miércoles, 5 de marzo de 2014

Capítulo 47. SIEMPRE TÚ.

Aún tenía el pulso acelerado. No me contaba nada, y mira que le insistía. "Ven, por favor, te necesito". No paraba de repetir la maldita frase, pero sin contarme el por qué. Y eso me preocupaba.
-¿Todo bien? -observó Malú mi nerviosismo mientras hablaba por el móvil. No le contesté. Se acercó a mí por detrás y me abrazó. -¿Qué pasa? -colgué. Era inútil, no dejaba de decirme aquello de "te necesito".
-Me voy. -dije, buscando mi chaquetón en la percha. -Li… no sé qué le pasa. -comenté mientras me ajustaba la chaqueta.
-¿No sabes nada?
-Nada… está llorando… algo habrá pasado. -agaché la cabeza. Me dio un beso en los labios. Me acerqué a su hermano y me despedí.
-A ver si nos vemos pronto, cuñi. -y dale con el pronombre. -¡Espero que no sea nada!
Salí al jardín, y a la vez que noté el frío en mi cara, me di la vuelta. Qué idiota. No tenía el coche aquí. No me dio tiempo llamar, Malú ya estaba abriendo la puerta. Reímos. Nos habíamos percatado de ese pequeño y a la vez enorme, detalle.
-¡José, voy a llevar a Marina! -le chilló desde la entrada. Oímos unos pasos acelerados, venía corriendo.
-Ya la llevo yo. -se ofreció amablemente.
-¿Seguro? -lo miró su hermana. Él asintió muy convencido. Agarró su prenda de abrigo y con una enorme sonrisa, cerró el portón.
Nos montamos en el auto y fui indicándole el camino. Ya me lo sabía de memoria. Majadahonda-Alcalá de Henares. Cincuenta y dos kilómetros. Cuarenta y cinco minutos. Iban a ser los más largos de mi vida esta vez. Ella era mi mejor amiga, mi compañera de piso, mi refugio cuando no me quedaba nada, la segunda persona más importante de mi vida. Me estaba muriendo por dentro. Aún recordaba su llanto en mi mente. Eso me mataba. No soportaba oírla así de mal. Una y otra vez me preguntaba qué era lo que podía haber pasado. Una palmada en mi muslo por parte de mi alocado cuñado disipó mis pensamientos.
-Cuñi. -qué pesado. -tranquila. No será nada. -sonrió. Agradecí sus palabras con una tímida sonrisa.
-Oye, muchas gracias por… -no me dejó terminar la frase.
-¡De nada mujer! -exclamó, soltando las manos del volante. Se las cogí y las deposité en él de nuevo. -Soy muy buen conductor, no temas. -¿debía creerlo? Comencé a tener miedo. -¿qué tal con mi pequeñaja? -no pude evitar sonreír al oír cómo la llamaba.
-Fabulosamente bien. -pude notar una especie de destello en mi mirada.
-Uh, qué encoñada estás. -solté una carcajada. -Me alegro mucho. La enana ha tenido algunas parejas ya… y siempre le rompen el corazón. Espero que tú no lo hagas.
-¿Es una amenaza?
-Sí. -me miró enfadado, desafiante. Se me cortó la respiración. -¡Es broma! -me dio un empujón en el hombro. Pensé que me sacaría por la ventanilla. La cerré por si se le ocurría volver a hacerlo. -Bueno, lo de que es una amenaza. Pero espero que…
-Lo he entendido. -le corté, evitando una explicación innecesaria.
-Qué borde. -puso cara de asco. Yo mantuve una cara neutral, sin quitar la vista de la línea de la carretera. -¡Es broma! -suerte que había cerrado la ventana porque me embistió de nuevo. -Oye, de cuñi a cuñi. -me reí. ¿No se cansaba? No sé… podía llamarme Marina, cuñada… ¿sabría que había más formas de apelarme?
-Dime… -dije, ya sonriente. A ver con qué me saltaba ahora…
-Mi her… -soltó una vez más el volante. Flexionó su brazo y movió ambos codos a la vez hacia abajo. Conocía ese gesto… -…¿bien? -estallé en risas y le rogué que tomara las riendas del coche.
-No quiero morir. -confesé, echándome aire con la mano.
-Todo controlado. -y una leche. Conducía como un loco. Ya podría haberse ahorrado su hospitalidad y que me hubiese traído mi taxista particular. Se me escapó una sonrisa al pensar en ella. -No me has contestado. -alargué el silencio. Faltaba tan solo una calle para llegar.
-Derecha. -le indiqué. -y llegamos. Oí que echó el pestillo. Mierda… con la prisa que tenía. Me miró maliciosamente. Supuse que no saldría de ahí hasta que respondiese su pregunta. ¿Y él era el hermano mayor? Joder, no podía ver que estaba acojonada por Li. -sí. -contesté a su delicada duda.
-No pareces muy…
-¡Lo hace más que genial! -exclamé. Me sonrojé. Yo no hablaba de eso con nadie. Oh, dios. Él se rió y quitó el seguro. Abrí la puerta y le volví a dar las gracias. Al fin libre.
-No las des, ¡nos vemos! -se despidió sacando el brazo por la ventanilla.
Me planté frente al ascensor. No llegaba. Dos minutos. Opté por subir la escalera hasta el cuarto piso. Nada más girar la llave, oí a Li correr hacia mí. No me dio tiempo a mirarla, ya estaba en mis brazos. La abracé mientras encajaba la puerta con el pie. Noté como se aferró fuertemente a mi cuerpo. Yo la achuché más si cabía. Lloraba desconsoladamente. Acaricié su pelo. Me dolía muchísimo verla así.
-Eh, tranquila, ya estoy aquí. -la animé. Oí como cesaba su llanto. No quería agobiarla a preguntas. Preferí esperar a que fuera ella misma quien me lo contase. Me acomodé en el sofá y ella se sentó en mi regazo. Tras un rato intentando regular el curso de su respiración, en el que yo frotaba su espalda con el fin de darle fuerza, se decidió a contarme lo que le pasaba. Eso sí, sin mirarme a los ojos, escondida en mi cuello.
-Ha venido Pablo… -comenzó, hacía largas pausas para tragar saliva.
-Tenemos toda la noche. -le dije, apartando su pelo de la cara. -tómate tu tiempo.
-Pues… abrí la puerta pensando que era Leire porque habíamos quedado para ir de compras, pero no, era él. Me puse muy nerviosa, se me subió el corazón a la garganta. Le dije directamente que no estabas en casa y me soltó que no estaba aquí por ti, sino por mí. -rió y tomó aire de nuevo. -Más mono… -suspiró. Le brillaban los ojillos y no por llorar precisamente… -le invité a merendar y estuvimos toda la tarde hablando. Me ha cantado algunas canciones.
-Al final me acabas quitando el disco. -intervine para aflojar la tensión.
-¡Calla! -me pegó un pellizco entre risas. Me alegré de haber conseguido arrancarle una sonrisa. -Bueno, pues mientras me cantaba nos mirábamos a los ojos y… -sonrió plenamente, como nunca antes había visto. -no sé, he sentido algo. Algo extraño, Marina. Yo no sé que ha sido..
-¿Qué sentías? -pregunté.
-No puedo explicarlo… era como un cosquilleo, escalofríos…
-Me temo que eso se llama amor. -se entristeció y bajó la mirada al suelo. -¿Por qué llorabas?
-Porque no quiero enamorarme… -pero qué cosa tan absurda… esta niña era impresionante.
-Pero si enamorarte es lo mejor. -le sonreí.
-No quiero sufrir… -confesó, agarrándome el dedo pulgar. -A ver, él es un famoso artista y yo trabajo en un periódico de mierda… no funcionará. Yo solo soy un capricho… seguro. -trató de auto convencerse. Yo negaba todo el rato con la cabeza. Había visto a López muy entregado.
-¿Por qué no te dejas llevar? -a Li le gustaba planificar su vida. Tenerlo todo en orden y bien atadito, quizás por ello nunca había tenido pareja. No contestó, así que volví a hablar yo. -dale una oportunidad. ¿Cómo estás tan segura de que te hará daño? Puede que te haga la persona más feliz del mundo. ¿Vas a quedarte con la duda?
-Déjame pensarlo.
-¡Deja de pensar y actúa! ¡Vive! -exclamé. Ella me miró girando despacio las comisuras de sus labios.
-Jo. -se volvió a echar en mi hombro. -no sé qué hacer…
-Bueno, sigue contándome. ¿Ha pasado algo más? -se echó a reír y yo no entendía el por qué.
-Marina. -se rió con voz de niña. -nos hemos dado un besito. -volvió a soltar algunos "ji ji ji" y se tapó la boca. Realmente nunca crecería. Siempre sería mi pequeña Lidia. Siempre Li. -Gracias por aguantarme. -carcajeó.
-Te debo muchas.
-Cierto. -dijo. -te voy a preparar la mejor cena del mundo, quédate aquí. -dio un salto de mis piernas y corrió a la cocina. Bicheé el móvil. Nuevos mensajes. Malú.
-¿Te ha dado mucho por culo mi bobo?
-Ni te lo vas a creer… -había que ver la cara de tonta que se me quedaba mirando un teléfono.
-¿Qué te ha dicho?
-Me ha preguntado si tu… -no me atrevía a escribirlo.
-¿Qué dices Marina?, no te entiendo.
-Déjalo, que te lo explique él. -vi que lo había leído. Pasaron unos diez minutos cuando obtuve respuesta mientras hacía zapping por la tele. No había nada que se pudiese ver. Cotilleos, chismorreos. A la televisión le faltaba algo últimamente. ¿De verdad a la gente le gustaban esos programas telebasuras? Porque si estaban ahí era porque tenían su audiencia. Añoraba la televisión de mi infancia.
-¡Lo mato! ¡Lo mato! Por cierto, qué moni eres. Genial, dices… -me sonrojé al leer.
-¿Y esa cara? -me preguntó Li, que asomaba con una bandeja llena de comida. Se había pasado.
-Amor, pruébalo. -le guiñé el ojo.

-Lo probaré. -aseguró. 

lunes, 3 de marzo de 2014

Capítulo 46. CAMBIARÁS.

Y así, página por página, concepto tras concepto, fui adquiriendo conocimientos con la mejor profesora que podía tener. De vez en cuando me quedaba embobada, mirando cómo se atascaba y no salía de su propio lío. Lo explicaba una y otra vez y ni ella se entendía.
-Bueno, y eso. -decía, saltándose ese trozo y continuando con un nuevo término. -¡No te embobes! -me exclamaba muy seria, dándome un libretazo en la cara. -Encima de que me pongo a enseñarte, no me echas cuenta.
-El problema es que te echo demasiada cuenta. -reí.
-¡Pero no a los agudos! -dijo cabreada, señalando el libro.
-Sí… la agudeza de tu… belleza. -improvisé. Sonrió y tiró el cuaderno a la mesa.
-Si es que te tengo que querer. -dijo, depositando sus brazos en mi hombro y abalanzándose sobre mí con claras intenciones de besarme. Me eché hacia atrás esquivando el beso. Sabía que lo odiaba. Solté una carcajada al ver su cara. -pues ahora sí que no te lo voy a dar. Venga, léete este apartado.
-¿Otra vez? -bufé de mala gana.
-¿Otra vez de qué? Eso no lo has leído.
-No ha "colao"
-"Colao". -repitió la palabra y se hartó de reír. -Nunca te había escuchado decir eso. -rió de nuevo. Qué bien se lo pasaba riéndose de mí. Y era normal, yo hablaba muy fino y aquello la descolocó.
Al rato y después de haberme repasado media estantería de su casa, dijo que ya era bastante por hoy. Estaba embotada de tanta letra junta. No estaba acostumbrada a estudiar, desde el bachillerato no había abierto un libro. Fue cómo volver a empezar.
-¿Tengo premio? -no lo había olvidado. Se tocó la barbilla pensando. Sonriente. Esa cara de interesante tan graciosa que pone a veces.
-Cierra los ojos. -me ordenó. Uf. Qué miedo. Me dio un piquito en mis labios resecos por el frío y me pidió en un susurro, que, por cierto, hizo que temblara, que me quedara quieta. Noté que se levantó al cambiar el peso del sofá. Pasaron unos minutos y yo me sentía como una estúpida allí, con los ojos cerrados. No los abrí por si me veía. Seguro que me quedaba sin premio si me pillaba. Marina, estás siendo muy infantil. Más infantil aún era hablar conmigo mismo. ¿PERO QUÉ ESTABA HACIENDO? Definitivamente esa mujer me estaba volviendo loca. Reí sin ningún motivo aparente. Qué manera de hacer el tonto. Me mordí el labio. ¿Qué tendría pensado? Una tontería de las suyas, sin lugar a dudas. Volví a reír, sintiéndome de nuevo una chiflada enamorada. -¡Ya! -exclamó. Despegué mis párpados velozmente, me moría de ganas por descubrir mi sorpresa. Todo estaba oscuro. La lámpara enorme del salón estaba apagada y ya no entraba luz por la ventana.
-¿Cariño? -miré alrededor. Oscuridad.
-"Se ha declarado mi pasión como un volcán, hoy tengo ganas de volverte a devorar…"- no me lo podía creer. Encendió una linterna y la vi en el medio de la alfombra con movimientos de niña pequeña cantando esa canción con una voz extremadamente dulce. Dejé que continuara con su actuación. Ya casi ni me acordaba de ese tema suyo. Durante mucho tiempo fue mi canción favorita. Luego la fui olvidando porque otras ocupaban su puesto. Al volver a oírla, y oírla así. En directo, sin focos enormes y gente alrededor. Sin gritos de júbilo y miles de idolatrados gritando desesperados. Sonreí y centré mi atención en ella. Ahora mismo era lo único que ocupaba mi mente. Cogí uno de los cojines y lo abracé mientras me mordía el labio. Salió un poco de sangre… yo y mi manía de olvidar echarme cacao.
-Bueno… y la siguiente canción la quiero cantar con alguien muy especial para mí. -por un momento parecía que estaba en uno de sus multitudinarios conciertos… pero no. Era el salón de su chalet. -Marina. -me señaló.
-¿Yo? -miré a un lado y al otro, haciéndome la tonta. Se rió y me cogió de la mano, sacándome al "escenario". Me tendió el mando de la tele, lo agarré cómo si de un micro se tratase y le seguí el juego. Sus perras se sentaron frente a nosotras. Me pregunté si Malú solía hacer esto… las mascotas parecían estar muy bien acostumbradas a oírla. -¿Qué canción quiere la señorita? -no me soltó la mano. ¿Cantaríamos así alguna vez delante de un público?
-Aprendiz. -susurró sonriente.
-Ni de coña. -solté su mano e hice aspavientos con los brazos. -Esa canción es demasiado fuerte…
-Venga, hay que aplicar conceptos. -me volvió a agarrar. Negué con la cabeza.
-No puedo… no puedo. Otra, porfi. -acabó cediendo. Acepté cantar "Blanco y negro". Y a ésta le siguieron otras y otras y otras. Acabamos cantando por Alaska, por Alejandro Sanz. Cantamos algunas de mi disco, que, para mi sorpresa, ya se sabía. Y la más emotiva y bonita, no por ella en sí, si no por los recuerdos que nos traía, fue "Bailar pegados". Era impresionante. Esa tarde fue más que perfecta. No tenía palabras. Una de las mejores de mi vida, sin duda. Nuestras miradas se encontraban en cada verso. Una conexión perfecta. Una línea imaginaria que iba de los suyos a los míos y de los míos a los suyos. Cantar así fue una de las mejores experiencias de mi vida. Mi bendita imaginación distorsionaba la realidad. Convirtió la tele en una enorme pantalla. Los sillones en las gradas. Sus perras en fans. Y el mando y su linterna en micros. Quizás algún día eso pasaría. Un quizás lejano. Sin decir nada, me abrazó muy fuerte y tiró la linterna al sofá. Yo la abracé también, estrujándola.
-No puedo respirar. -dijo con la voz ahogada. Solté un poco. Danka, para variar, comenzó a ladrarme. -¡Tira pa´ya! -le ordenó su dueña. Me reí mirándola, cómo diciéndole: buajajaja, es mía. De pronto sonó el timbre. -¡Ostia! -Malú seguro que había quedado con alguien y se le había pasado por completo. Vaya dos. No podíamos presumir de buena memoria. Se adueñó de mi meñique y me llevó con ella hasta la puerta de su casa.
-¡Cuñi! -José alzó su mano para que chocara los cinco. Así lo hice. -vaya discazo, yo abandono a mi "her" y me voy contigo de gira, eh.
-¡Ya ni me saludas!  -se quejó Malú. Él la ignoró y siguió comentándome su opinión sobre mi álbum.
-Tengo que volver a oírlo porque iba en carretera y no prestaba mucha atención a veces…
-¡Pero bueno! ¡Yo flipo! -se puso las manos en las caderas.
-Oh, estás aquí. Hola hermanita. -le dio dos besos. Mi chica seguía con la cara descompuesta, alucinada por la reacción de José.
-¿Tú con quién habías quedado? -preguntó.
-Yo… contigo. -se rascó el pelo avergonzado. -pero es que mi cuñi mola. -reí. -mucho más que tú. Bastante más que tú. -corrigió el mismo. Reímos entre todos. Qué de locos juntos. María Lucía dio un portazo y pasamos a sentarnos en los sofás.
-Uy, ¿por qué estabais a oscuras? -se interesó mientras sonreía. Ya estaba tardando en soltar una de sus bromitas.
-Estábamos dando un concierto. -dije riendo. Me producía mucha risa su forma de ser. Su forma de cachondearse de nosotras.
-¿De chillidos? -Malú le tiró de la coleta que llevaba.
-¡Qué cerdo eres! -exclamó.
-No venga, en serio, ¿qué hacíais? -volví a reírme. Cansino.
-Cantar. -respondió esta vez ella. Carcajeó irónicamente. ¿Tan raro era que cantáramos? A ver, éramos artistas. Bueno, ella. Yo era un intento de. Ante su incredulidad, decidió explicarse. -le he estado dando unas clasesillas de música y le he hecho un "examen final". Un concierto en el salón.
-¡Eh! ¡Cómo los que hacíamos con papá de pequeños! Cómo hemos cambiado...-por un momento me imaginé a él con la misma coletita pero en versión mini. Y a Malú… ni me la imaginaba. No la veía en versión enana. Debía ser ultra mona, eso sí.-Pues hacerlo otra vez que quiero veros. -Malú no dudó en levantarse. Yo me resistí en el sofá. Aún tenía algo de timidez. -¡Venga! No te cortes, soy tu cuñi. -Me pregunté cuántas veces diría eso en el día. Le encantaba. -llegará el momento en el que cantes delante de millones de personas…
-Pero millones de personas, no mi elegante cuñado. -sonrió plenamente.
-¡Guapa eres, coño! -exclamó alzando las manos.
-Tú, que es mía. -le avisó ella, agarrándome del brazo para sacarme a cantar. Y así lo hicimos. Ante la dulce mirada del joven. Por un instante pensé que una baba recorrería su barbilla. Estaba orgulloso de su hermana. Podía verlo.

Mi móvil interrumpió mi single a dúo con la persona más importante de mi vida. José gruñó. Paramos y me dispuse a ver quién osaba meterse en ese perfecto momento… Era Li. Descolgué la llamada y la oí sollozar.
-Marina... 

domingo, 2 de marzo de 2014

Capítulo 45. ÁRBOL SOLITARIO.

Casi la hago polvo del abrazo que le di. Me moría de ganas por estrujarla. Dimos vueltas por el jardín hasta que me agarró la cara. Sus ojos se clavaron en mí e hicieron que parara. Puso sus pies en el suelo y sonrió mordiéndose el labio. No podía ser más perfecta esta chica, por favor. Al fin besó mis labios mientras Mari, desde el coche, pitaba una y otra vez.
-¡Me voy! -exclamó. Nosotras la despedimos con la mano.
-¿Qué plan tenemos? -le pregunté, aún abrazada a ella. Me había hecho sentir tantas cosas en aquel estudio de grabación. Era indescriptible. Solo con un gesto era capaz de remover todos los órganos de mi cuerpo. Me hacía estremecer. Tenía un poderío incontrolable sobre mí.
-Había pensado que podría enseñarte algunas cosas… -no sabía a qué se refería. Fruncí el ceño esperando que continuara con su explicación. -unas técnicas vocales, calentamiento de la voz… No tienes mucha idea sobre música. -tenía toda la razón. Yo no había estudiado canto ni nada. Solo cantaba por voluntad propia y sin ningún tipo de reglas a las que acogerme. Cantaba lo que sentía, sin más. No me vendrían nada mal unas cuantas lecciones.
-No sin que antes me dejes un cargador. Twitter se me colapsó y se comió toda la batería. -dije mirando la pantalla negra de éste.
-Vamos. -al poner el teléfono al cargar, me llegaron muchos mensajes, era normal, acababan de oír mi disco. Un cosquilleo recorrió mi cuerpo al ir leyendo cada una de las menciones. Por mi timeline podía leer algunos de los versos de mis canciones. Sentí eso de… ¿Cómo se dice? ¿Orgullo? Me sentía bien. Muy bien. Me sentí realizada. Por fin mis temas iban más allá de las cuatro paredes del "Rincón Musical". Tanto twitter, tanto twitter, olvidé abrir el mensaje que llevaba en el panel de notificaciones.
-"Llámame cuando puedas, he escuchado el disco entero". -mi madre me había oído. Respecto a la idea de "ser cantante" que ya me traía desde muy pequeña, tampoco me apoyaron. Creían que era una locura. Algo muy difícil y con lo que sueña cualquier chiquillo de mi edad. Que se me pasaría con el tiempo. Pero lo mío iba mucho más, lejos de ser un capricho de enano. Pronto empecé a componer con la primera guitarra, que ni siquiera habían comprado ellos, si no mis amigos. Tampoco podía echarles la culpa de esto… probablemente querían lo mejor para mí. Bajarme de las nubes. Pero que le iba a hacer, era una joven soñadora.  
-¿A quién llamas? -me preguntó mientras buscaba algo en la enorme estantería del salón. Me senté en su cómodo sofá y esperé a que descolgase.
-A mi mami.-sonreí cual niña pequeña. Malú se mordió el labio.
-¡Pero mira que eres adorable! -exclamó, mirándome con ganas. Sacó unos cuantos libros y los colocó encima de la mesa. Formó una torre con ellos y se sentó a mi lado.
-Hola. -empecé fría. No estaba acostumbrada a eso de tener una madre.
-Hola. -ella también estaba cortada, podía notarlo. Se produjo un silencio incómodo. No era yo la que tenía que hablar, era ella la que me había pedido que realizara la llamada. -Me ha gustado mucho. -dijo con algo de entusiasmo. -No sabía que cantaras tan bien. -le salió un gallo en esa última frase que me hizo reír. Parecía que se le iba a cortar la voz en cualquier momento.
-Gracias.
-De gracias nada… soy una tonta, Marina. -oí un sollozo. -una mala madre.
-Eh, no digas eso. -intenté animarla. Miré a Malú, estaba apuntando cosas en un cuaderno. Estaría preparando la "clase".
-Sabes que lo he sido, toda la vida. Ni siquiera me paré un momento para escucharte cantar… -se produjo un silencio. -me arrepiento tanto… ¿algún día me perdonarás? ¿Podrás hacerlo?
-Ese día ha llegado. -sonreí. Me sentía segura de hacerlo. Volvimos a encontrar un vacío en la conversación. Esta vez no era incómodo. No nos molestó permanecer calladas. Ninguna de las dos tenía nada que decir. -de verdad. -aseguré. Rió. Hacía tantísimo tiempo que no oía sus carcajadas… me entró nostalgia. De golpe, se amontonaron imágenes de mi infancia.
-Te invito mañana a comer. Tienes que contarme toda tu vida. Desde que naciste… hasta ahora.
-Cuéntame tú cómo nací… -reímos. -Está bien. -acordamos la cita y me dijo que podía traerme a Malú si quería. La avisé de que estaría poco tiempo, pues por la tarde tenía ensayos con la banda. Pronto empezaríamos a dar "conciertos" en salas de discotecas por las ciudades más importantes del país.
-Vale, vale. Respeto tus horarios de estrellita. -no conocía ese lado humorístico de mi madre. En realidad, nunca la había llegado a conocer… vivía tras la sombra de mi padre.
Colgamos  y, a la vez, Malú terminó de revisar los libros.
-He apuntado en esta hoja las páginas de algunas cosillas que nos van a interesar. Eran una especie de manuales de canto. Libros de música. Algunos estaban desgastados, otros prácticamente nuevos.
-Antes quería hablarte de una cosa. -me senté en indio y ella me imitó. La una frente a la otra.
-He quedado mañana con mi madre para comer. -acarició mis pulseras. Había cogido la extraña manía de hacerlo. -he decidido darle otra oportunidad. -sacudió su pelo. Otra de sus manías. Llevó la vista a mis pulseras. No estaba muy contenta.
-¿Estás segura? -lo dijo sin mirarme. No contesté. Esperé que me mirara a los ojos. Cuando lo hizo, respondí con un encogimiento de hombros. -Yo no lo haría. -dijo muy seria, seca. Sus palabras se clavaron como un puñal en mi corazón. Me había costado tomar una decisión, una decisión que ahora mismo se tambaleó con ese "yo no lo haría". -Lo siento, solo intentaba ser sincera. -vio que me molestó.
-Es que… madres solo hay una. -¿Cuántas veces había dicho ya esa frase…? Era un argumento fácil.
-Y desgraciadamente a ti te ha salido…
-No es perfecta. -la corté. -pero es la que tengo.
-Tú misma. -dejó de jugar con mis brazaletes para agarrarse las rodillas. -es mi opinión, pero está en tus manos.
-Y te agradezco que me la des… pero anoche lo estuve pensando mucho. No tienes ni idea de lo que es vivir sin familia… es como que llevas el peso de todo. Eres un árbol solitario. Cuando lo dejé con Vanesa me di cuenta precisamente de lo importante que era eso. Yo había optado por abandonarles y creer en el amor…
-Encima te echas la culpa… tú no les abandonaste. Huiste para ser feliz. -corrigió. -Mira, yo quiero lo mejor para ti… y no me gustaría que volvieras a llevarte una decepción con ella. -sonreí. Aquel "quiero lo mejor para ti" no fue una simple frase. Me dio un vuelco el corazón al oírlo.
-Te quiero mucho.-pasé un mechón de su pelo por detrás de su oreja. Sacudió la cabeza para liberarlo.
-No me gusta que me veas la oreja. -dijo con esa voz de niña que ponía para matarme. Besé en un acto impulsivo sus labios con fuerza. -¡Ahora la bestia eres tú! -reí. ¿Cuándo íbamos a dejar de hacer ese chiste? -Bueno, no me cambies de tema.
-Pues eso, que me apetece recuperar el tiempo perdido. Es una ilusión y puede, como has dicho, que me decepcione y me pegue una ostia contra un muro. Pero prefiero arriesgarme a no intentarlo. -ella arqueó las cejas a la vez que movía los hombros, quería decirme "lo que tu veas".
-Hagas lo que hagas, tendrás mi apoyo. -agradecí esas palabras. No quería tener una pelea con ella por esto. -Y ahora, a estudiar. -dijo, cogiendo el primero de muchos. Resoplé. Qué pereza.-Venga, si te portas bien te doy un premio. -sonrió a la vez que lo decía.
-¿Qué premio? -alcé una ceja.
-Ya lo verás. -me guiñó un ojo. Me eché a reír y me tapé la cara algo colorada.

-Me encanta cuando te pones así de tonti. -dijo, intentando quitar las manos de mi rostro. Yo me resistí. -¡Página 25! 

sábado, 1 de marzo de 2014

Capítulo 44. CUANDO DIGO TU NOMBRE.

Al despegar los párpados vi a Malú de pie hablando por teléfono.
-Supongo que se acordará. -la oí decir. Froté mis ojos, veía algo borroso aún. "Supongo que se acordará". ¿Qué significaba eso? -Oh, buenos días cariño. -se percató de que me había despertado. Se sentó a mi lado y siguió hablando por el móvil. Un momento, ese era mi móvil. Hice un gesto de confusión. -Sí, es el tuyo. -susurró tapando el micrófono. -Es Mari, te recuerda que hoy presentas el disco en la radio. -¡MIERDA! ¡MIERDA! "Supongo que se acordará". Claro, perfectamente. ¿Cómo podía ser tan estúpida? Probablemente este día sería inmemorable, uno de los mejores de toda mi vida, y yo sin acordarme. -Pues no, no se acordaba. -rió Malú al ver mi cara de sorpresa. Me eché de nuevo en la cama, esta vez boca abajo y empecé a darme golpes contra la almohada. Noté el teléfono en mi oreja.
-¡Paso a recogerte en dos horas! ¡Ponte guapa! -de inmediato colgó. Estaba muy animada, como debía ser. Y yo allí, en la cama de Malú con toda la flojera del mundo y habiendo olvidado el primer día del resto de mi vida.
-Vamos, que no llegas. -me dio un pequeño empujón. Ni me moví. Giré la cabeza y vi en su despertador que eran solo las ocho. -Te hago el desayuno mientras te vistes, ¿vale? -me besó en la mejilla y corrió hasta salir por la puerta. Admiraba su energía. Cogí la ropa que llevaba la noche anterior, al verla me acordé de lo que pasó en el bar… Era una camiseta lisa y un vaquero despintado. Me lo puse rápidamente y bajé a llenarme de fuerza.
-¡Desayuno especial para un día especial! -exclamó con una enorme sonrisa. Sobre la mesa había un montón de comida. Un zumo de naranja, un café, tostadas, muchos tipos de galletas y una gran variedad de mermeladas. Me quedé sorprendida porque no habían pasado ni diez minutos desde que bajó.
-Eres la mejor del mundo. -dije, abrazándola. -Gracias.
-No hay tiempo para darlas, venga. -me sentó en la silla y se subió sobre mis piernas. Cogió mermelada de fresa y la untó en un trozo de pan. Se giró sobre mí y abrazó mi cuello. Con el otro brazo llevó la comida a mi boca. -abre. -me sentía como una niña pequeña, pero me dio igual.
-¿Tú no comes? -pregunté, interrumpiendo el divertido momento. Cogí una galleta y la puse sobre la lengua. Volcó la cabeza hacia atrás y se la tragó casi sin masticar. -Bestia.
-¿Y tú la bella? -le reí el chiste, pero no podía ser más malo. Iba a darme otro bocado más pero me eché hacia atrás.
-No quiero más. -le dije, agarrando una servilleta para limpiarme. No era muy buena con la puntería y tenía la cara llena de mermelada. Podía notar trozos enteros en las mejillas.
-Sí que quieres. -me revolví e impedí con los brazos que me metiera otro trozo. La tostada se cayó en mi camiseta, manchándola de un tono rosa fuerte. Para colmo, mi prenda era blanca…
-¡JODER! -exclamé. Malú se levantó corriendo y limpió la mancha con una servilleta. -Ni lo intentes. -dije algo enfadada. -no vas a conseguir quitarla, y ya no llego a mi casa para coger una muda. -mencioné mirando el reloj que llevaba en la muñeca siempre, un viceroy con la correa morada y de agujas. Tenía una extraña manía, necesitaba un reloj siempre en mi muñeca.
-Anda, vamos arriba que te dejo algo. -la acompañé al vestidor que tenía y me dejó que escogiera la que quisiera. -pero porque eres tú, eh. -levantó su dedo índice.
-¿Qué tienes hoy? -le pregunté mientras me la ponía.
-Nada… relax. -sonrió, rascándose la cabeza nerviosa. Me pareció sospechoso. ¿Estaba mintiendo? La miré frunciendo el ceño. -Ahí está Mari. -oímos el claxon de su coche. No paraba, una y otra vez. Ahora lo dejó pulsado un largo rato, comenzaba a ser molesto. -¡YA VA! -chilló Malú acercándose a la ventana. Al fin cesó el ruido. -Nos vemos en un rato. -me besó en el porche.
-¿En un rato? -me sonó extraño.
-Sí… esta tarde. Te quiero bella -sonrió plenamente.
-Adiós, bestia. -reí.
Entré en aquel mini al que empezaba a acostumbrarme. Nada más entrar, ya me estaba chillando. -¿¡COMO NO TE ACORDASTE DE ESTO!? -arrancó.
-Si yo te contara… -bufé, quitándome el chaquetón. -líos con mi madre.
-¿Tu madre? Pero si… -interrumpí su frase contándole lo que pasó. Sus reacciones siempre fueron muy expresivas, esta ocasión no iba a ser menos. Y menos con esta historia, que no podía ser más complicada. Estuvimos un rato calladas después de hablarlo.
-Uy, que camiseta más mona. -observó, cosa que no solía hacer.
-Me la ha dejado mi chica. -tomó un sorbo de agua mientras le explicaba lo del manchurrón.
-Vaya cara de "empaná enamorá" me traes. -se bebió la botella entera, y el poquillo que quedó en el culo de ésta me lo lanzó a la cara. Giré mi rostro y me quedé seria mirándola. -No tiene gracia. -articulé palabra por palabra. -Ninguna gracia. -ella se descojonaba dando tortazos al volante. Me sequé las gotas y dejé soltar una pequeña risa. Sus carcajadas eran muy contagiosas.
Antes de cruzar la puerta del estudio se me ocurrió una idea. Me di la vuelta y saqué el smartphone del bolsillo del pantalón y busqué en contactos a mi madre. Le mandé un mensaje, puesto que dudaba mucho que supiera usar internet. Y mucho más, que lo tuviera contratado. Le pedí que pusiera la cadena de radio en la que me encontraba. Sonreí mientras lo escribía.
-Aún faltan cinco minutos. -me indicó mi mánager. Yo sonreí, me daba tiempo de poner un tweet. Avisé a todos mis seguidores de la radio en la que me encontraba y lo que pasaría en unos instantes, aunque ya lo supieran. Lo había anunciado en cuanto me dijeron la fecha… seguro que muchos se acordaban y yo no. Pronto se empezó a petar el móvil, así que lo volví a guardar. No quería ponerme más nerviosa de lo que ya estaba. Comencé a dar vueltas por el pasillo. -¡Estate quieta! -exclamó. Ella también estaba emocionada.
-Vale, vale. -me retuve abrazando mi cuerpo. Flexioné un poco las rodillas, mi profesora de lengua nos dio este truco para que nos mantuviéramos quietos en las exposiciones. Parecía una tontería, pero funcionaba.
La puerta se abrió y me senté en la mesa junto a dos entrevistadores que conocía por fotos, y de haberlos oído alguna vez. 

Me coloqué esos enormes cascos y me acerqué al, también enorme, micrófono.
-¡Bienvenida Marina! -saludó nada más conectar. Supuse entonces que estábamos en directo.
-Muchas gracias, ¿qué tal? -sabía perfectamente que estaba en la radio y nadie me estaba viendo, aún así, sonreía como una niña con un juguete nuevo. Una agradable vibración corrió por mis venas. Me presentó a los oyentes como "la ganadora de La Voz", "una excelente letrista" y demás adjetivos y comentarios que me llegaron al alma. La entrevista continuó divertida, con bromas y anécdotas de la grabación entre canción y canción. También de seriedad y profesionalidad, contando el tema de las canciones y dónde y cómo me inspiré. Además de los problemas que hubo respecto a producción.
-Antes de oír la última canción que pone el punto final a tu estupendo disco, tenemos una sorpresa para ti. -me dejó algo desorbitada. No tenía conocimiento de eso… miré a Mari, ella sonrió, estaba en una esquina del estudio escuchando atentamente cada cosa que hablábamos. Parecía saberlo. Claro, que si me hubiese avisado, ya no sería una sorpresa. -tenemos una llamada de alguien muy especial para ti. -arqueé las cejas. No me dio tiempo a pensar quién era cuando oí su angelical voz.
-¡Hola Marina! -se me hacía raro oír mi nombre salir de su boca… me había acostumbrado demasiado a que me apelase con pronombres cariñosos. El caso es que volver a escucharla decir mi nombre me dio un escalofrío. Una sonrisa se me dibujó y los colores se me subieron a los mofletes.
-¡Malú! -exclamé, como si hubiesen pasado días desde que no la veía. -¡Cuánto tiempo! -mentí. Soltó una risa nerviosa.
-Bueno, cuéntanos, ¿qué tiene Marina que te enamoró? -su pregunta, y sobre todo ese "enamoró", hizo que se me escaparan algunas risas. Imaginé que ella se las tragó, al igual que Mari, que se tapaba la boca.
-Lo que más me llamó la atención fue su manera de cantar en las audiciones a ciegas. Tardé un rato en girarme, yo creo, porque me quedé tan  concentrada escuchándola, que se me olvidó pulsar el botón. Tiene unos giros únicos y preciosos. Pero ahora que la conozco más, lo que más destaco de ella es su forma de escribir.
-La verdad es que tiene unas letras impactantes. -opinó el otro chico, que apenas comentaba.
-Muchas gracias. -intervine algo cortada.
-Como hemos sabido hace un rato, tú formas parte de la producción de su disco, ¿no es así? -preguntó.
-Sí, así es. Me enteré de los problemillas que hubo con el presupuesto y no dudé un segundo en sumarme a ese proyecto. Siempre he tenido ganas de estrenarme como productora y cuando Marina me lo contó me lancé a la piscina.
-Subvencionar un disco es una decisión arriesgada. Puedes perder o puedes ganar…
-Lo sé, es algo con lo que me he tenido que enfrentarme yo misma durante tantos años desde el otro lado, pero yo creo en Marina y creo en su música. He tenido la suerte de escuchar muchas de sus canciones a tan solo metros de mí y puedo asegurar que solo con tararearlas bajito hace magia. -estaba que reventaba de vergüenza y orgullo a la vez. Nunca me había sentido así. Respondió a algunas cuestiones más sobre mi disco, sobre mí. y sobre sus proyectos. Aprovechó para anunciar las fechas de sus próximos conciertos y caí en la cuenta de que la vería poquísimo con la agenda que le esperaba. Pero ahora no tenía que pensar en eso, si no en disfrutar de mi momento. Mi disco estaba siendo emitido a España entera por vez primera. Noté una vibración en mi pantalón mientras se escuchaba la última canción: "Tú y yo, nosotras".
-¿Te ha molado la sorpresa? -era ella y sus inesperados mensajes.
-Cómo te lo has callado…
-Casi la cago cuando te dije que en un rato nos veíamos… -Ah, era esto… por eso ese gesto tan sospechoso.
-Te quiero, bestia.


viernes, 28 de febrero de 2014

Capítulo 43. CONTIGO APRENDÍ

Sabía perfectamente que aquel hecho me marcaría. Sentía una sensación extraña. Seguíamos allí plantadas las dos, mirando a mi madre. La verdad es que el rencor que nos teníamos se fue disipando conforme los minutos de dolor pasaban. Me levanté y miré a Malú para indicarle lo que iba a hacer. Ella lo entendió con mi mirada. Me acerqué a mi progenitora y le pedí que se levantara. Le di un abrazo. Hacía tantos años que no se lo daba que me resultó hasta raro. Pero… por mucho tiempo que hubiese pasado, ese abrazo era un abrazo maternal. De madre a hija. Se derrumbó de nuevo, ahora en mis brazos. Lloraba muy fuerte.
-Tranquila. -le dije en el oído, llegué a acariciarle el pelo. Fue un acto reflejo. -Mamá…
-¿Me has llamado mamá? -preguntó separándose. Sus ojos se iluminaron. No pude evitar sonreír. ¿Qué estaba haciendo? Supongo que la muerte de mi padre nos había ablandado y enterramos por un momento el hacha de guerra. Volvió a tumbarse en mi hombro mientras moqueaba. Al fin dejó de chillar. -Te quiero, hija. -lo dijo apretándome más fuerte. No pude evitar llorar. Lo hice flojito, sin exagerar. Fueron unas lagrimillas de nada. Da igual que fuesen pequeñas, yo no las pude contener. Lo necesitaba, necesitaba desahogarme. En el fondo la echaba muchísimo de menos. Todo el mundo echa de menos una madre. Yo había estado viviendo sin ella… y no existía nada más complicado que eso. Besé su frente. Poco a poco fuimos calmándonos. Me di cuenta de que Malú ya no estaba en su asiento, ni en la sala. Nos había dejado a solas. -Lo siento tanto… -moqueó. -ojalá pudieras volver a nacer… y empezar de cero. Juro que sería diferente.
-Aún no es tarde… -la animé.
-¿Eso quiere decir que me perdonas?
-Lo que me hicisteis no tiene perdón… -dije, separándome de su cuerpo.
-No vuelvas a desaparecer. -se agarró bruscamente a las solapas de mi chaquetón. -Por favor. -rogó en un suspiro. Yo no supe que contestar. Me callé. -¡Por favor! ¡Por favor! -repitió, tirando de mi prenda de vestir.
-Cálmate. -le pedí. -esta decisión tendré que pensarla mucho… entiéndeme. Sabes perfectamente por lo que pasé. Y tú lo permitiste, mamá.
-Era tu padre. -era fácil echarle la culpa al lado, y ahora más, porque no podía defenderse.
-Podías haberle frenado. -argumenté.
-Y entonces me hubiera pegado a mí también. -dijo fríamente.
-Pero entonces las cosas serían de otra manera, podíamos haber escapado las dos, podíamos haber luchado juntas. -nos quedamos calladas unos minutos, mirándonos a los ojos, esperando a que la otra siguiera hablando, pero no pasó. No continuamos aquella conversación. -Bueno, hasta pronto. -me di la vuelta. Me sujetó del brazo. Sabía que haría eso.
-No te vayas… por favor. No quiero volver a perderte.
-En realidad nunca me has recuperado. -me dolió decirlo. Me costó sacarlo. No me atreví a mirarla. Bajé la cabeza. Se produjo un silencio incómodo.
-La semana que viene vuelvo al pueblo. Si quieres que nos veamos antes… llámame.
-No tengo tu número. -le dije, ella sonrió porque pensó que eso significaba que la llamaría. Pero no era así. Tenía que darle muchas vueltas todavía. Lo apunté en la agenda y me despedí con otro abrazo. Esta vez mucho más corto que el anterior. No quería crearle falsas esperanzas. Al cruzar la puerta volví a oír su voz:
-Estoy sola, eres lo único que me queda. -no me giré. Seguí hacia delante con la mirada perdida.
-Cariño. -Malú me sorprendió. Se levantó corriendo del taburete que estaba junto a la barra y me abrazó. -¿Cómo ha ido?
-Ahora te cuento. -le dije. No me apetecía hablar nada en el bar porque todos nos miraban. Malditos cotillas. Nat y Vane me lanzaron una mirada de complicidad y apoyo. Fui a darle las gracias por avisarme y me subí al coche. Ella no arrancaba. Fijó sus ojos en mí desde el asiento del conductor. Yo estaba con la cabeza agachada intentado asimilar lo que acababa de pasarme. Su helada mano acarició mi brazo.
-¿Te llevo a casa? -preguntó.
-No me apetece ir a ningún sitio… -no entendía mi mal estar. Estaba tan confundida por el suceso anterior que estaba en una especie de depresión extraña. Estaba totalmente decaída. Dejó de mirarme y se puso en camino. -¿A dónde vamos?
-A respirar. -dijo. No sabía muy bien a donde me llevaba, de todas formas me daba igual… yo no quería estar en ningún sitio. Apoyé la barbilla en mi puño y me dediqué a mirar y no mirar por la ventana. El paisaje corría ante mis ojos, ojos que no captaban esas imágenes. Mi cerebro proyectaba una y otra vez la escena de mi madre llorando. -No llores… -oí a Malú, que frotaba mi pierna. Yo ni me había dado cuenta que lo estaba haciendo.
-Para el coche. -le pedí con los ojos encharcados. Me hizo caso y salí a la carretera. Era una especie de carril. No estábamos dentro de la ciudad, íbamos dirección a la montaña en la que estuvimos con Li. Sabía entonces a donde me llevaba. Me desperecé y me tiré en el borde de la carretera que la separaba de una especie de campo. 

Oí un portazo, había salido del auto. Se sentó a mi lado. Hacía un aire horrible, pero no me importaba. Necesitaba aire limpio. -No sé qué hacer.
-No hagas nada. -me agarró de la cintura y me obligó a echarme en su hombro. El viento empezó a molestar.
-¿Tú qué harías?
-No lo sé… es algo muy complicado. Es algo que tienes que vivir… -hablábamos muy lento, con largas pausas mientras nuestras melenas bailaban en el aire.
-¡OS VAIS A RESFRIAR! -gritó alguien desde un coche que iba a una velocidad muy lenta.
-Tiene razón. -rió Malú, pero no se apartó.
-La verdad es que ahora mismo me importa bien poco eso. -bufé. Me acerqué un poco más a su cuello. Su olor me hacía sentir mejor.
-Ay, que me haces cosquillas. -rió al sentir mi nariz en su garganta. Yo sonreí levemente. Su risa me animó. Se giró despacio y observó mis labios. Pensé que iba a besarlos, pero no. Se quedó así. Me acerqué y fui yo quien besó los suyos, con todos los pelos por la cara. Estaban helados. La temperatura era nuestro peor enemigo ahora mismo.
-¿Me llevas a casa?
-¿Yo qué soy ahora, un taxista?
-Algo así. -bromeé, encogiéndome de hombros. Nos subimos al coche entre risas. Al cabo de un rato, me di cuenta que no íbamos a Alcalá. -Por aquí no es…
-Sí que es.
-No. -negué muy convencida. Había visto el cartel dos veces, y las dos veces había tomado el camino contrario.
-Me has dicho que te lleve a casa…
-Sí… y te has pasado la entrada dos veces.
-Has dicho a casa. -sonrió plenamente. Ahora lo entendí. -bueno, si quieres doy la vuelta.
-No, no. -nada me apetecía más que dormir en compañía. O al menos, intentarlo. Sabía de sobra que no lo conseguiría.
Al llegar a su casa,  mientras cenábamos, sonó un mensaje en su móvil. No hizo falta mirar la llamada… se acordó de golpe. Yo también lo hice al ver su cara.
-¡Vero! -habíamos quedado con ella para preparar el cumpleaños de Malú. Le escribió algo al whatsapp a la vez que masticaba sonriente. A saber que estaba poniendo. Se quedó mirando el teléfono esperando una respuesta. Soltó una carcajada que me hizo reír a mi también. Su risa era jodidamente contagiosa.
-¿Qué haces loca?
-¡Dime, dime, dime, si estoy loca! -me cantó. Yo me eché a reír con las pocas fuerzas que tenía.
-Lo estás…
-Le he dicho que nos ha dado un ataque de "lof" y hemos parado en una gasolinera. -reí tan fuerte que se me saltaron las lágrimas.
-¿MALÚ? ¿PERO QUÉ DICES?
-Es mucho más creíble que la historia de verdad. Hija, que vida tan… emocionante. Parece una peli. -yo seguía riéndome mientras la oía de fondo.
-Estás como una cabra.
-Y te encanta. -sonrió como siempre lo hace, a quemarropa. Asentí sonriente.

Estaba ya casi dormida, con su cuerpo medio echado en mi. Su respiración iba a la misma velocidad que la mía. Eché su pelo a un lado, apartándolo de su cara. A mí me esperaba una larga noche, una de las más largas y duras de mi vida.
-No me dormiré hasta que tú lo hagas. -dijo. Eso se lo creía ella. Estaba que no podía más, podía verlo en sus ojos.
-Claro. -reí.
-Que sí, jo. -me pegó un pequeño puñetazo en mi pecho. Fingí que me dolió y me pidió que no me riera de ella, pero lo hice. Era inevitable, era tan divertida que podía sacarme una sonrisa aunque me faltaran horas para morir. Estaba completamente segura de que lo haría.

Al cabo de una hora cayó rendida. Sus párpados cerrados y su mano en mi pecho. Fue el momento perfecto para ponerme a pensar yo sola. Tenía una conversación pendiente conmigo misma. ¿Qué haces ahora, Marina? ¿Perdonamos a mamá? Dicen que padres solo hay unos… Una lágrima se me escapó. Me sentía fatal. No lloraba su muerte, lloraba el no haber llorado. No haber derramado ni una sola gota por su fallecimiento. No era capaz de hacerlo, no era capaz de ponerme triste. El único motivo de mis lágrimas era ese, el no sentir pena. ¿Cómo podía ser así? Era mi padre. Me había dado la vida. Sin él, yo no existiría. Ahora solo podía hacer una cosa, perdonar a mi madre. Recuperar el tiempo perdido con ella, al fin y al cabo, ella había conseguido sacarme adelante. Me había regalado el vivir y el ser como era. Con ella aprendí a caminar. Merecía una segunda oportunidad. Sí, eso era. Una segunda oportunidad. La llevaría a mis conciertos y la tendría a mi lado siempre. Sonreí al pensarlo. Volví a sentirme hija. 

jueves, 27 de febrero de 2014

Capítulo 42. INEVITABLE.

Malú se relamía el dedo. Yo reía sin parar, no solo por su comportamiento, sino también por el de Mari, que seguía boquiabierta sin poder creer lo que acababa de oír. Cogí mi cuchara y la rellené de helado. La metí en su boca y sonrió.
-Es que está muy bueno…
-Espera, vamos a ver, analicemos. -dijo Mari con la voz temblando. Juntó sus manos y empezó a moverlas. Intentaba decir algo por sus movimientos de boca, pero no lograba articular palabra. -Vamos a ver… -repitió.
-¿Quieres probar el mío? -me preguntó Malú, yo asentí con la cabeza y me dio a probar de su helado.
-Riquísimo. -sonreí. -como tú. -Ella soltó una risilla. Me entraron ganas de besarla.
-Qué fuerte… qué fuerte. -balbuceaba Mari. Creo que no se estaba dando cuenta que lo decía en voz alta. Ella y yo seguíamos con el tonteo del postre ajenas a la cordobesa. -¿¡QUERÉIS ECHARME CUENTA!? -mi chica y yo volvimos la cara sorprendidas. Al fin reaccionó. Nos incorporamos en los asientos y nos decidimos a escuchar. -No sé por dónde empezar… A ver… cálmate. -imposible que no se nos escapara una risa. Ella seguía muy seria. Aún no lo había asimilado. -a ver, ¿soy la mánager de la novia de Malú?  
-Pues sí. -contesté. -básicamente. Sin sentido alguno, comenzó a iluminarse lentamente una sonrisa en su cara. Parecía feliz de aquello. Se sentía orgullosa, podía notarlo.
-¿Esto no lo sabe nadie? -no era tonta, ni mucho menos.
-Algunas personas. -intervino Malú.
-Puntuales. -añadí. Ante esto, cerró una cremallera imaginaria en sus labios. Sonreímos por ese gesto. -¿Algo más?
-Si queréis contarme vuestra historia… seré todo oídos.
-¿Y si no queremos? -me encantaba cuando la artista se hacía la borde y luego se reía, dándonos cuenta de que era una broma. Pasamos la tarde en aquel restaurante, si se le podía llamar así, contándole a Mari todo. Ahora estaría mucho más cómoda con ella, prácticamente lo sabía todo. Me daría confianza. Quería o no, tenía que pasar mucho tiempo con mi mánager, y que mejor que llevarnos así de bien.
-Si me lo has contado es porque confías en mí… -cayó en la cuenta ella sola. -Gracias, es importante que lo hagas. -no se me ocurrió otra cosa que responderle con una gran sonrisa.
-Oye. -la llamó Malú, cogiéndola del brazo. -¿puedo proponerte algo, representante de Marina?
-Lo que quieras, hija de Pepe de Lucía. -rió ella. Esas contestaciones de Mari eran únicas. Ese desparpajo me encantaba.
-¿Puedo invitarla a cantar conmigo en algún concierto? -me miró de reojo mientras se lo proponía. Yo desvié mi mirada a María. Las dos asentimos sonrientes una y otra vez. -Guay. -dijo satisfecha. -Se me ha ocurrido que podrías venir al de Madrid.
-¿Yo? ¿En el Palacio de los Deportes? Je je je je. -reí de esa estúpida forma, respirando fuerte en cada JE. Era un JE irónico, muerto de miedo. Comencé a girarme y me iba a levantar, cuando Malú me tiró de la manga, colocándome en mi sitio de nuevo.
-Sería una gran oportunidad para promocionar el disco. -opinó Mari.
-No lo dudo. -solté. -pero…
-¡PERO NADA! -chilló Malú, para mi sorpresa. No me lo esperaba. -Vienes y punto. -dio un golpe en la mesa. -Soy tu productora, ¿qué mejor forma de hacerte publicidad?
-¡ES MALÚ! -oímos un grito que venía no de muy lejos. Una avalancha de gente se formó de golpe y venía hacia nosotros. Nos levantamos agitadamente de la mesa y recogimos el chaquetón de la silla a toda velocidad, la mía se calló del tirón que le metí y salimos corriendo.
-¡POR AQUÍ! -nos guió un amable trabajador. Nos cedió la puerta de atrás y buscamos el coche.
-¡NOS VEMOS MAÑANA! ¡GRABAS CON PABLO! -me avisó mientras me metía en el coche con mi novia. Ella siguió adelante, buscando su mini adorable. Malú arrancó su audi a una velocidad de vértigo y tomó la carretera ágilmente. Me toqué el pecho, el corazón iba muy rápido.
-Acostúmbrate. -sonrió, dándome una palmada en el muslo.
-No sé si llegaré a hacerlo. -dije.
-Ya verás cómo sí. -soltó con seguridad. Yo no seguía muy convencida. No me veía capaz de acostumbrarme a tal cosa. Era tan extraño para mí.
Pasaron dos semanas, dos semanas en las que terminé el disco. Grabé la canción con Pablo y empecé a entablar aún más confianza con el resto de músicos. Pronto empezaría la promoción, lo que significaba horas de entrevistas, viajes, hacer y deshacer maletas, decirle al mundo que esa era mi música y esa era yo. De encontrar gente que apreciara lo que hacía. De encontrar un apoyo. Fueron dos semanas estresantes. La presión que ejercía Paula sobre nosotros era bestial. Todo parecía ir bien, entonces aparecía su moño en la puerta trayendo problemas. Tal vez fuese una antena parabólica para atraerlos… Por lo demás, todo iba genial. Pedro seguía con su tranquilidad desquiciante, Ricky con su timidez, Merce con su desparpajo y Pepe Luí mejorando sus chistes. Li y López seguían con sus piques, sin que mi amiga cediera a empezar una relación con él. Todos sabíamos que le gustaba Pablo, se le veía a leguas de distancia… pero se hacía de rogar. Por otro lado, Malú y yo cada día nos sentíamos mejor juntas. Confiábamos la una en la otra y nos queríamos muchísimo. Quizás demasiado para el tiempo que llevábamos. Justo este día habíamos quedado con Vero para preparar su cumpleaños. Faltaban tan solo unas semanas… Acababa de entrar marzo. Íbamos en el coche, ella conducía, y yo jugaba con el móvil. Lo lanzaba y agarraba en el aire. Malú se puso nerviosa, pero yo seguí.
Una llamada que no esperaba llegó, haciendo sonar el teléfono.
 -¿Quién es?  
Me quedé mirando la pantalla del móvil un momento. -Vanesa.
-¿Vas a cogerlo? -preguntó, sin interesarse mucho. Después de otro instante notando cómo vibraba en mi mano, me decidí a descolgar.
-No quiero alarmarte… pero tu madre está en el bar. -se me cambió la cara. Llevé mi mano a la pierna de la conductora y la aferré con fuerza. Ella me cogió la mano y la apretó.
-¿Qué ocurre? -preguntó preocupada al ver mi cara. Yo no podía responderle, me temblaba el pulso. Puse la llamada en altavoz para que pudiera entenderlo ella misma.
-...dice que no se va de aquí hasta que aparezcas. -continuó.
-¿Quién dice eso? -interrogó mediante un susurro.
-¿Qué le digo? -preguntó Vane. Malú agarró con más fuerza mi mano. -Marina, está llorando. No para de dar golpes, está muy enfadada con el mundo… ya lo entenderás. No quiere que te lo diga… prefiere hacerlo ella.
-Ya voy. -logré decir, pero con voz muy bajita. Colgué. -Cariño… mi madre… está en el bar. -El resto de la conversación ya la había oído. Me miró asustada, sin soltar mi mano. Sabía que podía contar con ella.
-Cambio de rumbo. -dijo. -voy a soltarte la mano para girar el volante, ¿vale? -asentí con la cabeza, aunque no tenía ningunas ganas de que eso ocurriera. Echaba de menos apretarla cuando la soltó. -soy muy pava para conducir solo con una. -rió, yo sonreí tímidamente. Entramos en carretera recta y pudo agarrarla de nuevo, gesto que me ayudaba mucho. Ese castañeo en las piernas me recordó a aquel viaje en el tren hacia los estudios de La Voz. Pero los nervios era distintos, completamente diferentes. Aquellos nervios eran de emoción, estos de miedo. Habían pasado dos semanas. 14 días desde que no tuve noticias sobre ella. Al principio pensaba mucho en ella, cada noche me venían a la cabeza recuerdos de pequeña… pero después fui acumulando trabajo y acabé de olvidar el tema por completo. De esa cosa tan importante que tenía que contarme. Sin yo darme cuenta, apreté con más fuerza su mano. -Ya estamos cerca, mi amor. -besó mi puño, que estaba agarrado a fuego a ella. -El bar estaba a tan solo un giro. -¿Quieres que vaya contigo? -querer quería… pero no sabía que me iba a encontrar.
-No sé qué va a pasar ahí dentro…
-No me voy a asustar, habré visto cosas peores. -yo tampoco iba a insistirle mucho, en realidad necesitaba que me acompañase. 
Entramos juntas en el local a un palmo de distancia. Ella me seguía con la cara agachada, tapándose el rostro con el pelo. No había mucha gente, dos o tres mesas con familias. En la barra estaban los cuatro viejos de siempre. Vi a Pedro tras la barra y lo saludé levantando la mano.
-Están en el comedor de atrás. -dijo, señalándolo. Lo utilizábamos para los bautizos y bodas. Era enorme. Entré y vi a Vanesa sentada a su lado. Natalia intentaba tranquilizarla acariciándole la espalda y mirándola sin quitar ojo.
-Buenas noches. -dije al entrar. Todos clavaron la mirada en mí, menos ella, que tenía la cabeza agachada y roja como un tomate. La mesa estaba llena de clínex. Vanesa frunció el ceño y se acercó a mí junto a su tía.
-No seas dura. -me abrazó, sin yo entender muy bien el mensaje. Le dio dos besos a Malú, ésta la miró fríamente. Se fueron después de que Nat nos saludara también y me advirtiera de su estado. No sabía cómo afrontar aquello. Si sentarme a su lado o al frente, si preguntar o esperar a que hablase. Volví a aferrarme a su mano y la miré. Sus ojos apuntaban a mi madre. No tenía ni la menor idea de que pensaba. No supe leer esa mirada. Tiré de ella hacia la mesa y al fin alzó su cara para vernos. Plantó su mirada en María Lucía.
-¿Es tu amiga? Se me parece mucho a Malú. -preguntó extrañada, con los ojos rojos y la cara casi morada.
-Es Malú. -reímos las dos.
-¿MALÚ? -parpadeó varias veces. -¿y qué hace aquí?
-Mamá, es… -abrió los ojos y pude comprobar que no había ni un claro blanco en ellos. No hacía falta que terminara la frase, lo había captado.
-Vaya… pensé que seguías con Vane…
-No. -negué con la cabeza a la vez que lo decía. Me hizo un gesto para que me sentase enfrente.  Lo hice, y mi chica se colocó a mi lado. Escondíamos nuestros dedos entrelazados bajo la mesa. 
-¿Recuerdas el día que te llamé al concurso…? -preguntó. Yo asentí con la cabeza. No era capaz de segregar la saliva suficiente como para hablar. -hacía meses que te buscaba, y al verte no dudé en llamar e intentarlo… lo hice miles de veces hasta que lo conseguí… pero pasaste. Luego en el metro otra vez… Te escapaste dos veces… y ahora ya es tarde. -se le quebró la voz y rompió a llorar en la última frase. -¿SABES CUÁNTO TIEMPO LLEVABA INTENTANDO CONTACTAR CONTIGO? ¿LO SABES? ¡Y SALISTE HUYENDO! -alzaba la voz mientras sus lágrimas se derramaban. Yo sentí miedo… Malú puso su otra mano sobre las ya enlazadas. Me escurrí algo en la silla, echándome hacia atrás. -¡Y TODO PARA QUE TE DESPIDIERAS! -¿Despidieras? ¿A qué se refería? -PERO YA NO PUEDES, MARINA, TU PADRE SE MURIÓ HACE UNA SEMANA. -un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi progenitora se echó en la mesa, tapando su cara. Pude oír sus gritos llenos de dolor. Me quedé totalmente de piedra, sin saber cómo reaccionar. No me salía llorar… tampoco decir nada. Entré en una especie de shock, aunque yo seguía consciente, no terminaba de creerlo. Por un momento olvidé todo lo que me rodeaba… olvidé que mi madre estaba berreando frente a mí, que Malú estaba mirándome cual pasmarote sin saber qué hacer, olvidé que estaba en el bar, olvidé hasta mi nombre. Solo recordaba la última vez que le vi, ¿hacía cuánto? ¿siete años? Me sentía la peor persona del mundo… Quizás debí haberla escuchado. Deseé haberme dado la vuelta aquel día en el metro. Respiré hondo y volví a mi.
-¿Estás bien, cielo? -me preguntó. No recuerdo cuando puso su mano en mi espalda… pero estaba allí, paseando desde el cuello hasta abajo. No le respondí, la miré. Mis ojos solo le pedían que saliéramos corriendo. Seguía presa del pánico. No terminaba de creerme sus palabras. Era lo último que esperaba. Ni se me había pasado hipotéticamente por la cabeza. Esperaba que me diese más detalles…
-¿Cómo fue? -tuve que preguntar.
-Le detectaron cáncer mientras tu cantabas felizmente. -dijo sin mirarme a los ojos. Probablemente no sería capaz de decírmelo a la cara. -Estaba muy avanzado… no podían hacer nada. -volvió a romperse su voz y no pudo evitar que sus lágrimas volvieran a aflorar. Me impuso ver aquel iris verde, que había heredado yo, inundado. Inevitable recordar una escena… una escena que la tengo grabada en mi mente y que recuerdo como si hubiese ocurrido ayer. Llegué del instituto tarde, bastante tarde, una hora de retraso. Todo porque la profesora de historia nos había castigado… de igual forma, mi padre se cabreó. Creía que yo le mentía… Después de una serie de insultos insinuando que había estado con Vanesa haciendo cosas que Satán me ordenaba, me linchó una paliza con el bate de béisbol de mi primo. Mi madre lloraba desconsoladamente, intentando detenerle. Eran los mismos ojos que ahora… -¿Ni una maldita lágrima vas a derramar por tu padre? ¿Ni una?  -aquellas palabras me hicieron sentir la peor hija que pudiese existir.
-No creo que merezca mis lágrimas. -lo dije seria, sin temblar, pero me dolió.

-No, si en el fondo… te entiendo. -unió sus dedos. Mordió su labio y cerró los ojos. 

lunes, 24 de febrero de 2014

Capítulo 41. Y QUE PEQUEÑA QUE SOY

Tenía por seguro que esa noche no pegaría ojo. Y no me equivoqué. Los párpados no hacían el esfuerzo de moverse, y mis pupilas tampoco parecían tener ganas de moverse. Estaban quietas, observando el color blanco del techo. Las dos de la mañana. Oí en mi cabeza la frase que me había soltado Mari antes de despedirnos: Mañana sesión de fotos para el disco, duerme bien. Pero bien que estaba durmiendo… ¿Qué querría mi madre? Quizás debí darme la vuelta y resolver aquel asunto. Debía haber tenido la valentía suficiente. La madurez de volverme a ella y pedirle que me contara eso y me dejase en paz. Hacía tantos años que no la veía… No entendí si quiera cómo pude reconocerla. Supongo que el cruce de nuestras miradas lo dijo todo. Aún tenía la imagen de su rostro grabada en mi mente. Su cara de  sorpresa al verme. Su voz retumbaba en mis oídos, aquellas palabras… ¿Por qué razón me buscaba? Cuando me escapé, el móvil se llenó de llamadas suyas. A eso de los dos o tres días decidí contestar a una y explicarle que jamás volvería al infierno de hogar que tenía. Desde aquella cruel y dura frase no volvió a hablar conmigo. Ni trató de volver a hacerlo. Era el hazmerreír del pueblo y ellos no intentaron defenderme. Mi madre ignoraba las burlas, pasaba de largo. Sin embargo, mi padre echaba más leña al fuego. El móvil vibró, cosa que me extrañó a estas horas de la madrugada.
-¿Estás despierta? -preguntó Malú. -Sí, si estás despierta. -dijo muy lista. Seguramente al verme "en línea". No supe que contestar, ella ya se había respondido sola. Al cabo de los segundos recibí otro mensaje suyo. -¿No tenías mañana la sesión de fotos?
-Sí… pero no paro de darle vueltas a lo de mi madre. -los ojos comenzaron a picarme por la intensidad de la luz del teléfono en la tremenda oscuridad de la noche.
-Yo tampoco puedo dormir… también estoy pensando en ello… -puso. Me hizo sonreír en cierto modo. Sentí que se preocupaba por mí.
-Cariño, te quiero. -solté. Me apetecía decírselo. Me contestó con una de esa carita tan mona que manda un besito con un corazón.
-Bueno, te dejo que intentes dormir. Mañana tienes que estar llena de energía. -era lo más correcto, al fin y al cabo. Apagar el móvil y dormirme, aunque fuera bajo el efecto de unos somníferos. Nos dimos las buenas noches y dejé el teléfono en la mesilla de noche.
No llegué a completar ni las cinco horas de sueño… llevaba unas ojeras que asustaban a cualquiera. Me miré al espejo y estuve un rato buscando mis ojos. No querían aparecer. Toda luz me molestaba. Estaban enterrados, escondidos a la luz. Mari me iba a matar.
Porté unas gafas de sol para ocultar el estado de mis ojos.
-No hace sol para llevar unas gafas. -observó mi representante al subirme a su coche.
-Ya… las llevo de complemento. -dije mientras me rascaba el pelo. Me puse el cinturón para ignorar su mirada. Me quitó las gafas, hice el intento de retenerlas pero fue tardío. A mis reflejos esa mañana no se les podía pedir más.
-¿¡SE PUEDE SABER QUE HICISTE ANOCHE!? ¡NUNCA PENSÉ QUE SERÍAS UNA FIESTERA SIN PREOCUPACIONES CUANDO TE CONOCÍ!
-¡No lo soy! ¡Te lo aseguro! -contesté con la máxima sinceridad.
-Se coge antes a un mentiroso que a un cojo…
-¡Qué es la verdad, Mari! -exclamé, ella condujo más rápido de lo normal. Me tuve que agarrar al asiento algo asustada.
-¡YO NO ME CHUPO EL DEDO! PERO, ¿SABES QUÉ? ¡YO TE VOY A PONER DERECHA! -dio volantazos. No me extrañaría nada que dentro de poco un helicóptero y cientos de coches oficiales nos persiguieran. Sí, hubo una época en la que estuve enganchada a GTA. Miré agachada y avergonzada mis vaqueros. Bajar la cabeza era lo más digno que podía hacer. -¡Solo te pedí que durmieras! ¿TAN DIFÍCIL ES?
-Mari, no estuve de fiesta, estuve en la cama depresiva. -dije al fin. No podía seguir oyendo aquella bronca que no merecía. Pegó un frenazo al ver el semáforo en rojo y ambas . -te contaré todo, pero vamos a necesitar mucho tiempo.
-Bah, seguro que bollo dramas de esos. -se me escapó una risa.
-¿Y tú como sabes que yo…? -no me dejó terminar la pregunta.
-He investigado sobre tu vida, hija. Trabajo para ti.
-¿Debería tener miedo?
-Pensé que lo habías tenido ya. ¿ME HAS VISTO? -di un salto al escuchar ese espontáneo e inesperado grito. Rió a carcajadas, unas carcajadas de malvada.

La sesión de fotos no pudo ir peor. El fotógrafo era tan inexperto como yo. Hicimos un millón de capturas al menos. Vi tantos flashes como estrellas en el cielo. Fue una auténtica tortura.
-No estás muy fotogénica hoy, ¿eh? -preguntó el pedazo de huevón. Estaba muy histérica.
-Ayer no tuve un buen día. -argumenté borde, mientras dos maquilladoras me repasaban la sombra de ojos.
Un fondo azul, con tonos oscuros y otros más claros era el único decorado que tenía. El presupuesto no daba para mucho. La foto que más divertida, y más yo era en la que salía montada en una silla con la mano al viento y sobre una sola pata. Sacaba mi lado más infantil, el que aún se me escapaba de vez en cuando.
-¿Por qué no le haces una con la guitarra? La ha traído. -opinó mi mánager. A mí me fascinó la idea. Me la traje con vistas a eso. Mari se la llevó a Gabi, el fotógrafo. Me la acercó e hicimos varias fotografías con mi mejor aliada.
-Venga, ya es suficiente. -dijo, acercándose y quitándome el instrumento. Al llevarlo hacia Mari, se le resbaló y cayó al suelo. Me entraron unas ganas de levantarme, coger la guitarra y pegarle en la cabeza con ella. Respira, Marina, respira. Me mordí la lengua. Mi guitarra, joder. La guitarra que me había regalado Malú. Mi preciosa guitarra.
-¡MANAZAS! -le chilló ésta. ¿Para qué alterarme? Ella lo hacía por las dos. No sé cómo no me levanté de la silla y lo empotré contra la pared de ladrillos que tenía justo al lado. La cogió y tocó algunas cuerdas.  
-Está viva. -ni se inmutó. La rabia me estaba matando por dentro. ¡CASI TE CARGAS MI PRECIADA GUITARRA! Tenía más valor del que pensaba, eso seguro.
-¿Sabes el cariño que le tengo? -le pregunté retóricamente.
-Perdona, hija. -encima le molestó. No podía con mi mala ostia. A pesar de ello, tuve que sonreírle a su cámara para que mi disco quedara con un aspecto más o menos decente. Aunque sonriera, forzosamente además, solo tenía ganas de levantarme y estrellarle la cámara en su cara. -Ya está. Gracias por tu paciencia, estoy empezando. -torció la sonrisa. -espero tener muchos proyectos como éste. -Ojalá no, por el bien de los clientes… -Mucha suerte con el disco, espero que me envíes una copia. -me dijo un codazo sonriente. Sonrisa que no devolví.
-Por… supuesto. -dije. Creo que la ironía se notó demasiado. -Mucha suerte para ti también. -porque la iba a necesitar. Maldito descarado.
-¡Marina! -exclamó Mari al verme ya vestida con mi ropa. Giré la cara para mirarla.
-Vente conmigo a comer, tenías algo que contarme, ¿no? -acepté, asintiendo sin mucho entusiasmo. No tenía ganas de revivir esa mancha del currículum de mi vida. Me agarró por la cintura y me estrujó en su pequeñín cuerpo. -Nos llevamos muy bien, jefa. -era la primera vez que me llamaban así y me quedé algo desorientada.
-No tengo muy claro quién de las dos es la jefa. -reí. Ella mandaba sobre mí, mucho más que yo sobre ella.
-¿Mc Donald´s o Burger King? -preguntó entre risas, evitando mi anterior comentario.
-Qué original.
-Me apetece comida basura. -si es que no podía ser más ordinaria. El moño comenzaba a pasarle factura, aún así, me encantaba su lado choni. Era divertido y muy gracioso.
-Me da un poco la risa… -dije al sentarme frente a ella con la cajita que contenía la hamburguesa. -nunca se me había ocurrido este lugar para hablar de un tema como éste.
-¿Tan malo es? Seguro que es una tontería. -ya estaba acostumbrada a eso. Todo el mundo le quitaba importancia a mis problemas simplemente por mi apariencia. Parecía una chica normal, feliz. Siempre sonreía, por lo que nadie se imagina lo que pasó. Desde que me fugué empecé a ver la vida de color de rosa. Las facturas de la luz de las que se asusta la mayoría para mí solo eran un pequeño obstáculo. Cualquier problema que se me presentara para mí era más pequeño… me afectaba menos que a otros. Era lo que tenía vivir con un trauma como el mío. Hacía empequeñecer el resto de dificultades.
-Sufrí maltrato por parte de mis padres. -solté sin anestesia. Mari se quedó con las mano en la hamburguesa y con la boca abierta, a punto de darle un mordisco. Un poco de baba bajó por su barbilla.
-Joder. -soltó la comida en la caja y se limpió la baba. Me sentí un poco mal. Le había cortado el apetito. Con las ganas que tenía de su comida basura. -Pero… cuéntame más. Todo. Siento haber inf… inf…
-¿Infravalorado?
-Eso. Infravalorado tu problema. Y yo que pensaba que estabas de fiesta… y tú… ahí…
-No, no. Ya no me pegan. Bueno, no pueden. -le expliqué la historia desde el minuto cero. Conforme ésta avanzaba, nuestra comida iba desapareciendo, yendo a parar a nuestro hambriento estómago.
-¿Y ahora no tienes novia? -preguntó, muy cotilla. -debo enterarme de todo. No es nada malo. -había observado mi incomodidad. -¿Quién es? -¿CÓMO MENTIRLE A ESTA MUJER?
-Nadie. -reí, tirando la servilleta. -¿postre?
-¡A mí no me hagas la cobra! -me levanté, caminando hacia el mostrador. -¡Tú! ¡Vuelve aquí! ¡Te lo ordeno! ¡JEFA! -ahora todo cobraba menos sentido. Me ordenaba… pero yo era la jefa. Extraño. Me tiró una servilleta. Impresionante su puntería, me dio justo en la nuca.
Cogí el móvil y rápidamente marqué el teléfono de Malú, el cuál sabía de memoria. Era estúpido, existiendo la agenda… cosas de Marina.
-¿Puedo contárselo a mi mánager? -pregunté rápidamente, eché la vista atrás, vi que se había calmado. Oí un silencio. No sabía que responder. -Entenderé lo que me digas. -pensé que ayudaría.
-Vale…
-No voy a contarle nada que no quieras. -eso que lo tuviese claro. -si no estás de acuerdo, no lo haré.
-Espera, ¿dónde estáis? -le dije el sitio de mi ubicación y colgó. Sonreí mirando el móvil. Sí, había colgado. Eso significaba que en nada aparecería por la puerta. Hice el paripé, dejando que otros se colasen para hacer tiempo. Volcaba la cabeza una y otra vez, esperando verla. Al fin, entró con unas gafas de sol y el pelo cubriéndole la cara. Sonreí al verla. Levanté la mano para que me viese y le señalé la mesa donde estábamos sentadas. Mari estaba en el baño, la sorpresa que se llevaría cuando volviese iba a ser menuda. Pedí tres helados y me acomodé a su lado.
-Hola princesa. -la saludé, quedándome con ganas de un beso.
-Hola. -sonrió. Le tendí su helado y negó con la cabeza. -acabo de comer con Rubén. -dijo tocándose la barriga.
-Bueno, pues para mí. -reí.
-Eres una foca. -dijo con desprecio.
-Pues cómetelo. -el chantaje sirvió, y empezó a dar las primeras cucharadas. Mari apareció y se acercó a la mesa, iba a darse la vuelta. Pensó que se había equivocado, pero volvió a girarse y la saludé con la mano.
-¿Y esta joven? -preguntó extrañada, acomodándose. -Me suena su cara… -Malú rió y bajó sus gafas. Sonrió. Aquella sonrisa era famosa y delató su identidad. -¡MA…! -corté su exclamación con un pisotón. -Perdón. -se le escapó una risilla. -¿Qué haces aquí?
-¿No querías conocer a su novia? -le preguntó. Me dejó helada hasta a mí, no me podía imaginar cómo debía estar ella.
-Cariño, eres demasiado brusca. Estas cosas se cuentan más…
-Bah. -me cortó, moviendo la mano. Mi representante seguía mirándonos boquiabierta, intentando asimilar el repentino golpe de información que había recibido. -¿de qué es tu helado? -me asombraba lo tranquila que se quedaba después de soltar lo nuestro.

-Pruébalo. -le sonreí. Ella metió un dedo en el vaso y se lo chupó. -Qué finica eres, amor. -reí.