jueves, 14 de agosto de 2014

T2. Capítulo 7. AHORA TÚ.

Me presenté aquel mismo día en el bar. Llevaba una camiseta de mangas cortas, la primera vez que la llevaba en el año. Los últimos días de marzo las temperaturas estaban relativamente altas. Apetecía ya cambiar el armario. Levanté mis gafas de sol hasta dejarlas sobre mi cabello. Los vaqueros me cubrían parte de mis zapatillas, yo y mi manía de comprarme siempre los pantalones grandes… Empujé la puerta y me adentré en el establecimiento.
-¡¡Buenas tardes!! -saludé casi en un grito, para que asomara la gente. El local estaba desierto. Solo había un par de hombres mayores jugando al dominó con un café, probablemente ya frío.
-¡Marina! -apareció Natalia quitando la cortina que separaba la cocina de la barra.
-¿Me pone usted un té bien frío? -sonreí, sentándome en uno de los taburetes.-siempre tan cómodos estos banquetes…
-Puedes dejarle uno a Malú para su siguiente gira. -bromeó.
-Esa ha sido buena. -reí. Me sirvió el té en esos vasos que había limpiado millones de veces. Miré a mi alrededor. Todo en mi cabeza se llenó de gente, y de una Marina cantando sus canciones sobre un tablao. Aquel lugar me traía tantos recuerdos…
-¿Cómo va todo? -me preguntó.
-Muy bien, la verdad. -sonreí. -parece que vivo en un sueño.
-Qué envidia… -suspiró ella.
-Bueno, la vida es un sube y baja. Tenemos momentos malos y otros… no tan malos. -reí. Me agarró la mano mientras que con la otra, yo movía la cuchara rozando los bordes del vidrio.
-Dime que traes buenas noticias. -dijo casi en una señal de socorro.
-Las traigo. -di unos golpes en la mesa, como un redoble de tambores. -mi videoclip se grabará aquí. -su cara cambió por completo. Se puso a saltar dando vueltas, como si su volviera a su infancia.
-¿Qué pasa aquí? -vi a Pedro con aquel cigarro siempre entre los dientes. -¡Marina!
-¿Qué tal? -me abrazó y todo el humo vino a parar a mi nariz. Con el asco que me daba. Intenté no respirar mucho.
-¡¡¡¡¡MARINA VA A RODAR SU VIDEOCLIP AQUÍ!!!! -fue lo único que pudo decir su esposa, emocionada. Entre una cosa y otra, pasé la tarde entera allí con ellos. Recordando viejos tiempos y poniéndonos al día. A eso de las ocho y media, mientras estaba en el cuarto de baño, llegó Vanesa. La oí reír exageradamente. Pero había otra risa que acompañaba a la suya. No reconocí su voz.
-¿Crees que estás son horas de llegar? -se enfadó su tío. -se supone que entras a las 5. -le recordó.
-Nunca hay nadie en el bar, ¿para qué voy a quedarme aquí? -eso les dolió mucho, seguro. Salí del servicio y vi a Vane agarrada del brazo de una mujer mucho mayor que ella. Era rubia, y una coleta recogía su fino cabello. Tenía los ojos repintados, como si nunca se quitara el maquillaje y lo volviera a poner día a día. Vestía  con ropa que no era de su edad, ropa de quinceañera fiestera.
-Hola Marina. -me saludó mi ex.
-Hola. -le di dos besos.
-Ésta es Úrsula. -me presentó. Le di dos besos. Tuve que toser. Se había echado un bote entero de colonia encima. Colonia barata, además.
-Uy, cuida la garganta chiquilla. -me dijo.
-Sí, es lo que me da de comer. -reí.
-Oye, ¿te quedas a cenar con nosotras? -propuso la cuarentona. Vanesa la miró algo extrañada. Me quedé pensando. Podía salir huyendo de allí con alguna escusa barata, o quedarme a cenar con mi ex y su nueva amiguita.
-Malú me está esperando para cenar… -me excusé.
-Ah, vale. -me echó una mirada un poco fría, me incomodó. -también podemos ir a vuestra casa. -escaquearme iba a ser más difícil de lo que pensaba.
-No creo que… verás… no hemos hecho nada. Otro día os aviso y preparamos algo guay.
-Llamamos al telepizza y listo. -volvió a insistir. Miré a Vanesa. Se rió y me entendió.
-Deja de insistir cariño, ya las vemos en otra ocasión. -aleluya.
-Bueno, yo me voy ya, encantada. -me despedí casi corriendo, antes de que la mujer volviera a proponer más planes. -Natalia, ya te llamo. -le guiñé el ojo. Ella asintió, pero parecía preocupada. Tenía el rostro decaído. Subí al coche y puse rumbo hacia mi hogar. No paraba de pensar en esa tal Úrsula. Algo en ella no me gustaba nada. Temía que fueran mis celos. Pero, ¿celos de qué? Ni yo me conocía. Sabía perfectamente que yo no la quería, pero también es verdad que vivimos demasiadas cosas juntas, y eso jamás lo olvidaré. Aunque me gritara a mi misma qué era lo que me pasaba, nunca me responderé. Tenía muchísimo miedo de que fueran celos. Porque si era eso, significaba que aún sentía algo por Vanesa.
"Volveré para cenar, he salido a pasear a los perros. Te quiero". Encontré esa nota encima de la mesa. Ahora tendría más tiempo para seguir martirizando mi cabeza. Intenté mantener mi mente en otra cosa, desviarla. Me cogí el portátil, lo puse en la barra de la cocina y busqué un tutorial de cocina. Tuve que escoger uno compatible con los alimentos de la nevera. Era demasiado tarde para hacer una visita al supermercado.
-¡¡Qué olores!! -dijo nada más entrar. Soltó a sus animales en el jardín y entró en casa. Traía los botines llenos de polvo y las mallas tenían huellas de perro.
-¿Has ha ido a la jungla? -pregunté entre risas. Se acercó y me besó.
-¿Qué cocinas? -levantó la olla. -¡solomillo al whisky! Me ducho y cenamos.

-Te ha salido genial. -opinó, mientras recogíamos la cocina. -¿vemos alguna basura en la tele?
-Te encanta… -reí. -vale. -me senté con ella a ver programas estúpidos que absorben tu cerebro, pero que son los que más audiencia tienen.
-Yo tengo un bombazo mucho mejor que esa gente. -dije para introducir el tema. Centró su mirada en mí. -Vane tiene novia.
-¿Qué Vane? -preguntó preocupada.
-Mi ex.
-¡¡Venga ya!! -me golpeó. Solté una carcajada.
-Lo mejor es el perfil de la chavala. Bueno, chavala…
-¡¡Cuenta!! -le expliqué lo del videoclip y que acudí al bar a dar la noticia en persona, la llegada de Vanesa con esa mujer, la impresión que me dio, y lo pesada que se puso. -¡Serás capulla! Tenías que haberla traído a casa.
-¿Pero qué? -me sorprendió su reacción.
-Joder, que yo también quiero cotillear. -reí.
-Eres una maruja. -dije sin dejar de reírme.
-No, no. "Maluja". -carcajeé aún más fuerte. -por lo que me dices parece un poco choni, ¿no?
-Un poco solo. -solté con ironía. Saqué el móvil y busqué a Vanesa en una red social. Quizás por ahí encontraríamos a Úrsula.
-Tiene nombre de mala, encima. -añadió, pegándose a mi cuerpo para mirar el móvil. Rió estruendosamente al ver una foto de las dos abrazadas. -parece su madre.
-No pegan nada.
-Bueno si les echamos una gotilla de pegamento… -bromeó.
-Silicona mínimo.   
-Ay, pues yo quiero conocerla.
-¿Controlarás esa risa? -no estaba segura de ello.
-Soy una actriz estupenda. -levantó las cejas y puso morritos.
-Creída.
-Tú. -me lo devolvió. La besé rápidamente, antes de que pudiera decir alguna gilipollez más. -me voy a la camita, ¿vienes?
-¿Ya? Solo son las once… -me hice la remolona.
-Me tengo que levantar a las cinco y media. -argumentó. -necesito estar despierta. -me dio las buenas noches y subió a nuestra habitación. Pasé unos minutos aburrida en el sofá. Los cotilleos me parecían aburridos si Malú no insultaba, así que apagué el televisor y fui a la cama.
-Sabía que me echarías de menos. -rió, sin abrir los ojos. La rodeé por detrás e intenté coger el sueño, cosa que veía más que imposible. Alargué mi brazo hasta alcanzar mi teléfono. Tenía varios mensajes.
"Siento no habértelo contado antes, ¿podemos quedar?" ,"Te invito a una copa", "Bueno, si ya estás dormida… nos vemos mañana si tu agenda te lo permite". Me parecía un poco locura salir ahora, sin embargo, mi curiosidad me mataba, y el sueño no llegaba. Me vestí rápidamente y le dejé un mensaje.
-¿Dónde vas? -preguntó ella, casi sin vocalizar.
-Duérmete. -susurré, me acurruqué a ella hasta que volvió a dormirse. Fue entonces cuando me levanté y salí a la calle, donde ya me esperaba Vanesa. Salí con dos vasos de chupito y una botella de alcohol. Nos acomodamos en la pared del chalet. -Soy todo oídos.
-Necesitaba conocer gente nueva… y para qué mentirte. Necesitaba enamorarme. Es muy triste trabajar, ir a casa, y trabajar. Así que… decidí salir más a discotecas, sin ningún resultado. Sabes que me cuesta hacer amigos, imagínate ligar. Descarté esa vía para buscar pareja, mi siguiente y definitiva opción fue registrarme en una página web…
-¿La conociste por internet? -flipé.
-Sí. Ya sabes, esas que hay ahora de citas. Creé mi perfil y…
-¿Pero tú estás colgada? -la interrumpí. -tenías que habérmelo dicho, yo te hubiera presentado a gente. No hacía falta que…
-¡Funcionó! ¡Soy feliz! -me cortó. Nos quedamos en silencio.
-Hay gente… en fin… no sabes que intenciones puede tener…
-Marina, me quiere. -aseguró.
-No sé, no me gusta.
-Me tiene que gustar a mí, no a ti. -eso no hacía falta aclararlo… pero lo hizo. -me habló por privado, le atrajo mi foto y mi ficha.
-Cómo si fueras un coche o algo. -reí. Ella no lo hizo y siguió hablando.
-Estuvimos hablando por whatsapp muchos días. A casi todas horas. Me enamoró. Es encantadora. Tiene dos niños tan monos.
-¿Cómo? ¿Hijos? -eso sí que era un bombazo.
-Una niña y un niño, tienen 5 y 8 años. Estuvo casada con un hombre, pero murió hacía unos meses.
-¿Murió? -qué extraña la historia. -¿y por qué contigo? ¿por qué una chica?
-Es bisexual, supongo.
-Supones. O sea, que no la conoces tanto.
-Me estresas. -se alteró, bebió dos chupitos de golpe.
-¿Tan poco tiempo para superar lo de su marido? Qué menos que un año…
-No estaban bien. Iban a separarse. -me puse en el lugar de la tal Úrsula. No, no pude. ¿Qué sientes cuándo esto pasa? Vas a divorciarte de tu marido y ahora se muere. ¿Qué se le pudo pasar por la mente? ¿Qué sintió?
-¿No te preocupa la edad? Es mucho mayor que tú… y encima… Joder, Vanesa, tiene dos hijos. -encogió sus hombros. -piensa en vuestro futuro. No sé. A ti te queda toda la vida, ella ya ha cumplido muchos objetivos. Formar una familia…
-Me estoy agobiando… -la abracé.
-Está bien que te ilusiones y eso, pero piensa un poco…
-Gracias.
-No tienes por qué darlas. Es lo mínimo que puedo hacer por ti.

-De momento seguiré con ella. Me hace sentir… especial. ¿Sabes? Hacía muchísimo tiempo que perdí esa sensación. Me da pavor volver a quedarme sola. -no supe que contestar, así que bebí. -bueno, te agradezco que me hayas aguantado. -rió. -tengo que irme ya, es muy tarde. -miré el reloj. Las tres y media. Nos despedimos y volví a la casa. Me tiré en la cama y me quedé completamente dormida, ni me quité la ropa. 

sábado, 9 de agosto de 2014

T2. Capítulo 6. LA LEY DE LOS HOMBRES.

El latir de su corazón aumentaba frenéticamente, sin descanso. Podía notarlo, transmitía su ritmo al mío, ambos estaban completamente pegados. De no ser por la infinidad de huesos y músculos que teníamos, nuestros corazones estarían pegados con el único obstáculo de nuestras pieles, húmedas y sudorosas. Sus susurros me animaban a seguir, y mis manos obedecían, siempre fieles a su dueña.
-Te amo. -dejé de escapar de mi boca. Noté como sonreía ligeramente, y volvía de nuevo a la respiración ahogada. El olor que desprendía su cuello era jodidamente perfecto. Recordé entonces la primera vez que lo percibí desde tan cerca. La primera vez que me refugié en su cuello. Volví a aquel momento, volví a sentir que ese olor era el más apetecible para mí. Y es que mi olfato había sido sensible desde siempre, y claro, percibía su aroma y se descontrolaba. Era tan sensible que me afectaba entera. Llegaba a todas las partes de mi cuerpo. Me hacía entrar en un coma permanente. Me llevaba al paso que hay entre la vida y la muerte. Y en aquella nube de placer ciego estábamos ella y yo, buscando nuestras bocas, como un girasol busca desesperado el sol. Se encontraban y se unían, se besaban y achuchaban cómo si no hubiera mañana.
Pero había algo muchísimo mejor que compartir aquel placer digno de los dioses. Me giré y me quedé embobada. Estaba mirando al techo, desnuda. Pensativa.
-Deberías ser filósofa. -dije, caminando con mis dedos desde su ombligo hasta su cuello. 
-¿Qué dices ahora? -rió con esa risa ronca que me volvía loca.
-Para estar todo el día pensando.
-¿Tan bien te lo hago que no te llega el riego de sangre a la cabeza? -torció el gesto.
-Estás muy sexy cuando piensas. -confesé. Ella sonrió sin mirarme. Seguía quieta.
-Estoy sexy porque acabo de… -se le escapó una risilla.
-De… -la obligué a contestar. Situé mi mano en su costado. No podía sentirme mejor.
-De… fumarme un cigarro. -contestó insegura.
-Es mentira. -reí. -no hueles a tabaco.
-¿Entonces a qué huelo? -ojalá pudiera responder a su pregunta, pero entonces envejeceríamos mientras lo hacía.
-Una mezcla entre mujer buenorra y dulce. -acorté, a la vez que me dejaba caer sobre su pecho. Noté su risa por el sube y baja de su cuerpo. Decidí darle besos alrededor de su clavícula, hasta sentir que se había quedado dormida. Su respiración era regular y profunda. Hizo que me quedase totalmente atontada. Mis pulmones la imitaron, hasta ir completamente pares.

Salí a la terraza. Hacía un sol cegador. Tuve que volver al dormitorio para buscar unas gafas de sol, de otro modo me quedaría ciega. Observé la línea del horizonte. Era un placer de la vida poder vivir así, en medio de la nada prácticamente. Sin tráfico, sin edificios que tapen la maravillosa raya que separa la tierra del cielo. Esperaba encontrar algo sobre lo que escribir. Podría hacerlo buscando cientos de metáforas sobre el horizonte… El estruendoso vibrar de mi teléfono en el bolsillo disipó mis pensamientos. “Natalia tía Vanesa”. Me chivó la pantalla luminosa. No pude rechazar la llamada. Me había cuidado como a una hija.
-Buenas tardes. –saludé.
-Marina… te necesitamos. –su voz sonaba amarga, preocupada. Me asusté.
-¿Qué ocurre? –quise saber. Volví al interior de la vivienda, donde me acomodé en la cama, depositando mi pie en la rodilla de la pierna contraria, y sujetándolo para que no se resbalase.
-Vamos a tener que cerrar el bar. –me dio un vuelco el estómago.
-No… no puede ser…
-Sí, Marina. Los últimos meses no han ido bien. Se nos quemó la cocina y tuvimos que invertir parte de nuestros ahorros en repararla. Tuvimos que cerrar unas cuantas semanas… Al volver, las cosas no mejoraron. La clientela ha bajado… Tenemos más pérdidas que ganancias.
-Pero… si os iba tan bien…
-Cuando terminó La Voz tuvimos un éxito rotundo. No dábamos abasto… Nos hiciste una publicidad que jamás podremos pagarte. Pero el boom pasó y aquí estamos.
-Ya… los negocios… -suspiré. Qué complicada la vida. Un silencio de compasión invadió la línea.
-No sabía a quién recurrir… quizás tú tengas una buena idea. Recuerdo tu manera de resolver problemas… Te echamos mucho de menos.
-Te entiendo Natalia, pero ya no trabajo allí… he perdido parte de mi “sabiduría” como camarera y parte de la plantilla.-me dolió decir.
-No te pido que vuelvas, cariño. Solo te dejo caer la situación, por si dentro de tu cabeza surge algo que nos haga levantar este cutre bar.
-No digas que es cutre, por favor. Sabes de sobra que no lo es.
-Ha cambiado. No era el de antes. Ya no hace falta que vayamos a buscar al trastero más sillas… Es triste, pero cuando más gente tenemos es en los desayunos. Los vecinos de siempre buscando los churros de siempre.
-¿Y dónde quedaron esos fines de semana en los que tenía que tomarme un Red Bull para aguantar la presión?
-Eso quisiera saber yo… -noté como sus párpados bajaban. Podía sentirlo. Podía sentir que estaba decepcionada de sí misma.
-Has dicho que cuando salí de La Voz el bar alcanzó su auge, ¿verdad?
-Sí. –afirmó, como esperaba.
-¿Y si vuelvo a daros publicidad? –propuse.
-¿Cómo vas a hacerlo? Ay, Marina, dios te bendiga. –hacía tiempo que no oía la expresión. Qué nostalgia escucharla de nuevo. La decía cientos de veces cada día. Sonreí de pronto. Mi cerebro maquinaba algo. -¿estás ahí?
-Sí. –reí. –estaba pensando… ¿y si organizo una cena?
-¿Una cena? ¿Cómo una cena?
-Una cena en la que invitemos a nuestros amigos. Ya sabes, Malú conoce a mucha gente famosa…
-¡¡Por todos los santos!! –Exclamó.-¡¡claro!! ¡¡Una cena!! –reí para mis adentros. –ya le dije yo a Pedro que sería una buena idea esto de llamarte…

-Marina, es un bar de tapas. –a mi chica no le pareció una buena idea.
-Lo sé… pero tengo que ayudarles… Les debe mucho.
-Es que, cariño, una cena con gente famosa en un bar de tapas. ¿Lo has pensado? Sé de sobra que te importan mucho, y que quieres ayudarles… pero…
-Quizá fui demasiado rápida. -¿en qué estaría pensando? Ya veía yo a esos amigos suyos tan repipis quitarle la parte blanca al jamón… Y tampoco podía transformar ese bareto, porque era un bareto de barrio al fin y al cabo, en un restaurante de lujo.
-Tranquila cielo. –acarició mi nuca. –encontraremos algo. –prometió.
-¿Vas a ayudarme?
-Pues claro, imbécil. –sonrió.  –pero ahora ya te puedes ir levantando.
-¿Por qué…? Estoy demasiado a gusto aquí contigo. –dije, cambiando a un tono más agudo, refugiándome en su pecho. Ella suspiró tan fuerte que hizo que todo su cuerpo temblara.
-Cielo, tienes reunión. –me incorporé de golpe. –ay… ¿qué harías sin mi?
-Faltar a la reunión seguro. –reí, dándole un beso. Me devolvió la sonrisa mientras nuestras bocas se separaban poco a poco. –no entiendo cómo eres capaz de retener tantas citas en la cabeza. Las tuyas… las mías… -dije, mientras caminaba a la habitación para arreglarme. Escuché las teclas del mando. Nada en la tele le agradaba lo suficiente.

Por fin llegamos a un acuerdo. Mi próximo single sería definitivamente el “Solo con ella”. Tenía un sonido completamente diferente al que estaban acostumbrados mis seguidores. Tenía unos tonos electrónicos muy conseguidos. Lo habíamos trabajado durante semanas. Los ejecutivos, como los llamaba yo, estaban convencidos de que sería un gran éxito. De pronto, un chico joven, sin traje de chaqueta, a diferencia de todos los integrantes de la sala, saltándose la ley de los hombres, irrumpió en la sesión. Llevaba una mochila color caqui medio caída, colgada de su hombro derecho. Una gorra hacia atrás, bastante desgastada, y una carpeta en la mano, de esas violetas. Dio un portazo y se asustó él mismo.
-Perdonad, perdonad. –se disculpó casi ahogado. -¡Marina! -me miró fijamente. Su curiosa forma de saludarme me sorprendió. Lo hizo como si me conociese de toda la vida, lo que me transmitió cercanía por parte del chico misterioso. Me levanté a saludarle. El resto me miró mal, probablemente por “saltarme el protocolo”. –soy un gran admirador suyo. –sonrió. –creo, creo de verdad, sinceramente, que haces magia. –parecía algo nervioso. -¿puedo sentarme a tu lado? –asentí sonriente. Le hice un hueco para que colocara una silla entre Mari y yo. No hacía más que pensar en quién podría ser. La reunión siguió su curso. Él me susurró algo. –Soy Toni.
-Encantada. –dije, acercándome a su oreja. –perdona. –volví a llamar su atención. -¿qué haces aquí? –rió. Todos nos miraron algo molestos.
-Voy a rodar tu videoclip. –dijo muy orgulloso. Parecía muy satisfecho con el proyecto. Sonreí plenamente. Me había caído genial. Abrió su carpeta morada, disimulando. Y me enseñó el storyboard de lo que sería mi vídeo.
-Guau, qué bien dibujas. –le felicité, antes de saber cuál era la trama. Se puso tembloroso y comenzó a explicármelo bajito, pero tan ilusionado que sus palabras parecían crecer de volumen.
-Antonio, cuéntanos la idea al resto del equipo. –pidió Paula, tan rigurosa y perfecta como siempre. Se levantó y se acercó a una pizarra. En ella empezó a escribir el argumento del videoclip, a la vez que lo narraba. Asentíamos, dándonos cada vez más cuenta de que era precioso.
-Y bueno, las escenas de pareja romántica se rodarán en jardines, una casa, un bar… -dejé de prestar atención. Un bar. Mi mente automáticamente se paró y unió miles de cabos en una milésima de segundo. Irrumpí.

-Ya tenemos el bar. 

jueves, 7 de agosto de 2014

T2. Capítlo 5. SIN CAMINOS.

Fue un mensaje. Más bien, uno de esos tecnicismos modernos que todo el mundo usa. Un TT, hashtag, o como quiera que lo llamen. Lo vi desde el teléfono, en letras grandes. Lo pedían, lo ansiaban. ¿Y qué podía hacer yo? Tan fácil como ignorar o hacer caso. Tan fácil como rechazar o aceptar.
-Así que twitcam de Marina, ¿eh? -esos fueron los buenos días de Malú.
-Ya lo has visto… -reí.
-Cariño, cómo para no verlo. -contestó. -eres tendencia "numer one". -dijo con un acento entremezclado de lo más raro. -¿vas a hacerla?
-Puede. -me hice la interesante. Ella sonrió.
-Sé que la harás. No hace falta que me contestes. -rió malvada. Me limité a suspirar. Podía conmigo. Bajé la cabeza hacia el escritorio y continué encajando rimas. La canción se me resistía. No hacía más que pensar en los millones de tweets… Para colmo, la chica de mis sueños comenzó a tararear una popular cancioncilla, lo que me desconcentraba aún más.
-¿No tienes nada mejor que hacer? -le pregunté un tanto cabreada.
-Eh, relájate. -refutó.
-Intento escribir, ¿sabes?
-Bueno, tranquila, ya me voy a otro sitio… -se alejó hasta desaparecer de mi vista. Tampoco quería decirlo así, pero en fin, ya no había vuelta atrás. Decidí volver a la poesía, sin mucho éxito. Hoy las palabras no parecían muy amables. Se volvían en mi contra, en vez de moverse fácilmente por el papel. En vez de concordar entre ellas y ayudarme como en ocasiones solían hacer. Hoy no, hoy no les apetecía formar una bonita estrofa. Tiré el boli desesperada. Odiaba que no me salieran las cosas.
Me hallé al final de la mañana entre hojas arrugadas y lápices rotos. Sí, los partía desquiciada. Las papelerías me amaban por ello. Apenas conseguí escribir dos versos, me di por vencida. Si no era el día, no era el día. Y es que mi trabajo dependía directamente de mi inspiración, así lo llaman los artistas. Había momentos en los que podría sacar miles de canciones, y otros ninguna. Había sido reacia al término "inspiración". Alguien que sabe escribir, sabe escribir. Puede sacar lo que quiera, cuándo y dónde le apetezca. Que eso salga mejor o peor depende del estado de ánimo, del color que tenga ese día el cielo, o de la cantidad de tinta que tenga el bolígrafo. Cada grande tiene sus influencias, y las hay de la más estúpida a la más seria.
-¿Ya has terminado? -me preguntó con un tono firme y frío al verme entrar en el salón. Solté un bufido. Se quedó callada. Silencio incómodo.
-No me sale nada.
-No lo pagues conmigo, porfavor. -me rogó. Entendí que se refería al grito que le había pegado sin ningún motivo.
-Perdona… me puse nerviosa. -me disculpé cabizbaja. Noté como me miraba mientras removía la ensalada con dos cubiertos especiales.
-¿Vas a querer algo más de comer?
-No, está bien eso. -vuelta al silencio. Había tensión entre nosotras, hasta un tonto podría verlo. Incluso sus animales lo percibieron. No brincaban por los sofás, ni ladraban alocados. Caminaban sin hacer mucho ruido hacia el jardín. Nuestro mal rollo los ahuyentaba. Tampoco había hecho algo tan grave para que estuviésemos así… Ella tampoco, así que ni yo misma entendía mi cabreo.
Puse la mesa con cautela, colocando cada tenedor de manera cuadriculada, tardando una eternidad en desatascar la vajilla del mueble, llenando los vasos de agua. Todo para estar entretenida y no tener que hablar. Mantenernos ocupadas para no dar el paso. ¿Quién hablaría primero? Decidí hacerlo yo. Su orgullo era muchísimo más pesado que el mío.
-¿Puedo ayudarte?
-Tranquila, ya está terminada. -dijo, añadiendo unas gotas de aceite y vinagre.
-¿Has llorado? -pregunté preocupada al ver la cuenca de sus ojos. Ella rió tímidamente.
-No, ha sido la cebolla. -explicó. Me fijé en la ensalada para comprobar si decía la verdad.
-Cariño, no hay cebolla. -frené su paso. -¿qué pasa?
-No me gusta esto. Odio estar así contigo. -se decidió por fin. -porque no sé qué cojones ha pasado para que estemos así de serias. -reí un poco.
-Pero cielo…
-Estoy tonta. Déjame.
-Más sensible que el culito de un bebé, diría yo. -la hice sonreír, iluminando la casa con el brillo de su dentadura. -tonta. -susurré, abrazándola. Retiré el bol que había entre nuestros cuerpos y la dejé en la encimera donde había sido aliñada.
-Tengo la regla.
-No se nota. -bromeé. Reímos increíblemente alto. -¿de qué nos reímos?
-No necesariamente tenemos que reírnos por alguna razón. Por un chiste o una broma. A veces simplemente reímos de felicidad. Es tanta que una sola sonrisa no basta. -abrí los ojos. Madre mía.
-Al final me va a gustar que tengas la regla y todo… -dio una carcajada. -¿ahora ríes por la broma?
-Y porque soy la mujer más feliz del mundo. -sonreímos. La miré. No pude contenerme. La besé. No quería soltarla, y parecía que ella tampoco. Así que dejamos el reloj correr mientras nuestras manos se deslizaban peligrosamente a lo largo de nuestros cuerpos. -Joder. -exclamó al separarnos.
-Tienes las hormonas que arden, eh. -dije impresionada por el chillido que acababa de meter.
-Que sepas que no he parado porque es ensalada, que si llega a ser pescado ya hubiéramos terminado de comer. -decía a la vez que cogía el recipiente y lo llevaba a la mesa.
-¿Prefieres el pescado antes que mis sensuales besos? -levanté la ceja.
-Eso está claro.
-Pues sí que eres lesbiana, oye. -bromeé. Me arreó una patada. Varios trozos de lechuga volaron por los aires. Unos volvieron al bol y otros aterrizaron en el precioso suelo de mármol. Encima seguro que me mandaría a mí a barrer…
-Ahora lo limpias.
Eran simples y directas. Las infinitas cosas que me hacía sentir con el roce de su piel, un beso en el límite de la cama, una media sonrisa con la mirada baja. Si pudiera expresarlo con palabras, si pudiera transmitirlo en una melodía… Entonces escribiría la mejor canción de mi vida. Qué digo, la canción de mi vida.
-¿Al final la vas a hacer? -preguntó, dándole vueltas al tenedor.
-¿El qué? -me desconcertó.
-La twitcam.-mierda. Lo había olvidado.
-Supongo. -me encogí de hombros. -échame una mano, no tengo ni idea.
-Eres una negada para la tecnología… -suspiró. -bueno, mira quién va a hablar.-carcajeó ella sola. La miré fijamente. -lo sé, estoy fatal. -dijo ella misma. Seguí comiendo sin comentarlo. -jo, di algo. -me lanzó maíz.
-¿También tengo que recoger eso?
-Obviamente. -rió. -estoy en mis días. -sonrió plenamente, al igual que una niña pequeña pidiendo un juguete nuevo. Una niña consentida. Estiré el brazo y cogí el cachito de verdura. Ella aplaudió y siguió disfrutando del placer de comer.

Me lo dejó todo listo. Pulsó cientos de botones y colocó el portátil en la mesa pequeña. "¿Preparados?". Pregunté en mi red social. Estaba a punto de empezar, cuando Malú decidió retirarse.
-Es tu twitcam. -aclaró. -me voy a dar una ducha, ya si eso aparezco luego. -le sonreí. Me dio un rápido beso en la mejilla y se perdió en el pasillo. Sola ante la multitud invisible. Sola frente a un ordenador conectado a una enorme cadena llamada internet. ¿Y qué era internet? Siempre había imaginado una habitación enorme, blanca y vacía. Sin suelo, sin techo. Sin caminos. Cuatro paredes separadas por grandes kilómetros.  Y tras la pared, las millones de personas que habitábamos en el planeta. Tirando sus datos al vacío, pasando fotos a las personas de la pared de enfrente. Cuán listo tenías que ser para entender la magia de internet. ¿Cómo podía yo interpretarlo? No asimilaba ese invento. Formaba parte de nuestras vidas, y sin él, cambiaríamos completamente. Nos hemos acostumbrado demasiado a la tecnología, sería imposible vivir sin ella. Era simplemente genial. Y quizás por ello no conseguía entender su funcionamiento. Me parecía cosa de magos. Lo único que yo podía hacer era arrodillarme ante ella y admirarla.
-¡Hola chicos! -saludé. En seguida llegaron una oleada de mensajes, imposibles de leer todos. Pillé algunos. "Holaaaaaaa", "¿Qué tal?","Qué guapa estás"
-Pues, aquí estamos, a ver… si… hablamos un poco… -hablaba pausado, lento, me era complicado leer los comentarios y pensar qué decir a la vez. Jamás imaginé que una twitcam fuese tan difícil de hacer. -bueno, venga, preguntad.-en seguida llegaron. "¿Dónde estás?" "¿Para cuándo nuevo disco?" y alguna que otra opinión, "me muero por verte de nuevo en directo", "me encantaría conocerte".
-Tranquilos. -reí. Tras un silencio estúpido en el que mi mente analizaba las respuestas, comencé a contestarles. -¿no sabéis dónde estoy? ¿no os suena esto? -di la vuelta al portátil, haciendo una panorámica de la casa. -el próximo disco aún tiene mucho trabajo. Ahora mismo estoy centrada en las composiciones.
"¡Ese es el chalet de Malú!", "¿Es la casa de tus padres?" , "¡¡Un adelanto!!.
-Sí. -reí de nuevo. Me sentía estúpida haciéndolo, pero era una forma de hacer algo mientras buscaba alguna pregunta que responder. -Es la casa de Malú. Bueno, nuestra casa. -reí tontamente de nuevo. -"Solo tienes fama por ser la novia de." Aquel comentario saltó a mi vista por encima del resto. ¿Por qué no me habría fijado en otro? Ponerme de mala ostia con alguien no era mi plan de la tarde. Pero entré al trapo. Ese era un tema que me hacía hervir la sangre. -A "Anonymus_002", decirle que si tengo fama es porque me la he ganado, no por ser la chica de Malú. Llevo muchísimos años componiendo, cantando en bares sin ningún tipo de beneficio económico. Yo no buscaba la fama, solo quería expandir mi música. -respiré hondo unos segundos. "¿No podrías cantarnos algo?" Sí, esa sería una buena forma de despejar mi mente. No quería volver a leer ningún mensaje de ese tal "Anonymus_002". -¡¡Cariño!! ¿me traes la guitarra?
-¡¡Voy!! -los tweets se multiplicaron. Malú era Malú, y con un "VOY", despertaba a todo el ejército malulero. Cruzó el pasillo con una pequeña toalla que cubría su cuerpo desde las rodillas hasta las axilas.
-¿A qué no sabéis a quién acabo de ver pasar envuelta en una toallita? -otra vez revolución. Me eché a reír mientras esperaba la guitarra.
-Aquí tienes, amor. -buscó mi boca. Nos dimos un pequeño beso y volví al mundo de internet. "¡Qué monas!", "¡Me muero!". Era incapaz de disimular y soltaba carcajadas sin ton ni son. Cada usuario desde su ciudad, desde la más cercana, a la más lejana, hacía sus peticiones. Al final, y para qué no hubiera discusiones, fui cantando estribillos de los títulos que veía saliendo. Mi futura esposa se sentó en el sofá de enfrente. La miré y sonreí. Eso detonó la red social. Sabían que María Lucía estaba en la habitación. La invité a que participara. No quería que me comiesen.
-¡¡Hola!! -saludó, acomodándose a mi lado, muy pegada a mí. Se colocó el flequillo, totalmente empapado. -¡Qué os contáis! -agarré su cintura con la mano izquierda. Nos miramos furtivamente y volvimos la cara a la pantalla. La gente se enternecía con nosotras, cosa que nos hacía mucha gracia.
-¿Nos echamos un cante? -propuse. No esperaba un no como respuesta. La conocía. Ni un sí, ni un "¿por qué no?". Comenzó a cantar una de mis canciones, yo la seguí en cuánto pude. Cómo cuando intentas abrirte paso en la multitud del metro para salir. Me apretaba la rodilla con su mano, cálida como de costumbre. Pero aún no habíamos terminado de satisfacer a la audiencia. Seguían pidiendo insistentemente unos versos de mi próximo single. El cuál, ni siquiera estaba elegido. -Aún no tenemos single, de verdad, no os miento. -reí. Cómo no. Sentía que estaba haciendo un monólogo. Era una sensación extraña. Notaba aquel vacío tras la pantalla.
-Tonta, canta algo nuevo, venga. -me dio un codazo en la barriga.
-¿Quieres que me maten los de la discográfica? -le susurré, aun sabiendo que el micro me delataría ante la masa cibernética. Me sonrió con tanta intensidad que no pude decir más. Suspiré. -voy a cantaros un trocito de una nueva canción… ¡pero no os enfadéis si después no viene en el álbum, porque ya he dicho que nada es seguro!


-Si es que… si es que… ¡¡me encanta!! -exclamó ella al cesar el sonido de mis cuerdas. "¡¡Quiero ese disco ya!!, "Es increíble", "Deseando oír más", "Me caigo muerta", "Quiero beso". Malú señaló en la pantalla a este último. Ya la veía venir. Giré la cabeza y no pude hacer otro movimiento. Me había besado delante de todos los internautas. 

domingo, 27 de julio de 2014

T2.Capítulo 4. DICEN POR AHÍ.

-¿Maleta?
-Listo. -contesté.
-¿Aseo? -preguntó Malú.
-Listo. -repetí.
-¿DNI?
-Aquí lo tengo.
-Me temo que ya estás preparada para marchar… -dijo algo nostálgica.
-Va, solo serán unos días. -la abracé. Una vez más el trabajo nos distanciaba, y aunque solo fueran 72 horas, se nos iban a hacer eternas. Agarré la maleta por el mango plateado y desfilé con ella, como si fuera el objeto más preciado de mi vida, al coche. La cogí con energía y la tiré en el maletero de cualquier forma.
-¡¡Ha retumbado todo, ten más cuidado!! -se quejó Mari. Sonreí, tampoco con mucho énfasis, y me acerqué de nuevo a mi chica.
-Llámame en cuánto llegues. -me pidió, rodeándome el cuello  de nuevo.
-Sí, mamá. -bromeé. Nos besamos, repitiendo una y otra vez lo mucho que nos queríamos.
-Me cago en la ostia… -resoplaba mi representante desde el automóvil.
-Venga, vete ya. -me empujó mi chica. -cuidado con las fans. -me advirtió, yo le regalé una mirada, y subí al mini.
Tomamos el avión hacia el sur, concretamente a Sevilla, donde me esperaba un nuevo proyecto que me quitaba el sueño desde hacía unas semanas. Una nueva cantante con una voz completamente diferente a todas las que había podido oír a lo largo de mi existencia había surgido de un pequeño pueblo de la provincia andaluza. Recuerdo aún el momento. Estaba con Malú preparando la comida, cuando salió en la radio. Nos sorprendimos. Enseguida comuniqué a Mari mi deseo de conocerla y grabar algo con ella. Según decían en el programa, estaba inmersa preparando un disco. Su mánager estuvo encantado con la idea, creyó que una colaboración conmigo la ayudaría en su carrera. Desempolvé mi cuaderno de canciones y allí encontré una que le vendría perfecta. Al menos, eso creía. Y no me decepcionó, supo darle el tono que yo aún no había conseguido, el ritmo que yo no había hallado. Satisfecha y orgullosa, me decidí a compartir mi canción con ella, y no descarté la opción de regalarle alguna composición mía.
-¡Buenos días! -me saludó nada más verme entrar. Nos dimos dos besos y entramos en el estudio. -siento no invitarte a un café ni nada, pero no tenemos mucho tiempo.
-Tranquila, está bien. -sonreí. La verdad es que el café de poco me importaba. Estaba deseando oír el resultado final. Nos pusimos a ello. Me coloqué los enormes, pero cómodos, cascos, y el luminoso rojo se encendió. Hora de trabajar.
-¡Qué maravilla! -después de cinco horas encerradas, al fin pudimos oír una de las canciones más esperadas de su disco "Soy". La nuestra. Y como soy de lágrima fácil, lloré. Me emocioné. No me creía que esa fuera mi voz, ni esas palabras, que conectaban entre ellas creando musicalidad, fueran escritas de mi puño y letra.
-Muchas gracias, Marina. -me ofreció un pañuelo mientras mostraba su agradecimiento,  Marta.-de verdad, creo que será un gran éxito. Gracias por creer en mí, porque ni siquiera me conocías cuando me llamaste… joder. -demasiada carga emocional para decir un simple "a ti". No me salía nada en ese momento.
-Es una sentimental. -avisó mi mánager, provocando las risas, calmando el ambiente. Bajamos a un restaurante, nos merecíamos una recompensa. Mari fue con Jimena, la representante de Marta, para coger sitio. Nosotras fuimos por la puerta de atrás, según ellas, la entrada estaba llena de seguidores enloquecidos. A veces me preguntaba cómo conseguían saber donde estábamos en cada momento. ¿Nos habían puesto un radar a todos los cantantes del planeta?
Entablamos amistad. Su mánager era tan divertida y encantadora como la mía.
-¿Malú no ha querido venir? -me preguntó.
-Está ocupada con sus cosas…
-Ah, bueno, ya pasaré a verla. Dale recuerdos de mi parte. -me pidió. Marta estuvo en Madrid hacía unos días, la invitamos a casa para conocernos un poco más y presentarle la canción. Entre las tres creamos la melodía e hicimos unos cuantos cambios en la letra para que quedara completamente perfecta.

A la mañana siguiente, cuando las cortinas del hotel no consiguieron tapar los rayos de sol, me desperté. Miré la hora, y me encontré con algo mucho peor. Dieciséis llamadas perdidas de mi madre. Me pregunté qué había pasado para tener tal cantidad de llamadas. Ni que fuera una adolescente. Como una bala marqué su número.
-¿Qué ha pasado? -me interrogó nada más descolgar.
-Eso mismo quiero saber yo.
-¡¡No me mientas, soy tu madre!! ¿Por qué no me cuentas las cosas?
-¿De qué hablas? -no entendía nada de lo que pasaba. -¿me quieres explicar a qué se debe eso? Yo te lo cu…
-¡¡He visto las revistas!! ¡¡No soy tonta!! -¿revistas? ¿cómo qué revistas? Algo iba muy mal.
-¿Qué ponen las revistas, mamá? -intenté suavizarlo.
-Te leo, eh. "¿Posible distanciamiento? La pareja del momento parece vivir un tiempo amargo. La cantante madrileña se ha quedado en el chalet que comparten, mientras que su novia, viajaba a Sevilla. Ayer la vimos salir de un edificio junto a Marta, una joven que comienza a grabar su nuevo disco. ¿Será ella el motivo de este despego? ¿Están dándose un tiempo?" -me eché a reír. Qué graciosa llegaba a ser la prensa rosa.
-Marta es una amiga, estoy en Sevilla porque canto con ella en su CD, Malú tiene trabajo en Madrid. Estamos perfectamente.
-Ay, qué susto. No sé para que me creo estas cosas… Pero claro, venía una foto…
-¿Una foto?
-Tú con la niña esa, saliendo de un sitio. -explicó. Debió ser cuando íbamos a comer…
-Tranquila, no pasa nada. Todo va viento en popa.
-Es que ya tengo el vestido de la boda. -reí al escucharla. Madres…
Nada más colgar, "Malú llamando".
-¡Cómo se te ocurre! ¡No vuelvas a casa!
-¡No pienso volver! ¡Vuelve a tu mentira de plástico gris! -grité. Reímos a la vez.
-Ya lo has visto, ¿eh? -acertó.
-Bueno, tu suegra me ha llamado como veinte veces. No sabes el sofocón que le ha dado. -la escuché carcajear al otro lado de la línea. -y todo porque se acababa de comprar el traje para nuestra boda. -aumentó su risa.
Pero aquí no acabó esta historia. De camino al embarque, una ola de periodistas me asaltó. Formaron un círculo y me dejaron dentro. Mari estaba delante de mí, haciéndose hueco entre la masa. Pegaba bolsazos y patadas.
-¿Es cierto que se cancela la boda?
-La boda sigue en pie. -me limité a contestar. -oye, está todo bien, ¿vale?
-¿Te has acostado ya con Marta? -se me escapó una risa, que no sé si restó credibilidad al asunto.
-Marta es una amiga, y no solo mía, también de Malú. -contesté mirando al periodista que había lanzado la estúpida pregunta. -voy a perder el avión, si me lo permitís… -intenté pasar.
-¿Confirmas el distanciamiento?
-Estamos perfectamente. Eso lo habéis inventado vosotros. -decidí que esas fueran las últimas palabras. Llegamos al embarque de una vez por todas. En unas horas volvería a estar con ella.

Antes de que el avión me exigiera apagar el móvil o dejarlo en el famoso "modo avión", colgué una foto en las redes. Un beso en el caribe entre ella y yo, y añadí "Por fin esta noche volveré a dormir a tu lado. Y mañana, despertaré allí. Te quiero."  Que les den por culo a la prensa. 

sábado, 26 de julio de 2014

T2. Capítulo 3. VESTIR UN COLOR

El estruendoso despertador sonó, haciendo vibrar toda la mesilla de noche. El sonido se coló por nuestros oídos, provocando un susto mortal, capaz de incorporarnos en la cama.
-Hay que comprar un reloj, es urgente. -propuso la cantante, que me había acompañado en la oscuridad de la noche, una vez más.
-Desde luego. -dije, echándome hacia atrás, con un dolor incómodo en los oídos a causa del maldito aparato. -tantos discos de oro y un despertador de mierda. -bromeé con una pequeña risa. Me lanzó una mirada cargada de rencor.
-Levántate, nos espera un largo día. -me ordenó, con esa seriedad que solía forzar y que la hacía tan irresistible.
Apenas estábamos empezando a desayunar, cuando el pito del coche de Mari nos despistó.
-¡¡Qué mujer!! -opinó mi chica, corriendo hacia el portón de  nuestra casa. Llevábamos una mañana de lo más escandalosa.  Yo que me había acostumbrado a la silenciosa vida medio rural. El chalet estaba apartado del mundo, a diferencia de mi anterior hogar. Si tuviera que volver no dormiría nunca. Allí los decibelios presumían de grandeza. Había varios bares en mi calle que traían voces de padres llamando a sus hijos a la hora de irse, celebraciones de goles, música alta, balonazos contra la pared. Por no hablar de la cantidad de sirenas de policía, ambulancia, y bomberos. Aquí el ruido brillaba por su ausencia. Un enorme silencio decoraba nuestras noches y mañanas. Lo único que nos podía quitar el sueño eran los gruñidos y ladridos del pequeño zoo, como le llamaba Malú, o algún canto de pájaro madrugador.
-¡¡Buenos días mi estrella!! -asomó por la cocina, tan eufórica como de costumbre, mi mánager.
-¿En el amplio sentido de la palabra? -sonreí.
-Sabes que sí. -me guiñó el ojo.
-Oye, ¿y este rollito? -intervino algo celosa mi futura mujer. Ella le atizó un periodicazo en el brazo.
-¡¡Ni falta me hace repetir que soy de otra acera!! -exclamó.
Estuvimos buscando estilistas, pero ninguno nos llegaba a convencer. En especial a mí, que soy jodidamente rara a la hora de vestir. Ninguno de ellos conseguía darme el estilo que buscaba. Ese toque que quería darle a mi persona. Acabé desquiciando a Malú y a Mari. Era demasiado exigente. Aún así lo comprendieron, sabían lo importante que era la imagen en este oficio. Vestir de una forma u de otra me hacía diferente, me daba distintas personalidades. Lo primero que ve alguien es el exterior. Le tenía que entrar por el ojo para luego conocer el interior, mirar mi alma, y a mi música en mi caso. Andábamos desesperadas. ¿Dónde estaba mi estilista? Tenía que existir alguien, el caso era encontrarlo. Por suerte, la maravillosa y amplia agenda de contactos de mi chica dio con algo que podría servirnos. La mujer de Antonio Orozco. Sí, sí. Decían que era de las mejores del país. Así que allá íbamos, dispuestas a saber si habíamos dado en el clavo.
-Mira, como no te sirva… -murmuraba Mari mientras conducía.
-Toda buena reina tiene su sastre. -le solté a lo más clásico.
-Me enamora cuando pronuncia esas frases. -suspiró Malú desde el asiento de atrás.
-Vaya dos empalagosas. ¡¡AG!! -reímos ante su respuesta.
Entramos a una cafetería de la tercera planta del centro comercial más amplio de todo Madrid. Allí estaba Orozco, con un café en la mano y las gafas de sol puestas. Sí, dentro de un recinto cerrado había mucho sol. Sí.
-¿Ves algo? -fue mi forma de saludarle, entre risas.
-Gajes del oficio, Marinita. -sabía que odiaba que me llamara así. Pero lo seguía haciendo.
-Creo que la gente se fija más en ti… pero allá tú.
-¿En serio?
-Hombre, no es habitual que alguien lleve unas gafas de sol y una gorra en un sitio cubierto. Llamas más la atención. -argumenté.
-Eres muy lista para llevar tan poco tiempo en este mundillo… -opinó. En el mostrador, una chica morena de la misma estatura que el madrileño se giró con un donut de lo más pringoso.
-Hola, soy Marina. -la saludé, prestándole la mano. -una chica muy guapa, Orozco. -la joven puso cara extraña, y la del cantautor era de descojonamiento absoluto.
-Hola, soy Isabel, tu, espero, futura estilista. -a mi lado llegó una rubia.
-Vale… soy idiota. -me reí de mi misma. Me disculpé y saludé, ahora sí, a la esposa de Antonio. Llevaba el pelo enredado en una trenza. Unas gafas de sol blancas se posaban en sus pequeñas orejas y descansaban en su cabello dorado. (Me encantaba llevar así las gafas, podría sumar puntos). Portaba una curiosa camiseta blanca, lisa, pero con algo que no tenían las demás. No sabía decir qué. Para la parte de abajo había elegido un vaquero ajustado con tonos celestes y unas vans a conjunto con su camiseta. He de reconocer que nunca me fijaba en la ropa, pero dadas las circunstancias, lo mejor era hacerlo. Y he de decir que me gustó mucho su forma de combinar.
-¡¡Malú, cuánto tiempo!! -exclamó muy gentil. -a ver si te dejas ver más a menudo.
-¡¡Desde luego!! Un día podrías invitarme a un gazpachito, que todavía me acuerdo del que me hiciste en Sevilla. -vaya, sevillana, aunque se podía deducir de su acento. Adoraba el seseo. Cada vez depositaba más esperanzas en ella.
-¿Tomamos algo y comentamos un poco? -no sabía que quería hablar, pero acepté y me senté con ella y el resto, acompañados de unos cafés para despertarnos. -cuéntame, Marina, cómo te defines.
-Vaquera. -reí. -suelo llevar camisas.
-No, respecto a moda no, cómo te defines como persona. -me preguntaba para qué hacía falta eso.
-Pero… ¿Qué tiene que ver esto con la ropa? -me atreví a cuestionar.
-Es muy importante, tengo que conocerte para saber cómo adornarte. De este modo adaptaré tu personalidad a tu estilo. -¡Sorprendente! ¡Alucinante! era exactamente lo que quería. Una fachada que mostrara lo que soy.
Fue apuntando todo lo que le decía en una libreta con mi nombre. Organización, me gustaba. Parecía ser la candidata perfecta. Estaba deseando trabajar con ella. Tras el interrogatorio, la ficha técnica, o como quiera llamarlo, repasamos todas las tiendas del centro comercial. No me atraía eso de meterme en un probador y que miles de prendas pasaran por mi cuerpo mientras cuatro individuos me miraban de arriba abajo y una de ellas, en concreto, la señorita Isabel, apuntara algo de cada conjunto en un cuaderno azul adornado con el rótulo de "MARINA MARÍN" en la portada.

-Ese le queda muy bien. -murmuraba mi chica.
-No sé yo, eh, me gusta más el de antes. -comentaba mi representante.
-Estás preciosa, Marinita. -Orozco siempre decía la misma frase. Sin olvidarse del horrendo mote que me había puesto. Se notaba que no entendía mucho de ropajes. Según él, todo me quedaba perfecto, todo me hacía preciosa. Yo me limitaba a dar vueltas sobre mí y a sonreír forzada por los halagos, o a reírme en caso contrario.
-¡¡Quítate eso!! ¡Ag! -chilló Malú.
-Las flores las descartamos, por favor. -rogué. Isa carcajeó y lo anotó, cómo no.
-Ay, dios mío, pareces un cuadro del "Museo del Pardo". -bromeó Mari.
-¿No será "del Prado"? -intervine.
-Es que estás tan fea que ni en el Prado, cariño. -su respuesta me dejó por los suelos, pero me hizo llorar de risa.
-No le queda tan mal. Estás preciosa, Marinita. -repitió por decimoséptima vez.
-Créeme que no, Orozquito.
A pesar de los sudores, los interminables cambios de ropa, el estrés de las compras, las colas de los baños, las colas en los cajeros, las colas en los probadores, y la insoportable presencia de Antonio y sus "Marinita", el día fue divertido, y lo mejor, muy productivo. Tenía armario para meses y meses. Además, firmamos el contrato con Isabel. Para celebrarlo, invitamos a todos a cenar, y se añadieron nuestros amigos Pablo y Li, que vivían un momento de lo más dulce y especial. Esperaban su primer hijo.
-¡¡Pablito!! -exclamó Orozco al verlo entrar de la mano de su chica.
-Veo que tú tampoco te escapas… -reí para mis adentros.
-Isabel Coronel. -se presentó  la rubia. Pablo se puso recto y llevó su mano, completamente rígida, a su frente. Saludando al puro estilo militar. Nos echamos a reír. -estoy acostumbrada al chiste…
-Lidia. -saludó mi mejor amiga. Enseguida se acercó a mí para darme un abrazo. Yo le toqué la barriga y me dio un pisotón. -aún no se mueve, pesada.
-Jo. -me quejé. -ey, lentejita… -le dije a la panza.
-¡¡NO LE PONGAS NOMBRE!!
-Marina, deja ya de molestar. -se acercó Malú y se apoyó en mi hombro con su codo. -¿cómo lo llevas?
-Bien, Pablo da más por culo que él. -rió.
-¡¡TE HE OÍDO!! -chilló López. Menuda antena parabólica…
Nos acomodamos en la mesa  del patio. Encendimos las luces del jardín. Era una velada muy agradable, fresca, y de lo más encantadora. Estábamos rodeadas de buena gente. La conversación era divertida, reíamos una y otra vez, raro era el momento en el que dejábamos de sonreír. Me sentía feliz, querida. Era genial saber que tienes gente alrededor. Te hace creer que si te caes, ellos harán de manta. Y yo era así, pensaba en el golpe cuando mejor me iban las cosas. Extraño, irónico, pero real. Tristemente, me había habituado a eso de estrellarme contra el muro…
La noche terminó entre copas, estrellas, sonidos de guitarra y piano, voces de lo más dulces, otras más roncas, y un olor a césped mojado

viernes, 11 de julio de 2014

T2. Capítulo 2. RESUCITAR EN UN ABRAZO.

-¿EMBARAZADA? -repitió Malú, algo alterada. Yo asomaba la cabeza, intentado ver quién era. Mi chica tiró de mi brazo para acercarme a la valla.
-¿LI? -no podía dar crédito a lo que veían mis ojos. -no… no puede ser. -mientras yo intentaba liberarme del shock que había sufrido, la cantante madrileña abrió la puerta y dejó pasar a mi amiga. La abrazamos entre las dos. -¿dónde está Pablo?
-No lo sé… -murmuró entre sollozos. Estaba muy asustada. -no le digáis nada, por favor.
-Tranquila. -le susurró María Lucía.
-No sabía a quién contárselo… -elevó el llanto.
-Va, venga. Entremos a casa, te voy a hacer una tila o algo. -la llevamos hasta dentro con pequeños pasos, como si fuera un jarrón de la más preciada cerámica. Nunca la había visto así. Estaba demasiado acostumbrada a verla con aquella sonrisita divertida, sus ojos casi rasgados por la felicidad que iba derramando. Era ella la que me animaba a mí. La que me cuidaba y sacaba adelante. Ahora las tornas cambiaban. Los roles se intercambiaban. Ahora era ella la que me necesitaba.
-Bébetela. -le tendió la infusión Malú. Lidia la cogió y bebió un poco. Entrelacé mis dedos con los suyos.
-No tienes que tener miedo, estamos contigo. -le aseguré. Tumbó su cabecita en mi hombro en señal de agradecimiento.
-Además, has dicho "creo". -subrayó mi prometida.
-Me he hecho siete pruebas. Siete.
-¿Y…? -quise saber.
-Dos rayitas.
 -¿Eso qué significa? -pregunté. Rieron exageradamente. -oye…
-Y contigo quiero yo formar una familia… -cuchicheó Malú. Conseguimos hacerla reír aunque fueran solo unos segundos. -dos rayas es positivo.
-Es que no puedes beber tanto, Li. -bromeé. Rió de nuevo.
-Idiota. -me pegó un codazo mientras se limpiaba las lágrimas risueña. Rodeé su cuello y la abracé entre risas. -no sé cómo se lo voy a decir a Pablo… -volvió a la seriedad y preocupación con la que llegó. -lo voy a destrozar…
-¿Por qué? Tendrá que apoyarte. Está contigo, te quiere. -dijo ella.
-Voy a cargarme su carrera… -se tapó la cara.
-No digas eso. -la achuché. Malú me miró y con un gesto me preguntó qué hacer. Yo me limité a besarle el pelo. Era una situación complicada. -a Pablo le encantan los niños… ¿no lo has visto con su sobrino?
-Sí… pero es un sobrino. No su hijo. Es mucha responsabilidad… -respondió sin alzar la cabeza, escondida en mi pecho. -somos muy jóvenes… él está empezando a vivir su sueño. No puedo hacerle esto.
-A veces los planes no salen como queremos. -intervino la cantante. -pero no por ello tenemos que tirar la toalla. Puede que ahora esto te parezca algo malo, pero quizás más tarde te ilusiones. Un niño significa alegría… quieras o no. -el móvil de mi mejor amiga comenzó a vibrar bajo el bolsillo de su pantalón.
-Es la décima vez que llama. -murmuró.
-¿Por qué no lo coges? Trae.
-No, Marina, no lo hagas. -me pidió. -no puedo hablar con él. Me derrumbaría.
-¿Por qué no le digo que venga y habláis? -propuso la madrileña.
-No, no, por favor, chicas, no. -estaba temblando, aún así, Malú cogió el teléfono y lo hizo. Algún día nos lo agradecería… Teníamos que ayudarla a afrontar aquello. El malagueño no tardó en aparecer en Majadahonda, donde a base de infusiones, Lidia comenzaba a calmarse. Al menos un poco.
-¿Qué te ocurre? -se alteró al ver a Li. -¡qué pasa! -exclamó. Lo entendíamos. No sabía nada y se encontró con un ambiente dramático, de lo más desagradable. La mesa estaba llena de clínex usados y vasos de tila vacíos, sin una gota. El rostro de su novia estaba aún desencajado, blanco como la más pura nieve de los Alpes. Sus manos destrozaban papeles, muy temblorosas. Mi chica la abrazaba por la cintura, sin soltarla. -Marina, ¿qué está pasando? Estoy asustado. ¡Joder! ¡hablad!
-No soy quién para decírtelo… es algo que debéis hablar vosotros. -miré a María Lucía. -ven. -le ofrecí la mano.
-No, quedaros. -la retuvo. No quería que la soltara. Pensé que lo mejor sería que se quedaran a solas, pero ante la petición de mi compañera, no me moví.
-Me voy a volver loco si no me dices ya qué te pasa, cielo. -flexionó su rodillas y aguantó su peso en los gemelos frente a la joven.
-Pablo… -una lágrima más derramó por su rostro. Ésta fue limpiada por su chico. -que…
-¡¡¡QUÉ!!! -gritó.
-Estoy embarazada. -el tono de piel cambió por completo. Su rostro se relajó, fue cómo si se cayera a cachos. Tragó saliva, sin saber qué decir. Intentaba vocalizar, pero no le salía. Se dejó caer en el suelo, no pudo seguir en cuclillas. Se echó las manos a la cara y la bajó lentamente. -lo siento. -intenté tirar de Malú para irnos de allí, pero su mano estaba bien sujeta por Lidia. El ambiente estaba muy cargado, ese sitio no me gustaba.
-Eso debería decirlo yo. -dijo él, con la cara aún cubierta. Se levantó rápidamente y se sentó a su lado. Sostuvo su mano con fuerza, apretándola. -tranquila, ¿vale? Saldremos de ésta. -Se abrazaron en  nuestro sofá. Ese abrazo resucitó su amor. Ésta era la nuestra. Nos escapamos a la cocina rápidamente.
-Qué bonito. -parecía emocionada. Reí. -qué buenos chicos.
-Seguro que les sale todo genial. -aseguré, sentándome en la encimera.
-Igual tenemos un invitado más para la boda. -bromeó, abrazándome por la cintura. Besé su frente, que me pillaba justo delante de mis labios.
-Pues sí que tardaríamos en casarnos. -reí.
-A este paso… el niño hace la comunión antes que nosotras nos casemos.
-¿Y quién tiene la culpa…?
-Deja ya a mi madre, pesada. -me pegó. -a ella le hacía ilusión organizarla, ¿vale?
-Vale, vale. Yo lo único que quiero es hacerlo antes de que tenga que usar un bastón. -volví a llevarme un guantazo. Por bocazas. -podríamos echarle un cable.
-No nos deja, ya lo sabes. -rió. -todo para ella. -alargó el "todo".
-Oye, estaba yo pensando… -me puse la mano en la barbilla. -y si te pones uno de tus modelitos de la gira. -soltó una carcajada. -estaría gracioso. -siguió riéndose.
-Cariño, ¿cómo me voy a casar con eso?
-Poder puedes. -me encogí de hombros. -podrías ponerte el de la gira sí, y cuando lleguemos al hotel me cantas "Como una flor" y te quedas en body. Yo lo veo, eh.
-No puedo, en serio. No puedo contigo. -dijo mientras se limpiaba las lágrimas. Lloraba de risa.
-A mi me dejas ese que parece un murciélago. Con la capita y todo.
-¡¡Para ya, que me duele la barriga de reírme!! -me golpeó la pierna.
-A tu madre podemos ponerle el mono ese de flecos dorados. -bromeé.
-¡¡Y dale con mi madre!! ¿Por qué te ha dado ahora por meterte con tu suegra? ¿Te ha hecho algo?
-Darme a la mujer de mi vida. -susurré.
-¡No hagas eso! ¡Estoy enfadada! ¿no me ves? -sonreí torcido. -¡MARINA!
-¿¿TODO BIEN?? -gritó desde el salón López.
-¡¡¡¡¡PERFECTÍSIMO!!!!!-contestó Malú alterada. Se giró. -paso de ti. -caminamos hasta los chicos.
-Si es niña Mar, y si es niño Jorge. -nos comentaron.
-¡Jorge no! -gritamos las dos a la vez.


martes, 8 de julio de 2014

T2. Capítulo 1. DILES

El frío se acababa. Nueva primavera. Vuelta al color, al olor. Mangas cortas, largas hierbas. Las cosas habían cambiado radicalmente. Mi vida había dado un giro de 360 grados, otra vez. Los últimos años habían sido vertiginosos para mí. Nada era igual, ni iba a volver a serlo. El mundo, la vida. Todo es una locura. Una completa locura. Nada más despertar la mañana siguiente al concierto, hace ya casi 5 meses, los medios de comunicación se revolucionaron. Malú y yo salíamos en todas las revistas de la papelería, los programas de televisión echaban humo por la forma en la que la cantante había aceptado mi proposición. Una nube de comentarios y críticas nos rodeaba. La puerta del chalet se llenó de periodistas. Fue un boom que nadie dejó pasar. Unos aseguraban que nos estábamos precipitando, que éramos muy jóvenes. Otros estaban ilusionados y efusivos. Por otro lado, abrimos el debate constante de las bodas homosexuales. Se puede decir que durante aquella semana no se hablaba de otra cosa. La fama de mi chica alcanzaba las cotas más altas. Era de las más buscadas por la prensa, y la reacción ante ese notición dejó clara su importancia en el país.
No solo respondieron la población, la prensa y los fandoms, también surgió polémica en nuestro círculo. Sus padres no estaban contentos con la idea. Al menos, la forma en la que lo hicimos, más bien, lo hizo público. Se sintieron molestos, ya que ella no les había comentado nada. Igual pasó con muchos de sus amigos, que se quejaban con el mismo argumento. Su familia, aunque me adoraran, alertó a Malú. "Ni siquiera lo has masticado", le dijo su sabia madre. "Deberías haberlo dicho, te hubiéramos aconsejado". Pero el carácter de mi chica era el que era. Le dio exactamente igual. Cuando hablábamos del tema se limitaba a cantar "Diles, que nuestro amor será infinitamente eterno". Por mi lado no hubo problema. Yo les había contado mis ganas de proponérselo, y ya sabían parte de la historia. Tanta presión, tantas vueltas de hoja a la situación acabó por agobiarnos. Estábamos hartas de todo y de todos. Tal fue así, que partimos en avión hacia México. Allí nos alojamos en un hotel cerca del mar. Nos vino genial para liberarnos de la masa popular. De ser nosotras, de conocernos aún más, de desconectar del mundo. Nos olvidamos de la posible boda, de los conciertos, de los discos, de nuestras familias, de nuestros amigos, de los productores, de los fans. Lo dejamos en el aeropuerto y nos centramos en nosotras. Necesitábamos eso. Estar completamente solas, sin una sola influencia. Para "masticar", como decía mi suegra, esa decisión tan importante. ¿Realmente queríamos eso o se nos había ido la olla?
Esos días fueron decisivos para las dos. Nos dimos cuenta de lo mucho que nos queríamos. De que nuestra relación no era efímera, ni mucho menos. Estaba tan consolidada que ni una manada de elefantes furiosos podría derribarla. Disfrutamos de la soledad, de nuestra compañía. Aprendí aún más, si cabía, de ella. Descubrí que en su interior se escondían cosas que nadie había sacado, o al menos, eso decía. Los móviles estuvieron apagados durante esas vacaciones tan placenteras. Esas vacaciones que se convirtieron en las mejores de mi vida.
A la vuelta a España, a la vida, a la realidad, nos topamos con la misma masa que dejamos al volver. La polémica seguía en pie. Los medios al pie del cañón. Pero ahora era diferente. No teníamos dudas, estábamos seguras de nuestros sentimientos, de nuestra postura. De nuestro futuro. Veníamos fuertes. Con ganas de luchar. Una seguridad que cruzaba mares y océanos. Nada podría interponerse. Nada podría destruirlo. En seguida nos pusimos a trabajar en nuestros respectivos proyectos. Yo me dediqué a componer nuevas canciones y reparar antiguas, buscando un nuevo sonido a mi próximo disco. Ella se volcó de nuevo en el programa de televisión para el que trabajaba, y al que tanto le debíamos. Quiso hacer un paréntesis en su carrera y empezar un nuevo álbum más adelante. Le apetecía tomarse un respiro y dedicarse exclusivamente a la grabación del talent junto a los preparativos de nuestro enlace.
-¿Qué escribes? -preguntó Malú entrando en el estudio.
-Nada. -cerré el diario de golpe.
-¿Qué tienes ahí…? -sonrió, sentándose en mis piernas y abriéndolo. -¿escribes un diario? -carcajeó.
-No es un diario…
-Hoy el día ha sido mejor de lo que esperaba. No sé por qué, pero tengo la sensación de que todo me está… -leía. Se lo arranqué de golpe.
-Es privado. -dije, guardándolo en el primer cajón.
-Pensé que no teníamos secretos. -me puso a prueba como tanto le gustaba hacer.
-Y no tenemos secretos… a ver, solo es un poco de privacidad… -intenté defenderme. Me abrazó entre risas.
-Era broma, tonta.  No me hace falta espiarte el diario para saber qué sientes. -rodeó mi cuello.
-¿Ah, no?-sonreí.
-No. Me basta con mirarte.
-¿Qué estoy sintiendo ahora mismo? -la desafié. Entrecerró los ojos, apretándolos con fuerza y empezó a poner caras raras, provocando en mí carcajadas irremediables.
-Tienes ganas de salir a cenar.
-¿Qué dices?
-Venga, vístete, nos vamos. -se levantó y me azotó en la pierna. Me quedé mirándola con los brazos abiertos.
-¿Pero qué…?
-Que te vistas. -repitió, desnudándose a lo largo del pasillo. Me quedé cual tonta sentada en esa silla forrada con cuero, cayendo en la cuenta de que ella no dejaría de sorprenderme por muchos años que viviésemos juntas.  -¿pero aún sigues ahí? -me eché a reír. No había nada más gracioso en el mundo que verla enfadada. -no sé qué te hace tanta gracia…
-Tú enfadada.
-Ah, ¿te doy risa? -preguntó muy seria, mientras se abrochaba los pantalones. Asentí sin más.-a ver si te vas a seguir riendo… -cogió mi guitarra.
-Eh, deja eso ahí.  Se la colgó y empezó a tocar notas al azar. -¡que la desafinas, idiota! -me fui tras ella.
-Ea, ya conseguí levantarte. Malú siempre gana.
-Sí, majestad.
Conducimos hasta nuestro restaurante favorito acompañadas por la música de la radio. Cantando en todo momento, aunque con algunas pausas por culpa de sus caras. Era imposible tomarse en serio algo con ella al lado.
-¿Lo de siempre? -nos preguntó el camarero al reconocernos. Asentimos sonrientes.
-Y bien… ¿has pensado en algún sitio para irnos de luna de miel? -quiso saber, mientras probaba con la punta de los labios el vino. Me quedé pensativa.
-París descartado, ¿verdad? -reí.
-Allí no nos dejarán entrar. Espero que tomaras muchas fotos de la Torre Eiffel porque ya no la podrás ver más. -bromeó.
-Dios… la que liamos. -me tapé la cara.
-Sabes que en el fondo lo pasamos genial. -sonrió a quemarropa. Yo me quedé embobada. -¿Cariño?
-Sí… sí.
-¿Estás bien? -rió.
-Perfectame… Eh, no sonrías así… -me quedé algo atontada.
-Uy… el vino…
-No le eches la culpa al vino… eres tú. Y solo tú. -nos quedamos en silencio, mirándonos sonrientes. No cambiaría esos momentos por nada. Eran simplemente perfectos. Como si alguien hubiese dado a pausa. Todo se paraba. El mundo dejaba de girar. El silencio era nuestro. El silencio estaba cargado de sentimientos. Gritos. Palabras. Besos. Agarré su mano y la acaricié. Soltó una pequeña risa y dejó de mirarme.
-Qué feliz soy. -suspiró. Me dio un vuelco el estómago. Tragué saliva con dificultad.
-Me alegro. -logré decir.
-Gracias, gracias por haberme encontrado. -me apretó la mano. Nuestras pupilas volvieron a encontrarse. -te lo digo en serio… has cambiado mi forma de ver la vida. -acarició mi mejilla. Me quedé muda, como tantas veces solía conseguir. Era una de sus habilidades. Silenciar al mundo. Siempre lo lograba. Sus armas eran infalibles.
-De nada. -me encogí de hombros. Carcajeamos a la vez.
-Qué idiota eres. -negó con la cabeza, sin dejar de reír de aquella forma tan brillante, capaz de iluminar kilómetros y kilómetros.
-¿Sabes? Eres como ese deseo que nunca pedí.
-¿Qué? -sonrió algo colorada.
-Eres como ese deseo que nunca pedí.
-Ya me he enterado, tonta. -me dio con la servilleta. Su móvil vibró bruscamente.
-Dios, que susto. -tomé aire. Ella rió y contestó al mensaje.
-Mi estilista. -me informó. -tiene nuevas cositas para mí. -se frotó las manos. -en serio, lo contenta que estoy yo con él no es normal.
-¿Y eso?
-No es por él, es por el simple hecho de no tener que escoger la ropa que me compro. Qué pesadez. Lo odio.
-Qué suerte… -bufé.
-Puedo encontrarte a alguien. -cogió el móvil.
-Tendría que hablarlo con la discográfica.
-No pondrán oposición. Estás recaudando mucho con tu último disco. -dijo ella, que sabía mucho del tema. Eso sí, tenemos que encontrar a alguien que sepa entenderte. A ti y a tu estilo.
-Entendido, pero deja eso ahora. -le quité el smartphone.
-Ya sabes cómo me pongo con el trabajo. -rió.
-¡Adictiva! -exclamé. -disfruta de la noche, anda. -le guiñé un ojo.

Al caer la madrugada, nosotras seguíamos en el jardín de su casa, tumbadas en el césped, muy cerquita.
-Me pasaría el resto de mi vida aquí. -rompí el tranquilo silencio.
-¿Conmigo? -sonreí. Estaba clara la respuesta. -mirando las estrellas. -asentí. Entrelazamos nuestros dedos. Su mano era cálida, suave. Me encantaba agarrarme a ella. -¿crees que será diferente?
-¿El qué? -giramos nuestras cabezas. Dejamos de ver el universo, para observar nuestros rostros.
-Lo nuestro. Cuando nos casemos, cuando pasen los años… -me reí. -oye, que es serio. Tengo miedo de que cambiemos.
-No tiene por qué cambiar… solo es un anillo y un par de papeles. -intenté tranquilizarla. Probablemente serían los nervios.
-Es que ahora es todo tan bonito…
-Lo seguirá siendo. Te lo prometo. -besé su puño. -no creas que por tenerte voy a relajarme. Voy a seguir tratándote como el primer… -unos pasos acelerados me interrumpieron. Nos encogimos asustadas. Quedamos sentadas y miramos a la cancela del chalet. Oímos un llanto ahogado y unas manos de tez blanca se agarraron con fuerza a las barandillas.
Malú y yo nos miramos sin saber qué hacer. No eran horas. Nos acercamos con cuidado.
-Pero… cariño, ¿qué ocurre? -le preguntó mi chica. Yo aún no había conseguido ver quién era.
-Creo que estoy embarazada… -soltó, moqueando.