lunes, 24 de febrero de 2014

Capítulo 41. Y QUE PEQUEÑA QUE SOY

Tenía por seguro que esa noche no pegaría ojo. Y no me equivoqué. Los párpados no hacían el esfuerzo de moverse, y mis pupilas tampoco parecían tener ganas de moverse. Estaban quietas, observando el color blanco del techo. Las dos de la mañana. Oí en mi cabeza la frase que me había soltado Mari antes de despedirnos: Mañana sesión de fotos para el disco, duerme bien. Pero bien que estaba durmiendo… ¿Qué querría mi madre? Quizás debí darme la vuelta y resolver aquel asunto. Debía haber tenido la valentía suficiente. La madurez de volverme a ella y pedirle que me contara eso y me dejase en paz. Hacía tantos años que no la veía… No entendí si quiera cómo pude reconocerla. Supongo que el cruce de nuestras miradas lo dijo todo. Aún tenía la imagen de su rostro grabada en mi mente. Su cara de  sorpresa al verme. Su voz retumbaba en mis oídos, aquellas palabras… ¿Por qué razón me buscaba? Cuando me escapé, el móvil se llenó de llamadas suyas. A eso de los dos o tres días decidí contestar a una y explicarle que jamás volvería al infierno de hogar que tenía. Desde aquella cruel y dura frase no volvió a hablar conmigo. Ni trató de volver a hacerlo. Era el hazmerreír del pueblo y ellos no intentaron defenderme. Mi madre ignoraba las burlas, pasaba de largo. Sin embargo, mi padre echaba más leña al fuego. El móvil vibró, cosa que me extrañó a estas horas de la madrugada.
-¿Estás despierta? -preguntó Malú. -Sí, si estás despierta. -dijo muy lista. Seguramente al verme "en línea". No supe que contestar, ella ya se había respondido sola. Al cabo de los segundos recibí otro mensaje suyo. -¿No tenías mañana la sesión de fotos?
-Sí… pero no paro de darle vueltas a lo de mi madre. -los ojos comenzaron a picarme por la intensidad de la luz del teléfono en la tremenda oscuridad de la noche.
-Yo tampoco puedo dormir… también estoy pensando en ello… -puso. Me hizo sonreír en cierto modo. Sentí que se preocupaba por mí.
-Cariño, te quiero. -solté. Me apetecía decírselo. Me contestó con una de esa carita tan mona que manda un besito con un corazón.
-Bueno, te dejo que intentes dormir. Mañana tienes que estar llena de energía. -era lo más correcto, al fin y al cabo. Apagar el móvil y dormirme, aunque fuera bajo el efecto de unos somníferos. Nos dimos las buenas noches y dejé el teléfono en la mesilla de noche.
No llegué a completar ni las cinco horas de sueño… llevaba unas ojeras que asustaban a cualquiera. Me miré al espejo y estuve un rato buscando mis ojos. No querían aparecer. Toda luz me molestaba. Estaban enterrados, escondidos a la luz. Mari me iba a matar.
Porté unas gafas de sol para ocultar el estado de mis ojos.
-No hace sol para llevar unas gafas. -observó mi representante al subirme a su coche.
-Ya… las llevo de complemento. -dije mientras me rascaba el pelo. Me puse el cinturón para ignorar su mirada. Me quitó las gafas, hice el intento de retenerlas pero fue tardío. A mis reflejos esa mañana no se les podía pedir más.
-¿¡SE PUEDE SABER QUE HICISTE ANOCHE!? ¡NUNCA PENSÉ QUE SERÍAS UNA FIESTERA SIN PREOCUPACIONES CUANDO TE CONOCÍ!
-¡No lo soy! ¡Te lo aseguro! -contesté con la máxima sinceridad.
-Se coge antes a un mentiroso que a un cojo…
-¡Qué es la verdad, Mari! -exclamé, ella condujo más rápido de lo normal. Me tuve que agarrar al asiento algo asustada.
-¡YO NO ME CHUPO EL DEDO! PERO, ¿SABES QUÉ? ¡YO TE VOY A PONER DERECHA! -dio volantazos. No me extrañaría nada que dentro de poco un helicóptero y cientos de coches oficiales nos persiguieran. Sí, hubo una época en la que estuve enganchada a GTA. Miré agachada y avergonzada mis vaqueros. Bajar la cabeza era lo más digno que podía hacer. -¡Solo te pedí que durmieras! ¿TAN DIFÍCIL ES?
-Mari, no estuve de fiesta, estuve en la cama depresiva. -dije al fin. No podía seguir oyendo aquella bronca que no merecía. Pegó un frenazo al ver el semáforo en rojo y ambas . -te contaré todo, pero vamos a necesitar mucho tiempo.
-Bah, seguro que bollo dramas de esos. -se me escapó una risa.
-¿Y tú como sabes que yo…? -no me dejó terminar la pregunta.
-He investigado sobre tu vida, hija. Trabajo para ti.
-¿Debería tener miedo?
-Pensé que lo habías tenido ya. ¿ME HAS VISTO? -di un salto al escuchar ese espontáneo e inesperado grito. Rió a carcajadas, unas carcajadas de malvada.

La sesión de fotos no pudo ir peor. El fotógrafo era tan inexperto como yo. Hicimos un millón de capturas al menos. Vi tantos flashes como estrellas en el cielo. Fue una auténtica tortura.
-No estás muy fotogénica hoy, ¿eh? -preguntó el pedazo de huevón. Estaba muy histérica.
-Ayer no tuve un buen día. -argumenté borde, mientras dos maquilladoras me repasaban la sombra de ojos.
Un fondo azul, con tonos oscuros y otros más claros era el único decorado que tenía. El presupuesto no daba para mucho. La foto que más divertida, y más yo era en la que salía montada en una silla con la mano al viento y sobre una sola pata. Sacaba mi lado más infantil, el que aún se me escapaba de vez en cuando.
-¿Por qué no le haces una con la guitarra? La ha traído. -opinó mi mánager. A mí me fascinó la idea. Me la traje con vistas a eso. Mari se la llevó a Gabi, el fotógrafo. Me la acercó e hicimos varias fotografías con mi mejor aliada.
-Venga, ya es suficiente. -dijo, acercándose y quitándome el instrumento. Al llevarlo hacia Mari, se le resbaló y cayó al suelo. Me entraron unas ganas de levantarme, coger la guitarra y pegarle en la cabeza con ella. Respira, Marina, respira. Me mordí la lengua. Mi guitarra, joder. La guitarra que me había regalado Malú. Mi preciosa guitarra.
-¡MANAZAS! -le chilló ésta. ¿Para qué alterarme? Ella lo hacía por las dos. No sé cómo no me levanté de la silla y lo empotré contra la pared de ladrillos que tenía justo al lado. La cogió y tocó algunas cuerdas.  
-Está viva. -ni se inmutó. La rabia me estaba matando por dentro. ¡CASI TE CARGAS MI PRECIADA GUITARRA! Tenía más valor del que pensaba, eso seguro.
-¿Sabes el cariño que le tengo? -le pregunté retóricamente.
-Perdona, hija. -encima le molestó. No podía con mi mala ostia. A pesar de ello, tuve que sonreírle a su cámara para que mi disco quedara con un aspecto más o menos decente. Aunque sonriera, forzosamente además, solo tenía ganas de levantarme y estrellarle la cámara en su cara. -Ya está. Gracias por tu paciencia, estoy empezando. -torció la sonrisa. -espero tener muchos proyectos como éste. -Ojalá no, por el bien de los clientes… -Mucha suerte con el disco, espero que me envíes una copia. -me dijo un codazo sonriente. Sonrisa que no devolví.
-Por… supuesto. -dije. Creo que la ironía se notó demasiado. -Mucha suerte para ti también. -porque la iba a necesitar. Maldito descarado.
-¡Marina! -exclamó Mari al verme ya vestida con mi ropa. Giré la cara para mirarla.
-Vente conmigo a comer, tenías algo que contarme, ¿no? -acepté, asintiendo sin mucho entusiasmo. No tenía ganas de revivir esa mancha del currículum de mi vida. Me agarró por la cintura y me estrujó en su pequeñín cuerpo. -Nos llevamos muy bien, jefa. -era la primera vez que me llamaban así y me quedé algo desorientada.
-No tengo muy claro quién de las dos es la jefa. -reí. Ella mandaba sobre mí, mucho más que yo sobre ella.
-¿Mc Donald´s o Burger King? -preguntó entre risas, evitando mi anterior comentario.
-Qué original.
-Me apetece comida basura. -si es que no podía ser más ordinaria. El moño comenzaba a pasarle factura, aún así, me encantaba su lado choni. Era divertido y muy gracioso.
-Me da un poco la risa… -dije al sentarme frente a ella con la cajita que contenía la hamburguesa. -nunca se me había ocurrido este lugar para hablar de un tema como éste.
-¿Tan malo es? Seguro que es una tontería. -ya estaba acostumbrada a eso. Todo el mundo le quitaba importancia a mis problemas simplemente por mi apariencia. Parecía una chica normal, feliz. Siempre sonreía, por lo que nadie se imagina lo que pasó. Desde que me fugué empecé a ver la vida de color de rosa. Las facturas de la luz de las que se asusta la mayoría para mí solo eran un pequeño obstáculo. Cualquier problema que se me presentara para mí era más pequeño… me afectaba menos que a otros. Era lo que tenía vivir con un trauma como el mío. Hacía empequeñecer el resto de dificultades.
-Sufrí maltrato por parte de mis padres. -solté sin anestesia. Mari se quedó con las mano en la hamburguesa y con la boca abierta, a punto de darle un mordisco. Un poco de baba bajó por su barbilla.
-Joder. -soltó la comida en la caja y se limpió la baba. Me sentí un poco mal. Le había cortado el apetito. Con las ganas que tenía de su comida basura. -Pero… cuéntame más. Todo. Siento haber inf… inf…
-¿Infravalorado?
-Eso. Infravalorado tu problema. Y yo que pensaba que estabas de fiesta… y tú… ahí…
-No, no. Ya no me pegan. Bueno, no pueden. -le expliqué la historia desde el minuto cero. Conforme ésta avanzaba, nuestra comida iba desapareciendo, yendo a parar a nuestro hambriento estómago.
-¿Y ahora no tienes novia? -preguntó, muy cotilla. -debo enterarme de todo. No es nada malo. -había observado mi incomodidad. -¿Quién es? -¿CÓMO MENTIRLE A ESTA MUJER?
-Nadie. -reí, tirando la servilleta. -¿postre?
-¡A mí no me hagas la cobra! -me levanté, caminando hacia el mostrador. -¡Tú! ¡Vuelve aquí! ¡Te lo ordeno! ¡JEFA! -ahora todo cobraba menos sentido. Me ordenaba… pero yo era la jefa. Extraño. Me tiró una servilleta. Impresionante su puntería, me dio justo en la nuca.
Cogí el móvil y rápidamente marqué el teléfono de Malú, el cuál sabía de memoria. Era estúpido, existiendo la agenda… cosas de Marina.
-¿Puedo contárselo a mi mánager? -pregunté rápidamente, eché la vista atrás, vi que se había calmado. Oí un silencio. No sabía que responder. -Entenderé lo que me digas. -pensé que ayudaría.
-Vale…
-No voy a contarle nada que no quieras. -eso que lo tuviese claro. -si no estás de acuerdo, no lo haré.
-Espera, ¿dónde estáis? -le dije el sitio de mi ubicación y colgó. Sonreí mirando el móvil. Sí, había colgado. Eso significaba que en nada aparecería por la puerta. Hice el paripé, dejando que otros se colasen para hacer tiempo. Volcaba la cabeza una y otra vez, esperando verla. Al fin, entró con unas gafas de sol y el pelo cubriéndole la cara. Sonreí al verla. Levanté la mano para que me viese y le señalé la mesa donde estábamos sentadas. Mari estaba en el baño, la sorpresa que se llevaría cuando volviese iba a ser menuda. Pedí tres helados y me acomodé a su lado.
-Hola princesa. -la saludé, quedándome con ganas de un beso.
-Hola. -sonrió. Le tendí su helado y negó con la cabeza. -acabo de comer con Rubén. -dijo tocándose la barriga.
-Bueno, pues para mí. -reí.
-Eres una foca. -dijo con desprecio.
-Pues cómetelo. -el chantaje sirvió, y empezó a dar las primeras cucharadas. Mari apareció y se acercó a la mesa, iba a darse la vuelta. Pensó que se había equivocado, pero volvió a girarse y la saludé con la mano.
-¿Y esta joven? -preguntó extrañada, acomodándose. -Me suena su cara… -Malú rió y bajó sus gafas. Sonrió. Aquella sonrisa era famosa y delató su identidad. -¡MA…! -corté su exclamación con un pisotón. -Perdón. -se le escapó una risilla. -¿Qué haces aquí?
-¿No querías conocer a su novia? -le preguntó. Me dejó helada hasta a mí, no me podía imaginar cómo debía estar ella.
-Cariño, eres demasiado brusca. Estas cosas se cuentan más…
-Bah. -me cortó, moviendo la mano. Mi representante seguía mirándonos boquiabierta, intentando asimilar el repentino golpe de información que había recibido. -¿de qué es tu helado? -me asombraba lo tranquila que se quedaba después de soltar lo nuestro.

-Pruébalo. -le sonreí. Ella metió un dedo en el vaso y se lo chupó. -Qué finica eres, amor. -reí. 

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