jueves, 6 de noviembre de 2014

T2.Capítulo 34. VIVE.

Esa boda fue increíble. Un recuerdo grabado a fuego en mi mente. En esos anillos que llevábamos siempre en el dedo anular. En cada vídeo y fotografía. La huella de ese día era imborrable. Pero la celebración no terminó ahí. Después de pasar varios días en Algeciras, con muchos de los invitados que decidieron quedarse, viajamos a Huesca. Llevamos a mi madre hasta su casa, en la que pasaría unos meses. Necesitaba volver. Aunque yo sabía que se cansaría pronto. Se había adaptado a la ciudad. A la ciudad y a Pepi y sus aventuras.
-¿Seguro que no os importa llevarme? -preguntó mirándose por enésima vez en el espejo retrovisor.
-Claro que no. -le sonreí. -además, así nos despedimos.
-Ay… no me lo recuerdes. -se puso las manos en la cara.
-No te preocupes, la cuidaré bien. -la tranquilizó Malú, que le pasó su mano por el hombro desde el asiento trasero.
-No lo dudo. -suspiró.
-Mamá, no te pongas así. -reí.
-No me gustan los países raros. -bufó. Mi mujer y yo daríamos casi la vuelta al mundo en nuestra luna de chocolate, como decía ella. Era una auténtica loca de ese dulce. Pasaríamos por los países más exóticos. Los menos conocidos. Las islas más paradisíacas. Nos lo merecíamos después de tanto sube y baja. De tantas noches sin dormir. De tantas horas en la carretera. De arañarnos la voz. De desangrarnos en el escenario. De renunciar a nuestros placeres, para dárselos a nuestros seguidores. Esos que provocaban sonrisas y lágrimas. Emociones y tensiones. Esos que nos iluminaban.
-Pero es una experiencia única. -replicó ella.
-¿Y el hambre que vais a pasar? -preguntó, provocando nuestras risas.
-Te quiero, mamá. -susurré. -giró su rostro hacia mí y agarró mi mano, que se alejaba del volante poco a poco. La besó.
-Y yo a ti, hija mía. -murmuró.
-Me vais a hacer llorar. -dijo María Lucía simulando el llanto. Perdonar a mi madre, a día de hoy, creo que es de las mejores decisiones que he tomado. Me ha devuelto su ausencia con cariño, amor, respeto y consideración. Sabe entenderme. Sabe escucharme. Sabe cuidarme. Y lo más importante, sabe ser madre. Ha vuelto ese pilar que necesitaba. Ese sostén que me equilibrase. Eso me llevó a pensar en él. En esa figura. En mi padre. No tuve la oportunidad de despedirme nunca de él. En ninguno de los sentidos. Ni le dije adiós, cuando aún vivía. Ni le dije hasta siempre, cuando murió. Tenía esa espinita. Ese clavo del que no lograba deshacerme. Por ello, nada más llegar al pueblo, caminé a solas hasta el cementerio, que se encontraba a las afueras. Con las manos en los bolsillos y la capucha sobre mi cabello, emprendí la andadura. El ligero paso de mis zapatillas aceleró el trayecto. Tardé unos quince minutos en llegar. Hacía muchísimo tiempo que no pisaba ese lugar, nada agradable para mí. No me gustaba estar allí. Nunca me había gustado. El cielo estaba cubierto de nubes, algo normal en Calanda. Un suave viento movía la valla, algo regastada, provocando un chirrido molesto. La crucé y me frené. Alzando la cabeza, vi el enorme territorio que descansaba bajo mis pies. El albero conservaba su brillo. Pero algo había cambiado. Dos nuevas paredes con más lápidas en la derecha. Dos nuevas paredes… Había muerto mucha gente desde que no iba. El cementerio se dividía en frontones cargados de inscripciones y flores. No era muy grande el espacio que había entre ellos. Sin embargo, en la entrada, había una especie de patio con grandes árboles y algunas tumbas de gente importante.
Fui andando junto a las infinitas lápidas buscando aquel nombre. Ese nombre que sabía con certeza que saltaría a mis ojos. Y allí estaba. Una de las últimas. A él le seguían cinco más. Me puse frente a ella y no supe cómo empezar. Ocupaba el último lugar de su fila, rozando el suelo. Me arrodillé y puse mi mano sobre su nombre. La placa estaba fría. El mármol era negro, y las letras doradas.
-Hola papá. -susurré. -o Antonio, porque te fuiste sin ser mi padre. O eso entiendo… Sé que nunca me has aceptado, pero no puedes negar que me has querido desde que nací. Al igual que yo a ti. No sé cuando se pierde ese sentimiento… -sentí un escalofrío. -Nunca he comprendido por qué tanto odio hacia mí. Solo era un niña. Y lo peor de todo… era parte de ti, papá. Soy sangre de tu sangre, te guste o no. No me preguntes qué hago aquí, pero necesitaba venir. -me tomé un respiro. -apenas tengo recuerdos. Y los que tengo, son malos. Con mucho esfuerzo puedo sentir cómo me agarrabas la mano para cruzar la calle… Te he echado mucho de menos. Te he necesitado, y nunca has estado. Me hiciste demasiado daño… Duele decirlo. Duele pensarlo. Me duele cada vez que lo recuerdo. Yo solo quería ser feliz, hacerte feliz, sentir que estabas orgullosa de mí… No te pedía nada del otro mundo. Sabes que siempre me he conformado con poco. O casi nada. Me sobraba con un minuto de atención que me dedicaras. Un "¿qué tal el colegio?" Solo necesitaba una sonrisa tuya hacia mí… y ni eso me pudiste dar. Te pido perdón, perdón porque nunca te sabré perdonar. Jamás podré perdonarte. No puedo hacerlo. Lo siento. -me puse de pie. -espero que donde quiera que estés seas diferente. Espero que te vaya muy bien. De verdad. Hasta siempre, papá. -aquella conversación, más bien monólogo, me dejó algo tocada. Las viejas cenizas volvieron a despertar en mí. Sentía ese mal, ese sufrimiento. Era difícil apartarlo por completo de mi vida. De mi historia. Además, el entorno hostil del cementerio me llevó a reflexionar sobre la muerte. ¿Qué habría más allá? Lo había pensado muchas veces. Millones. Era algo que no me preocupaba, no tenía miedo a ella. Sin embargo, me producía curiosidad. ¿Qué pasa cuando tu alma sale del cuerpo? ¿Dónde vas? ¿Eres consciente? ¿Existe ese cielo o ese infierno? ¿Hay algo? ¿Nos quedamos vagabundos en la tierra? ¿Vemos a nuestros antepasados? No sostenía ninguna hipótesis. No era de esas personas cerradas que se abrazan a una sola idea. Yo era todo lo contrario. Tenía cientos de proposiciones en mi cabeza. Tampoco descartaba la idea de la reencarnación. De hecho, me parecía que era la que más sentido tenía. A lo mejor mi alma ocupa el cuerpo de cualquier otro ser pero se olvida de esta vida. A lo mejor. Si fuese así, me gustaría ser un animal marino. Vivir nadando por el mar libremente.  
-¿Dónde estabas? -preguntó Malú, que estaba sentada en la puerta de la casa. -¿y esa cara? ¿todo bien? -se levantó preocupada. Esbocé una sonrisa y miré hacia abajo.
-De parranda.
-No mientas. ¿Qué has hecho?
-He ido al cementerio. Quería hablar con mi padre. -no contestó. Se quedó sorprendida.
-Dios mío… -murmuró mi madre, que escuchaba a escondidas tras la puerta.
-¿Nos estabas espiando? -reí.
-No… -volteó los ojos. -pero hija, no me esperaba eso…
-Necesitaba ir. Solo eso. -entré, evitando cualquier comentario.
Tras pasar el fin de semana con mi madre, nos despedimos de ella. Comenzaba la verdadera aventura. Me asustaba, en cierto modo, la idea de visitar países tan alejados de mi hogar. Pero por otro lado, también despertaba mi interés. Los últimos años me habían cambiado. Había evolucionado, madurado. Mi mente se había abierto. Estaba dispuesta a conocer mundo. A estar en contacto con otras culturas. Tenía ganas de investigar, de comprobar que había más allá. Quería entender al mundo entero. Y mientras tanto, nuestra nueva casa comenzaba a nacer. Un chalet moderno a las afueras de Madrid que estaría listo para nuestra vuelta. Si todo salía bien. Solo tenían que reformarlo, pues ya existía. Iban a construirlo sobre otro más antiguo. El resultado sería increíble. Solo con el boceto se me pusieron los pelos de punta. Sentía verdadera emoción por el proyecto.
El avión era ya parte de mi vida. Uno, otro, y otro más. Los taxis de Nueva York, los tranvías característicos de San Francisco y los "moto taxis" de la India, fueron otros de nuestros aliados en el viaje. Pude conocer la diversidad, la cultura, el pensamiento de infinidad de sitios. Lo distinto que podía ser el color del mar, el tipo de suelo. El olor de las ciudades, el sabor de sus platos. La tranquilidad de las aldeas, el estrés de la Quinta Avenida. La riqueza del lenguaje, la música desde otro punto de vista. Y todo ello sin olvidarme de mis raíces. Sin soltar a Malú de mi mano. Sin quitarme el anillo que brillaba en mi dedo. Aquella luna de miel no fue una cualquiera. Nos sirvió para mucho. A parte de todo lo ya mencionado, mi forma de componer cambió. Se vio influida. Mi conocimiento había crecido. Otras ritmos se sumaron a mi guitarra. Otros acordes florecían bajo mis dedos. Y me valió para conocer a la mujer que me acompañaría en la vida, en distintos ambientes. Y sí. Me seguía gustando igual o casi más. Podía decir con firmeza que me agradaba en todos los campos, sentidos y ciudades. Me encantaba sin más.
-Pensé que la Estatua de la Libertad era mucho más alta. -comentó mientras la miraba. -me miró de reojo. -sí, sigue comiendo ese perrito caliente e ignórame. -reí con la boca manchada de ketchup.

-Tiene demasiada salsa. -hablé con la boca llena. Ella mordió el otro extremo de la salchicha.
-Lo afirmo. -dijo asqueada. New York fue una de las ciudades que más me gustaron. Tenía un encanto, un tono especial, una magia que no había conocido antes. Era la ciudad de los sueños, sin duda. -el móvil. -me avisó. Estaba tan ensimismada que ni lo había oído. Era Pablo.
-¿Sí? -pregunté mientras mi chica limpiaba simpáticamente mi boca.
-¡Marina! ¡Marina! -parecía alterado.
-¿Qué ocurre? -Malú me miró dudosa. Me encogí de hombros. Se acercó sutilmente a mi oreja para oír junto a mí.
-¡¡Es Li!! ¡¡Pablito está llegando!! -exclamó con la voz rota.
-¡¡QUÉ!! -gritamos las dos a la vez. El teléfono se me cayó al suelo. Mi amiga pariendo y yo a miles de kilómetros.
-¡¡Estás mongola!! -gritó María Lucía, agachándose a por el móvil. -¡¡cuenta qué pasa!!
-¡Estamos entrando al hospital, en cuanto sepa algo más os llamo! -avisó.
-¡¡PABLO JODER HAZ AL…!! -la voz dolorosa de Li fue lo último que oímos. Mi piel de gallina solo pedía una cosa. Coger un avión.
-Dios… -me emocioné. Malú me abrazó fuertemente. Lo necesitaba. La achuché contra mi cuerpo.

-Tenemos que ir a verla ya. -agradecí esa idea. En menos de una hora habíamos vuelto al hotel. El enano nos esperaba. 

3 comentarios:

  1. Pffff... Te superas cada día con cada capítulo. Cuando leo un capítulo y pienso que el siguiente no me va a gustar tanto porque es imposible... Zaasss el siguiente me gusta tanto o mas. Esperando impaciente ya la llegada del enano.

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  2. Pf impresionante de verdad.. me encanta cada vez que leo un capitulo me dejas con ganas de más , aunque solo le pongo una pega , hace falta mas momentos de las dos juntas es decir que no todo sea sobre otras personas pero enserio.. impresionante de verdad.

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  3. coincido con el anterior comentario, este capitulo solo ha hablado de marina y su padre pero estoy ansiosa por ver el siguiente¡¡¡¡¡¡

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