran tantos, que me resultaba imposible controlarlos a todos. Y es que había caras allí que ni conocía. Malú tenía demasiados contactos.
-¡¡Marina!! -mis compañeros se acercaron a mí casi corriendo. Pedro, José Luis, Mercedes y Ricky. La primera vez que los veía tan elegantes. Ver a Pepe Luí así era algo de otro mundo.
-¡Qué guapos! -peloteé. -¿qué tal ha estado la ceremonia?
-Divertida y emocionante. -resumió el director musical, sonriendo plenamente. Me alegraba oír eso. A pesar de los contratiempos, había sido inolvidable.
-Qué bien te queda ese vestido. -opinó Mercedes poniéndose la mano en el pecho.
-Me vais a sacar los colores. -reí. Me sentí completamente feliz ese día. El calor de mis seres queridos me rodeaba. Incluso calor de gente desconocida. Mi chica me abrazó entonces por detrás. Su olor la delataba. Hoy había aportado mucho más. Su aroma se percibía a metros.
-¿Cómo está mi esposa? -preguntó.  
-Sigue nerviosa. -agarré sus brazos. Ella carcajeó.
-La tuya un poco menos. Ya ha pasado lo peor. -besó mi hombro. -¿qué tal chicos? ¿lo estáis pasando bien?
-Sí, muy bien. Gracias por invitarme. -Ricky siempre tan agradecido.
-Yo también. Pero empiezo a tener hambre. -dijo Merce, que se alejaba buscando un canapé al que meterle mano.
-Lo mejor de las bodas es que hay comida gratis, y eso es así. -bromeó José Luis. Le reímos la gracia.
-Eh, vámonos de aquí que viene Isa. -susurré, dándome la vuelta.
-¿Qué te pasa con ella? -me preguntó, liberándome de sus brazos para agarrar una coca cola.
-Tengo la sensación de que me la va a liar… -dije mirando la raja del vestido.
-¡¡Marina!! -exclamó ella.
-Pf, ha sido al bajarme del coche. -me excusé.
-¿Habéis visto a Marina? -oí su cálida voz de lejos.
-Mierda, me busca. -me mordí los nudillos. Malú soltó una carcajada acompañada de un: no será para tanto. -¿tú crees? -asintió. -no has visto a Isabel enfadada. No la has visto. -volvió a reír.
-¡¡Recién casadas!! -exclamó alguien.
-¡¡JESSY!! -grité su nombre. ¡Cuánto tiempo sin ver a mis amigos! Nos abrazamos.
-Me da miedo acercarme a ti con tanta tela blanca. -confesó. El resto de mi pandilla se unió. Era un placer tenerlos conmigo. Una parte de mí siempre estaba con ellos. Y una parte de ellos conmigo. Estaban junto a mí sin estarlo.
-¡Felicidades! -nos desearon uno por uno. Además de una foto. Obviamente. Era un día para no borrar la sonrisa de la cara. De ser simpática y agradable con la gente. Hoy era nuestro día.
-¡Eh, venid aquí! -chilló Lidia. Hasta sus gritos eran bonitos.
-¿Qué ocurre? -le preguntó mi ya mujer. Li se abalanzó a ella, estrujándola contra su enorme barriga.
-Enhorabuena chicas. Ni la muerte os separará. -dijo en un suspiro. Pablo y yo las miramos sonrientes. Era una escena que jamás olvidaría. El cantautor pasó entonces su brazo por mi hombro y lo golpeó.
-Ven aquí. -me animó a acercarme. Lo agarré de la cintura y él besó mi pelo. -eres una campeona. -susurró.
Después de saludar al resto de invitados, las gigantescas puertas del salón se abrieron. Las lámparas se fueron encendiendo progresivamente. Estaban bastante bajas y eran jodidamente anchas. Una en cada mesa. Éstas eran redondas. Recuerdo el día en el que tuvimos que hacer un croquis. ¡Qué dilema! Fue bastante difícil hacerlo. Es complicado saber agrupar a las personas con otras. Suerte que estaba Pepi para poner orden.
No sabría decir el número de distintos sirvientes que había. Cada vez que veía a uno era distinto al anterior. No era consciente de aquello. De cuántos hilos habíamos movido para hacer esto. Para tener esto en nuestras manos.
-¿Ves el escenario de ahí? -me preguntó mi suegro, señalando al final del salón. Asentí con la cabeza. Él sonrió y movió la cabeza. ¿Qué significaba eso? Me había quedado con la intriga. -ya verás la que se va a liar…
-¿Qué dice tu padre del escenario…? -me giré a mi chica.
-¿Qué escenario? -vale. Ella tampoco tenía ni idea. Entendí entonces que nos íbamos a llevar muchas sorpresas esa tarde-noche. Dimos comienzo al almuerzo, compuesto de un entrante, varios platos, y el postre. Durante la comida pude respirar. Un poco de tranquilidad no me venía mal. Me sobró bastante. Los restos se los fui pasando a mi cuñado. Él encantado.
Tras terminar el postre y haber recogido todos los platos, las luces se apagaron de golpe. ¿Problemas con la luz? Aunque me parecía raro que ocurriese justo cuando los camareros habían recogido la suciedad.
Se formó un círculo de gente bastante sospechoso. Malú y yo nos miramos asustadas. ¿Qué tramaban? Y lo más curioso. ¿Cómo habían conseguido organizarse todos? José y Mari aparecieron detrás de nosotras. Nos empujaron al centro. No sé por qué, pero me olía que acabaría allí en medio. Un foco se iluminó. ¿Apuntando a quién? A nosotras.
-¿Qué…? -murmuró casi ronca mi chica. -cariño, dime que sabes de qué va todo esto.  
-No tengo ni idea, pero me siento como James Bond cuando están a punto de matarlo. -la oí reír. Esa maldita risa me mataba.
-"Bailar de lejos no es bailar, es como estar bailando solo…" -la conocidísima voz de Sergio Dalma apareció. Yo no podía creerlo. Ella tampoco, que me miró completamente fascinada. El cantante apareció en el escenario, a tan solo unos palmos de nosotras y el círculo que nos rodeaba. Una luz le iluminó.
-Creo que tenemos que bailar… -dije. Ella se sonrojó.
-Vamos, no pongas esa cara. Has bailado ante millones de personas. -reí. Me separé un poco de ella y le ofrecí mi mano. La gente aplaudía al ver que yo al menos reaccionaba. -no me dejes sola. -murmuré. Apretó entonces mi mano y se acercó a mí.
-Es como si todo volviese a empezar... -me susurró en el oído, mientras nuestros pasos seguían a la garganta ronca del catalán.
-La verdad es que sí. -reconocí. -mi mente está en aquel piso y en aquella chica avergonzada que no se atrevía a bailar contigo. -se le escapó una risilla mientras nuestra canción sonaba.
-No sería tan avergonzada cuando me empotró contra el sofá.
-Ala. Qué exagerada. -me sorprendí. Perdí el ritmo del baile.
-Me acabas de pisar. -dijo cerrando los ojos de golpe.
-Lo siento… -me mordí el labio, intentando recuperar el compás. Las risas se sucedieron. Poco a poco, más parejas se unían a nuestro alrededor. Fuimos rotando de pareja.
-Hombre, si eres tú. -sonreí al ver que era José.
-Hey, cuñadita. -rió. Aceleró el paso del baile.
-¿Dónde vas, colgado?
-Tengo mi propio estilo. -chuleó, llevándome casi en volandas de un lado a otro. Yo estaba en la fina línea que separaban a la diversión y el miedo. Pronto me liberé de él y su montaña rusa para danzar junto a Raúl, aquel compañero de equipo de "La Voz". Lo había visto en la recepción, pero no llegué a hablarle.
-¡No me puedo creer que te estés casando con nuestra coach! -bromeó. Un baile no daba para mucha charla. Pero disfruté de su compañía esos pequeños minutos. Giré sin ni siquiera mirar. Entrelacé mis dedos con otros. Una piel fina. Debía ser una mujer. Me topé con sus ojos azules. No podían ser de otra persona.
-Isa… -forcé una sonrisa. Ella frunció el ceño.
-Mi vestido. -refunfuñó.
-Sí. Es precioso. -la miré de arriba abajo.
-Éste no. El que llevas puesto. -no funcionó. -Marina, te lo has cargado.
-El coche… -agaché la cabeza. Ella rió.
-Idiota, alegra esa cara. -carcajeé. -muy bien. -sonrió estrujándome en su cuerpo. Otro nuevo cambio llevó a mis manos a una chica que no conocía. En realidad aquello parecía eso de las citas rápidas. Encontrar el amor en cinco minutos.
-Mi nombre es Sonia. -dijo.
-Bonito es. -pronuncié. -yo Marina.
-Lo suponía. -rió. Medía más o menos lo mismo que yo. Un poco menos. Lucía un pelo negro ondulado y llevaba un vestido de igual color.
-¿Prima? -intenté averiguar.
-No. ¿Quieres otro intento? -¿me estaba vacilando?
-Mh, ¿prima segunda? -carcajeé.
-Novia de Dani Martín. -automáticamente apareció el cantante a mi lado.
-¿Alguien ha dicho mi nombre? -preguntó con ese deje suyo.
El baile finalizó cuando Sergio Dalma se aburrió de cantar, y los invitados de rotar. De dar vueltas sin parar. Me sentía plenamente abierta. Con ganas de todo. Así que viendo que me encontraba de tal humor, caminé decidida al escenario y subí las escaleras levantando el vestido. Dalma me pasó el micro, seguido de un abrazo.
-¡Menudo bodorrio! -susurró en mi oreja.
-Ahora viene lo mejor. -le contesté yo. Pero justo cuando iba a empezar a hablar, una chica fuera de sí subió por el mismo lugar que yo. Cantaba una canción de "Skrillex". Cantaba entre gomillas. Pronunciaba consonantes seguidas a la vez que tocaba una guitarra imaginaria. La miré. Me quedé quieta viendo como cruzaba el escenario y bajaba por el otro lado.
-¿Estás bien? -le preguntó una mujer abajo.
-¡Llevo cinco "monsters"! -gritó. Supuse que se refería a la conocida marca de bebida enérgica. Era casi una niña. Su pelo era rojo y un flequillo le quitaba la vista parcialmente. Se tiró al suelo e hizo la croqueta a la vez que cantaba "Me fui". Pestañeé varias veces. ¿De dónde había salido ese ser…?
-¡¡SEGURIDAD!! -gritó un organizador. Unos hombres de negro fueron a por ella y la llevaron a rastras. Alejandro Sanz estaba sentado en el suelo sin poder parar de reír. La verdad es que había sido bastante hilarante. Entonces puse seriedad. Lo máximo que pude. Carraspeé mi garganta, atrayendo la atención de la multitud.

-Primero que todo daros las gracias por asistir a este evento. A uno de los días más importantes de nuestra vida. Gracias, porque vuestra presencia en esta boda dice mucho. Dice apoyo, dice amistad. Si os soy franca, no tenía esto pensado. He tenido un momento de euforia, parecido al de esta chica… -provoqué risas. -bueno, quizás no tan fuerte. -aumentaron las carcajadas. -por eso, si algo de lo que digo no es coherente, ignorarlo. -moví la mano. -quiero agradecerle a mi madre y a mi familia política lo que han hecho por nosotras. Habéis organizado la boda que Malú y yo soñamos. También a mi mánager, por su servicio en moto de agua exprés. -reí al recordarlo. -a mi estupenda estilista, por elegir el traje que toda novia desearía tener. Y ahora me dirijo a mi mujer. -la miré. Hice una pequeña pausa. Mi musa comenzaba a inspirarme. Realmente no tenía ni idea de lo que iba a decir. Era todo espontáneo. Me dio miedo. Siempre había querido tenerlo todo atado. Preparado. No sabía cómo iba a salirme eso de la improvisación. -eres grande. Y nunca pensé que conseguiría tener a mi lado a alguien como tú. Alguien que cuando es golpeada se levanta con el doble de fuerza que tenía antes. Alguien tan especial como tú. Eres única. -no pude evitar sonreír al ver como se escondía poniéndose las manos en la cara. -por tu forma tan extraña de sentarte en el sofá. ¿Sabéis que lo hace como un indio? -rieron. -Y eres gigante, porque un paso tuyo equivale a cinco zancadas de un mortal. Si tuviera que decir que es lo que más me gusta de ti probablemente no terminaría nunca. Son demasiadas las cosas que me agradan, me sorprenden y me fascinan de ti. Y tampoco es que descubrieras América… Son detalles. Simples y enanos detalles que hacen de ti una persona inigualable. Tu forma estúpida de decir mi nombre. Tu manía con dormir con la puerta entrecerrada. Tu manera extraordinaria de cuidar a tus animalillos. Tú y tu incapacidad tecnológica y de jardinería. Cuando le regalo flores no le duran ni veinticuatro horas… -volvieron a estallar en risas. Aunque muchos ya lloraban. -lo significas todo. Te has convertido en mi mitad. En mi complemento. En el aire que necesito para respirar. Solo con un viaje, con que nos separen no sé, 10 kilómetros. O incluso una pared… Ya te echo de menos. No te prometo un para siempre, porque sé que no existe la inmortalidad. Pero a cambio, te puedo jurar que mientras que esté viva haré todo lo posible para que seas feliz. Seguiremos creciendo juntas. Porque sé que aún tienes mucho guardado dentro. Sé que serás aún más gigante. Que descubriremos y experimentaremos mil sensaciones más. Nuestro amor no es de cartón. Nuestro amor es del hierro más sólido que pueda existir. Sin ti, mis mañanas nunca comienzan. Sin ti, no existe ni el amanecer ni el atardecer. Sin ti no hay nada. -la miré. La voz se me rompió. Una lágrima recorrió mi rostro al ver que lloraba mientras sonreía. Sus ojos estaban inundados por completo. Para mí allí no había nada. Todo se había esfumado y solo quedábamos ella y yo. Bajé los escalones y me acerqué lentamente a su cuerpo. Conforme lo fui haciendo descubrí algo. Así, centrándome en sus oscuros ojos, caí en la cuenta de que el brillo no solo existía en las estrellas. 

sábado, 25 de octubre de 2014

T2. Capítulo 31. SÍ QUIERO.

Mari hizo un último derrape muy cerca de la costa. El agua creó una enorme cortina de unos cinco metros. A través de ella vi a Isabel levantarse enfurecida. Fue inevitable soltar una carcajada. El vestido estaba parcialmente mojado, pero eso era lo que menos me importaba. Con extremo cuidado y bajo la atenta mirada de la multitud, salté las pequeñas olas que se formaban en la orilla. Así, hasta llegar a tierra firme. Allí me puse los zapatos que habían estado en mis manos durante el movido y acuático viaje. Caminé riéndome hasta el altar, mientras oía el cuchicheo de los invitados.
-¡¡Las tres supernenas!! -chilló alguien que no conseguí identificar. Fue ahí cuando de los mismos nervios, me entró un ataque de risa. El chistecito en sí no me había producido tanta gracia, pero el nudo de mi estómago desató mis carcajadas. Poco tardaron en desaparecer… pues ante mis ojos deslumbraba la que estaba a punto de convertirse en mi esposa. Llevaba un elegante vestido con una larga cola. La parte superior era blanca con detalles muy bonitos. A partir de la cintura, el blanco se volvía beige. Un beige tranquilo, sutil, dulce.

Llegué al improvisado "altar" aún conmocionada. Estaba más que preciosa. No conseguía apartar mis ojos de ella. La respiración se me entrecortaba. Estaba hasta temblorosa. Miles de personas cuchicheaban a nuestras espaldas. Me miró de reojo y sacó una pequeña sonrisa.
-Eres especial hasta para llegar a tu propia boda. -bromeó. Yo me reí flojito. -te noto un poco…-susurró.
-Estoy atacada. -confesé. Un cosquilleo recorría mi cuerpo de principio a fin. Mis manos sudaban sin pensar en parar, y mucho menos en quedarse quietas. El tembleque era ya imparable. Recordé entonces la gala de las audiciones a ciegas en "La Voz". Más o menos estaba igual. Me sentía pequeña. Lo que venía se me hacía grande. Pero entonces noté su piel sobre la mía. Su dedo meñique buscaba el mío. Ambos se entrelazaron. Se acariciaban. El contacto de nuestros dedos me relajó. Respiré aliviada mientras el encargado de casarnos empezaba. "Buenos días. ¿Estamos todos, verdad?" Asentimos juntas. Ni siquiera me dio por mirar y ver si faltaba alguien. Ni caí en ello. "Estamos aquí reunidos para formalizar la unión entre Marina y María Lucía…". Las palabras del juez procedían con lentitud. En mi cabeza y en mis ojos una nube entera nublaba lo que vivía. No era consciente de ello. Sentía que era un sueño. La voz melódica y su manera tan lenta de leer comenzaban a impacientarme. Tanto, que dejé de oírle. Los artículos de la ley eran demasiado aburridos. La miré de reojo. Estaba pensativa, mirando al suelo. Apreté el meñique, que aún seguía rondando el suyo. Se asustó y me miró.
-¿Qué pasa? -se preocupó. Me encogí de hombros y negué con la cabeza. No pasaba nada. Pasaba todo.-cuando lleguemos al hotel te voy a arrancar ese vestido. -sin mirarme me di cuenta de que estaba roja como un auténtico tomate. -pero no te asustes, mujer.
-¿Yo? ¿asustarme? -murmuré.
-Silencio. -pidió David. Luego siguió con la ceremonia. Malú se rió cual niña pequeña tras la bronca de su profesor. Giré un poco la cabeza y de pasada pude ver algunas cuantas caras. Las que saltaron a mi vista. Las más importantes de las allí presentes. Después de ello fijé mi vista en el suelo. En la cola blanca de mi vestido. Y sí, sonreí como una auténtica estúpida. Al final, aprendí que la felicidad no es duradera. Que solo son instantes. Instantes que no cambiarías por nada. Son momentos en los que sientes que estás en lo más alto. En el pico de una montaña. Las ganas de chillar y saltar son síntomas de este éxtasis.
-¿Marina? -llamó mi atención el juez. Sacudí mi cabeza. Malú me dio un codazo.
-¿Dónde estás? -me preguntó ella seria.
-¿Consientes en contraer matrimonio con María Lucía? -preguntó, mirándonos a cada una de nosotras.
-Sí, consiento. -respondí segura. Repitió la cuestión para mi chica, que tras echarme una mirada cargada de brillo, la desvió hacia David. El silencio inundó la playa. Tan solo se oía a las gaviotas. Contestó entonces: "no". -sabía que lo haría. -volteé la cabeza. -lo sabía. -los asistentes y la propia novia estallaron en risas.
-Claro que quiero. -dijo agarrándome de la nuca y arrastrándome a sus labios.
-¡Eh! ¡No he dicho que podáis besaros! -se indignó. -bueno, qué más da. -tiró los papeles a la mesa y se unió al aplauso.
-Te adoro. -soltó en mi boca, provocando el nacimiento de miles de mariposas en mi estómago. Me sorprendía como los primeros días. -podemos seguir.
-Bien, procedamos ahora al intercambio de anillos. -anunció. Viendo que nadie se movía, emitió un extraño sonido que procedía de la garganta. Yo eché la vista atrás, buscando a José, que se arañaba el pelo. Empezó a entrarme el miedo. Se acercó a Mari y le susurró algo al oído. Ésta se puso blanca.
-¿José? -mi suegra le dio un empujón. Estaba claro que algo no estaba saliendo bien. Su hermano se puso al lado del juez y se acercó al micrófono.
-Hola, jeje. -me puse las manos en la frente. -veréis… ha habido un problema con las alianzas.
-Te corto los huevos. -murmuró Malú. Solo yo pude oírlo.
-Eh… esto… -carraspeó. -Mari traía en un bolsillo la bolsita con los anillos.
-No… no. -pensé.
-El bolsillo se cierra con velcro y está debajo de su falda… así que pensamos que se pudo haber abierto cuando venía en la moto de agua… -se mordió el labio.
-¿Cuándo decidimos que fueran ellos dos los que se encargaran de las alianzas...? -preguntó Malú.
-No lo sé. -dije incrédula. Maldita sea.
-Somos mongolas. -bromeó. -en serio, eh. -me hizo reír. Se formó un barullo por parte de los asistentes a la boda. Tierra trágame. Una de las más esperadas del año, y así andaba. Vi a mi representante dirigirse con decisión al micro.
-A ver, escuchadme… -pero el murmullo seguía presente, por lo que decidió chillar como solo ella sabía hacer… -¡¡¡SILENCIO!!! -todo se enmudeció. -así me gusta. Lo que quería decir… que si se me han caído en la moto, deberán estar en ella. Y si están en el agua, el mar las tendrá que devolver. -nos hizo reflexionar. -así que venga, quiero una fila que ocupe toda la orilla.
-¡Qué! -gritaron casi todos a la vez. Un grito al que me uní.
-¡Pero venga! -al final, no sé cómo, acabamos todos mirando en cada ola que rompía el mar. Mari siempre conseguía lo que se proponía. Y ahí nos tenía. A sus órdenes. Más de mil personas pendientes de una pequeña bolsita que en cualquier momento aparecería por la orilla.
-¡¡AQUÍ, AQUÍ!! -gritó una voz con acento canario muy marcado. Se adentró en el mar y levantando su vestido azul agua, se agachó y levantó el brazo exclamando: LOS ENCONTRÉ. Todos comenzaron a jadear, mientras que Malú y yo mirábamos perplejas la escena. ¿Esto era real?  Más bien parecía un sueño. O una pesadilla, no lo sabía muy bien.
-¡Toma! -la chica puso su mano sobre la mía, con la bolsita rosa entre ellas. Tenía unos ojos negros enormes y una tez morena.
-Gracias… ¿tu nombre? -me corté. No la había visto en mi vida.
-Virginia. -sonrió, dejando ver su dentadura blanca. Dio un giro y caminó hasta su banqueta, de las últimas que había. Apreté la bolsita y un chorro de agua salió. La abrí con cuidado mientras el resto de invitados se acomodaban. Saqué los sencillos pero originales anillos. Una alga los había rodeado.
-Procedamos al intercambio de alianzas. -agarré el suyo y nos pusimos frente a frente. Sus ojos apuntaban a los míos. Elevó lentamente su mano, y mi cuerpo se derritió por completo. Agarré su muñeca con extremo cuidado, como si del más preciado cristal se tratase, y acerqué el anillo a su dedo. Soltó un pequeño suspiro. Mis nervios aumentaron. Estaba a punto de ser mía. Se mordió el labio y susurró un: hazlo ya.
-Mierda. -el anillo cayó al suelo. Me agaché enseguida a recuperarlo mientras oía las múltiples carcajadas de fondo. Malú tenía los ojos brillosos. Ellos estaban también emocionados. -no llores. -murmuré. -que me contagiarás. -y deslicé la alianza hasta el final de su estrecho dedo. Fue ahora su turno. Agarró el objeto con mayor fuerza que yo. Seguro que a ella no se le caería… Me sostuvo la mano y dio un pequeño  soplo que hizo mover mi flequillo. Lo introdujo en mi dedo. Una magia sobrenatural me rodeó. Una onda luminosa dio vueltas sobre mí. Parecía algo fantástico, pero así sentí yo el cosquilleo.
-Yo os declaro… -comenzó a decir. El resto no lo oí. No me hizo falta. Me fijé en sus labios. En las finas comisuras que se movían para formar la sonrisa más bonita que existió jamás. En esos labios color carmín que hablaban por sí solos. En esas mejillas que parecían moldeadas a la perfección. Y qué decir de sus ojos. Ese color tan profundo. Tan suyo. Tan único. Y su pelo, que ondeaba con más elegancia que de costumbre. -podéis besaros. -dijo, poniendo en pie a todo el mundo. Miramos las dos de reojo. Teníamos la gran atención del momento. Nos entendimos. Vamos a hacerles esperar. Vamos a disfrutar de este momento. Acaricié su mentón y ella agachó la cabeza avergonzada. En realidad era muy tímida. Las dos lo éramos. Oí su risilla.

-¡¡¡Es para hoy!!! -gritó Pepe Lui, mi músico y compañero. Cómo no, tenía que intervenir. Mari le echó una mirada cargada de odio. Probablemente eran las dos personas más chistosas que tenía a mi lado. En mi círculo. Volví entonces a centrarme en el instante más esperado del día. Alargó sus brazos hasta mi cuello. Jugueteó en mi nuca y me acercó a sus labios, que ya esperaban entreabiertos a los míos. Y así, nos fundimos ante la perpleja muchedumbre. 

domingo, 19 de octubre de 2014

T2. Capítulo 30. DAME TU ALMA.

Nuestros besos se sucedían al ritmo que las olas se rompían en la arena. Esos golpes de sonido. Ese olor a mar. Ese compás traído del más allá. Era todo tan idílico que costaba creer que era real. Como un auténtico ritmo, una melodía de esas que yo misma componía, sus labios se perdían por mi piel. Esa lentitud, esa paciencia, me volvían loca. No había un solo beso desordenado. Seguía una melodía deliciosa que solo la sinfonía alterada de mi corazón osaba interrumpir…

Un picotazo en mi pierna me abrió los ojos de golpe. Cuando lo hice, no me podía creer lo que había ocurrido. El enorme astro solar asomaba tímido por encima del horizonte, mientras que un extraño ave caminaba por nuestros pies. Echó a volar.  
-¡Malú! -grité. Ni un solo movimiento. Sus párpados estaban completamente pegados, al igual que su pecho en el mío. -eh, cariño. -la moví.
-¿Qué pasa…? -preguntó revolviéndose el pelo. -uf, cuánta arena… ¿esto qué es…? ¡Mierda, estamos en la playa! -se incorporó de golpe. -¡la boda!
-Nos van a matar… nos van a matar… nos van a matar… -repetí una y otra vez. Mi chica buscó su  móvil alrededor de nuestros cuerpos hasta encontrarlo semienterrado.
-Son casi las ocho. -me informó. Joder. Tenía la esperanza de que fuesen las seis al menos. -¡dios! ¡veinte llamadas de mi madre!
-Nos van a crucificar. Van a cambiar la boda por un doble entierro. ¿Lo sabes, no?
-¡¡QUIERES DEJAR DE PONERME MÁS NERVIOSA DE LO QUE ESTOY!! -hizo aspavientos. -¡¡tira para el hotel! -gritó.
-Nos vemos en nada, futura esposa. -dije, andando hacia atrás. Ella hizo lo mismo, pero para el lado contrario. Me giré y justo en el momento en el que iba a echar a correr oí un grito.
-¡¡NO!! ¡¡MI CHANCLA!! -la vi con una de ellas en la mano. Estaba rota. -¡lo que me faltaba! -se quejó. Comenzó a cojear por el caminito de madera que llevaba a la calle. Me eché a reír. -¿¡quieres irte al hotel!?
-¿Cómo piensas llegar así a la casa?
-Pues así. -dijo sin parar. -está solo a dos calles. Puedo… -respiró fuerte. -aguantar. -ofú. -bufó, apoyándose en sus rodillas. Di unas zancadas hasta ella y le ofrecí mi espalda.
-Sube. -sonreí. Dio un salto y se montó, agarrando la sandalia en la mano.
Para nuestra mala fortuna, su madre estaba asomada en el balcón con los rulos de peluquería puestos y una bata roja anudada en la cintura que le arrastraba.
-¡¡¡LA MADRE QUE OS TRAJO!!! -gritó. A esto se le sumaron cientos de frases con gallos de por medio.
-Vaya día me queda. -suspiró, volviendo a posar los pies en el suelo. -gracias, chófer.
-¿Cómo que gracias? Son cincuenta euros.
-¡Pero si estaba al lado! -se quejó. -¡anda, corre! -agarró el cuello de mi camiseta y tiró de él hacia ella. Me dio un beso y se metió en la obsoleta vivienda. De fondo pude oír a Pepi, que continuaba chillando.
-¿Nerviosa? -salió de allí José, de punta en blanco. Llevaba un traje que le quedaba perfectamente ajustado. La camisa era blanca, y la corbata fucsia. Ese fuerte color aportaba a su elegante vestimenta un toque de alegría importante.
-Bastante… -reí. -madre mía. Qué guapo. -giró sobre sí mismo. -¿no es muy pronto para estar ya así?
-Media familia está ahí metida. Tenemos que hacer turnos para entrar al baño y me ha tocado el primero. -explicó. -de aquí a la boda me habré manchado. -bromeó. -¿Y TÚ QUÉ HACES AQUÍ?
-Si yo te contara… -reí.
-Cuéntamelo de camino. Sube al coche anda, te llevo. -le agradecí el gesto. No es que el hotel estuviera precisamente cerca. Y tampoco es que tuviera muchas ganas de recorrer el camino andado, más el doble de éste.

-¡¡Dónde estabas!! -mi madre y Lidia estaban preocupadas. Había otra persona que no tenía muy claro quién era…
-¡Hola, soy Ana Belén! -saludó. Era la más bajita de la sala. No alcanzaría el metro cincuenta… -soy la peluquera.
-¡Ah! -caí en la cuenta. -encantada. -le di dos besos.
-¡Vamos allá que es tarde! -exclamó mi madre. Nunca antes la había visto tan atacada. Bueno, el día de mi comunión. Recuerdo que me llamó a las cuatro de la mañana para empezar a peinarme. Por aquella época el pelo me llegaba casi a la cintura.  Me metí en la ducha y me lavé el pelo unas tres veces. ¡Había granitos de arena por todas partes! Y cuando cerraba el grifo no oía nada más que murmullos en el exterior del baño. Notaba un gusanillo en la barriga que no dejaba de moverse. Era el día. El gran día había llegado. Unos portazos en la puerta me sacaron de mi empanamiento.
-¡Ya salgo! -intenté tranquilizarles.
-¡MARINA MARÍN! -chilló mi madre. Cuando decía mi nombre completo me entraba el tembleque. Salí envuelta en la toalla. José silbó cual obrero, a esto le sucedieron las palmas de Isabel, que acababa de aparecer de la nada, y el resto de chicas.
-Pero si llevo una toalla en la cabeza y otra en el cuerpo… por qué… -no me dio tiempo a terminar. Estaban todos riéndose. Veía que no era la única que estaba ansiosa y a la vez hecha un puñado de nervios.
Después de que Ana Belén, tras quemarme la oreja varias veces, y preguntarme por qué tenía arena en la cabeza, me peinara el pelo mientras que una chica, también aparecida de la nada, me hiciese fotos sin ton ni son, entré en la habitación para ponerme aquel vestido.
Nunca me había arreglado con tanta gente a mi alrededor. Isa no paraba de colocar las arrugas donde debían estar. Mi madre no paraba de sonarse porque llevaba más de media hora llorando y Lidia me contemplaba desde una esquina del cuarto frotándose la barriga con dulzura. Estaba claro que era la tremenda e indiscutible protagonista del día. Hay gente en el mundo, en la vida, que le encanta sentirse así. Sentir que todos los ojos de una misma habitación están puestos en ella. Pero no era mi caso. Yo era todo lo contrario. Una vergüenza sobrenatural me azotaba. Perdía el control sobre mí. No sabía qué hacer, cómo actuar. Por suerte, mi carrera me había estado preparando para ello. Ya no era tan raro. Ya no era tan mortal para mí. Podía aguantarlo.
-¿Puedes parar de llorar, mamá? -sonreí. Me abrazó fuertemente.
-¡Cuidado, las arrugas! -advirtió Isabel, más que atenta al vestido.
Los minutos se me hacían verdaderamente eternos. Mis brazos, mis piernas, mi cuerpo en general, estaba hecho un auténtico flan. Incluso mi voz sonaba temblorosa. No asimilaba el día tan importante en el que me encontraba.
-¡Nos vamos de boda! -chilló Orozco desde el pasillo.  
-¡Sí señor! -contestó López. Y por los ruidos que oí, se pusieron a saltar.
-¡¡ESTAROS QUIETOS YA, HOMBRE!! -era la voz inconfundible de Mari.
-¡¡No me atices con el bolso, eh!! -replicó Antonio. Nosotras desde la habitación reíamos. La puerta se abrió de golpe. Mi mánager cambió la cara enseguida. Me observó de arriba abajo estupefacta. Estaba impresionada.
-¿Dónde está mi Marina…? ¿Me la han cambiado? -bromeó. Me giré hacia el espejo de la habitación. Y mi cara fue la misma que la de mi representante… No me reconocía. Ana Belén había echado todo mi pelo hacia el lado derecho, revolviéndolo en un tirabuzón completamente perfecto y una especie de diadema muy fina, casi invisible, sujetaba mi flequillo.
Y entre tanta preparación, tanto olor a colonia, tantas personas alrededor del mí, se encontraba mi pensamiento. Lo que más resaltaba en mi mente. Ella. No podía dejar de imaginármela en cada momento. Adivinando qué estaría haciendo en cada instante. Y si estaría tan nerviosa como yo…
-¡Cielo, nosotros nos vamos ya! -Li me agarró el hombro.
-Coged buen sitio. -le pedí. -quiero verte.
-Que sí. -entrelazó sus manos en mi cuello y lo apretó. -te quiero mucho. -suspiró.
-Gracias por todo…
-Mierda de bodas, qué sentimentales nos ponen. -carcajeó. Asentí. Tenía toda la razón. Solo había que mirar a mi madre.
Los invitados alojados en el hotel se marcharon a la playa, donde, si todo había salido como lo habíamos organizado, estaría llena de bancos decorados, un arco bajo el que nos daríamos el famoso "sí quiero" y una larga alfombra hasta éste. Escogieron una cala escondidita que estaba bastante lejos del hotel, pues por la zona no había ninguno. Fueron hasta allí en un bus que contratamos. Tardarían una media hora larga. Yo me quedé a solas con Mari y mi progenitora. Ellas me acompañarían.
-¿No deberíamos irnos nosotros también? -pregunté.
-¡Nadie te puede ver aún! -exclamó Marina. Emití un bufido. Quería pisar la arena de una vez por todas. Verla. Estaba segura de que me sorprendería. Si ya era guapa con la ropa más horrenda del mundo… ¿cómo estaría?
Pasados unos cuarenta y cinco minutos, nos metimos en el mini de Mari. Había dado tantas vueltas con él… Recuerdo mis primeros pasos en mi carrera con este cochecillo. Aunque hoy me parecía un tanto incómodo. Demasiado pequeño para mi complejo vestido. Tomé aire una vez que conseguí a duras penas entrar en el vehículo. Me sentía muy incómoda con tanta tela alrededor de mí.
-¡¡Allá vamos matrimonio!! -chilló Mari dando pitidos. Mi madre la miró incrédula y luego buscó mis ojos. Nuestros verdes se encontraron.
-Sí, es así. -asentí risueña. Pero la euforia de mi representante se vio truncada. Los pitidos y su grito no consiguieron arrancar el auto. -¡no jodas! ¡dime que es una broma de las tuyas! -apretó el acelerador. Volvió a introducir la llave. Nada.
-Ojalá… -se dio la vuelta para mirarme.
-¡Dime que tienes un plan alternativo! -se quedó inmóvil. -¡mamá! -ella tampoco se inmutó.
-Espera. -dijo la andaluza saliendo del coche. Confiaba plenamente en que encontrase una disyuntiva. Una salida. Teníamos que llegar a la playa en nada… Mis pulsaciones se multiplicaron más de lo que ya estaban. A este paso me moriría. Iba a dejar a Malú viuda sin ni siquiera casarnos. -¡lo tengo! -gritó, abriendo mi puerta. Salí con muchísima dificultad, agarrándome con fuerza al techo del coche.
-¡¡Qué!! -mi madre se moría por saber qué fantástica idea había tenido mi compañera. Ésta miró hacia la costa.
-¿Qué? -insistí yo. La vi medio sonreír mientras corría hacia la playa con los tacones en las manos. -¿DÓNDE VAS? -pronto llegó a la orilla y charló con un hombre que vigilaba su alquiler de barcas. En ese mismo instante, el molesto politono del móvil de mi madre comenzó a sonar.
-¿Habéis salido ya? -oí a mi suegra.
-Ni vamos a salir… -comentó. Me eché las manos a la cara. ¿Cómo podía salir esto mal? ¿Esto que llevaba meses y meses siendo preparado? ¡Ag!
-¡¡VENID!! -Mari daba saltos chillándonos a metros de nosotras. Su vestido morado estaba cubierto de arena por el final.
Mi madre y yo caminamos como pudimos por allí. Un joven paseando un perro nos miró incrédulos desde el paseo marítimo. Esto no pasaba ni en las novelas… ¡¡Por qué!!
-Este señor tan amable nos va a dejar su moto de agua.
-¿Qué? -pregunté casi en un grito. -Mari… ¿cómo vamos a ir en moto de agua, por dios? -pero ella ya se estaba adentrando en el mar. El cincuentón sujetaba la moto roja a la espera de mi mánager. Estaba completamente loca… -¿pero sabes conducir eso?
-Claro que sé. Subid, vamos. ¡Es tarde! -de un salto y con la ayuda del algecireño se acomodó en el asiento. -¡venga! -hizo aspavientos.
-Hija… esto es irreal. -dijo mi madre detrás de mí, que me sujetaba el vestido. -no me lo puedo creer…
-Yo sí que no me lo creo... -confesé. -ten cuidado de que no se moje. Isa me mataría.
Nos subimos allí y me agarré a la cintura de Mari con fuerza. Arrancó aquello, salpicando. Mi madre se aferró a mí asustada. Rezaba una y otra vez.
-¡No se asuste! ¡Está en buenas manos! -le decía la conductora. Era una completa locura… pero sé de sobre que si ella no hubiera propuesto ésta loca opción, nadie lo hubiera hecho. Hubiera llegado muchísimo más tarde y a saber de qué manera. Aunque ahora que lo pensaba podíamos haber llamado a un taxi… ¡maldita sea! -¡mirad, ya se ve!
Y tanto que se veía… El peñón de Gibraltar en nuestras espaldas… y la gran ceremonia en frente de nuestros ojos. Mari le dio más caña, y dos enormes mantas de agua emergieron del mar. Ese olor tan característico me llevo a un recuerdo. Un recuerdo de hacía unas horas… Su boca se paseaba por mi cuerpo…

Aplausos y más aplausos llegaban a mis oídos desde la playa… Aquello no había hecho nada más que empezar. 

domingo, 12 de octubre de 2014

T2. Capítulo 29. ENAMORAME LA VIDA.

Y después de aquella frase, de ese "ya eres mía", se lanzó a mis brazos. Sin ni siquiera dejarme responder, ya estaba comiéndome a besos mientras yo, totalmente ajena a sus mimos, procesaba lo que acababa de pasar.
-¿Te ocurre algo? -preguntó al ver que no reaccionaba. Que no contestaba a sus caricias.
-No es tan fácil, Malú. Está genial todo esto. La sorpresa, las alianzas… pero no me puedo olvidar así como así.
-Ya… -se apartó levemente. -supongo que el daño ya está hecho. -suspiró. Me quedé callada mirando cómo recogía los restos de la cena. No conseguía entender por qué habíamos llegado a eso. Todo iba perfecto. Perfecto en todos los sentidos. Éramos infranqueables. ¿Por qué sucedió eso? No tenía ningún sentido. Lo que más me preocupaba era el futuro. Quería que todo fuese como antes, quería sentir que era la persona más feliz del mundo. Quería verla a mi lado. ¿Pero tenía esa garantía? -ya estoy aquí. -dijo al volver de la cocina. Se sentó a mi lado y puso mi mano en su muslo.
-¿Qué vamos a hacer…? -pregunté preocupada.
-Dímelo tú.
-¿Por qué me lo contaste…? -miré hacia abajo.
-Solo te dije que me atraía. Marina, no saques las cosas de quicio.
-¿Crees que eso no me hace daño? No estoy sacando nada de quicio. Me duele que mires a otra persona como me miras a mí.
-Eso no es verdad. Jamás haría eso. Nuestra historia provoca miradas que nadie conseguirá. -respiré hondo. -¿necesitas tiempo?
-Eso es lo que precisamente no tenemos… ¿sabes cuántos días faltan para la boda?
-Sí, pero siempre podemos posponerla… -sacudí la cabeza.
-¿Qué he hecho mal?
-No te eches la culpa…
-Entonces… ¿por qué? Malú, ¿por qué? ¿No te lleno?
-No es tu error, no tiene nada que ver. Contigo me siento plena.
-Si eso fuera verdad no te hubieras fijado en ese chico, creo.
-No estoy de acuerdo. -se defendió. -tienes razón… no te lo tenía que haber contado. -soltó mi mano y se tumbó. Se echó la sábana hasta cubrir su cuello, dándome la espalda. Solo noté una cosa en su voz. Poca confianza. La sentí lejos. Como si a cada segundo se fuera alejando de mí. Como si ya no estuviéramos pegadas a fuego. Falta de confianza por eso que dijo. "No te lo tenía que haber contado".
-Oye, que no, que hiciste bien en decírmelo… -la busqué, asomando mi cabeza por su hombro. Pegué mi cuerpo al suyo por detrás, y rodeé su cintura. -aunque no tuviese relevancia, quisiste ser sincera. Es algo que debería valorar.
-No te arrastres así. -me quedé muda. -he sido una inmadura.
-No podemos seguir con esto… -dije abatida. El tema me superaba. -ya está. ¿Vale? Cerramos capítulo. -oí como tragaba saliva.
-Sí. Ya está. -giró levemente su cabeza. Le sonreí, transmitiéndole que había olvidado el error que cometió. Fuera rencor. -¿puedo besarte?
-¿QUÉ? -grité riéndome. -¿DE VERDAD ME PREGUNTAS ESO? -comenzó a dar carcajadas al igual que yo. Alargó su brazo hasta rodear mi cuello, nos besamos mientras ladeaba su cuerpo hacia mí, hasta quedar completamente abrazadas. -aún no asimilo lo que acabas de preguntarme.
-Cállate ya. -rió. Pero yo seguía comentándolo. -¡para! -me tapó la boca, distorsionando mis palabras. -me babeas la mano, qué asco. -dijo, sacudiéndola.
-Yo también te quiero y eso. -bromeé, dando lugar al fin del día.

Estaba todo listo. Todo apunto. Todo en orden. En menos de veinticuatro horas estaría casada con ella.
-¡Venga, vamos! -le gritaba Pepi a su hija.
-¡Que ya voy, pesada! -se quejó ella. Pero antes de seguir las indicaciones de su madre, se giró otra vez. Esta vez para besarme.
-Conseguirás cabrearla. -le susurré. Sonrió, dejando escapar una risa de lo más infantil. -va, tira. Mañana nos vemos.
-Eso espero. ¡No me plantes! -chilló mientras su madre se la llevaba tirando de su brazo. No pude evitar soltar una carcajada. Nuestras progenitoras se empeñaron en separarnos la noche antes del enlace. Querían continuar con la maldita tradición. Yo debía quedarme en un hotel con vistas a la playa. No podía quejarme. Algeciras era preciosa. Salí a la terraza y pude percibir el olor a mar. Mi tranquilidad se vio perturbada por unos golpes en la puerta.
-¡¡Li!! -exclamé al verla. Hacía días que no quedaba con ella.
-¿Cómo van esos nervios? -me medio abrazó.
-Joder, qué barriga. -reí. -los nervios están ahí. Tengo un gusanillo en la barriga… Quiero que todo salga bien.
-Pues claro que sí. Todo te sale bien. -entró en la habitación. Observé sus andares. Ya empezaba a torcer la espalda. Los seis meses de embarazo los llevaba bastante bien. Tomó asiento en una de las sillas que rodeaban una mesa.
-¿Y Pablo? -me extrañaba verlos separados.
-Está abajo reuniéndose con sus coleguitas. Me he cansado de tanto famoseo.
-Ay, como han cambiado las cosas…
-Pues sí. -miró a la nada muy nostálgica. -con lo corrientes que éramos nosotras dos.
-Seguimos siéndolo. -la corregí.
-Es verdad. -sonrió plenamente, acariciándose el bombo.
-Podrías sacarlo de ahí y que llevase mis anillos.
-Eres idiota, definitivamente. -me insultó. -hoy te perdono porque sé que estás nerviosa y eso te lleva a decir tales gilipolleces. -reí. La echaba tanto de menos. Oímos unos pasos detrás nuestra. Mierda. Había dejado la puerta abierta.
-Siento haberos asustado. -era Vane, con un nuevo look. Se había echado unas mechas rubias. Le quedaban bastante mal. O sería que no estaba acostumbrada. Se unió al círculo. -madre mía, qué rápido crece Pablo Junior. ¿Cómo estás, Lidia?
-Bien, bien. -asintió. -¿y tú…? -todos sabíamos a qué nos referíamos.
-He vuelto con ella. -contestó a nuestra duda. Úrsula había vuelto a su vida. En realidad lo veía venir. -no he querido que viniese… no me parecía bien.
-Gracias. -agradecí. No me apetecía nada verla.
-Igualmente te manda saludos, y que tengas un buen día. -sonreí sin mucho énfasis.
-Oye, ¿tienes jamón por ahí? -preguntó Li.
-¿Jamón? -reí. -¿Jamón en la habitación del hotel?
-Dios, qué antojo me ha entrado. Por favor, busca jamón. -tiró de la manga de mi camiseta. -te lo ruego. -exageró.
-¿En serio? -abrí los párpados.
-¡Por favor! -volvió a exclamar. Vanesa se partía de risa. Ya no sabía si se trataba de una broma o no… Me levanté y acudí al supermercado que había al otro lado de la calle del hotel y le compré el dichoso embutido. Al volver, encontré en ellas sonrisas muy sospechosas.
-¿Qué habéis hecho? -achiné mis ojos. La tele de pronto se encendió. Luego comprendí que lo había hecho porque Lidia le había dado al mando. Comenzó a salir imágenes de nosotras tres. Conforme los segundos pasaban, nosotras crecíamos. Los ojos se me fueron inundando poco a poco. Textos kilométricos que se perdían en un fondo negro me hacían llorar. Ellas tampoco tardaron en hacerlo. Qué emotivo todo. El final de la tarde se veía venir. Las tres abrazadas mirando atrás en el tiempo. Y es que como ellas mismas habían escrito en el vídeo, una nueva etapa comenzaba para mí.
-¡Ay, parad ya! -rogó Lidia limpiándose los ojos.
-Sí, por dios. -reí. De nuevo, toques en la puerta. Qué solicitaba estaba hoy…
-Perdonad que interrumpa vuestro descanso. -se inclinó un joven con un carrito. Era miembro del personal del hotel. -esta es vuestra cena.
-No he solicitado ninguna cen… -no pude terminar.
-Volveré para recogerla en una hora. Disfrute, y perdone las molestias. -empujó el carro hacia dentro y cerró.
-Qué extraño… -opinó Vane desde la mesa. La comida consistía en una sopa, un filete poco hecho y una copa de helado enorme. También había cubiertos de todo tipo, pan y servilletas.
-Venga, que esto se comparte como buenas hermanas que somos. -dije.
-No, no. Yo me voy ya que tengo que ir a cenar con Pablo. -contestó mi mejor amiga.
-Y yo he quedado con Raquel… -se excusó Vanesa. ¡Raquel! Aún no la había visto desde nuestra visita a Calanda. Su hijo debía estar enorme…
Me quedé a solas con el informativo de las 9 y la cena que ni siquiera había pedido. Guerra, política… Nada especialmente nuevo. Me aburría un poco que el mundo siempre siguiera igual. Hice un poco de zapping. El zapping en los hoteles era más divertido. Nunca sabes qué puedes encontrarte. Canales en alemán, en inglés… La noche se tornó en cuanto me limpié con la servilleta, pues ésta estaba escrita. "Espero que te guste la cena. Te espero a las doce en la plaza del Ayuntamiento. ¡No te pierdas! Te ama tu casi mujer." No recuerdo cuántas veces leí la nota… Estaba completamente loca por ella. Las tres horas esperando a que sonaran las campanas se me hicieron eternas. Estuve mirando las piedrecitas de la plaza una media hora. Las paredes del hotel me pesaban demasiado, así que salí mucho antes.
-¡Estás aquí al fin! -exclamé.
-Oye, que son menos cinco. -rió, abrazándome. La alcé y dimos vueltas.
-Estás loca. -le dije.
-Pero te encanto, y lo sabes.
-Eso es lo peor… -sacudí la cabeza. -como nos pille tu madre…
-Te va a cortar la cabeza. -sentenció ella. Me asusté. -anda, vamos. -entrelazó sus dedos con los míos. Dimos paseos por todo el pueblo. Lo recorrimos de punta a punta por la arena de la playa. Las olas rompían contra nuestros pies, mojándolos continuamente. Era genial sentir esa sensación de frescura. Pero aún mejor era sentirla con sus dedos entre los míos. Apretándome y soltándome.
-Vamos dejando las huellas en la arena. -dije mirando hacia atrás.
-En realidad es como haces tú conmigo. Me dejas huella… Pero solo hay una diferencia.  
-¿Cuál?
-Que estas se borran. -sonrió plenamente iluminando la noche incluso más que la luna, que esa noche estaba completa. -vaya cara de tonta se te ha quedado. Te brillan los ojitos.
-Tú haces que brillen. -dije. -¿quién tiene ahora cara de tonta?
-Idiota. -me insultó. Me empujó a la arena, y se tiró sobre mí.

-¡Te has pasado! -grité. Iba a hacerle cosquillas, pero agarró mis brazos, enterrándolos en la tierra. Mordió mi cuello, clavando sus dientes en mi piel. Fuimos dando vueltas por la playa, sin parar de besarnos y de reír. Aunque los granos de arena se colasen por nuestra ropa, aunque se perdiesen en nuestro pelo. Nada podía pararnos. 

domingo, 5 de octubre de 2014

T2. Capítulo 28. BÚSCAME.

Encendí la luz y fui a la nota. La leí rápidamente. El mensaje estaba escrito con un contorno grueso y con grandes trazos. Ocupaba todo el papel, casi fluorescente. Se podía ver incluso en la oscuridad. "SIGUE EL CAMINO". Me preguntaba a qué camino se refería. Parecía un eslogan religioso. De repente, la lámpara que yo misma había encendido se apagó. Aparté la vista del papel y miré a todos lados. Empecé a sentir miedo. ¿Sería una broma de Malú? Pero al principio de la escalera un reflejo atrajo mi atención. Fui agarrando las sillas, palpando las paredes para no caerme.
-¿Cariño? ¿eres tú? -pregunté al aire. ¿Dónde estaba la cámara oculta? Al llegar a mi objetivo flipé en colores. Colores los que había en la escalera. Había dibujado un camino de varios tonos con pintura de neón. De ahí la penumbra. Subí intrigada, sin dejar de mirar la magia que creaban esos pigmentos luminosos. Alcancé el segundo piso. En el último escalón había un corazón con una flecha clavada. Sonreí. Esto no podía ser verdad. Continué, y aquel misterioso recorrido acabó en la puerta del baño. La abrí y encontré la bañera llena de agua caliente, a juzgar por el vapor que provenía de ella. Un post-it, esta vez naranja, me ordenaba que me desnudase y tomase un baño. Lo hice enseguida. El agua estaba hirviendo, pero me causó relajación. La verdad es que necesitaba liberar todo el estrés. Ese día no había hecho más que preocuparme por la boda y mi trabajo. No me había dado ni un respiro. Tiempo para mí. Aquel baño me llevó casi veinte minutos. Pero la curiosidad de saber qué vendría después de eso, me condujo a salir. Con el albornoz puesto caminé hacia el pasillo. Había una nueva dirección, no muy larga. Podía ver el final del trazo. Nuestro dormitorio. Me dirigí hasta él rápidamente. Corriendo de puntillas, asomé mi cabeza por la puerta. La vi peleándose literalmente con un mechero.
-¡Te quieres encender, coño! -le decía, dándole golpes contra su mano. Me tragué una carcajada. Era tan única. Di tres golpes con mis nudillos. -¡no entres! -gritó. -¡un segundo! -me di la vuelta risueña. Me agaché y pasé un dedo por la pintura. Quedó manchado. Molaba demasiado. ¿De dónde la habría sacado? -¡¡ya!! -exclamó. Me levanté y entré despacio. La cama no era una cama, era un restaurante de estrella michelín. Me quedé asombrada. A lo ancho, varias cazuelas pequeñas y plateadas. Dos bandejas, una en frente de la otra, portaban dos copas y un plato, con sus cubiertos alrededor. Una enorme vela sin encender ocupaba el centro del  catre.
-¿Qué es todo esto? -pregunté aún sorprendida. Se levantó con esa sonrisa tan especial, y se acercó a mí.
-Pronto lo descubrirás. -susurró, matándome. Me acerqué a sus labios, pero se apartó soltando una pequeña y divertida risa. -bueno, si preguntas por la vela… el mechero me ha dejado tirada. -reí. -hora de cenar.
-¿Has hecho un curso exprés de alta cocina? -bromeé, sentándome en el lado que me indicaba. Ella se acomodó a unos palmos de mí, clavando sus ojos en los míos.
-Algo así… -titubeó. Estaba nerviosa. Levantó una de las tapaderas y corriendo la cerró. Se puso roja como un tomate. -me he equivocado. Se fue a la del otro extremo y la quitó. Me asomé. -primer plato. -sonrió. Me sirvió y comimos.
-No sabía que te gustaba tanto jugar a las cocinitas. -bromeé.
-Estás tú hoy muy graciosa… -me eché a reír. -pues mira sí, me encanta. ¿Algún problema? -puso los brazos en jarras.
-Ninguno, majestad. -dije seria.
-Te estás ganando un… -la corté.
-¿Beso?
-¡Ag! -se quejó, cerrando los puños y agitándolos. -me sacas de quicio. -le guiñé un ojo. -¡para ya! -adoraba estar con ella así. Esos momentos eran los que me hacían recordar por qué me había enamorado tanto de ella. Eran pequeñas cápsulas de felicidad que al digerir mi estómago me hacían sentir la persona más afortunada del mundo. Afortunada porque había poca gente como ella. Con ese sentido del humor, con esa capacidad de pisar fuerte, con esa manera tan peculiar de volverme loca.
Sirvió el segundo plato. Éste lo cogí con más ganas. Era pollo con salsa de almendras.
-Receta de mi abuela. -dijo al ver cómo lo saboreaba.
-Viva tu abuela. -reí.
-Viva. -contestó, alzando la copa para que brindásemos. El cristal de ambas copas chocaron, creando un sonido que silenció la estancia. Bebimos un buen sorbo.
-¿Me vas a decir ya a qué se debe esto?
-¿A qué se debe qué? -se hizo la tonta, fijando la mirada en el tenedor.
-Idiota… -murmuré, tomándome un poco de tiempo en masticar la carne. -a ese baño, a esta cena. A ese camino tan original y colorido. -se encogió de hombros, intentando ocultar su sonrisa, pero le era imposible.
-Nada, es una forma de decirte te quiero. -dijo no muy convincente.
-Sí, ya, claro.
-Que sí.
-Vale, vale. -dejé de presionarla. A lo mejor solo era una manera de disculparse y de hacerme ver que todo seguía siendo igual que siempre. 
-¿Postre? -preguntó.
-Estoy bastante llena. -reí, tocándome la barriga.
-Anda tonta, encima de que lo he preparado para ti…
-Mañana lo comemos, no te preocupes. -le prometí.
-Que no, que no. Ahora.
-¡No me cabe! -argumenté.
-Vamos, solo pruébalo. -insistió.
-No seas cansina, va. -le pedí. -no tengo ganas… voy a explotar.
-¡Me cago en ti! -se mosqueó. Abrí los ojos bruscamente. ¿Tanto le importaba?
-Bueno… venga. Pero solo un poco. -la advertí tras ceder. Dio unas palmaditas y se reincorporó. Pero esta vez no abrió la tapadera directamente, sino que puso el recipiente en mi plato. Me miró desafiante, con una sonrisa capaz de iluminar al universo entero. ¿Qué tramaba? ¿Qué postre escondía la tapa de la cazuela? Mi mente pensaba, imaginaba. ¿Una pequeña tarta? ¿un pastelito? ¿fruta? ¿chocolate o crema?
-¿Lista? -se mordió el labio. Yo asentí completamente intrigada. ¡Qué misterioso todo! La destapó con un ágil movimiento de muñeca. Me tapé la boca. No podía creerlo. Tuve un subidón de adrenalina que duró minutos. Había una mini tarta de chocolate, pero eso no era lo que tanta atención me había llamado. Para decorarla había dos alianzas incrustadas. -las llevaremos el resto de nuestra vida. -dijo con la voz temblorosa. -si aceptas casarte conmigo.
-¿Es una proposición?
-¿Quieres casarte conmigo? ¿Así te queda más claro? -rió nerviosa. -porque yo me muero de ganas. -ahora la que se había quedado sin palabras era yo. No sabía qué responderle. No sabía si creer que lo que decía su boca era verdad, o dentro de nada volveríamos a lo de la noche anterior. No sabía si confiar en ella. Sus ojos completamente brillantes esperaban una respuesta. Un sí. Decían tanto. Esos ojos hablaban por sí solos. Tenían ese don. Ese don de conquistar otras miradas. De acaparar toda la atención que quisieran. Y es que tenían un algo especial que te atraía. Te hacía mirarlos. Una fuerza sobrenatural.
Al lado de la tarta, y adaptando la forma redonda del recipiente, había una hoja muy bien doblada. La sacó, machándose la parte posterior de los dedos de chocolate. La abrió y me la ofreció. La leí en voz baja mientras sus manos arañaban mis muslos por debajo del albornoz.
"Soy una estúpida. Quizás no es la mejor forma de empezar una carta, y menos una carta tan importante, pero es la verdad. Me he comportado como una niña pequeña durante mucho tiempo. Esto es más serio de lo que pensé, pero por desgracia tienes a una novia un tanto soñadora y que se niega a ver que se hace mayor. Va siendo hora de que crezca y madure, pero sin perder esa magia, esa forma de ser. Esa infantilidad que sé que tanto te gusta. Necesito madurar en el sentido amplio de la palabra. Ya no soy la niña que se hizo cantante para perder clase… Marina, tú que eres más joven que yo me has enseñado una nueva filosofía. Me has demostrado tantas cosas... Eres una luchadora. ¿Y quién mejor que tú para ayudarme? Quiero que me acompañes a envejecer. Quiero hacerlo contigo. He cambiado. Ahora no es un juego. No te digo que  me quiero casar contigo para que sonrías, ni para verte feliz. Te lo digo porque quiero hacerlo, de verdad. Y sí por mí fuera firmaba ya de ya. No sé qué retos me tiene preparado el destino, ni qué regalos. Solo sé que quiero compartirlos contigo. Y también quiero que compartas los tuyos conmigo, por supuesto. Necesitaba demostrarte que quiero ser parte de ti, currármelo. Ganarme tu confianza de nuevo. Espero haber conseguido que veas que lo siento es verdad, y que siento mucho lo que te dije. Ya no habrá más pasos atrás. Ni más inseguridades. Te lo juro. Ahora, mi vida, estoy más convencida que nunca. Marina, cariño, ¿quieres casarte conmigo?"  

-¿No vas a decir nada? -preguntó, buscando mis ojos. Sonreí levemente. -creo que lo has dicho todo sin decir nada. -cogió uno de los anillos y me lo puso muy despacio en el dedo. -ya eres mía.  

sábado, 4 de octubre de 2014

T2. Capítulo 27. Y SI NO DAS MÁS.

-¿De verdad quieres acabar con esto? ¿de verdad? Todo ese amor que sientes. ¿Quieres derribar los castillos que pintaste y aplastar nuestro pasado? Todo lo que vivimos, cariño. -me indigné. Cabizbaja, negó con la cabeza. Acaricié su barbilla y controlé mis nervios. Busqué un poco de paciencia entre mi malhumor. -no dejaré que esto se vaya a la mierda por una tontería. -susurré en su oído. Me besó la mejilla y agarró mi mano, la cual acariciaba dulcemente su mentón.
-Yo tampoco dejaré que eso ocurra. -sonrió levemente. Me alegraba contar con eso.
-¿Me quieres? -le pregunté. Era cierto que me lo había dicho mil veces. Y mil veces la había creído.
-No he querido a nadie como te quiero a ti. -respondió sinceramente, besando con fuerza mis labios. Se abrazaron, buscándose como nunca antes lo habían hecho. -lo siento. -se disculpó mientras su sabor se alejaba lentamente del mío.
-Sé que podremos superarlo. -le dije. -si quieres, claro.
-Sí. -afirmó. Miró hacia el cielo estrellado y soltó un bufido. -soy un poco idiota. Siento que tengas que aguantar esto. -pasó su lengua por sus labios. -no te lo mereces. No te mereces a alguien como yo.
-No estoy contigo porque me merezcas o no, estamos juntas por lo que sentimos. -la corregí. -ninguna es mejor o peor que la otra. Simplemente somos dos personas, diferentes en algunas cosas, pero similares en otras. -asintió entendiendo lo que quería decirle. -no todo iba a ser de color de rosa… -suspiró, levantándose del suelo.
-Voy a intentar dormir algo que mañana salgo temprano. -me ofreció la mano. La agarré y consiguió alzarme. Nos abrazamos durante unos minutos. Sus manos se perdían por mi espalda, y su pelo por mi cara.
-Buenas noches. -le deseé, dándole un pequeño beso. -me quedaré un rato más. -dije.  No me apetecía irme a la cama aún. Solo daría vueltas sin conciliar el sueño.
Me dirigí hacia la mesa del comedor con un taco de folios y un bolígrafo azul. Me senté bajo la luz de la lámpara y comencé a reflexionar. Había sido un tanto egoísta, al menos, eso era lo que sentía en ese instante. Había puesto mucho de mí en esa idea, cuando era una idea de dos. Era un proyecto común. Por un momento pensé que era real, me había hecho entender que a ella también le hacía ilusión. Pero cada vez me daba más cuenta de que nunca había querido hacerlo. Quizá estuve demasiado ciega y no supe ver fuera de mí y de mis ilusiones. Agarré la primera hoja del montón y redacté el borrador de un comunicado. La boda se cancelaba.
La mesa estaba llena de incontables folios escritos, y otros tantos rotos. Y es que no sabía cómo hacer aquello. ¿Con qué cara se lo decía a todos los que se habían entregado tanto como yo? Mi madre, sus padres. Nuestros familiares, amigos. Lo esencial era darles las gracias por todo lo que se habían preocupado. Lo tendría en cuenta siempre.

Un empujón me desveló. Abrí los ojos con dificultad. Estaban muy pegados. Vi un foco de luz que me deslumbró. Procedía de la ventana. Ya había amanecido. La mesa seguía repleta de hojas. Oí un suspiro tras mi oreja. Besó mi pelo y confesó que había leído todos y cada uno de los papeles. Decidió sentarse en mis piernas, rodeando mi cuello.
-Te entiendo. -murmuró. -¿pero estás segura?
-Estoy harta de que dudes, Malú. Yo quiero seguridad en ti. Quiero verte creer en esto. -rompió el papel menos arrugado, o sea, el definitivo. La miré incrédula.
-Te doy el sí definitivo. Se acabaron las dudas. Estoy segura de lo que siento y quiero. De verdad. -parecía poner énfasis.
-Ya, bueno. Eso dijiste también la otra vez… -resoplé recordando su discurso en el concierto.
-Estamos hecha la una para la otra. -sonrió. -nada podrá con esto. Sabemos superarlo todo. -yo no cambié el gesto.
-Ahora soy yo la que no quiere casarse. -se le borró la sonrisa de golpe. -he perdido las ganas que tenía. -me sinceré. Mejor decirlo ahora que no plantarla ese día. Aparté sus brazos de mis hombros. Le hice entender que quería salir de allí, por lo que se levantó. Caminé hasta el cuarto de baño y me di una ducha fría. No me creía lo que acababa de decir. Aquel día me esperaban cuatro entrevistas en diferentes medios. Mi cabeza estaba completamente ida. Pensaba solo en ella. En nosotras. No iba a conseguir concentrarme en mi trabajo por mucho que lo intentase. Al salir del baño, ya no estaba. Ella también tenía un día completo, por desgracia. Me sentí basura.

-¿Y cómo se te ocurrió el nombre del single? -preguntó la reportera. Me embobé con el dobladillo de mi pantalón. Perdí la noción del tiempo mirando como la costura pasaba a lo largo de la tela. -¿Marina?
-¡Sí! -volví a la Tierra. -esto… ¿me puedes repetir la pregunta? -no era yo. No estaba en lo que tenía que estar. Eso era palpable. Mi mánager no tardó en darse cuenta de aquello, y antes de empezar la siguiente, me obligó a desahogarme. Yo no dudé en contarle todo de cabo a rabo. Mari siempre me había escuchado y aconsejado. Según ella, todo lo que me afectaba le interesaba. Estábamos muy conectadas. Cualquier cosa que pudiera influir en nuestro trabajo le incumbía.
-Dios de mi vida. -opinó al oírme. -bollodrama del bueno. -le tiré una servilleta.
-Ni gracia.
-Borde. -me calificó. -¡un poco de sentido del humor!
-No estoy yo para… -no me dejó terminar.
-¡Qué negativa eres! ¡Seguro que se soluciona!
-Tengo un malestar ahora mismo… -dije, llevándome a la boca la última patata que me quedaba.
-Pero a ver, ¿tú no querías unirte a ella y todas esas ñoñadas? -se hizo un lío.
-Quiero, pero joder, yo no veo que ella esté interesada en eso. -intenté explicarme.
-Ah, claro. Es eso. Yo juraría que sí lo está… -mojó la hamburguesa en una salsa. Qué fina era.
-¿Qué crees que debo hacer? -rogué una respuesta. -ayuda.
-No sé, todo depende de Malú.
-¿Cómo?
-Fíjate en su comportamiento a partir de ahora. -en eso tenía razón. Podría comprobar si realmente le importaba o no el casarse conmigo a través de sus actos. -va siendo hora de que nos vayamos. Vamos tarde. -miró el reloj. La imité. Volvía a estar en lo cierto. Qué sabia siempre esta mujer.
Entre que llegamos tarde y mi flojo desparpajo aquel día, la entrevista salió como un churro. Quise pedirle disculpas por aquello a la revista, y les dije abiertamente que podría repetirla si no les servía. No era un buen día para mí.
-Anda, anda. -me dio unas palmaditas en la rodilla Mari. -¿rumbo Majadahonda?
-Claro. -contesté sin mucho ánimo. Realmente no sabía con lo que me iba a encontrar. Tras una mirada entristecedora, arrancó.
-Me tienes para lo que sea, ¿vale? -aseguró. Eso me hizo sonreír. De estar siempre a sola a encontrarme con un amplio abanico de gente que me quería… sinceramente era genial. -y alegra esa puñetera cara ya. O te meto un tortazo. -solté una carcajada. Esa era mi Mari.
-Que sí, que sí.
-Y si se pone pesada tu mujer, me llamas y nos vamos esta noche de copas.
-¿Es una indirecta? -levanté las cejas.
-¡Creída! ¡Yo contigo no quiero nada! -reí. -¡que no te rías!
-¿Estás roja? -la piqué un poco más. Metió un frenazo que hizo pitar al coche que iba detrás. El cinturón pegó un tironazo, golpeándome contra el asiento. -¡tía!
-Respeta a tu representante. -dijo seria. Me dio hasta miedo.
-Lo haré… -levanté la mano en señal de promesa. Después de unos kilómetros más, llegamos al chalet. Salí del auto con algo de miedo y nervios. Muchos nervios. Tragué saliva antes de subir las escaleras. Abrí la puerta, la cerradura no estaba echada, lo que significaba que Malú ya estaba dentro.

-¡Ya estoy aquí! -grité. Estaba todo oscuro, ni una sola luz. Encendí la del salón, y vi sobre la mesa un post-it amarillo con unas grandes letras. Me acerqué con cautela. ¿Qué pondría?