sábado, 15 de marzo de 2014

Capítulo 50. FRÁGILES.

Su gesto enfadado me hacía inferior. Me sentía la mujer más pequeña del mundo a su lado. Era demasiado grande para mí. Y yo... tan frágil. Podría romperme en mil pedazos si la perdiese. 
Cruzó sus piernas y se recostó en el sofá. Le pedí que no se moviera y salí a buscar el disco. A estas horas por la calle… si es que… lo que no me pase a mí.
-Toma, anda. -Vane me tendió el disco nada más verme pasar por la puerta. Me sorprendió ver que el bar estaba el triple de lleno que cuando me marché.
-¿Y esta multitud?
-Hacemos descuentos de bebida alcohólica a partir de las dos. Trucos de marketing. -me guiñó un ojo. Le sonreí y volví a casa. Malú ya no estaba en el sofá. Me preguntaba si se habría largado… Vi una luz que provenía del pasillo. Y, seguidamente, a ella salir.
-Estaba en el baño.
-Me has asustado… pensé que te habías largado. -dije casi en un susurro. -¿podemos hablar?
-Claro. -nos acomodamos en el salón y me arranqué, me temblaba algo la voz.
-Lo siento, siento el día de hoy. -agaché la cabeza. -lo de la llamada... fue una tontería. -agarró mis pulseras como tanto le gustaba hacer y se dio un paseo por mi brazo. -no tenía que haber dicho nada. -me arrepentí.
-Es normal que tengas dudas de ese tipo después de que no encontrases productor. Y te entiendo. El estrés a veces nos juega malas pasadas. -qué bien hablaba esta mujer, por dios. Podría quedarme horas allí, frente a ella, oyéndola. -¿MARINA? -ya estaba haciendo el ridículo una vez más.
-Estoy muy embobada. -reí.
-Siento haberte colgado… estaba muy metida en el concierto y lo último que necesitaba… -no dejé que terminase.
-Tranquila, lo sé. -frené el baile de sus dedos entrelazando nuestras manos. Nos quedamos mirándonos tímidamente un buen rato… hasta que oímos gritos procedentes de la habitación de mi compañera de piso. Malú empezó a tragarse la risa poniéndose la mano en la boca. Yo simplemente junté mis labios y me contuve como pude.
-Vaya con Pablito. -soltó.
-¿Nos vamos a dar un paseo? -propuse. Cualquier cosa antes de que quedarme allí escuchando lo que estaba escuchando.
-¿A las tres de la mañana? -preguntó. Debió pensar que era una loca. Me encogí de hombros.
-Yo solo quiero dormir. -dijo con esa voz de niña a la que empezaba a encapricharme. Se tiró a mis brazos y me caí en el sofá con ella sobre mí. De fondo, los gemiditos de mi amiga. Volvimos a reír. De pronto, Malú se levantó bruscamente.
-¿Dónde vas?
-Yo estaba enfadada contigo… -se echó al otro lado. Qué tonta llegaba a ser. -¿Qué coño hacías en el bar? -se incorporó. Estaba hiperactiva. Tal vez eran los efectos secundarios del concierto.
-Pues que he ido a cenar. ¿A qué voy a ir si no?
-¿Pero tenías que ir a ese bar?
-Es el que me pilla más cerca… además, me ha salido gratis. -sonreí. -me han invitado. -allí me conocen.
-¿Has hablado con ella?
-Sí. Se ha sentado en mi mesa. -tomó aire algo enfadada. -le he enseñado el disco y le he contado algunas cosas de él… Ah, por cierto. Me ha dicho que ha decidido que me va a olvidar.
-Más le vale. -me reí. En el fondo me gustaba verla celosa. -yo no me río. -no pude evitar parar de hacerlo. Estaba tan graciosa. Me pegó en la pierna. -¡Es que no me fío!
-Ya te he dicho mil veces que solo te quiero a ti.
-En ti confío, cariño. Pero de ella… no me fío ni un pelo. -acarició el interior de mis muslos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Agarré con fuerza su mano.
-No tienes por qué preocuparte. Te lo aseguro. -mordí su mejilla. Giré la cara hacia el otro lado y escupí. Ella empezó a reírse. -¡Qué asco! ¿Qué tienes?
-Maquillaje. -contestó sin dejar de mofarse de mí.
-Pues me cago en L´oreal. -después de maldecirles, ella vino a besarme, despertando en mi interior un cosquilleo que hacía tiempo no aparecía. Terminó el beso con una enorme sonrisa que mordí. 
-Al fin pararon… -rió María Lucía, al comprobar que los gritos de pasión habían cesado. -No tienes huevos de ir a decirle a Pablo que ha hecho un buen trabajo… -puso una sonrisa perversa.
                                                  

-¿Qué no? -le devolví la mirada desafiante. Ella abrió la boca sorprendida. -Ya lo verás. -me levanté y fui a la cocina. Preparé dos vasos de leche caliente y volví a pasar por el salón para llevársela a mis amigos.
-¡Yo también quiero uno! -exclamó Malú alzando su mano. Asentí con la cabeza. En seguida se lo haría… pero antes tenía una misión. Maldito orgullo… Me paré frente a la puerta. ¿Marina, qué estás haciendo? Eché la vista atrás y la vi asomada con una cara de malota increíble. Vamos allá.
Toqué la puerta dos veces y la abrí. Puse la espalda muy recta cual servicio de habitaciones.
-Buen trabajo, chicos. -dije intentando no reírme. Los dos se taparon apresuradamente. Estaban muy cortados. Probablemente, más que yo. Lidia me miró con ganas de estrangularme… y Pablo igual. Tenían el rostro pálido. Dejé la bandeja en el borde de la cama. -Un aperitivito para reponer fuerzas. -cerré la puerta y corrí descojonándome hasta el salón. Vi a Malú tirada en el sofá golpeando los cojines. Estaba muerta de la risa. -¿Hay huevos, o no?-reí.

A la mañana siguiente, mi chica se fue temprano para que no le viese Pablo. Él aún no sabía nada. Así que, toda la vergüenza para mí. Se sentaron a desayunar junto a mí. Ambos estaban cabizbajos.
-Puta. -dijo entre dientes. Yo solté una carcajada tímida. Morí. López me miró sonriente.
-Eres una graciosa. -me dijo. Exploté en risas. No podía aguantarme más. -gracias por la leche.
-Es verdad… yo te debo una leche.-intervino Lidia. Yo la miré sin entender nada, porque ya me estaba bebiendo un café. Me pegó una colleja. Vale, esa era la leche. Continuamos un buen rato en silencio. Pablo buscaba constantemente la mirada de mi mejor amiga, y ella la evitaba. Era muy divertido verla así. Estaba muy tonti esa mañana. Me quedé observándola fijamente mientras comía lentamente.
-¡Qué dejéis los dos de mirarme! -exclamó enfadada. -López rió conmigo y le cogió el brazo. Li lo miró de frente y se besaron. Parecían hechos el uno para el otro. Quizás era pronto para decir eso… pero lo intuí. Intuí que esa pareja iba a funcionar. Siguieron con el desayuno, yo igual de normal, ellos sonrojados. Eran como adolescentes.
-Qué monis. -se me escapó. -Mierda, lo he dicho en voz alta. -ambos se rieron.

Recuerdo aún esa sensación. Esa leve sonrisa. Esa extraña pero agradable experiencia. Estar tan tranquila, como una mañana cualquiera en un supermercado con tu compañera de piso. Nos peleábamos en la sección de los helados. Ella quería los de turrón y yo los de chocolate, cuando, de repente, e interrumpiendo nuestra pelea, sonó mi canción. La cara se nos iluminó y saltó a mis brazos.
-Lo has conseguido. -me susurró al oído sin soltarme.
-Lo he conseguido. -reafirmé.
-Uy, ¿quién es ésta? -le comentó un señor caminando con su mujer, con su hijo en el carrito de la compra.
-Ni idea, pero me encanta. -dijo, bailando al torno de mis acordes.


domingo, 9 de marzo de 2014

Capítulo 49. TE VOY A OLVIDAR.

El camino se me hacía eterno. En uno de los semáforos me detuve a mirar que había en la bolsa que me había dado Mari antes de salir de la discográfica. Me pidió que no lo abriera hasta llegar a casa… pero la curiosidad me comía por dentro.
-¡OSTIA! -exclamé. Mi disco. Sonreí al verlo. Tantos años de esfuerzo. Entre la emoción de tenerlo en mis manos, de ver que lo había conseguido, de sentirme orgullosa… y el enfado con Malú, comencé a llorar. Era de lágrima fácil. El tráfico volví a fluir y yo arranqué entre lágrimas. Parecía una depresiva que huía buscando un lugar mejor. La portada no era la que habíamos escogido… maldito fotógrafo. La primera y la última vez que trabajaba con él, dicho queda. Salía yo sentada en la silla al contrario, abrazando el respaldo, con la cabeza tumbada en mis brazos y mirando a cámara con una pequeña sonrisa sin enseñar los dientes. En la esquina superior derecha se encontraba mi nombre, y debajo de éste, el título del disco, "Una entre cientos". Lo abrí con una mano, sin dejar de mirar la carretera. Eché un vistazo al interior. Tenía los mismo colores que la portada, azul cielo. El disco era de un añil oscuro, me encantaba esa combinación de tonos. Saqué el CD y lo introduje en el coche. Sonreí con el primer acorde de la primera canción.
Llegué a casa y me quedé en el coche, apoyada en el reposacabezas escuchando atentamente cada uno de los temas que iban sonando. Volví a llorar, esta vez de emoción. Porque sí, lo había conseguido. Había logrado mi sueño. No quería que acabase la última canción, pero no era infinita. Terminó. Terminó con el verso que escribí mientras Malú se duchaba en Sevilla en aquel hotel que tantos recuerdos recogía. Fue imposible no ponerme a pensar en esas pequeñas vacaciones que nos regalamos. Las mejores de mi vida, sin duda. El disco volvía a reproducirse mientras yo revivía en mi mente el momento en el que había escrito cada estrofa.
Me puse a mirar con detalle cada rincón que guardaba la carátula. Por una vez, leí hasta la letra pequeña. Después de oírlo la segunda vez, lo saqué del reproductor y lo metí de nuevo en su sitio.
Mientras me dirigía al piso, llamé a mi representante.
-Ya me podías haber avisado… se me han triplicado las pulsaciones. -rió exageradamente ante mis palabras. Me dolió el tímpano incluso.
-¿Qué te ha parecido? A mí me encanta.
-Estoy muy ilusionada. -me limpié las lagrimillas que aún corrían por mis mejillas. Eran casi las once y media y yo sin cenar. Me di la vuelta una vez que llegué al portal. Iría a comer por ahí, no me apetecía llegar a casa aún. Fui al Rincón Musical.
-Hombre, tú por aquí. -Vanesa se acercó a la mesa que había cogido. Sonreí asintiendo. -¿Qué desea tomar?
-Quiero un filete a la pimenta. -no me hizo falta leer la carta. Me la sabía de memoria.
-Ya lo intuía. -rió. -con coca-cola zero.
-Exacto. -era mi menú favorito.
Trajo la comida muy rápido, se notaba que tenía enchufe. No había mucha gente en el bar. Una pareja de ancianos dos mesas a la derecha y una chica junto a la ventana tomando un helado.
-¿Puedo? -señaló la silla que estaba frente a mí. Asentí con la boca llena. No me vendría mal algo de compañía. Miré el móvil, ni un solo mensaje suyo. Aún no habría terminado el concierto… -El miércoles… -sonrió.
-Saco disco, sí. Veo que estás muy atenta.
-Soy tu fan "number one". -reí al oír esa expresión. -yo lo quiero la primera. -metí la mano en la bolsa y lo saqué. -¡ALA! -me lo arrebató de las manos y se puso a cotillearlo mientras yo cenaba tranquilamente. Volví a encender la pantalla. Nada. -¿Esperas un mensaje?
-Más o menos. -no estaba por la labor de colaborar mucho.
-¿Ocurre algo? -insistía en que lo hablara con ella… pero yo no tenía ganas. Agaché la cabeza y continué con la comida. -Puedes desahogarte conmigo. -dijo, acariciando la mano que sostenía el tenedor. No le contesté y evité su mirada. Se produjo un largo silencio.
-¿Aún hacéis natillas? -pregunté.
-Claro, voy a por una con doble de canela. -sonreí. Cómo me conocía. Creo que era la que más sabía acerca de mí. Al fin y al cabo, habíamos compartido nuestra vida durante muchísimos años. -toda tuya. -esta vez no se sentó, fue a atender el resto de mesas, que ya se iban. Decidí entonces llamarla. Ni rastro.
-Estará con los vips… dale tiempo. -me dije a mí misma.
-¿Me echabas de menos? -me asustó Vane, que volvió a sentarse junto a mí.
-No me ha dado tiempo. -reí. -¿Qué tal tú? Solo hemos hablado de mí.
-Bueno, el bar va bastante bien. -dijo mirando alrededor. -no puedo quejarme.
-¿Y qué tal en el amor? -quise saber.
-Ni me hables. -reí ante su respuesta. Parecía que no iba muy bien. -no tengo tiempo para eso… apenas salgo. Pero no te preocupes, que ya he decidido que te voy a olvidar.
-Bueno, ya llegará. -la animé. Saqué la cartera y me dispuse a pagar.
-No, no. Invita la casa. -insistió.
-Que no, de verdad. -siempre me dio mucha vergüenza aceptar ese tipo de invitaciones. Me cerró la cartera ella misma. -la última vez que vengo. -la amenacé.
-Pues peor para ti, tú te quedas sin tu filetito.
-Joder. -solté. Reímos a la vez. Estuvimos en el bar un largo rato… se me fue por completo la hora. Las dos menos veinte.
-Pásate más a menudo, apenas nos vemos. -me pidió, ya en la puerta y a punto de marcharme. Yo me excusé con eso de que tenía mucho trabajo, y me dirigí al piso. De camino, volví a intentar contactar con ella. Al fin, descolgó.
-¿Qué tal ha ido? -me adelanté.
-Bastante bien. -sonaba algo cansada. -¿y tú? ¿qué ha pasado con tu madre? -las dos queríamos otros temas de conversación y no hablar de lo que había ocurrido en la llamada anterior… pero tarde o temprano tenía que salir.
-Bueno… se coló en la grabación de "Bisbi"… -oí sus carcajadas de fondo. Le conté por encima lo que habíamos hecho en la tarde y ella me comentó las anécdotas de su concierto.
-En un cuarto de hora estoy en tu casa. -tuve que parpadear dos otros veces. No me lo creía.
-¿Cómo?
-Eso. No me apetece una noche de hotel teniéndote a dos horas y pico. -sonreí como una estúpida y no tuve palabras para contestarle. No sé de dónde sacaba la fuerza para comerse tantos kilómetros en un mismo día.
-Aquí te espero.
Entré en el piso, hogar dulce hogar. Todo estaba oscuro, Li se había acostado ya, al parecer. Caminé despacio, sin hacer mucho ruido, cuando entonces, escuché la risa de mi compañera de piso. Oí que murmuraba. Puse la oreja en la puerta. ¿Qué hacía hablando sola? ¿Se había vuelto loca del todo? ¿O era yo que escuchaba voces? No, efectivamente, era su voz. Aparté la cara y la abrí. Nada más hacerlo, me arrepentí. Cerré de golpe. Mierda. Me moría de vergüenza. Estaba tumbada sobre López, los dos desnudos, cubiertos por una fina sábana casi trasparente. La duda que tenía era si me habían visto o no. Puede que sí, o puede que no. Corrí a mi cuarto de puntillas y me quedé mirando el pasillo, esperando a ver si se abría su puerta. Todo apuntaba a que no se habían dado cuenta. Pues menos mal. A ver quién me había mandado a mí a asomarme.  
Pronto me llegó un mensaje de Malú. "Abre". Fui corriendo a recibirla. La abracé. Estaba preciosa incluso con cara de cansada.
-Estoy muerta. -dijo, sin separarse de mis brazos. Le pedí que no hablara muy alto. -¿Está Li dormida? -susurró.
-No… -reí flojito. -está con Pablo. -soltó una carcajada, tuve que tapar su boca con mi mano.

-¡MARINA! ¿ERES TÚ? -la oí desde su cuarto.
-¡SÍ! -exclamé mientras seguía evitando que las risas de mi chica salieran de su boca.
-Ala… ¡qué fuerte!. -dijo tras haberse hartado de reír. Me senté en el sofá y ella se echó sobre mi hombro. La abracé por la cintura y con la otra mano acaricié su pelo.
-Tengo una cosa para ti. -rompí el placentero silencio. -quiero que seas la primera en tenerlo.
-¡Tu disco! -acertó de pleno. Me levanté a buscarlo en la mochila… pero no estaba.
-Joder… ¿dónde lo he dejado? -me puse a pensar. -soy un desastre.
-Mi desastre. -dijo Malú. Corrí hacia ella y le di un beso. -piensa  qué has hecho esta tarde… -¡EL BAR!
-Me lo he dejado en el Rincón Musical.
-¿Qué? ¿Has estado allí…? -no le hizo mucha gracia mi plan nocturno.
-Sí, he ido a cenar.
-¿Has estado con Vanesa? -se puso seria. Me senté de nuevo junto a ella.
-Sí. -afirmé. Ella giró la cabeza y se cruzó de brazos. No debí haber dicho nada. Dos enfados en un día, y eso que apenas nos habíamos visto.
-Te enfadas conmigo y pasas la noche con ella…
-Cariño, he ido a cenar. -me expliqué.
-Mira, no tengo ganas de discutir. Me voy. -se levantó. Yo la agarré del brazo y la devolví al sofá. -suéltame.

-No te vayas… por favor. -le rogué. 

sábado, 8 de marzo de 2014

Capítulo 48. ¿Y SI FUERA ELLA?

Sentada en aquella silla plateada, tan incómoda que dolía, miraba al infinito esperándola. Sonreía como una estúpida bajo mis gafas aviadoras. Pronto vino un camarero pelirrojo y muy chupado. Su delgadez era exagerada. Me recordó al chef de la película "Ratatouille". Muy amablemente, y algo nervioso, me preguntó si quería tomar algo. Le pedí que me trajera una coca-cola, estaba sedienta. Miré el reloj nerviosa. Aún no era la hora. No debí plantarme allí tan temprano, pero el pulso me temblaba desde las ocho de la mañana. Malú me llamaba, contesté rápidamente, ni siquiera dio tiempo a que sonara la melodía.
-¿Cómo va la cosa? -le pregunté. Tenía concierto en Salamanca.
-No nos ha dado tiempo a mucho, después de comer hacemos unas pruebas. -su voz me seguía conquistando. Jamás me acostumbraría a ella. -¿Y tú?
-Todavía no ha llegado… -volví a mirar la hora inconscientemente.
-Estará al caer. -fue decirlo y verla aparecer doblando la esquina. Su pelo corto y castaño, del mismo color del mío, brillaba por los reflejos del sol.  Portaba una blusa negra, al igual que sus vaqueros. Aún conservaba el luto. Se levantó las gafas de sol para buscarme. Alzó una mano y la puso sobre sus ojos. La entendí perfectamente, yo también lo hacía. Teníamos el mismo color claro y sabíamos el dolor que causaba el brillo mañanero. Levanté el brazo y reaccionó al instante. Nos dimos dos besos y volví a sentarme, esta vez con compañía. Se formó un silencio extraño, frío, que se rompió por nuestras risas. Era todo muy raro.
-Mamá, ¿qué vas a querer? -le tendí la carta.
-Lo que tú pidas. -sonrió, le devolví el gesto. Al final optamos por unos montaditos de toda la vida. Recordamos viejos tiempos,  pues los solíamos tomar los viernes después de clase.
-Cómo te he echado de menos. -suspiró, quebrando otro de los incontables silencios que se producían. Agaché la cabeza a la misma vez que ella. Las dos habíamos sido culpables de eso. -¿Malú no ha querido venir?
-Tiene concierto en otra ciudad.
-Vaya… el otro día no fue un buen encuentro. Me encantaría conocerla.
-Cuando quieras. -nos sirvieron la comida y comenzamos a devorarla rápidamente. Habían tardado mucho, y eso que era un plato fácil de hacer.
-¡Hija! Cierra la boca. -echaba de menos que me regañase. -espero que no comas así delante de tu novia.
-Bah, ella come igual. -reí, siguiéndome ella. Era una sensación rara, como si nos acabáramos de conocer, cuando en realidad compartíamos genes, me había creado y educado. Nunca debimos tomar caminos separados.
-¿Qué pasó con Vanesa? -la pregunta hizo que me atragantase, me dio unas palmadas en la espalda. Puse dos dedos paralelos en mi frente, formando unos cuernos.
-¡No! -se tapó la boca. -Nunca me gustó esa chiquilla. -dijo poniendo morritos. -Escucha, la madre… -imitó mi gesto anterior. -con el fontanero. -se me escapó un trozo de pan de la boca y me eché a reír. Me lo contaba en voz baja, como si alguien se fuese a enterar de aquello… Aún no se había acostumbrado a Madrid. Aquí nadie se interesaría por oír nuestra conversación, en el pueblo, todo era diferente. -de tal palo, tal astilla.
-Desde luego. -reí.
-Bueno, cuéntame. ¿Qué tal tu vida de superestrella?
-¡Pero mamá! -exclamé, alzando una mano. -qué exagerada eres.
-Lo serás. -en fin, amor de madre. ¿No?
-Es complicado. -le conté todo lo que había vivido. Desde el programa, hasta la banda, la productora toca pelotas, el problema de la producción y todo lo demás. Por supuesto, usando palabras fáciles… no tenía mucha idea de música. Ni de música ni de nada en realidad, no había salido de Calanda en su vida. Según me comentó, se perdió en el metro unas pocas de veces.
-Mira que estás "escurría". -observó, dándome un pellizco en la barriga que me hizo derramar algunas gotas del vaso. -deja que te haga un buen potaje. -cosas de madre. Cosas de madre que parecían tonterías, pero que cuando no estaban, se notaban. Y yo no me había dado cuenta de lo importantes que eran esas bobadas hasta este día.
-¿Por qué no te quedas unos días más? -le pedí. Sinceramente no sé por qué lo hice, ni que me llevó a soltarlo. Impulsos, supongo. Se sorprendió.
-Pero… tengo el billete comprado.
-Podemos cancelarlo.
-¿Ah, sí? -preguntó. Yo me eché a reír. Demasiado metida en el pueblucho. -pero, ya no tengo hotel. -en ese detalle no había caído. Tampoco podía ofrecerle mi casa así porque sí, más que nada porque la compartía con Li.
-Ya solucionaremos eso, ¿vale? -acaricié su mejilla. Cuando iba a quitar la mano, me la sujetó y le dio un beso.
-Ven a mis brazos, enana. -me rodeó con sus brazos y percibí su olor. Al instante lo reconocí. Era el que le regalamos mi padre y yo en uno de sus cumpleaños. Yo apenas tenía siete años… esa sí fue una buena época. El único problema que tenía era que mis dibujos favoritos lo echaban a la hora del colegio.
El abrazo fue interrumpido por un mensaje. Era un SMS. ¿Quién los usaba a estas alturas? Me dispuse a mirarlo. Mari. "Ven a la discográfica, reunión". Crucé los dedos. Más obstáculos no, por favor. Mi madre quiso acompañarme.
Llegamos y ella iba observando embobada todos los detalles de la enorme oficina.
-Buenas. -les saludé. Habían llegado antes que yo. Estaban colocados formando un círculo en la mesa. Los músicos, Pedro, Paula y Mari.
-¿Y esta señora? -preguntó de mala gana la productora.
-Es mi madre. ¿Puede quedarse?
-Es confidencial. -respondió la simpática, nótese la ironía. La miré apenada.
-No te preocupes, te espero por aquí. -salió por la puerta. Me acomodé en uno de los sillones y crucé miradas con los chicos de la banda.
-Como ya sabes, el miércoles sacas disco. -empezó, muy sonriente, cosa que no solía hacer, Paula.
-Ajá. -asentí, al ver que no continuaba.
-Pues aquí. -dijo señalando un folio. -tienes un calendario con tu… futuro. -eché un vistazo. Vi que resaltaban de rosa las firmas de discos, con amarillo las actuaciones en salas y con azul los programas de radio y televisión.
-Guau, son muchas cosas. -sonreí.
-Ha sido un duro trabajo, es incontable el número de llamadas que he realizado. -se enorgulleció ella misma. Le di las gracias educadamente.
Pasamos la tarde comentando las fechas, los lugares. En fin, mi vida en los próximos meses. Lo pensé fríamente. Viviría en la carretera. Cuando no era una firma, era un concierto, y cuando no era un concierto, era una entrevista. Y esto solo acababa de empezar. Desde luego que se lo había currado mucho… una promoción fascinante. Me frené un segundo. ¿Y si no le gusta a la gente? El plan entero se caería. Sentí miedo. Dudas. Sería muy triste estar cantando en una sala con pocas personas. O estar en una firma y no ver nadie en la cola. Siempre tan negativa… Pero podía pasar. ¿Quién me aseguraba que no?
-Va a ser una experiencia increíble. -confesó ilusionada Mercedes, dando golpecitos en la mesa. Su ritmo se manifestaba aunque no hubiese una batería delante.
-Hay que ensayar mucho. -sereno y correcto, una vez más, Ricky. Yo asentí con la cabeza. Me faltarían horas en el día…
-Espero que seáis capaces de llegar al éxito, o, al menos, rozarlo. -dijo Paula.
-Yo confío en ellos. Lo lograrán. -intervino Pedro, que había permanecido callado durante toda la reunión. La tensión entre ellos era fuerte. El ambiente era algo incómodo.
-¡¡Por cierto!! -dio un palmazo en la mesa Mari que nos dejó descolocados a todos. -¡En dos semanas actuáis en el Palacio de los Deportes! -¿lo decía en serio? La miraron boquiabiertos. Me acordé entonces de la conversación en el Mc Donald´s. Ah, que iba en serio.
-E… e…explícate. -tartamudeó la productora.
-¡Anda! ¡Pero si una mánager ha conseguido algo mucho mejor que tú! -añadió leña al fuego el director musical. Me preocupaba ese rifi-rafe entre los dos. Ella le contestó con una mirada cargada de odio.
-Eso, que actuáis con Malú el 29 de Marzo. -otra vez las bocas abiertas.
-¿Has dicho Malú? -preguntó nervioso el contador de chistes oficial del grupo. Mari me guiñó un ojo y afirmó.
-Aquí la artista, que levanta pasiones entre los más grandes. -eso iba con segundas, lo pude ver en su mirada.
-¡QUÉ PUTA PASADA! -exclamó en un grito Pepe Luí.
-No te emociones, nosotros no tocamos. Cantará Marina y ya está. -dijo Merce. Eso no lo había pensado… me dio pena el pensar que no saldrían conmigo. Pero al parecer, mi mánager tenía otro as bajo la manga.
-Me ha dicho que cantará con Marina "Te conozco desde siempre" y que luego, mientras ella hace un cambio de look… -sonrió e hizo una pausa para crear tensión. -os dejará tocar el single.-Eso era demasiado. ¿Mi canción, mis músicos, en su concierto? Qué lujazo. Jamás podía haberme imaginado algo así. Sería una gran catapulta para el disco. Mientras ellos estallaban de emoción, yo me quedé pensativa. Si no fuésemos nada… ¿haría eso? Probablemente no… Quizás solo lo hacía porque era su novia. Que en realidad mi música no era tan importante como para dejar que la mostrase en su multitudinario espectáculo. -¿te ocurre algo? -mi representante interrumpió aquel pequeño bajón.
-Nada.
-Te noto muy seria…
-Estoy pensando. -me dio un abrazo que me hizo daño. No era cariñosa, era bruta como ella sola.
-¿Va todo bien con Malú?
-Genial. -sonreí. Me achuchó los mofletes.
-¡SOLTÁDME! ¡SOLTÁDME! -vi a mi madre aparecer por la puerta, con los pies colgando. Dos enormes tíos la agarraban de los hombros.
-¡Dejarla! -les grité, levantándome de la silla.
-Se ha colado en la grabación de David Bisbal. -me informó el gorila. Miré a mi madre con una tímida sonrisa. -dice ser tu madre.
-Lo es. Perdonad. -me disculpé. Se fueron y estallé en risas. El resto seguía eufórico con lo del concierto. -Mamá, joder.
-Que tu sabes que el ricitos me pierde desde siempre.
-Menuda escusa.
Salimos de la discográfica, dada por terminada la reunión, y conduje hasta el hotel en el que se alojaba mi progenitora. Allí nos despedimos y me dirigí a mi casa. El reloj marcaba las diez menos diez. Conecté apresuradamente el manos libres y llamé a la posible mujer de mi vida. Un momento. ¿Y si fuera ella? Quizás.
-¡Suerte! -le deseé.
-Gracias cariño. Tengo que colgar...
-Espera. -le pedí. -Gracias…
-De nada, boba. -dijo, mezclando la frase con una risa. Entendió perfectamente a lo que me refería.
-¿Por qué? -no era ni el lugar ni el momento, pero lo hice. Hice la pregunta.
-Porque sí. Porque te quiero. -di por confirmada mi tesis. Me quedé callada. Al cabo de unos segundos, al ver que ella iba a vocalizar, me salió la frase de golpe y sola.
-Porque me quieres… ¿entonces no es por mi música?
-Te quiero a ti y a tu música.
-Sí… intenta arreglarlo.
-¿Marina? ¿en serio? -se produjo un silencio incómodo. Oí de fondo a alguien diciéndole que se metiera prisa. -no sé qué te ha dado… espero que se te pase pronto. -sin comentarios.

-¿Crees en lo que hago? ¿O es solo porque estás enamorada? -me colgó. ¿Qué significaba eso? Tiré el móvil al asiento vacío del copiloto. Tal vez era una gilipollez mía y estaba haciendo una bola. Desde luego que era una idiota de los pies a la cabeza… Me sentí culpable. A saber cómo había salido al concierto después de discutir conmigo… No podía sentirme más basura. Malditas paranoias. Te eligió en La Voz. Se dio la vuelta sin haberme visto ni una sola vez. Todo eso pasó sin conocerme. Definitivamente me había ganado a pulso el premio a la imbécil del año. 

miércoles, 5 de marzo de 2014

Capítulo 47. SIEMPRE TÚ.

Aún tenía el pulso acelerado. No me contaba nada, y mira que le insistía. "Ven, por favor, te necesito". No paraba de repetir la maldita frase, pero sin contarme el por qué. Y eso me preocupaba.
-¿Todo bien? -observó Malú mi nerviosismo mientras hablaba por el móvil. No le contesté. Se acercó a mí por detrás y me abrazó. -¿Qué pasa? -colgué. Era inútil, no dejaba de decirme aquello de "te necesito".
-Me voy. -dije, buscando mi chaquetón en la percha. -Li… no sé qué le pasa. -comenté mientras me ajustaba la chaqueta.
-¿No sabes nada?
-Nada… está llorando… algo habrá pasado. -agaché la cabeza. Me dio un beso en los labios. Me acerqué a su hermano y me despedí.
-A ver si nos vemos pronto, cuñi. -y dale con el pronombre. -¡Espero que no sea nada!
Salí al jardín, y a la vez que noté el frío en mi cara, me di la vuelta. Qué idiota. No tenía el coche aquí. No me dio tiempo llamar, Malú ya estaba abriendo la puerta. Reímos. Nos habíamos percatado de ese pequeño y a la vez enorme, detalle.
-¡José, voy a llevar a Marina! -le chilló desde la entrada. Oímos unos pasos acelerados, venía corriendo.
-Ya la llevo yo. -se ofreció amablemente.
-¿Seguro? -lo miró su hermana. Él asintió muy convencido. Agarró su prenda de abrigo y con una enorme sonrisa, cerró el portón.
Nos montamos en el auto y fui indicándole el camino. Ya me lo sabía de memoria. Majadahonda-Alcalá de Henares. Cincuenta y dos kilómetros. Cuarenta y cinco minutos. Iban a ser los más largos de mi vida esta vez. Ella era mi mejor amiga, mi compañera de piso, mi refugio cuando no me quedaba nada, la segunda persona más importante de mi vida. Me estaba muriendo por dentro. Aún recordaba su llanto en mi mente. Eso me mataba. No soportaba oírla así de mal. Una y otra vez me preguntaba qué era lo que podía haber pasado. Una palmada en mi muslo por parte de mi alocado cuñado disipó mis pensamientos.
-Cuñi. -qué pesado. -tranquila. No será nada. -sonrió. Agradecí sus palabras con una tímida sonrisa.
-Oye, muchas gracias por… -no me dejó terminar la frase.
-¡De nada mujer! -exclamó, soltando las manos del volante. Se las cogí y las deposité en él de nuevo. -Soy muy buen conductor, no temas. -¿debía creerlo? Comencé a tener miedo. -¿qué tal con mi pequeñaja? -no pude evitar sonreír al oír cómo la llamaba.
-Fabulosamente bien. -pude notar una especie de destello en mi mirada.
-Uh, qué encoñada estás. -solté una carcajada. -Me alegro mucho. La enana ha tenido algunas parejas ya… y siempre le rompen el corazón. Espero que tú no lo hagas.
-¿Es una amenaza?
-Sí. -me miró enfadado, desafiante. Se me cortó la respiración. -¡Es broma! -me dio un empujón en el hombro. Pensé que me sacaría por la ventanilla. La cerré por si se le ocurría volver a hacerlo. -Bueno, lo de que es una amenaza. Pero espero que…
-Lo he entendido. -le corté, evitando una explicación innecesaria.
-Qué borde. -puso cara de asco. Yo mantuve una cara neutral, sin quitar la vista de la línea de la carretera. -¡Es broma! -suerte que había cerrado la ventana porque me embistió de nuevo. -Oye, de cuñi a cuñi. -me reí. ¿No se cansaba? No sé… podía llamarme Marina, cuñada… ¿sabría que había más formas de apelarme?
-Dime… -dije, ya sonriente. A ver con qué me saltaba ahora…
-Mi her… -soltó una vez más el volante. Flexionó su brazo y movió ambos codos a la vez hacia abajo. Conocía ese gesto… -…¿bien? -estallé en risas y le rogué que tomara las riendas del coche.
-No quiero morir. -confesé, echándome aire con la mano.
-Todo controlado. -y una leche. Conducía como un loco. Ya podría haberse ahorrado su hospitalidad y que me hubiese traído mi taxista particular. Se me escapó una sonrisa al pensar en ella. -No me has contestado. -alargué el silencio. Faltaba tan solo una calle para llegar.
-Derecha. -le indiqué. -y llegamos. Oí que echó el pestillo. Mierda… con la prisa que tenía. Me miró maliciosamente. Supuse que no saldría de ahí hasta que respondiese su pregunta. ¿Y él era el hermano mayor? Joder, no podía ver que estaba acojonada por Li. -sí. -contesté a su delicada duda.
-No pareces muy…
-¡Lo hace más que genial! -exclamé. Me sonrojé. Yo no hablaba de eso con nadie. Oh, dios. Él se rió y quitó el seguro. Abrí la puerta y le volví a dar las gracias. Al fin libre.
-No las des, ¡nos vemos! -se despidió sacando el brazo por la ventanilla.
Me planté frente al ascensor. No llegaba. Dos minutos. Opté por subir la escalera hasta el cuarto piso. Nada más girar la llave, oí a Li correr hacia mí. No me dio tiempo a mirarla, ya estaba en mis brazos. La abracé mientras encajaba la puerta con el pie. Noté como se aferró fuertemente a mi cuerpo. Yo la achuché más si cabía. Lloraba desconsoladamente. Acaricié su pelo. Me dolía muchísimo verla así.
-Eh, tranquila, ya estoy aquí. -la animé. Oí como cesaba su llanto. No quería agobiarla a preguntas. Preferí esperar a que fuera ella misma quien me lo contase. Me acomodé en el sofá y ella se sentó en mi regazo. Tras un rato intentando regular el curso de su respiración, en el que yo frotaba su espalda con el fin de darle fuerza, se decidió a contarme lo que le pasaba. Eso sí, sin mirarme a los ojos, escondida en mi cuello.
-Ha venido Pablo… -comenzó, hacía largas pausas para tragar saliva.
-Tenemos toda la noche. -le dije, apartando su pelo de la cara. -tómate tu tiempo.
-Pues… abrí la puerta pensando que era Leire porque habíamos quedado para ir de compras, pero no, era él. Me puse muy nerviosa, se me subió el corazón a la garganta. Le dije directamente que no estabas en casa y me soltó que no estaba aquí por ti, sino por mí. -rió y tomó aire de nuevo. -Más mono… -suspiró. Le brillaban los ojillos y no por llorar precisamente… -le invité a merendar y estuvimos toda la tarde hablando. Me ha cantado algunas canciones.
-Al final me acabas quitando el disco. -intervine para aflojar la tensión.
-¡Calla! -me pegó un pellizco entre risas. Me alegré de haber conseguido arrancarle una sonrisa. -Bueno, pues mientras me cantaba nos mirábamos a los ojos y… -sonrió plenamente, como nunca antes había visto. -no sé, he sentido algo. Algo extraño, Marina. Yo no sé que ha sido..
-¿Qué sentías? -pregunté.
-No puedo explicarlo… era como un cosquilleo, escalofríos…
-Me temo que eso se llama amor. -se entristeció y bajó la mirada al suelo. -¿Por qué llorabas?
-Porque no quiero enamorarme… -pero qué cosa tan absurda… esta niña era impresionante.
-Pero si enamorarte es lo mejor. -le sonreí.
-No quiero sufrir… -confesó, agarrándome el dedo pulgar. -A ver, él es un famoso artista y yo trabajo en un periódico de mierda… no funcionará. Yo solo soy un capricho… seguro. -trató de auto convencerse. Yo negaba todo el rato con la cabeza. Había visto a López muy entregado.
-¿Por qué no te dejas llevar? -a Li le gustaba planificar su vida. Tenerlo todo en orden y bien atadito, quizás por ello nunca había tenido pareja. No contestó, así que volví a hablar yo. -dale una oportunidad. ¿Cómo estás tan segura de que te hará daño? Puede que te haga la persona más feliz del mundo. ¿Vas a quedarte con la duda?
-Déjame pensarlo.
-¡Deja de pensar y actúa! ¡Vive! -exclamé. Ella me miró girando despacio las comisuras de sus labios.
-Jo. -se volvió a echar en mi hombro. -no sé qué hacer…
-Bueno, sigue contándome. ¿Ha pasado algo más? -se echó a reír y yo no entendía el por qué.
-Marina. -se rió con voz de niña. -nos hemos dado un besito. -volvió a soltar algunos "ji ji ji" y se tapó la boca. Realmente nunca crecería. Siempre sería mi pequeña Lidia. Siempre Li. -Gracias por aguantarme. -carcajeó.
-Te debo muchas.
-Cierto. -dijo. -te voy a preparar la mejor cena del mundo, quédate aquí. -dio un salto de mis piernas y corrió a la cocina. Bicheé el móvil. Nuevos mensajes. Malú.
-¿Te ha dado mucho por culo mi bobo?
-Ni te lo vas a creer… -había que ver la cara de tonta que se me quedaba mirando un teléfono.
-¿Qué te ha dicho?
-Me ha preguntado si tu… -no me atrevía a escribirlo.
-¿Qué dices Marina?, no te entiendo.
-Déjalo, que te lo explique él. -vi que lo había leído. Pasaron unos diez minutos cuando obtuve respuesta mientras hacía zapping por la tele. No había nada que se pudiese ver. Cotilleos, chismorreos. A la televisión le faltaba algo últimamente. ¿De verdad a la gente le gustaban esos programas telebasuras? Porque si estaban ahí era porque tenían su audiencia. Añoraba la televisión de mi infancia.
-¡Lo mato! ¡Lo mato! Por cierto, qué moni eres. Genial, dices… -me sonrojé al leer.
-¿Y esa cara? -me preguntó Li, que asomaba con una bandeja llena de comida. Se había pasado.
-Amor, pruébalo. -le guiñé el ojo.

-Lo probaré. -aseguró. 

lunes, 3 de marzo de 2014

Capítulo 46. CAMBIARÁS.

Y así, página por página, concepto tras concepto, fui adquiriendo conocimientos con la mejor profesora que podía tener. De vez en cuando me quedaba embobada, mirando cómo se atascaba y no salía de su propio lío. Lo explicaba una y otra vez y ni ella se entendía.
-Bueno, y eso. -decía, saltándose ese trozo y continuando con un nuevo término. -¡No te embobes! -me exclamaba muy seria, dándome un libretazo en la cara. -Encima de que me pongo a enseñarte, no me echas cuenta.
-El problema es que te echo demasiada cuenta. -reí.
-¡Pero no a los agudos! -dijo cabreada, señalando el libro.
-Sí… la agudeza de tu… belleza. -improvisé. Sonrió y tiró el cuaderno a la mesa.
-Si es que te tengo que querer. -dijo, depositando sus brazos en mi hombro y abalanzándose sobre mí con claras intenciones de besarme. Me eché hacia atrás esquivando el beso. Sabía que lo odiaba. Solté una carcajada al ver su cara. -pues ahora sí que no te lo voy a dar. Venga, léete este apartado.
-¿Otra vez? -bufé de mala gana.
-¿Otra vez de qué? Eso no lo has leído.
-No ha "colao"
-"Colao". -repitió la palabra y se hartó de reír. -Nunca te había escuchado decir eso. -rió de nuevo. Qué bien se lo pasaba riéndose de mí. Y era normal, yo hablaba muy fino y aquello la descolocó.
Al rato y después de haberme repasado media estantería de su casa, dijo que ya era bastante por hoy. Estaba embotada de tanta letra junta. No estaba acostumbrada a estudiar, desde el bachillerato no había abierto un libro. Fue cómo volver a empezar.
-¿Tengo premio? -no lo había olvidado. Se tocó la barbilla pensando. Sonriente. Esa cara de interesante tan graciosa que pone a veces.
-Cierra los ojos. -me ordenó. Uf. Qué miedo. Me dio un piquito en mis labios resecos por el frío y me pidió en un susurro, que, por cierto, hizo que temblara, que me quedara quieta. Noté que se levantó al cambiar el peso del sofá. Pasaron unos minutos y yo me sentía como una estúpida allí, con los ojos cerrados. No los abrí por si me veía. Seguro que me quedaba sin premio si me pillaba. Marina, estás siendo muy infantil. Más infantil aún era hablar conmigo mismo. ¿PERO QUÉ ESTABA HACIENDO? Definitivamente esa mujer me estaba volviendo loca. Reí sin ningún motivo aparente. Qué manera de hacer el tonto. Me mordí el labio. ¿Qué tendría pensado? Una tontería de las suyas, sin lugar a dudas. Volví a reír, sintiéndome de nuevo una chiflada enamorada. -¡Ya! -exclamó. Despegué mis párpados velozmente, me moría de ganas por descubrir mi sorpresa. Todo estaba oscuro. La lámpara enorme del salón estaba apagada y ya no entraba luz por la ventana.
-¿Cariño? -miré alrededor. Oscuridad.
-"Se ha declarado mi pasión como un volcán, hoy tengo ganas de volverte a devorar…"- no me lo podía creer. Encendió una linterna y la vi en el medio de la alfombra con movimientos de niña pequeña cantando esa canción con una voz extremadamente dulce. Dejé que continuara con su actuación. Ya casi ni me acordaba de ese tema suyo. Durante mucho tiempo fue mi canción favorita. Luego la fui olvidando porque otras ocupaban su puesto. Al volver a oírla, y oírla así. En directo, sin focos enormes y gente alrededor. Sin gritos de júbilo y miles de idolatrados gritando desesperados. Sonreí y centré mi atención en ella. Ahora mismo era lo único que ocupaba mi mente. Cogí uno de los cojines y lo abracé mientras me mordía el labio. Salió un poco de sangre… yo y mi manía de olvidar echarme cacao.
-Bueno… y la siguiente canción la quiero cantar con alguien muy especial para mí. -por un momento parecía que estaba en uno de sus multitudinarios conciertos… pero no. Era el salón de su chalet. -Marina. -me señaló.
-¿Yo? -miré a un lado y al otro, haciéndome la tonta. Se rió y me cogió de la mano, sacándome al "escenario". Me tendió el mando de la tele, lo agarré cómo si de un micro se tratase y le seguí el juego. Sus perras se sentaron frente a nosotras. Me pregunté si Malú solía hacer esto… las mascotas parecían estar muy bien acostumbradas a oírla. -¿Qué canción quiere la señorita? -no me soltó la mano. ¿Cantaríamos así alguna vez delante de un público?
-Aprendiz. -susurró sonriente.
-Ni de coña. -solté su mano e hice aspavientos con los brazos. -Esa canción es demasiado fuerte…
-Venga, hay que aplicar conceptos. -me volvió a agarrar. Negué con la cabeza.
-No puedo… no puedo. Otra, porfi. -acabó cediendo. Acepté cantar "Blanco y negro". Y a ésta le siguieron otras y otras y otras. Acabamos cantando por Alaska, por Alejandro Sanz. Cantamos algunas de mi disco, que, para mi sorpresa, ya se sabía. Y la más emotiva y bonita, no por ella en sí, si no por los recuerdos que nos traía, fue "Bailar pegados". Era impresionante. Esa tarde fue más que perfecta. No tenía palabras. Una de las mejores de mi vida, sin duda. Nuestras miradas se encontraban en cada verso. Una conexión perfecta. Una línea imaginaria que iba de los suyos a los míos y de los míos a los suyos. Cantar así fue una de las mejores experiencias de mi vida. Mi bendita imaginación distorsionaba la realidad. Convirtió la tele en una enorme pantalla. Los sillones en las gradas. Sus perras en fans. Y el mando y su linterna en micros. Quizás algún día eso pasaría. Un quizás lejano. Sin decir nada, me abrazó muy fuerte y tiró la linterna al sofá. Yo la abracé también, estrujándola.
-No puedo respirar. -dijo con la voz ahogada. Solté un poco. Danka, para variar, comenzó a ladrarme. -¡Tira pa´ya! -le ordenó su dueña. Me reí mirándola, cómo diciéndole: buajajaja, es mía. De pronto sonó el timbre. -¡Ostia! -Malú seguro que había quedado con alguien y se le había pasado por completo. Vaya dos. No podíamos presumir de buena memoria. Se adueñó de mi meñique y me llevó con ella hasta la puerta de su casa.
-¡Cuñi! -José alzó su mano para que chocara los cinco. Así lo hice. -vaya discazo, yo abandono a mi "her" y me voy contigo de gira, eh.
-¡Ya ni me saludas!  -se quejó Malú. Él la ignoró y siguió comentándome su opinión sobre mi álbum.
-Tengo que volver a oírlo porque iba en carretera y no prestaba mucha atención a veces…
-¡Pero bueno! ¡Yo flipo! -se puso las manos en las caderas.
-Oh, estás aquí. Hola hermanita. -le dio dos besos. Mi chica seguía con la cara descompuesta, alucinada por la reacción de José.
-¿Tú con quién habías quedado? -preguntó.
-Yo… contigo. -se rascó el pelo avergonzado. -pero es que mi cuñi mola. -reí. -mucho más que tú. Bastante más que tú. -corrigió el mismo. Reímos entre todos. Qué de locos juntos. María Lucía dio un portazo y pasamos a sentarnos en los sofás.
-Uy, ¿por qué estabais a oscuras? -se interesó mientras sonreía. Ya estaba tardando en soltar una de sus bromitas.
-Estábamos dando un concierto. -dije riendo. Me producía mucha risa su forma de ser. Su forma de cachondearse de nosotras.
-¿De chillidos? -Malú le tiró de la coleta que llevaba.
-¡Qué cerdo eres! -exclamó.
-No venga, en serio, ¿qué hacíais? -volví a reírme. Cansino.
-Cantar. -respondió esta vez ella. Carcajeó irónicamente. ¿Tan raro era que cantáramos? A ver, éramos artistas. Bueno, ella. Yo era un intento de. Ante su incredulidad, decidió explicarse. -le he estado dando unas clasesillas de música y le he hecho un "examen final". Un concierto en el salón.
-¡Eh! ¡Cómo los que hacíamos con papá de pequeños! Cómo hemos cambiado...-por un momento me imaginé a él con la misma coletita pero en versión mini. Y a Malú… ni me la imaginaba. No la veía en versión enana. Debía ser ultra mona, eso sí.-Pues hacerlo otra vez que quiero veros. -Malú no dudó en levantarse. Yo me resistí en el sofá. Aún tenía algo de timidez. -¡Venga! No te cortes, soy tu cuñi. -Me pregunté cuántas veces diría eso en el día. Le encantaba. -llegará el momento en el que cantes delante de millones de personas…
-Pero millones de personas, no mi elegante cuñado. -sonrió plenamente.
-¡Guapa eres, coño! -exclamó alzando las manos.
-Tú, que es mía. -le avisó ella, agarrándome del brazo para sacarme a cantar. Y así lo hicimos. Ante la dulce mirada del joven. Por un instante pensé que una baba recorrería su barbilla. Estaba orgulloso de su hermana. Podía verlo.

Mi móvil interrumpió mi single a dúo con la persona más importante de mi vida. José gruñó. Paramos y me dispuse a ver quién osaba meterse en ese perfecto momento… Era Li. Descolgué la llamada y la oí sollozar.
-Marina... 

domingo, 2 de marzo de 2014

Capítulo 45. ÁRBOL SOLITARIO.

Casi la hago polvo del abrazo que le di. Me moría de ganas por estrujarla. Dimos vueltas por el jardín hasta que me agarró la cara. Sus ojos se clavaron en mí e hicieron que parara. Puso sus pies en el suelo y sonrió mordiéndose el labio. No podía ser más perfecta esta chica, por favor. Al fin besó mis labios mientras Mari, desde el coche, pitaba una y otra vez.
-¡Me voy! -exclamó. Nosotras la despedimos con la mano.
-¿Qué plan tenemos? -le pregunté, aún abrazada a ella. Me había hecho sentir tantas cosas en aquel estudio de grabación. Era indescriptible. Solo con un gesto era capaz de remover todos los órganos de mi cuerpo. Me hacía estremecer. Tenía un poderío incontrolable sobre mí.
-Había pensado que podría enseñarte algunas cosas… -no sabía a qué se refería. Fruncí el ceño esperando que continuara con su explicación. -unas técnicas vocales, calentamiento de la voz… No tienes mucha idea sobre música. -tenía toda la razón. Yo no había estudiado canto ni nada. Solo cantaba por voluntad propia y sin ningún tipo de reglas a las que acogerme. Cantaba lo que sentía, sin más. No me vendrían nada mal unas cuantas lecciones.
-No sin que antes me dejes un cargador. Twitter se me colapsó y se comió toda la batería. -dije mirando la pantalla negra de éste.
-Vamos. -al poner el teléfono al cargar, me llegaron muchos mensajes, era normal, acababan de oír mi disco. Un cosquilleo recorrió mi cuerpo al ir leyendo cada una de las menciones. Por mi timeline podía leer algunos de los versos de mis canciones. Sentí eso de… ¿Cómo se dice? ¿Orgullo? Me sentía bien. Muy bien. Me sentí realizada. Por fin mis temas iban más allá de las cuatro paredes del "Rincón Musical". Tanto twitter, tanto twitter, olvidé abrir el mensaje que llevaba en el panel de notificaciones.
-"Llámame cuando puedas, he escuchado el disco entero". -mi madre me había oído. Respecto a la idea de "ser cantante" que ya me traía desde muy pequeña, tampoco me apoyaron. Creían que era una locura. Algo muy difícil y con lo que sueña cualquier chiquillo de mi edad. Que se me pasaría con el tiempo. Pero lo mío iba mucho más, lejos de ser un capricho de enano. Pronto empecé a componer con la primera guitarra, que ni siquiera habían comprado ellos, si no mis amigos. Tampoco podía echarles la culpa de esto… probablemente querían lo mejor para mí. Bajarme de las nubes. Pero que le iba a hacer, era una joven soñadora.  
-¿A quién llamas? -me preguntó mientras buscaba algo en la enorme estantería del salón. Me senté en su cómodo sofá y esperé a que descolgase.
-A mi mami.-sonreí cual niña pequeña. Malú se mordió el labio.
-¡Pero mira que eres adorable! -exclamó, mirándome con ganas. Sacó unos cuantos libros y los colocó encima de la mesa. Formó una torre con ellos y se sentó a mi lado.
-Hola. -empecé fría. No estaba acostumbrada a eso de tener una madre.
-Hola. -ella también estaba cortada, podía notarlo. Se produjo un silencio incómodo. No era yo la que tenía que hablar, era ella la que me había pedido que realizara la llamada. -Me ha gustado mucho. -dijo con algo de entusiasmo. -No sabía que cantaras tan bien. -le salió un gallo en esa última frase que me hizo reír. Parecía que se le iba a cortar la voz en cualquier momento.
-Gracias.
-De gracias nada… soy una tonta, Marina. -oí un sollozo. -una mala madre.
-Eh, no digas eso. -intenté animarla. Miré a Malú, estaba apuntando cosas en un cuaderno. Estaría preparando la "clase".
-Sabes que lo he sido, toda la vida. Ni siquiera me paré un momento para escucharte cantar… -se produjo un silencio. -me arrepiento tanto… ¿algún día me perdonarás? ¿Podrás hacerlo?
-Ese día ha llegado. -sonreí. Me sentía segura de hacerlo. Volvimos a encontrar un vacío en la conversación. Esta vez no era incómodo. No nos molestó permanecer calladas. Ninguna de las dos tenía nada que decir. -de verdad. -aseguré. Rió. Hacía tantísimo tiempo que no oía sus carcajadas… me entró nostalgia. De golpe, se amontonaron imágenes de mi infancia.
-Te invito mañana a comer. Tienes que contarme toda tu vida. Desde que naciste… hasta ahora.
-Cuéntame tú cómo nací… -reímos. -Está bien. -acordamos la cita y me dijo que podía traerme a Malú si quería. La avisé de que estaría poco tiempo, pues por la tarde tenía ensayos con la banda. Pronto empezaríamos a dar "conciertos" en salas de discotecas por las ciudades más importantes del país.
-Vale, vale. Respeto tus horarios de estrellita. -no conocía ese lado humorístico de mi madre. En realidad, nunca la había llegado a conocer… vivía tras la sombra de mi padre.
Colgamos  y, a la vez, Malú terminó de revisar los libros.
-He apuntado en esta hoja las páginas de algunas cosillas que nos van a interesar. Eran una especie de manuales de canto. Libros de música. Algunos estaban desgastados, otros prácticamente nuevos.
-Antes quería hablarte de una cosa. -me senté en indio y ella me imitó. La una frente a la otra.
-He quedado mañana con mi madre para comer. -acarició mis pulseras. Había cogido la extraña manía de hacerlo. -he decidido darle otra oportunidad. -sacudió su pelo. Otra de sus manías. Llevó la vista a mis pulseras. No estaba muy contenta.
-¿Estás segura? -lo dijo sin mirarme. No contesté. Esperé que me mirara a los ojos. Cuando lo hizo, respondí con un encogimiento de hombros. -Yo no lo haría. -dijo muy seria, seca. Sus palabras se clavaron como un puñal en mi corazón. Me había costado tomar una decisión, una decisión que ahora mismo se tambaleó con ese "yo no lo haría". -Lo siento, solo intentaba ser sincera. -vio que me molestó.
-Es que… madres solo hay una. -¿Cuántas veces había dicho ya esa frase…? Era un argumento fácil.
-Y desgraciadamente a ti te ha salido…
-No es perfecta. -la corté. -pero es la que tengo.
-Tú misma. -dejó de jugar con mis brazaletes para agarrarse las rodillas. -es mi opinión, pero está en tus manos.
-Y te agradezco que me la des… pero anoche lo estuve pensando mucho. No tienes ni idea de lo que es vivir sin familia… es como que llevas el peso de todo. Eres un árbol solitario. Cuando lo dejé con Vanesa me di cuenta precisamente de lo importante que era eso. Yo había optado por abandonarles y creer en el amor…
-Encima te echas la culpa… tú no les abandonaste. Huiste para ser feliz. -corrigió. -Mira, yo quiero lo mejor para ti… y no me gustaría que volvieras a llevarte una decepción con ella. -sonreí. Aquel "quiero lo mejor para ti" no fue una simple frase. Me dio un vuelco el corazón al oírlo.
-Te quiero mucho.-pasé un mechón de su pelo por detrás de su oreja. Sacudió la cabeza para liberarlo.
-No me gusta que me veas la oreja. -dijo con esa voz de niña que ponía para matarme. Besé en un acto impulsivo sus labios con fuerza. -¡Ahora la bestia eres tú! -reí. ¿Cuándo íbamos a dejar de hacer ese chiste? -Bueno, no me cambies de tema.
-Pues eso, que me apetece recuperar el tiempo perdido. Es una ilusión y puede, como has dicho, que me decepcione y me pegue una ostia contra un muro. Pero prefiero arriesgarme a no intentarlo. -ella arqueó las cejas a la vez que movía los hombros, quería decirme "lo que tu veas".
-Hagas lo que hagas, tendrás mi apoyo. -agradecí esas palabras. No quería tener una pelea con ella por esto. -Y ahora, a estudiar. -dijo, cogiendo el primero de muchos. Resoplé. Qué pereza.-Venga, si te portas bien te doy un premio. -sonrió a la vez que lo decía.
-¿Qué premio? -alcé una ceja.
-Ya lo verás. -me guiñó un ojo. Me eché a reír y me tapé la cara algo colorada.

-Me encanta cuando te pones así de tonti. -dijo, intentando quitar las manos de mi rostro. Yo me resistí. -¡Página 25! 

sábado, 1 de marzo de 2014

Capítulo 44. CUANDO DIGO TU NOMBRE.

Al despegar los párpados vi a Malú de pie hablando por teléfono.
-Supongo que se acordará. -la oí decir. Froté mis ojos, veía algo borroso aún. "Supongo que se acordará". ¿Qué significaba eso? -Oh, buenos días cariño. -se percató de que me había despertado. Se sentó a mi lado y siguió hablando por el móvil. Un momento, ese era mi móvil. Hice un gesto de confusión. -Sí, es el tuyo. -susurró tapando el micrófono. -Es Mari, te recuerda que hoy presentas el disco en la radio. -¡MIERDA! ¡MIERDA! "Supongo que se acordará". Claro, perfectamente. ¿Cómo podía ser tan estúpida? Probablemente este día sería inmemorable, uno de los mejores de toda mi vida, y yo sin acordarme. -Pues no, no se acordaba. -rió Malú al ver mi cara de sorpresa. Me eché de nuevo en la cama, esta vez boca abajo y empecé a darme golpes contra la almohada. Noté el teléfono en mi oreja.
-¡Paso a recogerte en dos horas! ¡Ponte guapa! -de inmediato colgó. Estaba muy animada, como debía ser. Y yo allí, en la cama de Malú con toda la flojera del mundo y habiendo olvidado el primer día del resto de mi vida.
-Vamos, que no llegas. -me dio un pequeño empujón. Ni me moví. Giré la cabeza y vi en su despertador que eran solo las ocho. -Te hago el desayuno mientras te vistes, ¿vale? -me besó en la mejilla y corrió hasta salir por la puerta. Admiraba su energía. Cogí la ropa que llevaba la noche anterior, al verla me acordé de lo que pasó en el bar… Era una camiseta lisa y un vaquero despintado. Me lo puse rápidamente y bajé a llenarme de fuerza.
-¡Desayuno especial para un día especial! -exclamó con una enorme sonrisa. Sobre la mesa había un montón de comida. Un zumo de naranja, un café, tostadas, muchos tipos de galletas y una gran variedad de mermeladas. Me quedé sorprendida porque no habían pasado ni diez minutos desde que bajó.
-Eres la mejor del mundo. -dije, abrazándola. -Gracias.
-No hay tiempo para darlas, venga. -me sentó en la silla y se subió sobre mis piernas. Cogió mermelada de fresa y la untó en un trozo de pan. Se giró sobre mí y abrazó mi cuello. Con el otro brazo llevó la comida a mi boca. -abre. -me sentía como una niña pequeña, pero me dio igual.
-¿Tú no comes? -pregunté, interrumpiendo el divertido momento. Cogí una galleta y la puse sobre la lengua. Volcó la cabeza hacia atrás y se la tragó casi sin masticar. -Bestia.
-¿Y tú la bella? -le reí el chiste, pero no podía ser más malo. Iba a darme otro bocado más pero me eché hacia atrás.
-No quiero más. -le dije, agarrando una servilleta para limpiarme. No era muy buena con la puntería y tenía la cara llena de mermelada. Podía notar trozos enteros en las mejillas.
-Sí que quieres. -me revolví e impedí con los brazos que me metiera otro trozo. La tostada se cayó en mi camiseta, manchándola de un tono rosa fuerte. Para colmo, mi prenda era blanca…
-¡JODER! -exclamé. Malú se levantó corriendo y limpió la mancha con una servilleta. -Ni lo intentes. -dije algo enfadada. -no vas a conseguir quitarla, y ya no llego a mi casa para coger una muda. -mencioné mirando el reloj que llevaba en la muñeca siempre, un viceroy con la correa morada y de agujas. Tenía una extraña manía, necesitaba un reloj siempre en mi muñeca.
-Anda, vamos arriba que te dejo algo. -la acompañé al vestidor que tenía y me dejó que escogiera la que quisiera. -pero porque eres tú, eh. -levantó su dedo índice.
-¿Qué tienes hoy? -le pregunté mientras me la ponía.
-Nada… relax. -sonrió, rascándose la cabeza nerviosa. Me pareció sospechoso. ¿Estaba mintiendo? La miré frunciendo el ceño. -Ahí está Mari. -oímos el claxon de su coche. No paraba, una y otra vez. Ahora lo dejó pulsado un largo rato, comenzaba a ser molesto. -¡YA VA! -chilló Malú acercándose a la ventana. Al fin cesó el ruido. -Nos vemos en un rato. -me besó en el porche.
-¿En un rato? -me sonó extraño.
-Sí… esta tarde. Te quiero bella -sonrió plenamente.
-Adiós, bestia. -reí.
Entré en aquel mini al que empezaba a acostumbrarme. Nada más entrar, ya me estaba chillando. -¿¡COMO NO TE ACORDASTE DE ESTO!? -arrancó.
-Si yo te contara… -bufé, quitándome el chaquetón. -líos con mi madre.
-¿Tu madre? Pero si… -interrumpí su frase contándole lo que pasó. Sus reacciones siempre fueron muy expresivas, esta ocasión no iba a ser menos. Y menos con esta historia, que no podía ser más complicada. Estuvimos un rato calladas después de hablarlo.
-Uy, que camiseta más mona. -observó, cosa que no solía hacer.
-Me la ha dejado mi chica. -tomó un sorbo de agua mientras le explicaba lo del manchurrón.
-Vaya cara de "empaná enamorá" me traes. -se bebió la botella entera, y el poquillo que quedó en el culo de ésta me lo lanzó a la cara. Giré mi rostro y me quedé seria mirándola. -No tiene gracia. -articulé palabra por palabra. -Ninguna gracia. -ella se descojonaba dando tortazos al volante. Me sequé las gotas y dejé soltar una pequeña risa. Sus carcajadas eran muy contagiosas.
Antes de cruzar la puerta del estudio se me ocurrió una idea. Me di la vuelta y saqué el smartphone del bolsillo del pantalón y busqué en contactos a mi madre. Le mandé un mensaje, puesto que dudaba mucho que supiera usar internet. Y mucho más, que lo tuviera contratado. Le pedí que pusiera la cadena de radio en la que me encontraba. Sonreí mientras lo escribía.
-Aún faltan cinco minutos. -me indicó mi mánager. Yo sonreí, me daba tiempo de poner un tweet. Avisé a todos mis seguidores de la radio en la que me encontraba y lo que pasaría en unos instantes, aunque ya lo supieran. Lo había anunciado en cuanto me dijeron la fecha… seguro que muchos se acordaban y yo no. Pronto se empezó a petar el móvil, así que lo volví a guardar. No quería ponerme más nerviosa de lo que ya estaba. Comencé a dar vueltas por el pasillo. -¡Estate quieta! -exclamó. Ella también estaba emocionada.
-Vale, vale. -me retuve abrazando mi cuerpo. Flexioné un poco las rodillas, mi profesora de lengua nos dio este truco para que nos mantuviéramos quietos en las exposiciones. Parecía una tontería, pero funcionaba.
La puerta se abrió y me senté en la mesa junto a dos entrevistadores que conocía por fotos, y de haberlos oído alguna vez. 

Me coloqué esos enormes cascos y me acerqué al, también enorme, micrófono.
-¡Bienvenida Marina! -saludó nada más conectar. Supuse entonces que estábamos en directo.
-Muchas gracias, ¿qué tal? -sabía perfectamente que estaba en la radio y nadie me estaba viendo, aún así, sonreía como una niña con un juguete nuevo. Una agradable vibración corrió por mis venas. Me presentó a los oyentes como "la ganadora de La Voz", "una excelente letrista" y demás adjetivos y comentarios que me llegaron al alma. La entrevista continuó divertida, con bromas y anécdotas de la grabación entre canción y canción. También de seriedad y profesionalidad, contando el tema de las canciones y dónde y cómo me inspiré. Además de los problemas que hubo respecto a producción.
-Antes de oír la última canción que pone el punto final a tu estupendo disco, tenemos una sorpresa para ti. -me dejó algo desorbitada. No tenía conocimiento de eso… miré a Mari, ella sonrió, estaba en una esquina del estudio escuchando atentamente cada cosa que hablábamos. Parecía saberlo. Claro, que si me hubiese avisado, ya no sería una sorpresa. -tenemos una llamada de alguien muy especial para ti. -arqueé las cejas. No me dio tiempo a pensar quién era cuando oí su angelical voz.
-¡Hola Marina! -se me hacía raro oír mi nombre salir de su boca… me había acostumbrado demasiado a que me apelase con pronombres cariñosos. El caso es que volver a escucharla decir mi nombre me dio un escalofrío. Una sonrisa se me dibujó y los colores se me subieron a los mofletes.
-¡Malú! -exclamé, como si hubiesen pasado días desde que no la veía. -¡Cuánto tiempo! -mentí. Soltó una risa nerviosa.
-Bueno, cuéntanos, ¿qué tiene Marina que te enamoró? -su pregunta, y sobre todo ese "enamoró", hizo que se me escaparan algunas risas. Imaginé que ella se las tragó, al igual que Mari, que se tapaba la boca.
-Lo que más me llamó la atención fue su manera de cantar en las audiciones a ciegas. Tardé un rato en girarme, yo creo, porque me quedé tan  concentrada escuchándola, que se me olvidó pulsar el botón. Tiene unos giros únicos y preciosos. Pero ahora que la conozco más, lo que más destaco de ella es su forma de escribir.
-La verdad es que tiene unas letras impactantes. -opinó el otro chico, que apenas comentaba.
-Muchas gracias. -intervine algo cortada.
-Como hemos sabido hace un rato, tú formas parte de la producción de su disco, ¿no es así? -preguntó.
-Sí, así es. Me enteré de los problemillas que hubo con el presupuesto y no dudé un segundo en sumarme a ese proyecto. Siempre he tenido ganas de estrenarme como productora y cuando Marina me lo contó me lancé a la piscina.
-Subvencionar un disco es una decisión arriesgada. Puedes perder o puedes ganar…
-Lo sé, es algo con lo que me he tenido que enfrentarme yo misma durante tantos años desde el otro lado, pero yo creo en Marina y creo en su música. He tenido la suerte de escuchar muchas de sus canciones a tan solo metros de mí y puedo asegurar que solo con tararearlas bajito hace magia. -estaba que reventaba de vergüenza y orgullo a la vez. Nunca me había sentido así. Respondió a algunas cuestiones más sobre mi disco, sobre mí. y sobre sus proyectos. Aprovechó para anunciar las fechas de sus próximos conciertos y caí en la cuenta de que la vería poquísimo con la agenda que le esperaba. Pero ahora no tenía que pensar en eso, si no en disfrutar de mi momento. Mi disco estaba siendo emitido a España entera por vez primera. Noté una vibración en mi pantalón mientras se escuchaba la última canción: "Tú y yo, nosotras".
-¿Te ha molado la sorpresa? -era ella y sus inesperados mensajes.
-Cómo te lo has callado…
-Casi la cago cuando te dije que en un rato nos veíamos… -Ah, era esto… por eso ese gesto tan sospechoso.
-Te quiero, bestia.