jueves, 4 de septiembre de 2014

T2. Capítulo 16. ÁNGEL CAÍDO.

Antes de irnos del recinto, la banda quiso darnos un poco más de su apoyo. Recibimos abrazos y deseos. Les agradecimos el gesto, pero queríamos salir de allí y volver al hospital. ¿Habría novedades?
Aceleramos el paso hasta el coche, pero unas seis o siete chicas con camisetas pintadas nos frenaron.
-Una foto, por favor. -rogó. Suspiré y acepté. Hicimos una grupal y les firmé sus camisetas. -verás que ya mismo se pone bien. -dijo la quinceañera. Ojalá tuviese razón. Ojalá verla en el escenario, haciéndose grande como siempre. Me entró el bajón.
-Ya está, chicas. Tenemos prisa. -dijo José. Ellas lo entendieron y se fueron muy contentas. Al fin llegamos al Renault de Isabel. Ella ya estaba sentada en el asiento dispuesta a arrancar.
-¿Os han asaltado? -rió.
-Algo así. -resopló José. Condujo hasta el lugar donde se recuperaba lentamente mi chica. Solo quería una buena noticia. Esperanza. Sus padres no habían llamado, así que suponíamos que todo seguía tal y como lo dejamos.
-Muchísimas gracias por todo. -achuché a mi estilista, que tosía exageradamente.
-Que me ahogas… -rió, contagiándome. Frotó mi espalda. -ya pasó lo peor.
-Eso espero… -y así nos despedimos.
Nos encontramos con Pepe y su mujer. Mi madre debía estar en casa, descansando.
-¿Qué tal ha ido? -me preguntó el artista nada más verme aparecer.
-Bueno, mejor de lo que imaginaba. -confesé. -¿y ella? -puso mala cara y negó con la cabeza.
-Nada nuevo. -intervino su esposa.
Supuse entonces que nos esperaba otra noche exactamente igual que la anterior. Mi cuerpo me gritaba desde lo más profundo. Estaba resentido, agotado. Era como si lo llevase colgando. Mi alma tiraba de él, con todo el esfuerzo del mundo. Los párpados se dejaban llevar por la fuerza de la gravedad.
-Marina, deberías descansar. -opinó Pepi, rodeándome la espalda. -ve a casa. Mañana vienes. -negué con la cabeza. -probablemente no pase nada esta noche. Nosotros nos quedaremos, tranquila. -seguí negando. -José, iros a Majadahonda los dos. Ahora mismo.
-Que no. -le levantó la voz.
-Pero miraros. No podéis más. Habéis dado un concierto sin dormir apenas, no queramos más desgracias. Iros a reposar.
-Tu madre tiene razón. Yo os llevo, va. -se ofreció amablemente. Nos miramos. Su madre era demasiado cabezona. Si no nos íbamos, no se callaría en todo lo que quedaba de noche. Así que aceptamos a regañadientes, pero Pepe se quedó allí.
Al salir a buscar el coche, el chico que bajaba de la ambulancia se entrometió en nuestro camino.
-Marina. -parecía que me buscaba.
-Tengo un mensaje para ti. -me dijo. ¿Un mensaje? No lo había visto en mi vida.
-¿Te conozco? -lo mismo mi mala memoria me jugaba una mala pasada. -perdona, es que con esto del accidente… he perdido un poco la cabeza. Vi que se reía.
-¡Tranquila, tranquila! no nos conocemos. Yo atendí a Malú. -pestañeé seguidamente. Quise hacerle un millón de preguntas, pero preferí morderme la lengua y escucharle. -cuando recuperó la consciencia, lo primero que hizo fue decir tu nombre. Te buscaba por toda la ambulancia… -me quedé helada. Inmóvil. -le dijimos que se relajase, intentaba levantarse. No paraba de chillar: ¡Marina! Marina, ¿dónde estás?
-Vaya… -tenía que haber estado con ella. Sentí culpabilidad. -muchas gracias por decírmelo.
-Ah, y otra cosa. Me pidió que te dijera que había sido una tonta, que no debió creer en esa chica antes que a ti… o algo así. -dudó. Pero lo entendía. Sentí alivio al saberlo… Pensaba que seguiría molesta. Ahora tenía por seguro que al despertar no me echaría de la habitación. Al fin y al cabo era una hipótesis.
Condujo José, ya que yo estaba a punto de caer… Y así fue. Antes de salir del parking ya estaba dormida. 
-Hemos llegado, enana. -me despertó. Sentí que habían pasado horas. Qué bien me sentó aquella siesta. No sé ni cómo llegué a la cama. Tenía la vista cansada, agotada. Me daba vueltas la cabeza. Sentí mareos. Pero entonces, al tumbarme, percibí su olor en las sábanas. Y quise más. Pegué mi nariz por completo. Agarré la almohada con fuerza. Logré envolverme en su olor. Pero no fue como otras veces… Fue especial y diferente. Como si no me quedase nada en el mundo más que aquellas sábanas impregnadas. Su esencia me pinchó el corazón, desatando mi llanto. La rabia se extendió por mi ser. Me levanté de golpe y empecé a tirar todas las cosas. Abrí los cajones que guardaban mi ropa. La tiré contra el suelo al ritmo de mis lágrimas. El despertador molesto de todas las mañanas también cayó, haciendo un fuerte ruido.
-¡¡¡MARINA!!! -oí unos pasos acelerados tras la puerta. -¿estás loca? -comenzó a recoger lo que había lanzado por los suelos. Pero no me frenó. -¡¡PARA!! ¡PARA POR FAVOR! -me sorprendieron sus sollozos, que me detuvieron. No entendía que me había pasado… Me tranquilicé, ayudándole a ordenar aquel desastre… -es duro para todos. -se limpió disimuladamente las huellas que había dejado su llanto.
-Lo siento… no… no sé qué ha pasado. -me excusé, tumbándome de nuevo y percibiendo aquel mortífero aroma.
-Si necesitas algo… llámame. -me pidió, alejándose por el pasillo. Me avergonzaba mi comportamiento. Ese ataque de rabia había sido muy infantil por mi parte. Debí contenerme… negar el desahogo de mi cuerpo.
A eso de las ocho y media de la mañana, el teléfono de casa sonaba con fuerza. Un escalofrío recorrió mi piel. No pude evitar asustarme. Acerqué mi mano al aparato, temblaba. Contesté antes de que dejara de sonar. Mi voz sonó tan temblante como mis dedos.
-¡¡Han conseguido eliminarlo!! -exclamó muy ilusionado mi suegro. Fue una calada de aire fresco. Una sonrisa mañanera. Una llamarada de esperanza.
-¿Y ahora cómo está? -pregunté más que emocionada.
-Sigue en coma, esta noche comenzarán a bajarle la dosis.
-Espera, ahora hablamos. Vamos para allá. -dije. Siempre preferí hablar a los ojos. Cara a cara. Fui corriendo hasta el cuarto de invitados donde descansaba plácidamente José de Lucía. Salté en su cama.
-Malú siempre hacía eso de pequeña. -a duras penas lo entendí, pues seguía muy dormido.
-Tenemos noticias buenas. ¿Las celebramos con un enrome desayuno? -sonreí plenamente. Sentía felicidad.
-¡¡QUÉ!! -dio un bote.
-El coágulo ha cantado me fui. -bromeé. Nunca lo había visto sonreír tanto. Estallaba de alegría.
-Joder… qué bien. -una lágrima resbaló hacia sus barbas.
-Vamos, levanta. Hoy sí es un buen día.

Nos reunimos con el médico al llegar. Era una charla multitudinaria casi. Éramos 5 en ese despacho. Gracias a Pepi, que casi le pega al doctor para que dejara que entrásemos todos. Comentó con detalle el estado de Malú. No sabían cómo se despertaría, ni los daños que habían causado aquella anomalía. Lo único de lo que estaban seguros era de que se iba a poner bien. Evolucionaba favorablemente.
-Tenéis que estar muy atentos a ella. Pasar el mayor tiempo que podáis a su lado. Contarle vuestro día, noticias nuevas, anécdotas… El caso es que la estimuléis. -no era la primera vez que oía eso. Ya lo había explicado Pepe antes. -la música también es una buena herramienta. ¿Entendido? -asentimos. Parecíamos títeres. Se levantó y nos condujo hacia su habitación. Reconocía que estaba muy nerviosa. Al lado de la puerta había una ventana con una persiana. Mientras hablaba y hablaba, introduje mis dedos entre una de las cientos de bandas que formaban la persiana. Intenté abrirla, pero me pilló. -por favor. -llamó mi atención. -será mejor que las primeras horas entréis de uno en uno. Aunque aparentemente parezca inconsciente, puede estar oyéndoos y agobiarse. Irá recuperando el oído, la vista, dará impulsos, como un apretón de manos… Poco a poco. No despertará de golpe como en las películas… -intenté retenerlo todo en mi mente. Quería ayudarla lo más que pudiese. -bueno, pues que pase el primero. -puso la mano en el pomo. Pepi se adelantó, pero su marido tiró de ella.
-Marina, pasa tú. -abrí los ojos de golpe.
-¿Yo?
-Sí. -afirmó. José sonreía mirando a su padre. -sé que Malú querría verte a ti antes que a los viejales que tiene como padres. -bromeó. El médico observaba atento la escena.
-Pepe, quiero ver a mi hija.
-Déjala que pase. De verdad. -levanté las manos inocente.
-No, no. -negó. -Pepi. -no sé qué hizo, pero la mirada que le echó fue mortal. La mujer se echó a un lado, dejando la entrada libre. Les agradecí el gesto, poniendo énfasis en Pepe. Demostró una confianza en mí arrolladora.
Entré sin mirar al interior de la habitación. Un cosquilleo no dejaba de atacar mi débil cuerpo. Cerré la puerta y me apoyé en ella, con los ojos cerrados, intentando calmarme. Pero no podía. A escasos pasos de mí estaba ella. Giré la vista, despacio, hasta que la vi. Hasta que la vi y me hice trizas. Mi ángel caído. Mi ángel caído había olvidado desplegar sus alas al bajar a la tierra.
Me acerqué a ella. Me encontraba muy tensa. Conseguí llegar hasta la camilla, donde descansaba con una ropa de hospital. Su pelo ondulado estaba bajo su espalda, aplastado. Sin brillo. Sin esa magia que desprendía al moverse. Su rostro estaba destrozado. El labio inferior tenía una herida, y en la mejilla derecha, un rasguño cruzaba su moflete. La mano derecha estaba vendada. Probablemente se había hecho daño en la muñeca. No me atrevía a tocarla. Parecía de cristal. Otro rasguño por debajo del codo izquierdo saltó a mi vista. Acerqué mis dedos, casi pegados, a su mano izquierda. Que estaba justo debajo de mi mirada. La giré hasta que pude entrelazar sus dedos con los míos. Su piel estaba cálida, tal y como la recordaba. Su fina y suave piel… Seguía tan preciosa como siempre. Mi otra mano las envolvió. Me arrodillé en el suelo y descansé mi frente en la unión de nuestras manos. Me dolía verla así. Mucho. Volví a mi sentimiento de culpa. Ese remordimiento… Sentí un vacío tan grande en mi interior que me provocó un llanto incesable.

-Lo siento mucho… -balbuceé.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

T2. Capítulo 15. SIN TI TODO ANDA MAL.

No tenía ni idea de medicina. Pero eso sonaba feo. Muy feo. No me gustaba. Su voz sonaba muy seria. Nada contento. Pepi en seguida le preguntó de qué se trataba eso. Le explicó con palabras sencillas de qué se trataba. Una hemorragia en el cerebro… la sangre se coaguló allí.
-¿Y qué le va a pasar?
-Pues a ver… -tomó aire. Parecía importante. Me desvelé por completo. Levanté la cabeza. -Marina, préstame atención. -me dijo. Hicimos un círculo más que irregular. -la están tratando. ¿Vale? Van a hacer todo lo que puedan por eliminarlo… Cuanto más tiempo se quede eso ahí, más daño le causará…
-¿De qué daños estamos hablando? -preguntó interesado su hermano.
-Pues… pérdida del habla, memoria… -siguió diciendo posibles causas, o lo que es lo mismo, hachazos. Hachazos que nos hacían sangrar por todos lados. -le van a inducir un coma. Es lo mejor para ella, dicen.
-¿COMA? -chilló su madre. -agarró de nuevo la cadena cristiana que llevaba.
-Es un coma artificial. Recuperó la conciencia al llegar al hospital, pero al verle eso en… -apuntó con el dedo índice su cabeza. -tomaron esa decisión. Está muy bien para lo que le podía haber pasado… -se volvió a sentar.
-¿Cuánto tiempo estará así…? -pregunté. No me miró. Cerró fuerte los ojos.
-No lo sabemos… me ha dicho que tenemos que tener muchísima paciencia. Puede ser que pasado mañana despierte… o después de dos semanas. -intenté hacerme a la idea de aquello…
-¿Podremos verla? -volví a intervenir.
-Eso, eso. -se incorporó Pepi.
-En cuanto se ponga mejor. Me ha dicho el médico que nada más eliminen el coágulo, le irán reduciendo los medicamentos que la mantienen sedada. Cuando llegue ese momento, le debemos hablar, contar cosas, animarla para que despierte. -asentí. Entendía. Lo había visto en alguna que otra película. La clave estaba en la estimulación.
-Bueno, parece que las cosas se calman. -dijo José, sentándose cual indio en el suelo de mármol.
-¡¿Qué haces ahí "tirao´"?! -chilló la madre, que se comportaba como tal.
-Estoy harto de la mierda sillas esas. -recalcó el adjetivo. Reímos, esta vez con más ganas. Las nubes dejaban ver un poco de sol. Tan solo un poco. Pero agradecía esos rayitos tímidos. -me está dando apetito… -suspiró.
-Y a mí. -dijo su padre. -anda, llévanos a la cafetería, nuera. -me guiñó el ojo. Me levanté rápidamente. -la tengo "cogía" por… -soltó una carcajada al ver que le obedecí tan rápido. Me sorprendió, abrazándome por el cuello. -eres una buena chica.
-Gracias. -dije sin mucho ánimo. Seguía muy preocupada por el estado de salud de mi chica. Tenía muchísimo miedo…además, me preguntaba algo que solo ella podría contestar: ¿seguiría enfadada? ¿Y si no querría verme cuando despertase?
Caminamos hasta la cafetería en la que había estado hacía unas horas. Compramos unos cuantos bollos más y sacamos café. Lo dejamos sobre la misma máquina para entrar un momento al baño.
-¡HIJO DE PUTA! -oí desde allí. Era la voz de Pepe.
-¡Papá! ¡Estate quieto! -gritaba José, con la voz cansada.
-¡SUÉLTAME! -salí corriendo de los servicios, asustada. Vi a Pepe retenido en los brazos de su hijo. A escasos metros había un hombre de edad mediana, con un collarín en el cuello y unas muletas. Iba acompañado por una mujer de su misma edad. Miraban sorprendidos a los dos. Corrí a ayudarle. Lo retuvimos. La pareja salió del hospital.
-¿Qué ha pasado? -pregunté, una vez calmado el ambiente. Varias enfermeras se acercaron.
-¿Está usted bien? -parecía enfadado. No le respondió, golpeó la máquina de café respirando fuerte.
-Me tenías que haber dejado. -dijo entre dientes. Volvió a pegarle.
-Era el camionero… -me susurró José. Volví a mirar por la puerta. Vi como se alejaba. Lo maldije no sé cuántas veces.
-No sé cómo has podido aguantarte.
-Solo nos traería problemas, Marina. -si no fuera por él le habría arrancado la cabeza yo misma. Y parecía que Pepe me hubiera ayudado. Lo peor es que él ya iba a su casa… y Malú seguía allí. Grave. Bufé.
-Maldito cabrón. -insultó. Estaba cargado de rabia. Cogimos el improvisado desayuno y volvimos a la sala de estar.
-¿Qué te pasa a ti? -le preguntó su mujer al verlo con tal desaire. -¡con lo contento que ibas! -José de Lucía le contó todo. Se quedó pensativa. Movió su cuello y se bebió el café. Prefería abstenerse de opinar.
Me comí aquel vomitivo pastel. Recordé entonces la charla que me dio mi chica en Sevilla sobre la comida sana… Cómo había cambiado. Ese día en el hotel cogí todo tipo de bollería industrial. Y hoy me la tragaba con desgana. Añoré sus desayunos cargados en fibra. Su familia decidió que era la hora de extender la noticia. El resto de gente que la quería tenía derecho a saberlo. Olvidé por completo a López. Lo dejé preocupado. Solo por él encendí el teléfono. Lo llamé y le expliqué todo con detalle.
-Vaya… -fue lo único que articuló al oír la triste historia. -no he dormido nada… ¿cómo estás tú?
-Destrozada.
-Se te nota en la voz… -suspiró. -bueno, espero que vaya todo bien. Ponte en contacto conmigo en cuanto sepas algo nuevo.
-Por supuesto. Ah, y díselo a Li. No quiero que se entere por otro sitio. Sé delicado.
-Lo seré. -prometió. Nada más colgar, me encargué de avisar a Mari.
-¡No me jodas! -se sorprendió. -¿quieres que vaya?
-No, tranquila. -cuanta menos gente merodeando por aquí, mejor.
-¿Qué vas a hacer con el concierto…? -no me lo podía creer… me había olvidado también de eso. Mi primer concierto del disco… -¿sigues ahí?
-Sí, sí. -sacudí la cabeza. Me rasqué el cabello, intentando sacar una respuesta.
-¿Y bien…?
-No lo sé, Mari, no lo sé.
-No te agobies. Puedo cancelarlo. -eso sería genial. Pero un palazo para los seguidores. ¿Cancelarlo solo unas horas antes? No sabía yo… Al menos era aquí, en Madrid. -lo malo es que ya hay gente en la cola.
-¿En serio? -me sorprendí. Era bueno y malo. Bueno porque significaba que estaba ante una buena gira. Malo porque no podía decirles ahora no. -luego te digo…
-Marina, hay que decidirlo ya. En poco empezaran a transportar los instrumentos al recinto. Es decisión tuya… -estaba tan en blanco como la pared que había frente a mí. Mi ánimo estaba por los mismísimos suelos. No estaba en condiciones para dar un concierto. Mi voz estaba rota. Se me podía notar al hablar. Incluso por teléfono lo percibían… Tampoco quería dar un desastre de espectáculo. Encima era un acústico. Se notaría a la perfección. -relájate.
-No hagas nada. Déjalo como está…
-¿Vas a darlo? -preguntó insistente.
-No lo sé, pero no quiero arrepentirme. -dije. Al poco tiempo colgamos.
-¿Algo va mal? -preguntó José, acomodándose a mi lado. Ya había terminado de dar la noticia. Sus padres seguían.
-Tengo esta noche un acústico… -lo miré. No me hizo falta aclarar nada más.
-¿Vas a poder? -negué con la cabeza, se me inundaron los ojos. Dejó que me desahogara. La vida iba demasiado rápido para lo pequeña que era yo… Alejandro Sanz y Orozco, del brazo de su inseparable mujer, nos sorprendieron.
-¿Isa? -me alegró verla. Me levanté para saludarles. Todos me envolvieron en sus brazos. Presentían mi malestar. Cualquiera se daría cuenta. Solo tenía que verme.
-Tranquila, Malú es más dura que las rocas. -me animó la mayor coleccionista de gafas de sol.
-Será muy pequeñita, pero en coraje no le gana nadie. -argumentó Sanz.
Me quedé a solas con mi estilista y me sacó el mismo tema que Mari. El maldito concierto.
-Venía leyendo Twitter… la gente se está preguntado si lo vas a dar.
-¿Qué crees que debo hacer? -seguí mirando el suelo.
-Darlo, sin duda. -parecía segura. La miré inmediatamente. -no me mires así. Me has pedido consejo, yo te lo doy. He visto casos como éste. O incluso peores. Y lo mejor siempre ha sido seguir adelante. Cancelar un concierto el mismo día… es arriesgado, Marina. -no podía parar de oírla. Hablaba muy convencida. Justo lo que necesitaba. Seguridad. -si lo cancelas, tus fans imagino que te entenderán. Malú está en un estado complicadísimo y cualquier persona coherente entrará en razón. Es más, hay gente que ya da por sentado que el concierto lo vas a posponer. Pero si haces lo contrario, lo que nadie espera, te valorarán. Para tu carrera vendrá estupendo. Mostrarás coraje, fuerza, y lo mucho que te importan.
-Sí, eso es verdad… -se metió en la conversación mi cuñado. -Marina, iré contigo.
-¿Qué? -no me lo creía.
-Tocaré contigo. Seré parte de la banda.
-¿Cómo? -seguía sorprendida.
-Vamos, tenemos que empezar ya a ensayar. Soy una máquina, pero un concierto entero es un concierto entero. -levantó las cejas. -sé que esto va a ser duro para ti. Déjame que te ayude. -me tendió la mano. Probablemente fue la sonrisa más grande que había sacado en ese día. La agarré. Trato hecho. En el fondo nos venía bien a los dos. Alejarnos y distraernos con otra cosa. Al fin y al cabo éramos personas. No éramos de cartón, ni de hierro. Aquello nos afectaba.
-Os acompaño. -sonrió Isabel.
Al salir por la puerta, un cúmulo de periodistas y fans nos cortaron el paso.
-¡¿CÓMO ESTÁ?! -gritaban la mayoría. Me escondí tras José. Formamos una cadena con nuestros brazos y respondimos a las preguntas, agradeciendo a todos su preocupación. Había tantas personas que la querían… Malú era la ilusión, las ganas, el ánimo, la pasión, la debilidad, la diosa, la reina, la jefa, de muchas personas. Muchísimas. Me atrevo a decir que millones. Imaginé esos corazones en un puño…
 El concierto fue algo contradictorio. Algo que tenía que pasar por obligación, pues ni los asistentes ni yo estábamos al 100%. Ni si quiera al 50. Aún así lo di. Le eché coraje. Repetía el discurso de mi estilista una y otra vez en mi mente. Sin ella, no estaría allí.
Todo fue muy personal. El auditorio era muy recogido, muy familiar. Nos sentíamos protegidos por el grupo. Pedro y el resto de mis músicos me apoyaban muchísimo. Sabían el esfuerzo tan enorme que estaba haciendo por entregarme esa noche. Al igual que el público, que se lanzaba a cantar las canciones cuando mi voz se resentía. Yo intentaba disimular, poniéndoles el micro y mostrando mi mejor sonrisa. Pero todos lo notaban. Me partía por dentro. Había momentos en los que pensaba que me iba a derrumbar… Y es que sin ella, todo andaba mal.
Miré a José, que muy concentrado no apartaba la vista de la guitarra. Decidí que debía dar un discurso, y que parte de éste iba a estar enfocado en él.
-Gracias, gracias. -dije, intentando calmar los aplausos. Habíamos llegado al final. -me gustaría decir algo. -me quedé pensativa. -sabéis que no estoy pasando un buen momento. Anoche, un enorme astro de dimensiones exageradas se llevó por delante a mi estrella. Qué digo estrella. Mi planeta. Mi astro solar. Lo es todo para mí… -suspiré. No podía continuar… El aplauso del público me mantuvo viva. -cuando me enteré… no quería enfrentarme a la realidad. Quería creer que no era real… pero la vida es así. Vemos todos los días guerras, destrucción, atentados terroristas, y pensamos que nunca nos va a pasar algo así. Hasta que pasa. Y nos damos cuenta entonces de lo difícil que es llevarlo. Quema el pecho, es una sensación tan amarga… nos vuelve locos. Porque a mí anoche, mientras las horas del reloj corrían, quería saltar por un precipicio. Salir corriendo de ese hospital y morirme. De verdad. Pero entonces te das cuenta que no está todo perdido. Que hay un poco de luz entre tanta oscuridad. Que entre tanta arena hay un poco de mar. Y lo más importante. Te das cuenta de que tienes que ser fuerte. Por ella. Por ella y el resto de personas que te acompañan. -señalé entonces a José. -ese joven de ahí, estaba destrozado. Ha vivido con su hermana durante años, la conoce mejor que yo. Y ahí estaba, animándome. A mí, que apenas acababa de llegar a su vida. Y miradlo. Ahí está. Ha querido venir conmigo para apoyarme. Se ha metido en esa cabeza todo el concierto en menos de una tarde. Es un prodigio, totalmente. Pero como persona, no tengo palabras. -pedí un aplauso para él. -¡JOSÉ DE LUCÍA! -exclamé. -siento si esta noche no he estado a la altura de vuestras expectativas, sé que no ha sido mi mejor concierto. Solo espero que os haya emocionado, que os haya llegado a dentro, y que haya merecido la pena. Yo he dado toda, toda, toda la fuerza que me queda. Me voy de aquí con la mayor de la sonrisas. Me habéis dado mucha energía para continuar. ¡¡Mil gracias a todos por asistir!! ¡¡Nos vemos pronto!! 

martes, 2 de septiembre de 2014

T2. Capítulo 14. SIN PODERTE DESPEDIR.

La boca se me secó, no tuve el valor de preguntar qué había pasado. Ni si quiera tuve fuerza para sostener el móvil. Se calló, abriéndose en el suelo del mismo golpe. La pareja me miró, girando la cabeza bruscamente.
-¿Marina…?
-Estoy bien. -reaccioné, observando el bombo de mi mejor amiga. -me voy. -recogí la batería y la ajusté en el teléfono, saliendo por la puerta. López me siguió hasta el ascensor.
-¿Qué ocurre? -me preguntó bajito.
-Malú… -parpadeé. No era capaz de decirlo… -un accidente. -dije sin respetar el lenguaje español. Omitiendo verbos y toda palabra que hiciese falta. Ahora mismo me importaba una mierda todo… solo necesitaba verla.
-¿Está bien? -reaccionó. Me encogí de hombros. Deseé llorar, pero no pude… no me salía. Estaba en shock todavía. -llámame en cuanto sepas algo.
-No le digas nada a Lidia. -conseguí hablar. No quería que se preocupara. En ese estado… cuantas menos preocupaciones, mejor. Al menos hasta que me enterase de lo ocurrido en ese… accidente. Cuando el móvil se encendió, contacté de nuevo con mi cuñado. El silencio invadió la línea.
-¿Dónde estás? Iré a por ti. -al fin respondió.
-En casa de Li. -le di la dirección, oí cómo la insertaba en el GPS. Me senté en el borde de la acera y tapé mi rostro con las manos. Tenía la mente completamente en blanco, no quería hacerme ideas falsas, ni venirme abajo demasiado rápido. Un coche negro se paró frente a mí. Fue entonces cuando decidí levantarme. Era él. Se bajó agitado del automóvil y se tiró al suelo conmigo. Otra vez silencio. Por un lado, quería saberlo ya, pero por otro… no quería oír una mala noticia.
-Un camión… -comenzó, temblaba. Sus manos se movían. Nunca había estado tan nervioso. Le agarré una de ellas fuertemente. -se la ha llevado… la ha echado de la carretera. -lloraba y lloraba. Lo abracé. Intenté darle ánimos, pero no tardé en derrumbarme junto a él. Tragué saliva. Solo esperaba que estuviese bien… -está fatal. -nubló mis pensamientos. Intenté imaginar que no era real. Que era de noche, que solo era una pesadilla. Que pronto sus besos me despertarían, o sus gritos de: ¡ya está listo el desayuno! Pero lo único cierto en mis deseos es que era de noche. La luna, junto al resto de las farolas, iluminaban tristemente la calle.

-¿Vamos…? -solo quería salir corriendo y verla. Necesitaba saber cómo estaba de una vez. Ya no aguantaba más.
-Claro… -dijo desganado. -¿puedes conducir? -me preguntó. Entendí que no era capaz de hacerlo. Me quedé inmóvil. Pero finalmente asentí. Un cosquilleo corrió por todo mi cuerpo. Un cosquilleo horroroso. Mi pierna se extendió para pulsar el pedal. Saltaba, no se estaba quieta. Estaba como un maldito flan. Miré de reojo a José. Había apoyado su codo en la ventanilla, y su cabeza en la mano. Serio, miraba la raya blanca que dividía el carril en dos.
Miles de pensamientos me aturullaban. Una mínima parte de mi mente se centraba en mantenerme en la carretera y frenar en los semáforos. Sentí que todo era culpa mía. Si no hubiésemos discutido… ella no se hubiera movido de casa. Si hubiera reaccionado ante aquella extraña chica… no hubiera pasado nada. Las lágrimas brotaban de mis ojos sin permiso. No podía aguantarme. Respiraba ahogada. Cada vez bajaban por mis mejillas con mayor velocidad. Tenía la vista cubierta por ellas. Apenas veía. Necesitaba un puto parabrisas en los párpados.
-Eh, tranquila. Se pondrá bien. -sonrió levemente. Pero lo cierto es que los dos estábamos destrozados. Completamente abatidos. -ya la conoces. -reí al recordarla. Él también lo hizo. -anda, sécate los ojos que nos vamos a estampar. -me las limpié rápidamente y seguimos camino al hospital. En la sala de espera estaba Pepi, abrazada a su marido, y le agarraba la mano a mi madre. Mi suegra me echó una mala mirada. Yo también me hubiese dirigido a mí misma así. Normal. Su hija estaba allí por mí.
-Hija, ¿cómo estás? -se levantó Marina apresurada y me abrazó. Rodeé su espalda despacio. No contesté. Sentí que sobraban las palabras.
-No la mires así. -le pidió José a su madre, en voz baja. Pero lo oí. -era una trampa… ¿no lo vimos en la tele?
-No digo que estuviese con la tía esa, pero mi niña salió de casa por su culpa. ¿No lo recuerdas? -susurró.
-Mamá, entiendo que ahora necesites echarle el muerto a alguien… pero échaselo a quien conducía el camión, no a ella. Es prácticamente de la familia. Sabes lo feliz que hace a Malú.
-Ya, ya… -dio su brazo a torcer. -tienes razón. -se tiró en la silla que ocupaba antes. Me miró y sonrió levemente. Leí sus labios: "perdona". Negué con la cabeza, esbozando una pequeña y vacía sonrisa. Los minutos pasaban muy lentos… no sabíamos nada. -están haciéndole pruebas. -nos informó Pepi. -de todo tipo… -más silencio. Nos mirábamos los unos a los otros. Contemplábamos las luces de la sala. Las rayas que cortaban las baldosas del suelo.
-Por dios, que nos digan ya algo… -rogó al cielo Pepe. Era consciente de lo mucho que querían a su hija. Y no sé por qué, se me vino a la cabeza el día en que me los presentó. Bromeó conmigo, haciéndonos creer que estaba en contra de nuestra relación. Fue divertido, bueno, ahora me parecía divertido. En aquel momento estuve a punto de salir corriendo y tirarme por la ventana.
-¡Rápido! -oímos lejanamente. Escuché con claridad el sonido de unas ruedas. Probablemente, la camilla en la que iba… la que se convertiría en mi esposa en pocos meses. Todos nos pusimos en pie automáticamente. Nos quedamos helados mirando a la puerta. A través de las pequeñas ventanas redondas, vimos cómo unos ocho médicos corrían, empujando una camilla. Pepi emitió un sonido agudo, un grito de dolor. Pero no dolor físico. Era un dolor mucho más fuerte. El dolor de sentir que su hija estaba peor de lo que nos imaginábamos. El dolor ante el frío que sentía al pensar que podría perderla… Se desvaneció. José y su padre la levantaron como pudieron y la ayudaron a sentarse. Yo me quedé inmóvil. Fuera de mí. Sentí como mi alma se alejaba de mi cuerpo por unos segundos. El tiempo se paró para mí… Los vellos se me levantaron. La sensación que me provocaba el pensar que iba a perderla para siempre era tan asfixiante… Y yo ahí. Quieta. Sin poderme despedir.
-¡Mamá! ¡Mamá! -le chillaba José, moviéndole la cabeza. Volví en mí. Me fui corriendo a por algo de agua. Le traje también un café y unos dulces de una máquina expendedora. Al volver estaba mejor. Mi madre la abanicaba.
-Tómate algo. -le dije, mostrándole mis brazos, cargados.
-Muchas gracias, dios te bendiga. -agradeció. Se sirvió ella misma. Bebió de una vez el agua, tiró el vaso contra el suelo. Luego el café, que ardía. Aunque a ella no le pareció que quemaba mucho… pues lo terminó en menos de un pestañeo.
-¿No quieres los dulces? -le pregunté, al ver que no le daba ni por mirarlos. Se negó.
-Come. -le obligó Pepe. Cogió una palmera de chocolate y fue dándole pequeños mordiscos hasta terminarla. -¿estás mejor? -seguía muy atento a su esposa. Me pregunté si yo sería tan buena para Malú como él…
-Que sí, pesado. -le contestó amargamente. Nosotros tres reímos sin mucho ánimo. Aún sentía el recorrido de mis lágrimas por los cachetes. Decidí entonces dar una vuelta. Todos vieron cómo me marchaba, pero no dijeron nada. Necesitaba estar sola. Agradecía que me entendieran. Caminé solitaria por el hospital. Recorrí los infinitos pasillos como un alma en pena. Con las manos escondidas en mis bolsillos y los ojos perdidos en el suelo. El sonido era rompedor. Dolía. No se oía nada. A veces alguna que otra rueda chirriando… O los susurros de los médicos. Todo era silencio hasta que me acerqué al pasillo equivocado… Tras una de las puertas estaba ella. Ella y cientos de médicos mirándola de arriba abajo. Me senté justo a la derecha de ésta y abracé mis piernas. No quería vivir sin ella. Lloré todo lo que me había tragado en esa sala. Mi estómago recibía puñetazos imaginarios. Una y otra vez. Me faltaba el aire. Me ahogaba con mis propias lágrimas.
-No deberías estar aquí. -me dijo un médico, saliendo de allí. Intenté mirar, pero no conseguí verla. Demasiadas batas verdes alrededor. -eh, vuelve a la sala de espera. -lo miré desde abajo. -¿eres Marina? -asentí con la poca fuerza que me quedaba. Había llorado tanto que me encontraba hueca. Notaba mis ojos hinchados. -chica… estás... -bufó. Se puso en cuclillas.-te acompaño.
-No… déjame aquí. -le pedí. Me agarró el brazo, intentado levantarme. Me resigné. Quería estar lo más cerca posible de ella.
-No puedes… Vamos, tienes que ir te. -consiguió elevarme. Me empujó por los hombros hasta mi familia. Porque ya me consideraba parte de ella.
-Eh… -murmuró José al verme. No quería pensar en mi aspecto. Pero seguro que daba miedo. Vino corriendo y me estrujó en sus fuertes brazos. Su pecho era duro como el hielo, pero no me importó. -deberías cambiar esa cara. -me dijo, su voz estaba rota. Pretendíamos animarnos entre todos. Ser una piña. -a Malú no le gustaría nada verte así. ¿Qué pasa si sale ahora y te ve? -me hizo sonreír al imaginármela.
-Doctor, ¿no puede decirnos nada? -Pepe corrió tras el amable médico que me había encontrado.
-Ánimo. -levantó la mano.
-Por favor. -lo siguió. Insistiéndole. Él suspiró.
-Está muy grave. -sus palabras se nos clavaron como cuchillos. Fue un golpe seco en mi corazón, que brillaba por su flaqueza. Pepi no paraba de besar al crucifijo que colgaba de su cuello. El hombre volvió al pasillo con el gesto serio, y Pepe retornó con nosotros.
Realmente no tenía ni la menos idea de qué pasaría. Lo que tenía claro era que si le pasaba algo me iba a morir. No soportaría su ausencia. Había intentado ser positiva y pensar que a la mañana siguiente el sol saldría, que ella estaría bien. Pero después de oír al doctor... Volví a sollozar de nuevo, sin hacer mucho ruido. No quería molestarles más. Ya tenían suficiente con lo que había conseguido… Mi vida sin ella… No. Mi madre reclamó mi presencia. Decidí entonces sentarme a su lado. Puso mi mano entre las suyas.
Nuestros bajones eran una especie de virus que se iba pasando de uno en uno. Rotando por esa habitación. Ahora le había dado a mi suegro, que lloraba casi sin hacer ruido.
-Mi pequeña… -decía una y otra vez. Jamás olvidaría esa noche. Nunca en todo lo que llevaba de vida lo había pasado tan mal. Era todo tan… tan… doloroso. Ojalá fuese yo la que estuviese ahí dentro… no ella. Ojalá.
-Iros a casa, anda. -les animó su hijo. -aquí no hacéis nada… y dudo que sepamos algo hasta que amanezca.
-No, yo no me muevo. -dijo firme. -vete tú con Marina. -negué con la cabeza. No pensaba abandonar el hospital.
-Pues nada. -volvimos al inicio. Esa conversación fue basura. No resolvimos nada. Nada cambió. -Marina, puedes irte tú si quieres. -dijo, refiriéndose a mi progenitora.
-No, no. Yo me quedo con ustedes. -se lo agradecí. Me encantaba que me apretujara la mano. Me tumbó en su hombro. Sentí protección, hasta quedarme dormida. El cansancio consiguió derrotarme…
Cuando me desperté eran las cinco de la mañana. Me encontraba muy aturdida. El cuello me dolía. Pero me dolió aún más recordar lo que había pasado la noche anterior. Sin ni siquiera abrir los ojos del todo, oí la voz rasgada y grave de Pepe.

-Tiene un coágulo en la cabeza. 

domingo, 31 de agosto de 2014

T2. Capítulo 13. Y AHORA VETE.

Las piernas me fallaban. Algo iba mal. Me senté en el brazo del sofá para intentar recuperar la calma. No, no iba a hacerlo a menos que supiera de una vez por todas qué estaba pasando.
-Cariño, por favor… no sé qué dices, ni qué dicen. -dije casi lloriqueando. -¿qué cojones pasa? -me cabreé con el mundo.
-Pensé que te enfrentarías a la verdad… pensé que eras diferente. Que no te harías la tonta. -la sangre me hervía por las venas.
-Princesa…
-No me llames eso cuando estoy enfadada. -alzó la voz. -lo peor es que yo sigo enamorada de ti, como una completa gilipollas. Me acabas de hacer mucho daño. -me estaba empezando a sentir mal.
-¿QUÉ HE HECHO? ¿ME LO PUEDES EXPLICAR?-se quedó en silencio.
-Me iré una temporada con mis padres. Necesito pensar si puedo perdonarte… pi, pi, pi. -me había colgado después de decir fríamente aquellas palabras. ¿Perdonar el qué? Iba a volverme loca. Al fin, López encendió la tele.
-"Hoy viene a nuestro programa una invitada muy, muy, pero que muy desconocida. Que se ha hecho muy, muy, pero que muy famosa en una sola tarde. Con todos ustedes, ¡Ramira!"-no entendí por qué hablaban de forma tan estúpida. El corazón me iba a mil. No podía asimilar que Malú me había dicho aquello… Se supone que íbamos a casarnos y ser felices para siempre. O ese cuento había escrito yo con ella. Miré de nuevo a la tele. Mis cables se conectaron rápidamente. Todo encajaba. Todo de pronto cobró sentido. Marqué de manera veloz el número de mi chica. Pero no respondió…
-¡HIJA DE PUTA! -grité en un llanto a la maldita interesada de la tele. Esa tal Ramira era la extraña que se sentó a mi lado antes de la firma. Que me sacó las cosquillas y me besó de forma extraña en la mejilla. ¡Era una trampa! ¡Una trampa para saltar a la fama! Escondí mi rostro, inundado en lágrimas.
-¿Qué ha pasado…? -ellos estaban perdidos, tanto como yo hacía unos minutos. Pero la caja tonta les aclaró lo que pasaba. Yo les conté quién era la joven.
-"¿Cómo conociste a Marina?"
-"Lo nuestro fue un flechazo directo. La conocí en un parque cuando paseaba a los perros de Malú." -¿Qué? ¿Qué mierda se estaba inventado? Lo peor es que mi chica lo estaba viendo. Sentí una rabia y una impotencia tan grande… -"hemos quedado en varias ocasiones, a escondidas por supuesto. Pero yo no me callo más."
-Quitad eso, por favor. -les pedí. No lo soportaba ni un segundo más.
-Hay que conocer al enemigo para poder enfrentarse a él. -sabio consejo de Li.
-Oídla vosotros. Yo no puedo con esto… -murmuré.
-Marina, Malú te creerá. Todos sabemos que hay gente que se dedica a hacer montajes para ganar pasta. -dijo equívocamente Pablo.
-No… duda si podrá perdonarme. Se lo ha tragado. -les expliqué detalladamente el momento en el que se realizó la foto.
-¿Le has contado eso a Malú? ¿Y a Mari? ¿Por qué no le pides a ella que le explique qué ocurrió? Estaba allí delante, ¿no? -las propuestas que realizaban eran geniales. Pero María Lucía seguía sin contestar al teléfono. -eh, para de llorar. Al final ganarán los buenos, como en todas las batallas. -afirmó López.  
En seguida, mi cuñado llamó. ¡HASTA FUERA DEL PLANETA IBAN A PENSAR QUE LE HABÍA PUESTO LOS CUERNOS!
-José, tienes que creerme, todo es un puto montaje.
-Te creo. -respiré aliviada. -pero será mejor que le dejes claro a mi hermana lo que pasó. Un montaje es un montaje, pero Marina, parece que disfrutas en la foto.
-Me hizo cosquillas… no entendía una mierda, José. Por favor, ayúdame. -le pedí desesperada.
-Voy de camino a casa de mis padres, Malú llegará en un rato. Lo intentaré todo… de verdad. Sé cuando una persona quiere a otra. Y sé que lo tuyo con mi tonta es tan verdad como que el sol se esconde al atardecer.
-Gracias. -sentí un poco de relajación. Al menos alguien me apoyaba.
-Mis padres están muy cabreados… -mierda. Más mierda. -tu madre también. No entiende cómo has podido hacer eso con la boda aquí. Yo era incapaz de tragarme nada… por eso te llamo.
-Joder. -las desventajas de ser famoso, llamaríamos a este capítulo de mi vida. ¿Cómo cojones podía sentirme tan basura sin haber hecho nada? -¿crees que será buena idea que me presente en vuestra ca…?
-Ni se te ocurra. Con el enfado que llevan… solo podrías destrozarlos más. Escúchame. Hay un teléfono de aludidos en la pantalla ahora mismo. ¿Lo ves?
-Sí. ¿Quieres que llame y desmienta todo? -le pregunté. Ahora mismo era la única escapatoria que veía.
-Eso es lo peor que puedes hacer. No entres al trapo. Ni se te pase por la cabeza.
-¡¿ENTONCES?! -empezaba a desesperarme.
-A ver, cuñadita. Sé que estás agobiada y el cerebro no te da para pensar… Llama a quien quiera que sea tu mánager y pídele que intervenga. Los periodistas odian a los montajistas, si la pillan, se la cargaran. Problema resuelto.
-Eres un genio.
-Lo sé. -tenía una confusión. No sabía si darle un abrazo o pegarle una ostia por ese lado creído. Me tragué un insulto porque le debía mucho en este momento. -suerte, cuñadita.
En seguida busqué a Mari en la lista infinita de contactos. No lo cogía. Mierda. Necesitaba que lo cogiese cuanto antes. A la tercera fue la vencida, como tantas veces oí.
-¿HAS VISTO LA TELE? -me preguntó en cuanto descolgó.
-Te necesito. -rogué. Le expliqué el plan del bendito José de Lucía. A ella le pareció tan buena idea como a mí. Me colgó rápidamente para hacer la llamada. -dadle volumen. -les pedí. -contraataco. -me hicieron caso.
-"Espera, espera". Tenemos al teléfono a la representante de Marina". -dijo el presentador, levantándose de la silla. Se ponía la cosa seria. La chica que me jodió la existencia por un momento se revolvió en el sillón. Parecía nerviosa. Normal. -"¿Hola?"
-"Buenas noches. Soy Mari, mánager de Marina".
-"Muy buenas noches". -el público se puso en pie. La tensión de la tal "Ramira" aumentaba a cada segundo. Los espectadores que acudieron al plató estaban muy expectantes. Como si estuvieran en un circo. Eso me llenaba de odio. Mi vida no era ningún espectáculo. El presentador pidió calma. Necesitaba oír con nitidez a Mari. Tomé aire. Li y Pablo se sentaron en el sofá, tan pendientes como yo de cada cosa que decían.
-"¡Todo es mentira!"-López sonrió. La naturalidad calló al programa. -"Que sepas… ¿cómo te llamabas, niñata?"-la cara de todos era un poema. Nadie se esperaba ese desparpajo.
-"Ramira…" -murmuró. Estaba temblando.
-"¡Ramira, te vamos a denunciar!" -la gente aplaudió. Uno de los periodistas más famosos del programa pidió silencio. Quería preguntar algo.
-"A ver, a ver. Mari, explícanos qué pasa con esta "tipa" y Marina. ¡Porque ya no sé a quién creer!"
-"Vamos a ver". -cuando decía eso solo significaba una cosa. Estaba enfadada.-"voy a decirlo solo una vez. ¡Esta chica es una montajista! ¡Mentirosa!" -a cada palabra, los de sonido daban un golpe. Cómo les encantaba un chismorreo. -"¡Falsa! Yo estaba cuando esa foto se tomó. Estaba delante de mis ojos".
-"Eso es estupendo. Cuéntanos qué viste". -pidió una de las trabajadoras.
-"¡No la creáis!" -reaccionó de pronto Ramira. Levantándose casi del asiento. -"¿Qué va a decir? ¡¡ES SU REPRESENTANTE!!"
-"¡QUE TE CALLES!" -gritó el periodista. Parecía de mi lado.
-"Yo estaba pidiendo la comida en la barra y Marina estaba en la mesa, cuando la falsante ésta se le acercó, le dio un beso. Presionó su rodilla para hacerle cosquillas." -la mujer empezó a sentirse incómoda allí.
-"¡¡AJÁ!! TE HEMOS PILLADO". -chilló. -"¿un buen dinerito aprovechando la fama de dos cantantes que no quieren tener nada que ver en el mundo del corazón, verdad? ¡Lagarta!". -respiré. Al fin. Una sucesión de insultos entre ellos, de preguntas, y más insultos se produjo en los siguientes minutos. Mari colgó y me llamó.
-Muchas gracias. -le dije, aún me colgaban los hilos de sudor por la frente.
-Un poco más y…
-Relájate, tranquila. -le pedí. -ya ha acabado. -resoplé. -voy a intentar contactar con Malú.
-Suerte. -me deseó. Aún alterada. -yo voy a tomarme una tila… no veas la adrenalina que te dan los programitas estos… -y se cortó la llamada. En seguida marqué el número de María Lucía. No lo cogió. Ni si quiera se tomó la molestia de colgar. Me quedé estúpida oyendo los pitidos regulares del teléfono. Lo volví a hacer como tres veces más… pero nada. Supuse que no había visto la tele. O seguía demasiado pendiente.
-Eh, tranquila. -me animó Lidia. Puso voz de niño pequeño. -tita Marina, no te preocupes. Todo saldrá bien. -le miré la barriga. Puse la oreja, pero me dio una patada y la quité corriendo.
-Ni el nene me quiere…
-Serás idiota… Te daría un abrazo… pero. -señaló el barrigón.
-¡Ven! ¡Yo te lo doy! -se ofreció Pablo. No lo rechacé. Me quedé en su regazo leyendo la red social del pajarito. Otro bombardeo, esta vez apedreando a mi enemiga. Y pidiéndome disculpas por no creer en mí. Era gracioso ver a gente que decía: "ya os avisé de que no me gustaba". Típicas personas que piensan que lo saben todo… La pantalla se puso negra. Llamada entrante. Me puse nerviosa, por un momento imaginé que era ella…
-¿Sí? -contesté.
-Marina… -José de Lucía estaba en un sollozo. Jamás lo había oído así. Titubeaba.
-¿Qué te pasa? -me levanté del sillón.

-Me cago en todo… -suspiró. Bufó. -…me ha tocado a mí llamarte… -volvió a respirar. -es Malú… Malú… -no conseguía arrancar. -Malú ha tenido un accidente…

sábado, 30 de agosto de 2014

T2. Capítulo 12. SI TÚ ME DEJAS.

Y se fue por donde se iban todos los asistentes de la firma. Se fue tan contenta como ellos. Y yo me quedé allí, con una sonrisa estúpida que me duraría para siempre. O eso era lo que sentía. La gente se había quedado tan sorprendida como yo. Y es que nadie se esperaba aquello. Yo menos.
-Estarás contenta… menuda novia. -me susurró una mujer de mucha edad.
-Sí. -reí mientras le firmaba.
Cuando la cola finalizó habían pasado ya cinco horas y media. El cielo estaba completamente oscuro. Bajé los escalones, los seguratas me rodeaban. Parecía una peli de tiroteos. En cualquier momento alguien me dispararía. Podía sentirlo. Me reí yo sola. Vi a Malú junto a Mari, recostadas en la valla.
-¿Se os ha hecho muy largo? -les pregunté. Me abrazaron. Aunque de Malú me llevé algo más que un achuchón.
-¿Y tú como tienes la mano? -intervino la gran cantante del momento.
-Si me la arrancas, te lo agradezco. -sonreí.
-Vaya, esta noche no hay folleteo. -comentó Mari. Mi chica y yo nos miramos con los ojos saltados, aguantando la risa. Se nos acumularon las carcajadas en los pómulos.
-Tengo otra mano… -dije yo. Y ya no pudimos retener más la risa.
-¡¡QUÉ!! ¿VAMOS A CELEBRAR EL DISCAZO? -mi representante parecía de lo más animada. Empezó a saltar de camino al vehículo.
-¿Qué le has dado? -me susurró mi chica, agarrándose a mi cintura.
-¡CHUNDA CHUNDA! -gritaba. -¿NOS VAMOS DE PARRANDA?
-Invéntate algo. -le pedí en la oreja.
-Eh… Mari, tranquila. -le dijo, subiéndose en el coche. Yo me acomodé en el asiento del copiloto. En cuanto se sentó, alzó el volumen al máximo. Me tapé los oídos. -¡¡BAJA ESO!!
-¡Estás loca! -chillé, buscando el botón de "VOL -". Pulsé repetidas veces hasta que se calmaron mis tímpanos. De pronto se tiró hacia el volante. Como si la hubiesen empujado. -¿estás bien? -acaricié su espalda. Levantó la cabeza lentamente.
-Me voy a separar. -dijo. Fue como un estacazo directo al corazón. Giré un poco la mirada hasta encontrar la caída imagen de mi chica en el asiento trasero. Se acercó hasta ella a darle el apoyo que creíamos que necesitaba. Supongo que poner mi disco a tope era una forma de desconectar. Una sábana para sus problemas. Un abrigo para el frío de su corazón. -bueno, ya está de sentimentalismo. -arrancó el motor.
-Vente con nosotras. -la invitó mi prometida. -celebramos el disco.
-No, no, no quiero molestar. -se limpió unas cuantas lágrimas y se puso en camino.
-Va, vente. -la animé. -¡te haré mojitos!
-¡¡Entonces sí!! -y giró el volante bestialmente para salir del aparcamiento.
 Nada más llegar a nuestro acogedor chalet, Mari nos contó su historia. Se sentó en medio de nosotras, en nuestro sofá, calentado previamente por Danka. La perra también parecía entenderla. Se sentó en sus pies.
-¡Quita! -le gritó. No le hacían mucha gracia los animales. -¡Ay, quitármelo!
-Va, Danka, vete. -le rogó su dueña, acariciándole el lomo, como tanto le gustaba.
-Mira, no soy feliz con él. -resumió tras contar las cuantiosas idas y venidas del matrimonio. Tras la pérdida del bebé que nunca llegó a nacer, las cosas se complicaron. Su marido se envició a las máquinas tragaperras. Lo echaron del trabajo por llegar tarde en más de una ocasión. Lo único que hacía era refugiarse en un bar con amigos y beber alcohol hasta las tantas. -me tiene abandonada. -concluyó, tomando la última gota de mojito. -intentamos arreglarlo con un viaje… pero para qué. Para nada. Siento que no me quiere… Os veo a vosotras y… dais asco, putas. -ya tardaba. Reímos. -es que yo quiero una Marina… o una Malú… yo quiero que me den sorpresas, que me tapen cuando tenga frío, que me cuiden. O al menos que me den la mitad de lo que yo doy. -terminó.
-¿Y cómo se lo ha tomado? -se interesó.
-No quiere. Y normal… él no tiene nada. Solo yo. En el fondo me da lastimita… no sabe ni hacer de comer.
-Ya… claro. Supongo que después de tantos años… -fui empática.
-El cariño está ahí… -resopló. -pero yo necesito alejarme de él.
-Tienes que mirar por ti, claro que sí. -la animó, acariciando su pelo. -¿otro? -le preguntó, señalando el vaso.
-No, no. Yo me voy ya. -se levantó.
-Puedes pasar aquí la noche. -me ofrecí.
-Muchas gracias, pero tengo que poner la lavadora… y esas cosas. -rió. Sonaba a excusa barata. -no os preocupéis, él se ha ido a casa de su tía. No tengo que verlo ni nada. -eso me aliviaba.
Salió por la puerta y se montó en ese mini tan extremadamente pequeño y que tantos tumbos había dado. Se despidió con unos cuantos golpes al claxon y se alejó hasta que la perdimos de vista. Y cómo no, mi cabeza empezaba a pensar en ella.
-Me da mucha pena. -confesé, volviendo al salón.
-La vida es así. -dijo ella, tirándose de lleno en la alfombra. Sus perras se acercaron para darle mimitos. O para recibirlos.
-Sí, la vida es un poco mierda cuando quiere. -solté. Se quedó en silencio, dejándose querer por sus mascotas. Sonreí mirándola. -¿las quieres más que a mí?
-Serás celosa. -murmulló.
-Es verdad, yo también quiero amorcito. -dije agudizando mi voz y poniéndole ojitos. Siguió acariciando a sus animalitos. -joder, no es justo.
-¿A qué duermes en el sofá por pesada? -cerré el pico. Sonrió. Podía conmigo. No sé porque intentaba luchar contra ella. Se sentó a mi lado. Me empezó a dar besitos por la mano, hasta llegar al hombro, creando un caminito. Se quedó parada en mi cuello, donde hizo más énfasis. Apretando sus labios profundamente. Hundiéndolos en mi piel. Me dio un escalofrío. -Uy. -rió. -¿qué pasa? ¿no querías esto? -apreté los ojos. -¿te has quedado mudita? -asentí con la cabeza, intentando contener otro escalofrío. Me hacía sentir demasiado.
-Mañana voy a acompañar a Li a una ecografía. -dije, medio temblando.
-¿Sí? -puso más intensidad al beso, dejando una marca en mi garganta.
-Sí… -suspiré. Volvió a reírse. Le encantaba sentir que me moría en sus brazos.
-De cinco meses está ya… ¿no? -preguntó, sin dejar de perderse bajo mi rostro. Asentí. Pude notar su sonrisa pegada a mí. Lleno de pequeños mordiscos la zona debajo de mi oreja. Sabía que eso me superaba. La abracé, y ella hizo lo mismo, enroscándose en mi cuerpo. Mi barriga era un vaivén de hormigueos. Mi mente se puso en blanco completamente. Se concentró en sus caricias y besos. Su mano se deslizó hacia abajo, hizo de mi pecho un tobogán. Se divertía con mi sufrimiento. Estaba tan tensa que no me salía ni la voz. -¿quieres relajarte? ni que fuera tu primera vez… -rió. Pero para mí era tan imposible relajarme con ese pedazo de mujer sobre mí… -¡cariño! -se alteró.
-Soy demasiado fan tuya. -solté entre risas.
-Cualquiera fan mía estaría encantada de este jueguecito.
-No te lo discuto. -pero al segundo me enfadé. -¡oye! ¡ni se te ocurra!
-No, no. -bromeó.
-Más te vale. -dije firme, pero esa firmeza desapareció cuando se adentró en mi cuerpo sin previo aviso. -¿por qué lo haces todo tan… de sorpresa?
-Porque me encanta verte así.
-¿Así… cómo? -pero no respondió, se limitó a mandarme a callar. O a disfrutar…

-Eres mi debilidad. -solté en un susurró. Se apartó y fijó su mirada en mí. No sé cuánto tiempo pasamos embobadas… ni cuánto tardó en girar sus comisuras y mostrar aquella atractiva dentadura. Solo sé que después de eso, una lágrima corrió por su rostro, cortando su boca en dos.
-¿Qué te pasa? -pregunté asustada, limpiando otra antes de que resbalase.
-Soy muy feliz contigo… -sonreí. -y por nada del mundo quiero que nos separemos.
-No va a pasar. -le prometí en el silencio de la noche. -así que deja de llorar, tonta. Se dejó caer en mi hombro.
-Después de ver lo que le ha pasado a Mari…
-Eh. -le levanté la cabeza. -¿la has oído? ¿has oído lo que decía que nosotras?
- "Sois la puta envidia". -repitió con la voz de mi representante. Joder, la imitaba tan bien… -y salimos en todos los programas de televisión, revistas...
-Te amo. -la corté.
-Ay… -suspiró.
-Yo también sé sorprender. -levanté las cejas. -muchas gracias por aparecer en mi vida. -me achuchó de nuevo. -Te prometo que siempre estaremos juntas. Que te lo daré todo. Y serás la única persona a la que quiera.

-¡QUÉ COSA MÁS BONITA! -grité al ver el que iba a ser, aunque no oficial, mi sobrinito. Me emocioné. Se veía tan claro en aquella máquina de hospital. El médico flipaba conmigo. -¡ay, mira! -señalé el dedito.

-Relájate. -me susurró Lidia. -eres peor que Pablo, eh. Me volvéis al niño loquito.
-Sí, sí, ya me callo. -poco tardé en volver a chillar. -¡se mueve!
-Sí. Se mueve y duele. -me miró de reojo. Pero mi sonrisa al ver al pequeño era imborrable. -¿quieres coger el móvil de una vez?
-Déjalo. Estoy ocupada. -lo cierto es que mi móvil no paraba de pitar. Decidí apagarlo sin ver siquiera quién me buscaba.
-Puede que sea importante… -me advirtió. -a ver si tiene que ver con el concierto de mañana. -ahí podía tener razón…
-¡En cuanto termine de contemplar a mi bebé! -exclamé.
-¿El niño es mío o tuyo? -preguntó entre risas la embarazada.
-Tuyo, tuyo. -contesté segura.
-¿Le gustan mucho los niños? -se dirigió a mí de forma respetuosa, el hombre que le hacía la ecografía.
-Mucho. -asentí.
-¿Al final fueron a tu casa los hijos de Yaiza?
-¿Yaiza? -me perdí.
-Sí. La novia ésta de Vanesa. -Yaiza decía…
-¡Úrsula! -corregí. Asintió. Ahora se había acordado.
-Un nombre raro era. -se excusó.
-Sí que vinieron. Estuvieron jugando con los perros y eso. Pero la madre no tardó en llegar. -reí. -será que no se fiaba mucho.
-Será. -carcajeó. Ese día me lo pasé en grande. Como si fuera tan pequeño como ellos. Me apasionaban los niños. Y más en la edad en la que se encontraban Joselu y Ana Belén. Eran tan extremadamente curiosos. Les encantaba descubrir cosas nuevas, preguntar, jugar con todo. Echaba de menos esa vida. Me gustaría volver a mi infancia por un día…
Salimos de la ecografía muy contentas. El niño estaba sanísimo. Lidia nunca había fumado. Y bebía lo justo, nunca se emborrachó, ni nada por el estilo. Se estaba cuidando mucho durante el embarazo. Comía todo lo que le decían, y se abstenía de lo que no podía. Aunque también tuvo sus antojos. Pablo tuvo que salir corriendo al supermercado en alguna ocasión.
-Es raro verte así. -le dije. Siempre había sido pequeña y delgadita. Se me hacía extraño verla siendo todo lo contrario.
-¡¿ME ESTÁS LLAMANDO GORDA?! -nunca debía provocar a una preñada.
Conducimos hasta su casa, donde me invitó a pasar. Pablo nos esperaba allí con la cena ya hecha.
-¡Marina! -me saludó muy contento.
-¿Y a mí qué? -Li estaba demasiado susceptible. Se acercó y le dio un beso. Se agachó y acarició la enorme barriga.
-¡Hola enano! -qué monada.
-Oye, ¿miraste el móvil? -se me había pasado por completo. Lo volví a encender. Twitter se había revolucionado. Los WhatsApp ardían.
-Pero qué… -murmuré para mí. Los dos se giraron. -¿has visto la tele? -me dirigí al chico.
-No, he estado limpiando un poco la casa. ¿Qué pasa? -me mordí el labio. Solo tenía comentarios de "No me esperaba esto de ti…", "el corazón roto", "no me lo puedo creer", "esperemos que sea mentira...", "Malú no se merece esto". Acompañados del nombre de una cadena de televisión. Me dirigí a la aplicación líder. Conocidos míos me decían lo mismo, o cosas por el estilo. Un pinchazo en la garganta me dejó completamente muda. 17 llamadas perdidas de Malú. Unas cuantas más de mi madre. Otras de la suya, y yo sin entender qué coño había hecho para provocar tal alboroto. Y mientras yo intentaba averiguarlo, otra llamada de mi chica sacudió el teléfono. Lo cogí antes de que empezara a sonar.

-No me lo puedo creer. Te juro… que aún no me lo creo. -suspiró en un llanto. -ayer mismo me prometiste que solo me querrías a mí… que siempre estaríamos juntas… 

viernes, 29 de agosto de 2014

T2. Capítulo 11. VAMOS.

Lejos de aquella vez que entré por primera vez en la discográfica, lejos de aquella guitarra hecha polvo, lejos de esas piernas temblorosas antes de entrar al casting de La Voz. Lejos de aquella Marina con sueños imposibles estaba yo sentada de nuevo en esa silla esponjosa y verde, con unos cascos que triplicaban el tamaño de mis orejas y un micrófono sobre la mesa, muy cerca de mis labios. Había crecido, tanto profesional, como personalmente. Los viajes que realicé me abrieron la mente, había estudiado y trabajado con grandes profesores. Mis conocimientos sobre música aumentaron vertiginosamente. Así que este disco sería mil veces mejor que el anterior. Estaba segura de ello. Por eso no tenía ningún miedo, tenía una enorme corazonada.
El presentador anunció mi llegada a la radio, y posteriormente, me invitó a saludar. Estaba feliz, muy feliz. Deseando empezar de nuevo. Pero lo que más quería era que mis tan desesperados fans escucharan mi trabajo. Ese en el que había dejado mi piel. Probablemente estaba tan ansiosa como ellos.
-Y por fin podemos oír lo nuevo… -el chico alzó la bandera que indicaba la salida. La carrera comenzaba ahora y duraría 3:45 minutos. ¿Alcanzaría la meta mi disco? El single había sido un éxito rotundo, posicionándose en lo más alto de la lista. Aunque nadie entendía por qué una canción de desamor. Les sorprendí. Esperaban como locos una maravillosa historia de amor creada en el amoroso entorno entre Malú y yo. Nuestro equipo y yo elegimos esa precisa canción porque pensamos que destacaba sobre el resto. A parte del factor sorpresa por parte de la audiencia. Pero por supuesto que había temas romanticones capaces de acariciar sensorial e imaginariamente a los oyentes. -hemos preparado también una sección de preguntas. ¿Preparada para responder a tus grandes seguidores?
-Por supuesto. -dije después de asentir, cuando caí en la cuenta de que la gente no podía verme… Me sentí algo estúpida.
-¿Cuándo empezará la gira? Me muero por verte en directo. -leyó pausadamente. -María, de Fuengirola.
-Pues, María de Fuengirola, -empecé. El presentador rió simpático. -antes de la gira voy a hacer algunos conciertos entre esta semana y la que viene para presentar el disco. Ya podéis sacar las entradas desde mi página web. Lo hacemos sobre todo con la finalidad de conocer cómo suenan las canciones en directo para saber preparar una gran gira. Los alternaré con las firmas. Que por cierto, hoy tenemos la primera en el Corte Inglés de Callao. -aproveché para informar.
-¡¡Allí estaremos!! -exclamó. -¿Continuamos?
-Por supuesto. -me acomodé mejor en la silla, esperando la siguiente cuestión.
-Álvaro, de Lérida, nos pregunta a cerca del título del disco. ¿Cómo se te ocurrió? -puse los ojos en blanco. Maldito Álvaro.
-El nombre lo elegimos mi mánager y yo. Es una elección difícil porque debe llamar. Debe entrar por la retina, o los oídos. Hay que pensar mucho en el marketing. Tenemos que conseguir que alguien que entre en una tienda lea el disco y sienta curiosidad por él. Mari, mi representante, tiene estudios sobre publicidad, así que no fue nada complicado. Creemos que resume de una manera elegante todas las canciones del disco.
-La verdad es que es muy original. Bueno, sigamos. -apuntó algo en su cuaderno. -Nos viene una pregunta de aquí mismo, de Madrid. Carla pregunta si contrataréis… -rió antes de leer. -una orquesta para vuestra boda, o cantarán los invitados. O vosotras mismas. -carcajeé.
-Eso no puedo responderle. Manda la suegra. -reí con el resto, al darme cuenta de lo que había dicho. Seguro que ahora vendrían más preguntas sobre esto… Y antes de que lo pensara… empezaron.
-¿Cómo que manda la suegra?
-Ella y mi madre están organizando nuestro enlace. -expliqué. -les hacía mucha ilusión…
-Oh, me imagino que es un gran detalle. Estaréis hasta arriba de trabajo.
-Pues sí. Es un lujazo. -sonreí.
-¿Te llevas bien con doña Pepi? -lo sabía.
-Ofú. -bromeé. Rieron de nuevo. Qué les encantaba un cotilleo. -tiene mucho carácter. -volvieron a carcajear. -Nah. -intervine desairada. -me llevo muy bien con ella y con toda la familia. Los quiero mucho a todos. Les mando un saludo y un beso muy grande desde aquí.
-Mira, hablando de Malú, tenemos una pregunta sobre ella.
-A ver… -ya tardaban en sacar el tema.
-Sonia, de Mérida, quiere saber si tu chica piensa sacar disco pronto. Sinceramente, yo necesito oír algo nuevo también. -se había tomado demasiado tiempo sin sacar nada nuevo. Era normal. Pero también se merecía un descanso. Llevaba un ritmo inhumano de vida.
-Pues no os preocupéis porque muy prontito se va a poner en marcha. Ella también está loca por volver a la carga.
-Claro, imagino que te verá a ti con tu disquito nuevo y le entrará el gusanillo. -reí asintiendo.
La entrevista continuó desvelando y comentando los temas uno por uno. Elegí aquella cadena por eso mismo. Adoraba analizar cada canción y dejarle claro al público las intenciones que tenía cada una de ellas. El significado.
Salí por la puerta eufórica. Mis ganas de leer los comentarios sobre el CD eran tales que no pude esperar a llegar al coche. Fui leyéndolos mientras Mari me guiaba por los pasillos.
-Papelera. -me advirtió. Pero me la comí. -¡mucho disco mucho disco, pero eres más idiota que…!
-Gracias… estoy bien. -hice una mueca. Todos parecían contentos con los temas. Aunque también había desagrado por parte de otras personas. Para gustos los colores, dicen.
Conducimos con la velocidad típica de Mari por las calles agitadas de Madrid hasta llegar a la cafetería del Corte Inglés. Allí ya estaba el equipo de seguridad, las vallas, y algunos de mis seguidores en la cola.
-Espera. -le pedí. Quería pasar a saludarles.

-No estarás pensando en… -corrí hacia ellos. Los escoltas que vigilaban la cola y el recinto donde tenía que subir para firmar se pusieron muy nerviosos. Les pedí que se relajaran. Todo controlado.
-¡¡¡MARINA!!! -chilló una fan alocada.
-¡Hola chicos! -anduve por la cola agradeciéndoles el cariño y el apoyo que me daban día a día.
-Esta niña está loca…de verdad. -oí a mi mánager hablando con el máximo responsable de la firma. -la próxima vez la traigo con correa. Una joven con la cara pintada con mi nombre me agarró el brazo fuertemente. En seguida, uno de los de seguridad se acercó a llamarle la atención.
-¡Cómo te admiro! -gritaba. Observé durante aquella visita express y sorpresa la diferencia entre la firma de ahora con la del anterior disco. Más gente, más locura.
-Por favor, vuelve atrás. -me dijo. Di un salto y me despedí con la mano al resto.
-Ya te vale. -me dio una cachetada en el trasero.
-¿Qué? -me reí. -vamos a comer, anda. -al fin a llenar mi estómago. La jornada intensiva de promoción había sido agotadora. Lo peor es que no había acabado…
Me quedé sentada en la mesa mientras Mari pedía la comida. Le di vueltas al smartphone. Estaba tardando más de la cuenta. De repente, y sin yo esperármelo, una chica se me sentó a mi lado.
-¿Hola? -me quedé pillada.
-¡¡Hola guapa!! -me puso ojitos. Era la primera vez que la veía, pero algo en su cara me sonaba. Cómo si la hubiese visto antes.
-¿Nos conocemos? -le pregunté extrañada. Se me acercó. Quizás demasiado, entrelazando su brazo con el mío. Me dio un beso, pegando extremadamente sus labios en mi mejilla. Pulsó mi rodilla, lo que me provocó una carcajada. Moví la silla hacia el lado contrario para despegarme.
-Solo quiero un autógrafo. -dijo inocente. Un cambio que me chocó.
-Vale… -me dio un boli. Cogí una servilleta y le di lo que quería. Después de eso, se marchó como si nada. Qué situación tan extraña…
-¡¡Listo!! -mi representante se sentó frente a mí con la bandeja. No dudé en contarle lo ocurrido. -últimamente hay mucha loca suelta… no te asustes.  -si ella lo decía…
Y por fin, a las 5 y media, comenzó el espectáculo. Antes que nada, toqué el estribillo de algunas canciones. Me senté en el filo de la plataforma con mi inseparable guitarra y les regalé un pequeño acústico. Los aplausos se sucedieron hasta quedar sentada en el banquete. Me apoyé un poco y dejé los pies en el suelo. Echaba de menos el contacto directo con mis seguidores. Era vital para sentir que tu música valía, que hacía feliz, que significaba tanto para ellos como para mí. Abrazos, fotos, firmas. Muchas firmas. Esta noche tocaría meter la mano en hielo.
Me encontraba totalmente concentrada en despedir a uno de los asistentes, cuando oí una voz familiar. Giré la cara y no me lo pude creer. Los silbidos rompieron los murmullos.
-¡Malú! -me quedé atontada mirándola. ¿Cómo se le había ocurrido?
-Yo también tengo derecho a una foto y una firma. -sonrió. La abracé. Me besó. Para qué lo hizo. Se desató la locura. -no es por nada, pero somos la pareja del momento. -rió en mi oreja. Llevó la broma a los extremos, puesto que se hizo la foto e insistió en que le firmara el álbum. Yo no podía parar de reír. Me había sacado los colores. -ay, se me olvidaba. -sacó un ramo de flores de su espalda. -no es justo que siempre seas tú la que regale flores.

miércoles, 27 de agosto de 2014

T2. Capítulo 10. QUÉ ESPERABAS.

Era una oportunidad buenísima para descubrir más sobre ella. Úrsula nos había invitado a su casa, una cena de doble pareja, decía. Vaya encuentro raro. Dos ex y sus respectivas novias. Todo muy normal.
-A ver qué nos encontramos. -dejó caer en el aire Malú, mientras se vestía formalmente.
-¿Por qué tan guapa? O sea, no. -se rió. -¿Y AHORA QUÉ ME PONGO YO?
-Cariño, relájate. -me pidió entre risas. -ponte este vestidito, anda. -lo miré. Torcí el gesto. -¿éste? -señaló otro. -sonreí. -puedes hablar, ¿sabes?
-Las palabras se las lleva el viento.
-Y tú te llevarás las hostias si no estás lista en cinco minutos.
-Y besos también, ¿no? -le puse morritos. Puso los ojos en blanco y se encerró en el baño. -oye, no me dejes así. -oí una carcajada. A veces era demasiado mala conmigo.

Subimos al coche y conducimos hasta Torrejón, donde cenaríamos. No estaba ni lejos ni cerca, 40 minutos. Lo que solía durar un álbum. Perfecto. Malú introdujo el nuevo CD de un grupo novato.
-Son buenos. -opinó. Yo seguí bailando la canción con la cabeza. -tienen madera, ¿no?
-De roble, mínimo. -soltó una risa ahogada. Era la única que me reía los chistes malos.
Llegamos al piso antes de las nueve, la hora de quedada. Orgullosas de nuestra puntualidad, llamamos al porterillo. Algo mugriento.
-¿Sí? -era la voz de Vanesa. Nos abrió y entramos al portal. Enseguida entramos en el ascensor. Las luces temblaban y algunas teclas estaban pintadas.
-Madre mía… -suspiré. -da miedito.
-Parece que ahora va a aparecer Freddy Krueger… -reí al oírla. Pero no, no estaba el terror personificado del cine. Estaban las dos chicas y la puerta C abierta.
-¡Bienvenidas a mi paraíso! -exclamó alzando las manos. Malú y yo nos miramos incrédulas. Úrsula era un personaje. Mi chica se acercó a mí y susurró muy bajito: "tal y cómo me habías descrito". Sonreí. Nos saludaron muy cordialmente y nos invitaron a pasar. Nada más entrar había un espejo, algo oxidado por los bordes. A la izquierda, una cocina algo pequeña. Tenía lo básico. Tras una puerta se encontraba el salón-comedor. Las paredes eran amarillas y el suelo de mármol. Una mesa de madera muy clarita, rodeada por seis sillas, tomaba el nombre de "comedor". Sin ningún separador, estaba ya el salón. Dos sofás tapizados de leopardo y cojines a rayas. Una mesa en el medio, y debajo, una alfombra de lunares que parecía no tener nada que ver. Un televisor plasma con el plástico aún puesto descansaba sobre un pequeño mueble, que aguantaba como podía cientos de marcos de fotos. Sus dos pequeños interrumpieron la visita guiada.
-¡Hola! -saludó el mayor. -Yo soy Joselu, y mi hermana es Ana Belén. La pequeña se escondía tras él. Era morena, con los ojos muy claros. No sabría decir si eran azules o grises. Su hermano, sin embargo, era pelirrojo, con las mejillas llenas de pecas. Jamás diría que Úrsula era su madre. Malú en seguida se hizo amiga de ellos. Tenía un don para los peques. -ven, te voy a enseñar nuestro cuarto. La madre nos sonrió y nos dijo que fuéramos con ellos. Ellas dos se quedaron allí.
-¡¡Menuda habitación tenéis!! -exclamó. -¡tenéis un hámster! -observó a aquella especie de ratón dando vueltas sin parar en una rueda.
-Se llama gordinfón, porque come mucho. -dijo con voz muy aguda la niña. Reímos. Era muy mona, Vanesa tenía razón.
-¿Os gustan los animales? -les preguntó.
-¡Nos encantan! Pero mi mami no nos deja tener un perro… -intervino el chico.
-Vaya, yo tengo muchos. -respondió mi prometida, enseñándoles fotos de su "zoo".
-¡¡Qué bonitos!! -estaban locos con Malú. -oye, ¿podremos jugar luego a La Voz? -reímos. Ella asintió. Sabía que lo haría. Vane y su novia nos llamaron. La cena estaba lista. Al parecer, los chiquillos ya habían comido. El plan de su madre era acostarlos en cuanto llegáramos, pero ese plan era difícil de realizar, así que los dejó correteando alrededor nuestra.
-¡Dejadlas comer, eh! -les regañó, al ver que ya se acercaban.
-Mami, luego vamos a jugar a La Voz. -dijo la nena.
-No, vais a dormir. Dejar de molestarlas ya que no van a querer venir más.
-Tranquila, no es ninguna molestia. -sonrió. -me gustan mucho los niños.
-Sí, a mi también. -añadí.
-Oh, ¿pensáis adoptar, o algo? -preguntó.
-Algo haremos, sí. -reí. Ya lo habíamos comentado antes y cada vez teníamos más ganas de ampliar la familia.
Úrsula y Vanesa parecían ya una pareja completamente formal. Se llevaba muy bien con sus hijos, incluso la llamaban mamá. Por lo que descarté la idea de que la cuarentona buscara divertirse. No creo que quisiera hacerle ese daño a sus propios descendientes.
Después de la larga cena, nos invitaron a ver la tele con unos mojitos.
-La tele es super nueva. -dijo ella. -¡me la ha regalado mi Vane! -la besó. Mi ex sonrió ligeramente.
El hombrecito de la casa se acercó al vaso de su madre y le dio un sorbo.
-¡JOSELU! -chilló ella, provocando nuestras risas. -¿borracho con 8 años? -el niño salió corriendo sin parar de reírse.
-Malú, Malú, Malú, Malú, Malú, Malú… -la niña tiraba de su vestido.
-¡Dime! -respondió sobresaltada, soltando el vaso cargado de hierbabuena en la mesilla.
-¿Vamos a jugar? -por fin perdió la vergüenza. Era muy reservada, apenas había dicho unas dos o tres palabras en la noche.
-¡Niña, deja a María Lucía! -le gritó.
-¡Uy, no me llames así!
-Perdón, perdón. -se disculpó.
-María Lucía se llama mi amiga. -se movía sobre sí misma la peque. Mientras nosotras comentábamos el programa de moda… los niños movían y movían cosas entre la mesa donde comimos y el sofá.
-¡¡¡LISTO!!! -gritó el mayor, agarrando el mando de la tele. La apagó.
-¡Niño! -exclamó la madre.
-Malú, ven. -la agarró de la mano y la levantó del asiento.
-¡Queréis dejarla ya! -parecía apurada. La llevaron hasta una silla de escritorio, de esas que tienen 5 ruedas. Le dieron la vuelta.
-¡Yo también quiero jugar! -chillé. Me trajo otra y me puso a su lado, también de espaldas.
-¿Pero qué hacéis…? -preguntó sin tener ni idea Vanesa. Apagaron las luces y escuché el golpeo de una guitarra muy desafinada. Luego, la dulce y nerviosa voz de la niña. -ya os vale.
Malú se giraba, agarrándose a mí, a otra silla, y moviendo los pies en el suelo. Le costó la vida girarse.
-Prefiero el botón… -suspiró. Luego me giré yo, haciendo mil y una gilipolleces. El chico estaba sentado sobre una especie de caja, con una guitarra española de juguete que le estaba muy pequeña. Su hermana al lado, con un micro rosa entre las manos. Joselu se levantó nervioso, tiró su "instrumento" al sofá y se puso corriendo una corbata.
-¡¡La corbata de los domingos no!! -Úrsula estaba desesperada.
-¡Parece que hay dos coaches que quieren a Ana Belén! -gritó al puro estilo Jesús Vázquez. Yo estaba muerta de la risa.
Aquella noche me di cuenta que sí, que eran una familia completamente normal. Que a veces las apariencias engañan, y aunque tengan un sofá de leopardo, son buenas personas. Que aunque la luz del ascensor esté estropeada, la sonrisa de dos niños pueden iluminar un hogar. Y sí, Vanesa podría ser feliz con ella. Y no solo eso, también podrían ser nuestras mejores amigas. Aquellos dos retoños fruto de una relación cortada por la muerte eran pura vida. Eran especiales. Como también descubrí que Vanesa había estado faltando al trabajo porque se quedaba con los niños, ya que Úrsula tuvo varias citas en el médico.
Antes de salir del piso, nos despedimos de los dos pequeños, completamente agotados tras jugar con nosotras al programa de televisión donde conocí a Malú.
-Cuando queráis venís a mi casa y jugamos otra vez. -cogió en brazos a Ana Belén.
-Sí, quiero conocer a "Dranka". -dijo torpemente.
-Danka, idiota. -le corrigió su hermano. La madre le dio un chancletazo en el trasero como castigo.
-¡NO DIGAS PALABROTAS!
-No he dicho palabrota, he dicho idiota. -se llevó otro.
-¡¡NO ME VACILES!!
Nada más salir de allí, mandé dos mensajes con diferentes destinatarios. El primero a Vanesa. Se merecía una disculpa… Y otro a Natalia, en el que le aseguraba que no tenía por qué preocuparse.
-Parecen una familia completamente normal… -dije, arrancando el coche.

-¿Y qué esperabas?