miércoles, 11 de junio de 2014

EPÍLOGO.

Toda noche especial, según Malú, merecía un baño de agua caliente. El vapor convertía la habitación en un auténtico bosque de niebla. El espejo había quedado empañado, al igual que la pequeña ventana, muy cerca del techo. Apenas se visualizaba nada. Ni siquiera la veía a ella, que estaba a medio metro de mí, pegada al borde de la bañera. Tenía la cabeza echada hacia atrás, de forma que sobresalía. Sus ojos estaban completamente cerrados. Su cuerpo respiraba y espiraba. Mis piernas se mezclaban con las suyas en el fondo. Una leve sonrisa se nos escapaba cuando nos rozábamos. Me sentía como en el edén. ¿Qué más podía pedir en ese instante? Una paz enorme rodeaba nuestro ambiente. Y una vez más, el resto de mortales y el mundo desaparecían para quedarnos a las dos solas. Levantó la cabeza levemente, al mismo tiempo que entreabría los ojos.
-Qué bien se está. -dijo con la voz algo quebrada. -no saldría de aquí por nada.
-¿Ni aunque hubiese un pastel de chocolate en la cocina? -pregunté con una sonrisilla. Abrió los ojos como platos.
-¿¿CHOCOLATE DÓNDE??
-Eres una glotona. -reí.
-Y tú una mentirosa. Pues ahora vas a comprarlo. -me salpicó. Yo negué con la cabeza y solté un vago "no tienes remedio". -venga. -levantó mis piernas y las puso sobre el borde, haciéndome resbalar. El agua me cubrió. Me ayudé con las manos para salir. Tosí por el ahogamiento mientras Malú se reía sin consideración alguna.
-No llevo ni una noche viviendo contigo y ya me vas a matar. -dije con los ojos rojos.
-Te voy a matar de amor, ven aquí. -tiró de mis brazos, tumbándome de espaldas en su pecho. Rodeó mi cintura y acarició mi barriga. Dio un pequeño beso en mi pelo y apoyó su barbilla en él. -que yo en el fondo te quiero, eh. -reí.
-Me quieres matar, sí. -bromeé. Entrelazamos nuestros dedos y volvimos a quedarnos en silencio. Retornamos al paraíso, esta vez, sintiendo su piel bajo la mía. -¿tenías pensado decirme eso en el concierto?
-No, no en el concierto… pensaba decírtelo cuando vieras las llaves de casa. Pero no aguanté más, ya sabes cómo soy de impulsiva.
-Bueno, ya estaremos en todos los programas de televisión… -murmuré entre risas.
-Somos TT. -me dijo. Me giré impresionada para mirarla. Asintió. -me lo ha chivado Vero. Almohadilla boda Malú. -dijo todo seguido.
-Qué cotilla la gente, oye. -comenté.
-Anda, no te quejes que nosotras somos las primeras. -reímos.

Quién sabe qué pasará con los planes de boda, nuestra vida en pareja, su carrera, la mía. Había tantas cosas por descubrir, por vivir, que pondría el acelerador del tiempo ahora mismo. Tenía muchísimas ganas de todo. De aprender cosas nuevas, de visitar nuevos lugares, de encontrar nuevos retos, de conocer a más gente. Me sentía intrigada por el mañana. Cómo serían las cosas dentro de unos años. Lo que yo solo deseaba era que la persona que se encontraba bajo mi cuerpo, protegiéndome en sus brazos, fuera con la que despertase en cada amanecer, con la que compartiese cada desayuno, almuerzo y cena. Quería que fuese esa chica que me alegrara las mañanas, las tardes y las noches. Aquella a la que confiase todos mis secretos y mis verdades. Esa mujer que estuviese conmigo en mis mejores y en mis peores momentos. Y a pintar, por qué no, el árbol de nuestra familia. Llenar las paredes de fotos, tener los pasillos llenos de huelas dactilares con tempera, crear una nueva generación. ¿Por qué no soñar? ¿por qué no imaginar?

Nadie puede predecir qué pasará. Nosotros somos los dueños de nuestro destino. Hagamos lo que queramos, cumplamos nuestras metas y labremos nuestra vida. Esa vida que siempre hemos querido tener. Si he conseguido sacar mi disco, ¿por qué no podría cumplir mis siguientes objetivos? ¿Quién me lo podría impedir? ¿Qué me podría frenar? Nada podía arrancarme la felicidad. Ya había sufrido bastante, ahora llegaba lo bueno. Ahora tocaba ser la afortunada. La que gozara y divirtiera como nunca. Aunque ya era infinitamente feliz, no hay que ser conformista. Hay que aspirar más allá. Yo quería desafiarme. Conseguir rozar el universo con mis propios dedos. Yo quería la alegría, el éxtasis, el agrado, la satisfacción, la placidez. Y cómo no, ella venía conmigo. La arrastraría allá donde fuera. Siempre conmigo, siempre con ella. 

"Gracias a todos los que habéis leído la novela. Personas que me acompañaron desde el primer capítulo hasta el último, otras que se incorporaron por la mitad, y otras, que de forma completamente loca, se engancharon a la trama y se leyeron la novela en dos días. Pasaron horas y horas pegados a la pantalla siguiendo con intriga la historia de Marina y Malú. Gracias a todos los que después de leer cada nuevo capítulo, dejáis vuestro comentario, vuestro RT, vuestro fav. Gracias a los que la habéis compartido, añadiendo nuevos lectores a ella. Sumándolos a la cadena. Deciros que esto no es el final, ni mucho menos, es el comienzo de una nueva parte. Habéis leído, que digo, vivido, en la carne de Marina, su historia y el principio de su vida. Pronto habrá más, anuncio así, una segunda temporada en la que habrá más drama, más amor, más pasión. A estas dos cantantes les quedan muchas cosas que pasar... ¡¡No sabéis cuántas!! Espero volver a engancharos, a robaros vuestro tiempo para encarnaros en un personaje y haceros olvidar un poco del mundo. Espero, de verdad, que sigáis de nuevo conmigo." 

Quiero mandarle saludos a determinadas personas que me ayudaron muchísimo durante el curso de mi novela. Es un enorme trabajo que, a veces, requiere consejos y opiniones para saber si realmente lo estás haciendo bien. Esto va por mi hermana y Lidia, que leían lo escrito, en ocasiones, antes de ser subido. Que gracias a una estúpida idea o una frase, ponían mi mente en marcha y sacaba algo de ahí. A Marina, que le dio nombre al personaje principal y que apostó por la novela incluso antes de escribir el primer capítulo. A mi grupo de maluleras, las cuales se enteran de las novedades y disfrutan de adelantos exclusivos. Con las que me evado de vez en cuando y paso ratos divertidísimos. A Yolanda, por su distribución y sabios consejos. A Isabel, que devoró las páginas sin pestañear, y me ha dado esta grandísima idea de escribir la segunda temporada. Y a todos los que me escribís por privado, me buscáis, me preguntáis cuándo subo desesperadamente. 
¡¡HASTA MUY PRONTO!!

jueves, 5 de junio de 2014

Capítulo 77. HÁBLAME.

Me dejó fría, impactada, confusa. Mi cuerpo temblaba. Mis manos eran incapaces de sujetar el micro sin moverse. Me miró de reojo, sonriente. La quería matar, si no me moría yo antes. Estas cosas se hablan, se avisan. Me había pillado por sorpresa completamente. Se acercó a mí y me preguntó, susurrándome al oído, si estaba bien. Le negué con la cabeza. Se echó a reír, al igual que el público, que disfrutaba del espectáculo.
-Te noto un poco…
-¿Pálida? -pregunté a la vez que chillaba. Yo asentí junto a ella. -lo sé. ¿cómo me haces esto? -exclamé seria, pero al segundo empecé a reírme y la abracé. No sabía qué decir, era una situación tan extraña… Abandonamos el recinto entre grandes aplausos y silbidos. Había sido una noche inolvidable. Iba a quedar grabada en mi memoria para siempre. No lo dudaba. Al llegar al camerino, donde caí rendida en el pequeño sofá, miles de notificaciones llegaron a mi móvil.
-La que has liado guapa… -suspiré. Ella rió, acomodándose a mi lado.
-Anda, come algo. -me dijo.
-No puedo, estoy muerta. -contesté, con la lengua fuera.
-Venga, y así saludamos a los fans que siguen en la puerta.
-¿Hay gente? -pregunté incrédula.
-Hay un grupito en la salida esperando a que salgas. -sonrió. -así que, aligera y a ser amable. -me presionó. -tienes que cuidar cada gesto que haces… lo valorarán mucho. -me aconsejó la maestra.
-Sí, mamá. -bromeé.
-Prometida. -corrigió sonriente. El corazón me dio un vuelco. Resoplé. -hoy te acabas muriendo.
-No, no. Hoy me acabas asesinando. Qué mujer, joder. Nada, que te has levantado con ganas de matarme. -rió exageradamente, con aquellas carcajadas que se quedaban grabadas en el alma. -¿quieres? -le ofrecí la hamburguesa que amablemente me había traído Li de un lugar de comida rápida.
-Ya he cenado, cariño. -rechazó mi oferta. Oímos la puerta de la pequeña sala. Invitamos a la persona a que pasara. No podía creerlo.
-¡¡Raúl!! -pegué un salto de la silla y salté sobre él. Me cogió y dio vueltas por la habitación. Escuchaba las risas de Malú de fondo. -¿qué haces aquí?
-Pues nada, que he venido a verte. Has cantado de puta madre, "mi arma".
-¡¡Mi sevillano!! -se acercó su excoach a saludarlo. -¿qué tal va todo?
-Espera, espera. Antes de nada, ¡enhorabuena chicas! Espero mi invitación de la boda, eh.
-Claro que la tendrás.-reí. -venga, cuenta cómo te va. -insistí.
-No muy bien… por desgracia. No encuentro nada. -explicó afligido. El mundo de la música era complicadísimo. Yo misma lo conocía.
-Ya verás como sale algo. -le animé. 
-He hecho castings para musicales, otros programas de canto… pero nada, no hay manera. -se quejó. -le pedí que se sentara un rato a hablar con nosotras mientras terminaba de cenar.
-Podría presentarte a productores. -propuso María Lucía. Al chico se le iluminaron los ojos.
-Por favor, por favor. Me harías un enorme favor, en serio. -rogaba. Ella reía.
-Tranquilo, que sí. -le aseguró. Qué buena persona era.
Después de estar un rato charlando con mi compañero, salimos al exterior. El grupito de marineras seguía allí reunido. Varias chicas estaban sentadas, apoyadas en la pared. No se habían dado cuenta de nuestra presencia. Me senté al lado de una de ellas, cómo quién no quiere la cosa.
-¡Hola! -exclamé. La joven pegó un respingo. Miro hacia mí y vio quién era. -¿qué tal?
-¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!! -chilló, reventando mi tímpano. Malú estaba de pie, contemplando la divertida escena junto al andaluz. Nos levantamos del suelo y me saludaron una por una. -ay, que no me lo creo.
-Chica, respira.
-¿Pero eres tú? -preguntó dudosa. Palpó mi brazo. -¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAH!!! -vio a mi prometida. Corrió hacia ella y la abrazó. -¡¡Malú!! ¡¡Malú!! -el resto del grupo la imitó, sin llegar a asaltarla, sino manteniendo las distancias.
-¿Os parece si nos hacemos una foto? -pidió una de las más calmadas. Nos colocamos y tomamos la fotografía. -llevamos aquí desde las seis de la tarde, estamos agotadas.
-Guau, yo también estoy cansadita. -intervine.
-¿Puedo darte otro abrazo? -yo reí y asentí con la cabeza. La euforia de la quinceañera me mataba. Me parecía muy graciosa la chavala.
Nos retuvieron un rato más, no pillaban las indirectas de que nos teníamos que ir. Cuando conseguimos deshacernos del fandom, cogimos el coche y marchamos a su chalet. Fuimos atendiendo las llamadas telefónicas. Nuestra familia y amigos más cercanos no paraban de intentar contactar con nosotros para felicitarnos.
-¿A quién llamas? -le pregunté, al ver que encendía el manos libres.
-Mi madre, que no puede aguantar más. -me explicó sonriente. Se la veía muy ilusionada y convencida.
-¡¡AYAYAYAYAYAY!! -exclamó. Nos miramos risueñas. -qué emoción. Felicidades mis niñas.
-Gracias. -contestamos a la vez. Hasta para eso coincidíamos. Éramos tal para cual.
-Me pido organizadora de la boda, eh.
-Mamá, relájate, eh. -le advirtió Malú, pero pasó totalmente. Empezó a hablar de cientos de lugares a los qué podríamos ir, el color de los manteles, la pamela… -¡¡¡MAMÁ!!! -tuvo que gritar para conseguir callarla.
-Ay, que mi hija se me casa. -era normal. Yo entendía su desmedido entusiasmo.
Como vio que era casi imposible mantener una conversación seria, Malú se despidió de su madre y colgó.
-Me estoy empezando a agobiar. -confesó. -me lo veía venir. -me quedé mirándola.
-¿De verdad quieres?
-Te he dicho que estoy segura delante de todo tu público. ¿No me crees?
-Oye, no te pongas así, te he preguntado porque más vale aclararlo ahora y no cuando estemos firmando. -se había molestado demasiado.
-Sí quiero. -repitió dos veces. -¡Sí quiero! -exclamó por tercera vez, más alto aún. -solo te he dicho que me agobia todo esto.
-¿El qué exactamente?
-Los preparativos de la boda, los invitados, el convite… Es mucho estrés. -la verdad es que tenía razón.
-Bueno, para eso está la suegra. -bromeé. -relájate, anda. Aún nos queda tiempo. -se puso las manos sobre la frente. -eh, tonti. -me miró arqueando las cejas. -te quiero mucho.
-Y yo. -me besó. -va a salir genial. -arañó mi nuca con sus dedos.
-¿Lo dudabas? -sonreí torcido. -oye, si te agobia la idea de la boda y sus infinitos problemas… nos vamos a una playa desierta y allí mismo nos casamos solitas.
-No estaría nada mal. -lo pensó. -pero por otro lado, aunque tengamos que esforzarnos más, me gustaría compartir ese momento con los nuestros.
-Totalmente de acuerdo. -asentí. -¿cómo has cambiado tan pronto de opinión sobre eso de casarnos?
-Me sorprendiste cuando me lo pediste. No me lo esperaba, y me entró el miedo. Soy una cobarde, aquí donde me ves.
-Bajo esa armadura negra. -bromeé, ella me dio un codazo, pero sé que le hizo gracia.
-Lo he pensado mucho, y bien, y estoy segura, quiero hacerlo. -a mi no me cabía la sonrisa en la boca.
-Lo que jamás te perdonaré es que lo hayas contado en el concierto. ¿CÓMO SE TE OCURRE?
-Pero si ha sido precio… -no dejé que terminara de pronunciar el adjetivo.
-¡¡NO!! ¡Joder, qué vergüenza! -pataleé.
-Me apetecía presumir de novia, jo. ¿Cuántas personas cómo tú puede haber en el mundo? Tú, solamente. Y encima eres mía.
-Eres tonta. -me puse colorada. -bueno, que no me cambies de tema, que la has liado parda.
-Tenías que haberte visto la cara… -carcajeó fuerte. Temblaban hasta los botones de la chaqueta.
-Oye, ya vale. -me puse seria. Ella seguía con su escándalo. -ya hemos llegado. -la avisé, aparcando el coche cerca de su cancela.
-Gracias por traerme, amor. -nos dimos un beso y se fue alejando poco a poco. Yo me quedé allí, observando su silueta en la oscuridad. Aún no podía asimilar que había aceptado mi proposición. Que aquella mujer de pequeña estatura, larga melena y sombra larga iba a convertirse en mi esposa. Abrí la guantera, cosa que hacia siempre antes de arrancar para buscar un CD, y me encontré unas llaves con un papel insertado en el llavero.
-Bienvenida a casa, te quiero. -leí susurrando. Miré por la ventana y la tenía justo ahí. Metí un bote.
-¡¡Qué susto!! -exclamé, dando un brinco.
-¿Vamos a nuestro hogar, futura mujer? -abrió la puerta. Sonreí plenamente. -¿quieres decir algo? te estoy pidiendo que vivamos juntas. ¡Háblame!

-Algo. -se mordió la lengua, yo reí. -por supuesto. -salí y nos fundimos, una vez más, mientras la luna nos observaba desde el espacio. 

lunes, 2 de junio de 2014

Capítulo 76. CAMINANTE NOCTURNO.

-¿De verdad dijo que no? -se impresionó Mari.
-De verdad.
-Joder, con lo mono que te había quedado todo el paripé ese. -reí con su comentario. Fue la única que supo lo que tenía entre manos. Le conté la loca idea y cómo lo haría. -¿cómo estás?
-No me he enfadado ni mucho menos. Existía el riesgo de un no…
-Pero, ¿cómo te sientes? -insistió en averiguar lo que pensaba respecto a su rechazo. Me quedé callada pensando en la respuesta. Analizando lo que pasaba. Estudiando la reacción de Malú, esa conversación. La repetía en mi mente. -chiquilla, exprésate.
-Voy, voy. -reí. -pues no lo sé. Es algo raro. -resoplé. -sé que es una decisión complicada, y entiendo su miedo. Ha pasado todo muy rápido y necesitará más tiempo…
-Marina, aún eres muy joven. Tanto tú, como ella.
-¿Quieres decir que me estoy precipitando? -pregunté, sorbiendo el repugnante té que me había servido.
-Si no quieres no te lo bebas, lo digo por la cara de asco que has puesto. -reí. Me había pillado.
-Gracias. Soy anti-té. Si eso existe… -arqueé una ceja. La hice reír. Me trajo un refresco y retomamos la conversación, dejando a un lado los temas laborales que deberíamos de estar tratando.
-No es precipitado si tú lo crees conveniente. Me has entendido mal. Te he dicho lo de la edad por el hecho de que aún os quedan muchos años que vivir. -no podía tener mejor psicóloga. -lo importante aquí es si tú estás totalmente segura.
-Lo estoy. -dije sin miedo.
-Ay, Marinita… -suspiró. -qué enamorada estás, coño. -ya tardaba en volver a su vocabulario y forma de hablar tan peculiares. Parecía que el tema serio se estaba esfumando. -pues nada, vamos a trabajar. -nos pusimos manos a la obra. El fin de gira se acercaba, solo me quedaban dos salas por animar. Después de eso, pensaba tomarme unas vacaciones con mi chica. Relajarnos y perdernos en algún sitio lejos de periodistas. Eso estaría más que bien.

Y entonces volví a subirme a un escenario, la última vez ese año. Era una sala muy conocida por Madrid, mucho más grande que las anteriores. Eso no fue un factor inconveniente. Todo lo contario. Conseguí llenarla.  Se trataba de la sala caracol, donde los mejores artistas un día empezaron. Unas cuantas veces la visité, en busca de nuevos talentos que pudieran ocupar mi iPod. Y una vez más, cambiaba el papel. De estar debajo, a estar arriba.
Llevar a Malú allí era un secreto bien guardado. Lo habíamos hablado con el equipo y prometieron no decir nada.
La noche estaba siendo muy especial. El espacio cerrado me ayudaba mucho a ponerme en contacto con el público. Era mucho más acogedor. Me sentía cómoda. El espectáculo lo formaban tanto ellos como yo. Pablo López estaba con Li, podía verlos saltar como locos en la segunda fila. Cerca de ellos estaban muchos vecinos del barrio. Eso me hacía pensar que estaba en casa. Con ellos. No era lo mismo actuar en otra ciudad, donde no reconoces a nadie, que en tu tierra. Aunque sea adoptiva. Allí viví mis mejores momentos y conocí a gente increíble. Lo consideraba mi lugar, mi sitio.
Odiaba eso de parar de cantar y hablar. Me daba un miedo escénico horrible. Sonaba raro y paradójico. Pero era una realidad. Me daba mucha más vergüenza contar algo, que cantarlo. Aunque lo repelase, tenía que hacerlo. Me levanté del sillín y solté la guitarra. Cogí el micrófono y me acerqué al borde. Oí cómo chillaban.
-La siguiente canción es muy especial para mí. -sonreí y miré hacia la derecha. Ella estaba allí, adaptándose el pinganillo y mordiéndose la lengua. Me guiñó el ojo al darse cuenta que la estaba mirando. -giré la mirada hacia mi público. -fue. -hice una pausa. -fue la primera que le escribí a Malú. -no pude evitar soltar una risa mientras lo decía. Respondieron con silbidos. -a veces, supongo que os habrá pasado, conocéis profundamente a alguien y sentís que queréis estar con esa persona, y que por mucho que intentes revocarlo, esos sentimientos acaban saliendo. Son inevitables, incontrolables. -empezaba a ponerme nerviosa. Ya no sabía ni lo que decía. -el simple roce de su piel, una mirada, una sonrisa. O tan solo un rastro de su olor pueden llegar a erizar tu piel, a perder la noción del tiempo y creer que acaricias el cielo. Todo esto quise expresarlo en esta canción. Y qué mejor que cantarla con la persona que me hizo vivir todo esto. -los asistentes gritaron eufóricos. -¡MALÚ! -la locura se desató en la sala. Aplaudió y cruzó hasta llegar a mí como un caminante nocturno. Me preguntaba cómo reaccionaría. Cómo me saludaría. Qué haría yo. Estaba totalmente perdida, hecha un flan. Me abrazó. El albedrío no se calmaba. Me acerqué a susurrarle:
-Vamos a revolucionar esto aún más. Ella sonrió y saludó al entregado público.
                             

Cantamos cerquita, sin miedo a nada. Mirándonos, cogiéndonos de la mano en alguna que otra estrofa. Era todo demasiado perfecto. Por un momento, olvidé los focos, los músicos, los fans. Olvidé el mundo. Me centré en sus ojos, en los labios que articulaban mi canción. La cantaba suave, con cariño, la hacía especial. Tenía los vellos de punta. Era increíble. Irrepetible. Estaba completamente segura de que quería pasar con ella el resto de mis días.
Terminé con los ojos empapados. Demasiadas emociones juntas. Me abrazó mordiéndose el labio. Estuvimos unos segundos así.
-Muchas gracias. -gritamos. El cierre del concierto y gira no podía haber sido mejor. Por muchas veces que lo hubiésemos repetido jamás podría haber salido así.
-Antes de abandonar la sala, quería decir unas palabras. -me sorprendió Malú. Eso no estaba en el plan.
-Cómo no, ella tiene que tener su momento de sermón. -bromeé. Rieron. Ella me miró de reojo.
-A ver si te vas a quedar sin cenar, guapa. -solté una carcajada. -quería dedicarte unas palabras, graciosita. No, en serio, deja de reírte. -yo no podía parar. Los nervios no me dejaban. -pero Marina… -se quejó. Conseguí tranquilizarme bebiendo un trago de agua. Me cogió la mano y me adelantó un poco más. -quiero decir que la conocí hace más o menos un año… en aquellas audiciones en las que me dejó con la boca abierta. -reí. -no me interrumpas, pesada. Bueno, que, mirando atrás, recuerdo cada momento que viví junto a ella y la verdad, mi vida cambió a mejor. Había conseguido encontrar a alguien que me entendiese, que me apoyase cuando más lo necesitase. Era todo un poco locura, pero me dio igual. Ella me completa, me enamora día a día, me cuida y demuestra que haría todo por mí. Con mi gira por Sudamérica me di cuenta de lo importante que era a mi lado. La echaba muchísimo de menos. Creo que nunca extrañé tanto a alguien. Yo, en serio, os animo a que luchéis por vuestros sentimientos. Dejaros llevar por lo que sentís y olvidaros de todo cuanto os rodea. Lanzaros, sin miedo. No le hagáis caso a nadie. -se quedó callada. Le encantan las pausas. A mí me estresan. Quería que siguiera con sus maravillosas palabras.
-¿Algo más? -la animé a continuar.
-Sí. -volvió a  pararse. -hace unas semanas. -alzó la voz. -aquí la chica. -movió la cabeza señalándome. -me preparó una enorme cena de bienvenida en el jardín. Todo muy romántico… muy Marina, ¿no? -rieron. Yo estaba sonrojada. -lo que yo no sabía. -volvió a elevar su potente voz. -es el regalo que me tenía. -NO, NO, NO. Lo iba a contar. Me puse la mano en la frente. -había rellenado una enorme caja de emanems. El chistecito viene de M&M, Malú y Marina. -aclaró. -esperaros, esperaros. -dijo, acallando los "oh".
-Cállate. -le pedí. Ella rió y negó con la cabeza.
-Mirad qué rojita está. -se burló. Por un lado quería matarla, pero por otro lado, estaba jodidamente dulce. -en el fondo de la caja había este anillo. -lo sacó del bolsillo y lo enseñó. -me pidió matrimonio. -un enorme silencio se extendió por la sala. Yo no sabía si esconderme detrás de la batería o salir corriendo de allí. -y yo fui una idiota. Y le dije que no. -de vuelta los "ooooh". -pero lo he reflexionado mejor, he masticado esto a solas, conmigo misma. Y me he dicho, ¿por qué no? -no podía creer lo que estaba haciendo. ¿Y su privacidad tan bien guardada esos años de profesión?  -por eso antes os he dicho, dejaros llevar. Hacer locuras. Yo voy a cometer la locura más grande de mi vida. Pueda que sea un error, o pueda que un acierto. Solo sé que lo voy a hacer. Voy a casarme con ella.


domingo, 25 de mayo de 2014

Capítulo 75. LAS LLAMAS DE MI HOGUERA.

Su rostro cambió a palidez absoluta en menos de un segundo. Sus pupilas se cerraron, todo lo contrario que sus párpados, que se abrieron hasta no poder más. Sus labios se separaban unos milímetros, para después cerrarse junto a un pestañeo incrédulo. Tras esto, se quedó en silencio. Completo y crudo silencio. Mis latidos se multiplicaban sin medida. Su reacción me estaba matando por dentro. No tenía ni idea de qué pasaba en ese instante por su mente. Me invadí de curiosidad. ¿Sí o no? ¿Tan complicado era?
-Eh… este… -consiguió salir del shock con un tartamudeo.
-Eh este no es una respuesta. Sí o no. Solo es un monosílabo. -le dije.
-Marina… no es fácil. No es solo un monosílabo. Es un cambio de vida. -me dejó muda. Respiró hondo. -vamos a ver… -no sabía qué hacer con el anillo. Aún seguía sujetado por su pulgar y su índice, a la misma altura.
-Tranquila, lo entiendo.
-No, no es que no quiera…
-Ya está, no pasa nada. -me levanté algo desilusionada. Había preparado todo con mucho entusiasmo y me llevó un auténtico fiasco.
-Cariño, vuelve aquí. -me rogó. -por favor… -me senté esta vez a su lado. Me abrazó por el hombro y me besó en la mejilla. -escúchame. Tengo que pensarlo.
-No tienes que pensar nada, si no estás segura no lo hacemos y ya está.
-Solo llevamos ocho meses, entiéndeme.
-Ya sé que es precipitado. Fue lo primero que pensé cuando se me ocurrió esta loca idea. Pero me puse a recordar todo lo vivido contigo. Si lo extendemos y contamos todo lo que nos ha pasado verás que llevamos muchísimo más.
-No te lo niego… pero… ¿para qué quieres que nos casemos? Solo es un papel.
-Si solo es un papel, ¿por qué tienes tanto miedo? -le pregunté.
-No lo sé. Siempre he sido muy libre…
-¿No quieres atarte? ¿es eso? -la desafié. 
-No te pongas tan dura, me está costando mucho… -agachó la cabeza.
-Eres tú la que ha insistido en explicarse… -acaricié su pelo, calmándome a mí misma. -no pasa nada, de verdad. Ya te lo he dicho. -besé su frente y entrelazamos nuestras manos. Vi que el anillo lo tenía en el dedo. Rió. -¿qué te hace tanta gracia?
-No sé. -continuó con la risa floja. Se apoyó en mi pecho. -ni yo sé lo que quiero. Es que me acabo de ver el anillo en el dedo y me queda demasiado bien. -reí con ella. No sabía que significaba esa frase. Tampoco quería hacerme muchas ilusiones. Tal vez debía haberlo pensado más y no dejarme llevar por mis instintos. -¿cómo se te ocurrió? -me preguntó curiosa, sin perder de vista el complemento que ahora decoraba su dedo. -se me escapó una risa al recordarlo.
-La pila del reloj se me acabó y fui a la joyería a cambiársela. Mientras me lo hacían, me di una vuelta por la tienda. Había un estante dedicado a anillos de compromiso.
-Te imagino allí con las manos pegada al cristal y la baba cayéndote por la cara.-bromeó.
-Idiota… -suspiré. -bueno, que no pude resistirme.
-Ni te lo pensaste.
-Fue un loco impulso… luego me arrepentí un par de veces… pero aquí estoy.
-Y qué sientes ahora. -quiso saber. -¿quieres casarte conmigo?
-Eh, no vale devolver preguntas. No sabes jugar a esto. -me quejé. Me puso ojitos. -yo sí. Sí quiero. -dije, mirando al infinito. Ella se echó a reír. -déjame ensayar.
-Te dejo, te dejo. -rió. Cambió el gesto a serio de nuevo. Miró por enésima vez el diamante. Empezó a quitárselo lentamente.
-Quédatelo. -le pedí. -no pedí ticket de devolución, y mira que insistieron.
-Estás como una cabra… -murmuró. -¿a quién se le ocurre?
-A mí. -dije satisfecha. -anda, no te lo quites. Te queda genial. -sonreí.
-¿Es una técnica para que me encariñe con él y decirte que sí?
-Más o menos. -reí, mirando hacia otro lado. Me llamó tonta y me besó. -eres toda una bipolar. Responde. -se mordió el labio, pensando la respuesta. Acabó con una sonrisa estúpida.
-No tengo ni idea. -agachó la cabeza. -dame unos días, anda, por favor. -suspiré paciente. Ay, lo que tenía que aguantar. En realidad era bueno que lo masticara y digiriera durante unas horas. No era elegir entre un paquete de lentejas o uno de garbanzos. No era elegir entre cenar pescado o carne. No era elegir entre ver una película en el cine o en casa. Era un tema delicado, con vistas al futuro. Quise ser justa y darle el tiempo que necesitase para darme una negativa o un rotundo sí.
De repente, y sin yo esperarlo, ya la tenía sobre mi cuerpo. Me tumbó hacia atrás, con el cuello en la caja y la espalda más torcida que la torre Pisa. Se perdió en mi cuello, despertando de nuevo las infinitas mariposillas de mi estómago. Habían dormido demasiado tiempo, era hora de que aparecieran de nuevo.
-Definitivamente tiene usted un trastorno de bipolaridad bastante avanzado. -dije, a la vez que me mordía y besaba sin control.
-¡Cállate! -chilló rasgando la voz, cosa que me hacía perder la cabeza. Me dejé llevar por ella. Era un cuerpo completamente muerto. Me movía con sus movimientos. Tiró la caja al suelo y me tumbó sobre la cama de forma que mis piernas quedaron colgando, rozando el parqué. Me desnudó y mandó mi ropa bien lejos. Ni ella sabía a dónde la había tirado. Poco a poco, mi piel era suya, y la suya mía. No podíamos separar nuestros labios. Ni siquiera para tomar aire. Estaban tan pegados que dolían. Nuestras piernas se entrelazaron, al igual que nuestras manos.
-Oye, ¿no huele a quemado? -le pregunté, interrumpiendo uno de los infinitos besos. Le importó bien poco. Ni siquiera parecía haberme escuchado. Volvió a fundirse en mi boca, perdiendo sus manos en mis piernas. -cariño, ¿no lo hueles?
-Qué pesada. -dijo, de nuevo entre mis dientes. Cerré los ojos y no molesté más. Pero el olor era cada vez más evidente.
-Amor, de verdad…
-Soy yo la que huele a quemado y no me hagas decir por qué. -rió, perdiéndose por segunda vez en mi cuello. Aproveché para mirar alrededor. No me lo podía creer. Salté de la cama.
-¿A dónde v…? -ella misma se respondió, cortando la pregunta. Tenía tanta puntería que mi camiseta había ido a parar al interior de la lamparita que decoraba el lado derecho de la cama. Una nube de humo salía de ella. No me dio tiempo a llegar, una llama salió hacia arriba. Malú salió corriendo, yo no tenía ni idea de qué hacer. Me eché unos pasos hacia atrás, para no exponerme a tanto riesgo. La vi llegar con un extintor. ¿Un extintor? ¿de dónde lo habría sacado? Poco lo pensé. Lo agarré corriendo y extinguí la llamarada. Todo se calmó al instante. -bendita obsesión de mi madre.
-¿Qué dices, colgada? -reí.
-Me hace tener el extintor este en casa. Le dan pánico los incendios.
-Bendita obsesión de tu madre. -repetí.
-Oye, dame a mí con el extintor que sí que hecho fuego. -bromeó. Disparé el artefacto unos metros al lado de ella. -¿¿¿¿QUÉ HACES???? -dio un bote asustada. Me eché a reír exageradamente. Mis carcajadas eran tan enormes que me dolía la garganta. Vino corriendo a quitármelo, pero lo levanté hacia arriba, aprovechándome de su poca altura.
-Con esto no se juega. -le dije, sin parar de reírme.
Nos abrazamos, contentas de volver a estar juntas. Aproveché el momento para pedirle otra cosa. Esta vez, esperaba obtener un sí.
-Tengo otra proposición. -sonreí, mirándola muy cerca. Sus ojos negros se clavaron directamente en los míos.
-Dime, ojos verdes. -reí por el apodo.
-¿Cantas conmigo en el próximo concierto?
-Pues claro. -me abrazó fuerte, ilusionada de volver a compartir el escenario conmigo.
-¿Soportarás no ser la protagonista por una vez? -bromeé. Ella me dio un pisotón.

-Estoy encantada de ser tu invitada.   

miércoles, 21 de mayo de 2014

Capítulo 74. A TRAVÉS DE LA DISTANCIA.

Pasaron meses cargados de tensión, nervios, y mucha felicidad. Daba la vuelta a España de concierto en concierto. Las salas llenas hasta la bandera, y poco a poco, salían nuevas fechas. Más y más. Más lugares, más actuaciones. Todo era una completa locura. Las sensaciones que sentía eran indescriptibles. Se me ponen los pelos de puntas solo de recordarlo. Esa adrenalina que me recorría por el cuerpo cuando oía a cientos de personas corear mi nombre, cantando mis canciones, gritando para que aquello no tuviese fin. Era mágico. Único. Y solo unos cuantos elegidos podían tener este sabor de boca. Ese privilegio.
Al volver de las vacaciones, Mari ya estaba lista para reincorporarse. Y así lo hizo. Se subió en el viaje apasionante de mi carrera después de ausentarse unas semanas. La comodidad y seguridad que me transmitía el trabajar con ella facilitaban mucho las cosas. Era un lujo poder tenerla a mi lado. Me sabía escuchar, entender, y aconsejar. No quería otro copiloto que no fuese Mari.
Paula se encargó de todo en cuanto a Jorge. Advirtió a sus compañeros de profesión del peligro de este hombre enmascarado por su apariencia.
Mi madre quiso acompañarme en la gira. Viajaba con el equipo y no se perdía un solo detalle de mis actuaciones. En algunas de ellas, también estaba mi gran e inseparable amiga Lidia. Seguía feliz con mi compañero, Pablo, el cual triunfaba ahora por toda Europa. Había pasado por Francia, Bélgica, Inglaterra, y aún le quedaban muchos más antes de que acabase el caluroso verano que vivíamos.
 Respecto a ella, la mujer que complementaba mi vida y mi corazón, seguía apasionada y entregada a su público sudamericano. Llevaba allí más de dos meses. Recorría el continente de punta a punta, llenando recintos, reventando récords, y haciendo vibrar a millones de personas. La distancia que nos separaba no era ningún impedimento, ni ningún problema. Al principio se hizo insoportable, pero poco a poco, nos fuimos acostumbrando a ella. Hablábamos muy a menudo, cada hueco en nuestra estrecha agenda se transformaba en una llamada a escondidas detrás de una batería o una puerta. ¿Qué más daba el lugar cuando ella estaba al otro lado de la línea? Quise verlo desde el lado positivo. A través de la distancia era capaz de hacerme feliz, sonreír, y limpiarme las lágrimas con frases que me llegaban al alma. Si conseguía eso estando a miles de kilómetros, ¿qué más daba no poder besarla? Además, aprendí a valorar cada segundo que compartí con ella... Por suerte, el cariño de los fans, las cosas tan increíbles y el calendario repleto de ferias, salas, y entrevistas, me hacían olvidar un poco lo mucho que la echaba de menos. Lo peor siempre llegaba después de soltar toda esa adrenalina en una actuación y quedarme completamente sola. Cerraba los ojos y sentía mi cuerpo vibrar todavía, pero ahora con un notable vacío mezclado con la amarga soledad de las paredes del hotel. Por ello, agradecía la compañía de mi madre. Cuando venía, era como una inyección de vitalidad. Podía compartir con ella las sensaciones vividas. Otras veces, era la propia Mari la que irrumpía en mi habitación buscando consejo matrimonial o criticando al gobierno por su mala gestión. Le encantaba hablar de política y desfogarse contra los trabajadores de dicho sistema. Pero todo eso iba a cambiar, ya que el regreso de Malú estaba a la vuelta de la esquina. Esta misma noche volvía a su país de origen. No sabía cómo reaccionaría después de tantas horas sin su presencia. Sin aquel olor que me dejaba sin habla, sin aquellos ojos que me hacían delirar con solo mirarlos. Pero hoy no era solo un esperadísimo reencuentro. Hacíamos ocho meses juntas. Y como no era para menos, le tenía una sorpresa. La había estado preparando toda la tarde. Coloqué una caja enorme encima de la cama. Era alargada y ocupaba desde el principio de la almohada, hasta el final del lecho.
-¡Danka, estate quieta! -le grité a su perra. Me había dejado Vero a cargo del zoo porque tenía una boda. No sabía para qué, total, no me hacían ningún caso. -¡¡no muerdas el sofá!! -les chillé. -como vea Malú cómo estáis dejando la casa. -no paraban de ladrar y saltar. Las saqué al jardín. Hacía un calor descomunal en Majadahonda. Las nubes llevaban días sin aparecer, y el sol se hacía notar con mucha fuerza.
Me puse a tirarles la pelota. Se peleaban para ver quién la conseguía y se llevaba una fabulosa galletita. Vi que ni así se relajaban. En realidad hacía el efecto contrario, se ponían más nerviosas. Quise intentar otra cosa. Fui al coche a buscar mi guitarra y me puse a tocarles. Pasaron de mí como quién oía llover. Siguieron a su bola jugando. Al paso del tiempo, se aburrieron y se sentaron frente a mí. Me miraban con aquellos ojitos inocentes incapaces de hacer daño a nadie. Parecía increíble. Conseguí calmarlas con mi música. Cerraban los ojillos descansando. Me transmitían mucha paz. Nunca me habían gustado especialmente los animales. Ni si quiera me planteé alguna vez tener uno. No me llamaba ese mundillo, ni entendía las relaciones entre ellos y nosotros, los humanos. Pero esos sentimientos que me estaban provocando me ayudaron a comprender el afecto que se les puede llegar a tener. Ellos también respiran, comen, duermen y viven, tal y como lo hacemos nosotros.
Saqué el móvil y vi una revolución en mi timeline. Malú acababa de pisar Madrid. Sonreí inevitablemente. Las fotos tomadas por los cientos de seguidores que fueron a buscarla no paraban de circular por las redes sociales. Se me anudó el típico nudo en el estómago. Empezaba a ponerme nerviosa.
Pasadas las once de la noche, escuché la puerta del chalet. Rápidas como balas, las perras se le lanzaron encima. A mí me pareció que era la primera vez que la veía. Estaba más morena, y su pelo seguía tan elegante y perfecto como siempre. Yo corrí hacia ella y la abracé a tres palmos por culpa de los bichos, que se me adelantaron. Cuando al fin se esparcieron, pude sentir su pecho en mío, su frente apoyada en la mía, y sus ojos clavados en mí. Al fin.
-Te he extrañado mucho. -dijo con la voz quebrada y aquel acento sudamericano tan característico.
-No tanto como yo. -nos besamos durante un buen rato. Tanto tiempo sin sus labios no podía ser bueno.
-Te he traído un regalito. -rió. -felices ocho meses. -me felicitó, entregándome una caja cuadrada bastante grande. Yo quise hacerme la tonta.
-¿Qué…?
-Se te ha olvidado… -reía. Pero sabía que no le hacía ninguna gracia. -bueno, no pasa…
-Es broma. ¿Cómo iba a olvidarlo? -la corté. Me abrazó. Abrí su regalo. -¡¡Ala!! -era una chupa de cuero negra preciosa. Tenía algunos cristalitos, o algo así, que hacía que brillara con la luz.
-Te vendrá bien para los últimos concis. Va a empezar a hacer frío.
-Muchas gracias, cariño. -dije, probándomela.
-Te queda de puta madre. Qué sexy. -levantó las cejas sonriente. Yo puse morritos y soltó una carcajada.  
-Si pasas al jardín verás tu sorpresa. -insinué. Corrió hacia allí como una moto y vio la cena que le había preparado. Había sacado la mesa y las sillas al exterior y había comprado algunas lucecitas para colocarlas sobre el tablero, junto a la comida.
-¡¡Vaya!! -se sorprendió. -y yo con este hambre. Qué bien, jolín. Como echaba de menos tu forma de cocinar. -confesó. Me senté junto a ella y disfrutamos de la cena. Una brisita agradable se levantó.
-Bueno, cuéntame. -dije emocionada. Me moría de ganas por oírla. Empezó un monólogo al que me enganché, dejándome totalmente hipnotizada. Su manera de explicarse me encantaba. Acaparaba toda mi atención, olvidándome del mundo que giraba en torno a mí. Luego me tocó a mí. En realidad tampoco había mucho que contar. Hablábamos todos los días. Nos acercamos más , moviendo las sillas. -¿quieres tu regalo? -sonreí.
-¿Más? -preguntó sorprendida.
-Anda, sube a la habitación.
-Uh… -sonrió perversa.
-Idiota, venga. -me puse roja. Subimos las escaleras hacia su dormitorio y pegó un chillido nada más ver el enorme presente que descansaba en su cama.
-¿¿¿¿¿PERO ESTO QUÉ ES????? -se puso las manos sobre la cabeza y se arrodilló muy cerca de él. Yo hice lo mismo, en el otro lado, de forma que el armatoste aquel quedaba entre nosotras. Quitó con rapidez el envoltorio de los 101 dálmatas que había comprado y se encontró con una caja de cartón color marrón con dos solapas pegadas con celo. -ve a por una tijera. -me ordenó.
-Anda, fina. -dije, tirando del adhesivo. -Listo. -sonrió como agradecimiento y siguió indagando. Empezó a reírse al ver el contenido de la caja. Estaba entera rellena de nuestros chocolatitos. Los M&M. -ya puedes empezar a comer para encontrar tu verdadero regalo.
-¿Qué?
-¿Qué de qué? -rió ante mi broma y se dispuso a buscar entre los miles de emanems. Comía de vez en cuando y metía la mano hasta el fondo. -te aviso, es algo muy pequeño. -reí. Qué bien me lo estaba pasando. Aunque era verdad, que estaba algo nerviosa…
-Ayúdame, porfa. -me pidió sofocada. Unas gotitas de sudor corrían por su frente. Cogí unos cuantos y me los tragué de golpe. Estaban deliciosos. Me había encargado de forrar la caja con papel de aluminio para que no cogieran el amargo sabor del cartón. Nuestras frentes se encontraron y una sonrisa se le iluminó en la cara, una sonrisa que estaba a centímetros de la mía. Lo había encontrado. Lo sacó y lo miró. Se produjo un silencio y tragué saliva.
                                    

-¿Quieres casarte conmigo?


domingo, 18 de mayo de 2014

Capítulo 73. TÚ.

Llegamos las dos a casa de María unos minutos antes de las diez, con una botella del mejor vino que habíamos encontrado y con un sobre que tenía que entregarle en mi bolsillo. Llamamos al timbre, pero nadie abría. Volvimos a tocar, y entonces, oí su voz.
-¡¡Pasad!! -chilló lejana. Vi que la puerta estaba encajada y la abrimos. Todo estaba a oscuras, no veíamos ninguna luz por debajo de la puerta, ni siquiera el patio interior estaba iluminado. De repente, se hizo la luz del salón y cientos de personas saltaron a la vez. Nos pegamos un buen susto, y enseguida nos reímos.
-¡¡SORPRESA!! -exclamaron. María se acercó a nosotras y nos saludó. -todo el pueblo está contigo. -me susurró al oído. Pude reconocer a muchos de mis compañeros de instituto, a algún que otro profesor de mi infancia, y a incontables vecinos. Vinieron uno por uno a conocer a Malú y a volverme a ver. Unos seguían con la misma cara de siempre, otros habían cambiado de forma radical. Tinte, maquillaje, delgadez...
-No pareces muy contenta. -me dijo Malú cuando todo empezaba a calmarse. Yo seguí con la mirada fija en un plato de patatas fritas. -cariño, ¿estás bien? -se apoyó en mi hombro.
-No. -dije con la voz quebrada. -esto no tiene ningún sentido.
-Eh, ¿por qué dices eso? -cogió mi mandíbula y la giró para que la mirase.
-Me despreciaban. La mayoría de los que están aquí me odiaban. ¿Cómo tienen la cara de venir a saludarme como si no hubiese pasado nada?
-Bueno mi amor, han pasado muchos años ya… -me peinó el flequillo con sus finos dedos. -anda, disfruta y olvídate de eso. Las cosas han cambiado. -debería seguir su consejo, pero me habían hecho demasiado daño. Me era muy difícil pasar de algo tan relevante. Me había marcado mucho.
-¡¡MARINA!! -Raquel corrió hacia mí. Estaba igualita, con aquel pelo rizado y negro como el carbón. Con aquellos ojos tan oscuros que parecían dos agujeros negros en algún lugar remoto del universo. -dios mío, cuánto tiempo.-dijo en mis brazos. Sonreí. Simplemente por el hecho de su presencia, aquella cena llena de falsos mereció la pena. Raquel me conocía desde pequeña, nuestra relación era más que estrecha. Compartimos desde la plastilina, hasta los deberes irresolubles de física y química.
-¡No has cambiado nada! -exclamé.
-Yo no, pero mi vida sí. -dijo, echándose a un lado. Vi llegar a Pedro con un carrito y un pequeño de apenas un año.
-¡No me digas! ¿Es tuyo…? -me quedé boquiabierta. -no me lo puedo creer. ¿Y ese es el padre? -asintió con la cabeza. Me eché a reír, ella me acompañó.
-Fíjate con quién ha acabado. -murmuró él. -con el cabrón de la clase.
-Tío, es que eras un torbellino. -solté. Raquel cogió al pequeño y me lo dio. -no, no. -reí.
-¿Por qué?
-Parece muy rompible. -rieron. -oye, que no, que soy muy pava a ver si lo voy a caer.
-Cógelo, idiota. -me animó mi amiga. El niño me miró sonriente, con la baba colgando. Era rubito, pero la forma del rizo era de la madre, sin duda alguna. Lo sostuve en mis brazos y me produjo una sensación de ternura indescriptible. Lo miré y él no hacía más que sonreír. Era una monada de niño.
-Le has caído bien. -rió su madre. -¿y tú, qué? -preguntó, señalando al niño con la mirada. -¿cuándo te atreverás? -solté una carcajada.
-Déjate, déjate. -seguí riendo. -ahora estoy centrada en mi carrera. -le devolví el peque.
-Sí, sí. Yo tengo el disco en casa, a ver si vienes a firmármelo.
-Por favor, faltaría más. -vi a Malú volver del baño. Automáticamente le presenté a Raquel.
-Ah, encantada. Así que erais muy amigas…
-No sabes cuánto. Aunque nos peleábamos por tus posters, pero al final siempre ganaba Marina... -reímos.
-Uy, que niño más guapo tienes. -observó. Le cogió el moflete.-¿puedo cogerlo? -ella todo lo contrario a mí. Mi chica acurrucó al renacuajo en su pecho. Yo, cuál idiota, la miraba sin perder la vista ni un segundo de ella.
-¿Te gustan los niños? -le preguntó Peter, como lo solíamos llamar en nuestra época de adolescencia.
-Me encantan. -dijo cerrando los ojos. -quiero ser madre. -se me cruzó esa frase. Mi imaginación se disparó y ya me estaba viendo con la casa llena de juguetes, las guitarras escondidas en lugares seguros y una revoltosa hija. -¿y esa cara de tonta?
-¿Qué? -volví a la realidad. -nada. -reí, dándome la vuelta, buscando algo de comer disimuladamente.
-¿Cómo lo estás pasando? -me preguntó María, con una copa de vino en la mano. -por cierto, delicioso.
-Muy bien, muy bien. El reencuentro con Raquel… joder. ¡Qué es madre! -exclamé. Me agarró el hombro. -oye, tengo algo para ti. -saqué el sobre y se lo tendí.
-¿Qué es esto? -preguntó, abriéndolo intrigada. Vio el dinero que había dentro. Me lo devolvió, yo la rechacé. -no puedo aceptarlo, lo siento.
-María, te lo debo. -giré la cabeza. -por favor. Además, te vendrá bien con la enfermedad de tu marido. Cógelo. -insistí. Me miró negando con la cabeza.
-Anda, tira. -me dijo, refutando el sobre otra vez. Pero yo fui más lista, y sin que se percatara, le metí el sobre en uno de los cajones del mueble del salón.
Esa noche me di cuenta de lo hipócrita y falsa que puede llegar a ser la gente. Todos se reían de mí al verme con aquel sueño, el que alimentaba redacciones en las clases. Se burlaban por ello. No creían en mí. Por otro lado, los que me señalaban con el dedo al verme pasear con Vanesa. Y lo peor, lo peor de todo. Estaban aquí. Estaban como si me conociesen, como si alguna vez les hubiese caído bien. Como si me hubiesen apoyado cuando más lo necesitaban, como si se hubiesen parado a escuchar mis canciones. Solo un mínimo porcentaje de los allí presentes se había portado de manera cordial y respetuosa conmigo. ¿Qué pintaban allí? Me saludaban con esa sonrisa tan poco verdadera, tan enmascarada. Ahora que había conseguido lo que quería, ahora que miraban asombrados lo que había conseguido venían en masa con el derecho de que me conocían desde pequeña. Como lo odiaba, era repugnancia infinita. Me sentía tan incómoda…  
Después de aquello, Raquel nos invitó a su casa. Nos la enseñó de principio a fin. Eran dos plantas completamente decoradas y amuebladas. Un lugar ideal para formar una familia. Estuvimos hablando hasta altas horas de la madrugada. Teníamos mucho que contarnos. Recuperé la confianza que teníamos. Quizás no recuperé, sino que simplemente nunca se había perdido. Volvimos a tenernos ese cariño, esa amistad que echaba tanto de menos. Había montado junto a su pareja un restaurante en el pueblo. Sabían organizarlo, sabían sacarle partido y sobre todo, no volverse obsesivo con el trabajo.
-A ver si pasáis por allí antes de que os vayáis.
-Prometido. -susurró Malú.
Eran una pareja estupenda, se les veía muy felices. Aunque si esto me lo hubiesen contado, no me lo hubiera creído. Ni loca. Pedro era el más gamberro del colegio y Raquel la más inteligente. No había derivada que se le resistiese. Siempre estaban en combate. No había día que no se cruzaban chillidos entre ellos. Cómo cambian las cosas con el paso del tiempo. A Peter se le veía maduro. El tener ese hijo les había hecho centrar la cabeza, y eso se palpaba. La noche transcurrió entre anécdotas del pasado, historias del presente y especulaciones del futuro. El chico se avergonzaba al oír las salvajadas que había realizado en su juventud.
-¿Y cuándo quemó la mesa con el desodorante y el mechero? -recordé. Él miró hacia otro lado.
-Sí, sí, no te escondas. -le dijo su mujer. -no tenías remedio.
-Hasta que llegaste tú. -sonrió y se fundieron en un beso.
-Yo te veía delincuente, y sin embargo…. -bromeé.
-Yo te veía con Malú y… ah, pues sí, mira. -reímos. -¿cómo lo conseguiste, putona?
-Se coló en mi casa, básicamente. No me dejó otra opción. -explicó ella.
-Totalmente, ella no me pidió que entrase. -seguí con la ironía. -entré por la ventana cual súper héroe.  
-Y puso adrede una canción en la que sabía que la besaría.
-Claro, y la activé con mi reloj de espía secreto. -reí. No podía aguantarlo más. Ellos se meaban, dando golpes en el sofá.

-Ay, que te quiero. -soltó Malú, abrazándome como podía en el sillón. 

domingo, 11 de mayo de 2014

Capítulo 72. AHORA.

Los días en Calanda solían ser fríos y amargos, pero esa semana lucía un sol impresionante. Aprovechamos pues para salir a pasear y enseñarle el pueblo. No tardaríamos mucho, era pequeño. Paseamos de la mano por las calles estrechas y de piedra, donde el suelo se te clavaba en los zapatos provocando una molestia constante. Cosa que dejaba de importarte al ver lo rural y precioso que quedaba. Las interminables cuestas cada vez se hacían más largas… hasta que llegamos por fin a un camino que daba a unas pequeñas parcelas en las que los habitantes creaban sus propios huertos. Andamos sin vistas a volver, queríamos perdernos por el aire puro que transmitía aquella zona.
-Es genial tu pueblo. -opinó para romper el silencio.
-Bueno, si tú lo dices, será verdad. -reí.
-Cuéntame algo sobre él. Alguna leyenda o cosas de esas. Me gusta descubrir cuando viajo.
-No conozco nada... -dije haciendo memoria. -o la he olvidado. Ah, sí. ¿Sabes quién es Miguel Pellicer?
-Ni idea. -dijo, acomodándose en la sombra de un árbol. Me senté junto a ella y saqué de la mochila unos refrescos y un paquete de galletas rellenas de chocolate.
-Bueno, pues dicen que en el siglo XVII le amputaron la pierna a este señor porque una rueda de carro le pasó por encima y le rompió la tibia.
-Au… - se quejó entre dientes. Yo continué con la famosa historia.
-Después de esto no pudo volver a trabajar, y quedó como mendigo en la puerta del Templo del Pilar, donde cada día aprovechaba para oír misa. Pasados unos años, decidió volver a su pueblo natal, que es Calanda, obviamente. -reí.
-Venga, sigue. -me pidió intrigada.
-Tranquila, mujer… Pues eso, que volvió aquí y se instaló en la casa de sus padres. Él mismo se improvisó una cama donde dormir. Para ver cómo se había acomodado, sus padres entraron en la habitación y olieron una fragancia extraña, no habitual en su casa. Decían que era un olor suave, pacífico. Sorprendidos, vieron dos piernas cruzadas bajo la manta. Lo comprobaron y sí, tenía dos piernas. -dije lentamente, con voz de narrador de cuentos. -con las cicatrices de la amputación en la nueva pierna.
-¡¡Eso es mentira!! -exclamó Malú. -¿En serio te crees eso?
-Yo que sé. -reí. -se supone que es verdad. Un milagro de la Virgen del Pilar.
- Chorradas. -se convencía ella misma. -vamos a merendar, anda. -moví su lata de coca-cola y se la di. Saqué los vasos y fui poniéndoles hielo mientras observaba cómo abría su bebida. Un baño de burbujas estalló del recipiente, manchando su camiseta de tirantes roja y mojando sus gafas de sol. Me eché a reír. -¿te parece gracioso?

-Mucho. -dije, dándole golpes al suelo. Y como no, ella tenía que vengarse. Era jodidamente competitiva. Siempre tenía que ganar. Era familia del aceite o algo así. Nunca dejaba de estar arriba. Cogió el vaso vacío en el que yo misma puse los cubitos de hielo, y lo volcó dentro de mi espalda. Pegué un chillido. Estaba helado. Noté como resbalaba a lo largo de mi dorso hasta caer al suelo, escapando de mi camiseta.
-¿Fresquito? -rió sarcásticamente.
-Yo no combato contigo nunca más… -se le dibujó una sonrisilla y vertió los refrescos en los vasos. Miré insegura el mío.
-Que no tiene nada, idiota.
-No me fío ni un pelo. -volví a revisarlo.
-Bebe ya, capulla. -me insultó de nuevo.
Hacía una brisa fresca, dándole al calor de la tarde una tregua. Las temperaturas se habían mantenido algo elevadas hasta pasadas las seis. Malú sacó una galleta y la separó, quedando el chocolate en una de las partes, y la otra seca. Pensé, como solían hacer muchos peques, que chuparía la parte más rica, el chocolate, y luego se comería el resto. Pero no, era ella mucho más especial. Utilizaba la vacía como cuchara, cogiendo trozos de aquel manjar y llevándoselos a la boca, mordiendo la galleta de paso. Yo la miraba inquietada por la forma tan curiosa de comer que tenía.
-Eres más rara... -reí al fin.
-Soy de edición limitada, no confundas.
-Claro, claro. -asentí irónicamente.
-Oye, ¿por qué besaste a Vanesa? -sabía que no iba a dejarlo pasar así como así, pero tampoco esperaba que me lo soltara así. De sopetón. Tenía la sensación de que volvería a sacar el tema. La entendía, me ponía en su lugar. -¿fuiste tú? ¿o fue ella? Necesito saberlo.
-Bueno… -agaché la cabeza. No era capaz de contarle aquello mirándola a los ojos. Era superior a mí. Me sentía mal, arrepentida. -tuve un impulso, pero me frené a tiempo y salí corriendo… Esa misma noche vino a mi casa… necesitaba saber que había sido aquello. Se acercó, yo me acerqué… y nos besamos. -nos quedamos en silencio. Se escuchaban algunos pájaros piar a nuestro alrededor. El sonido del campo, en general.
-¿Qué sentiste?
-Vacío. -contesté. -nada. Te juro que no… -no me dejó acabar.
-No te pongas a la defensiva, no te estoy atacando. Solo quiero saber que pasó, nada más.
-Nada, ya lo hemos hablado. Está todo claro… Tú me dejaste sin motivo, yo me sentí débil y perdida y no sabía que hacía ni quién era ni… -acabé con un "pf".
-Lo siento mucho. -se disculpó por… perdí la cuenta de las veces que lo había hecho ya.
-No empecemos, anda. -la abracé.
-Oye. -miró hacia mí desde mi pecho. -¿quedan más galletas? -solté una carcajada.
-Eres una comilona. -acaricié su pelo.
-Y tú una moñas y no te digo nada. -dijo, buscándolas.
-Ah, será que no te encanta que lo sea. -rió bajito. Por el camino polvoriento del campo pasó una mujer cuyo rostro me era familiar. Había algo en sus ojos… me sonaban mucho. Aquel azul intenso lo había visto antes. Se quedó mirándonos y se frenó en seco.
-¿MARINA? -me levanté lentamente y fijé mi mirada en ella, observando cada detalle, intentando recordar su nombre.
-María… -susurré no muy segura.
-¡Ven aquí! -la abracé. Su olor particular, con ese toque de jazmín, me hizo recordar quién era esa persona. Recordar no era la palabra, porque jamás la había olvidado. Había cambiado demasiado… El corte y color de pelo eran diferentes y las arrugas se le habían acentuado.-te veo muy bien acompañada. -dijo, separándose de mí.
-Supongo que no hace falta que te diga quién es. -reí. Me dirigí ahora a mi chica. -ésta es María, la directora del colegio al que fui. -mientras se saludaban le conté lo importante que fue para mí. Ella fue quién nos animó a irnos, a dar ese salto. Nos dejó dinero y nos ayudó con el viaje. Después nos escribimos unos cuantos meses, pero poco a poco dejamos de hacerlo hasta hoy. -Bueno, cuéntame, ¿sigues en el instituto?
-No, no, ya no, me jubilé el año anterior. Ahora me ocupo de mi marido… -se le entristeció la cara. -tiene parkinson.
-¿En serio? -pregunté sorprendida. Asintió con la cabeza. -¿y cómo está?
-Ahí va… afrontándolo como puede. -comentó desanimada. -tengo que estar encima de él todo el día porque ya no puede ni abrocharse los botones de la camisa… -una acción tan simple se vuelve un mundo. Qué triste esto de las enfermedades degenerativas.
-Debe de ser horrible. -opinó María Lucía.
-Oye, ¿por qué no venís a cenar? -nos invitó.
-No, no, ya tendrás bastante trabajo con Paco… -quise ser modesta.
-Por favor, así me libero y me distraigo. Me apetece que me cuentes como va eso del mundillo de la música. Cuando era pequeña quería ser mánager. -rió.
-Está bien… -acepté. -pero no te compliques mucho, eh. Una sopita y perfecto .
-¡¡De eso nada!! Esta noche tiro la casa por la ventana. Marina no vuelve todos los días a su pueblo.