domingo, 23 de febrero de 2014

Capítulo 40. NO ME INTERESA.

Llegué al piso y vi sobre el felpudo de mi casa a Pablo López mirando al suelo y con una bolsa de pasteles en la mano, y en la otra una rosa roja preciosa. Le ayudé a levantarse y me miró entristecido.
-Será mejor que me vaya. -dijo mirándome los zapatos.
-No, quédate y repasamos la canción. -le sonreí, dándole una palmada en la espalda. No parecía muy convencido. -¿Dónde está el entusiasmo y romanticismo que tenías por teléfono?
-Se ha caído por las escaleras. -señaló a éstas. Abrí la puerta y escuché cómo Li corría. Probablemente se estaba escondiendo. Yo me reí por dentro. Qué dos. Nos sentamos en el sofá. Fui a buscar la guitarra y los borradores que teníamos. Pablo no paraba de mirar al pasillo. Estaba totalmente distraído pensando, seguramente, en su Lidia. Chasqueé los dedos para atraer su atención. Sacudió la cabeza y exclamó: ¡QUÉ!
-¿Dónde estás?
-Perdona, ¿la cantamos? -A lo largo de la mañana, el compositor y yo estuvimos corrigiendo algunos versos y perfeccionando los acordes y ritmos. Metiéndole otros nuevos y haciéndola perfecta.
-Qué bonita. -apreció diciendo esas palabras, tímidamente, mi compañera de piso. Estaba algo roja y sonreí plenamente. Giré la cabeza hacia López. Vi que tragó saliva y cómo miraba a mi mejor amiga. Estaba claro que había tema del que quema. -Me voy a trabajar. -dijo sonriente, evitando la mirada del malagueño.
-Bonita ella. -soltó cuando oyó encajar la puerta. Me eché a reír. -¿Qué me está pasando? Ay dios.
-¿Amor?
-Puede. -se encogió de hombros y continuamos con el tema.
A eso de las dos de la tarde, Pablo me dijo que debía irse, pues tenía reunión con su mánager. Lo acompañé hasta la puerta y justo cuando iba a girar el pomo, la puerta se abrió, dándole justo en la nariz al pobre chico.
-¡Ostia! -nada más decirlo, Li se tapó la boca. Los ojos se le inundaron de lágrimas. Un golpe en la nariz, es un golpe en la nariz.
-¿Por qué abres tan brusco? -le pregunté en tono de enfadada.
-Joder, lo siento. -se disculpó, apoyando su mano en el hombro izquierdo del cantante.
-Ha merecido la pena. -sonrió con los ojos llorosos. -he podido tenerte cerca sin que me grites. -Me quedé totalmente petrificada, al igual que Li. -Y he sentido tu piel en mi piel.
-¡Dale un beso, joder! -grité en mi mente. Lidia estaba sonriente mirándole. Estuve a punto de empujarla.  No hizo nada. Pablo me sonrió y chocó los cinco.
-Hora de irse. Hasta pronto. -cerró la puerta él mismo y se largó. Mi compañera de piso y yo nos quedamos mirándonos un rato. Sabía que le estaba echando la bronca telepáticamente. Bajó la cabeza y pasó a la cocina para hacer la comida.
-¿Por qué te complicas tanto? El amor es sencillo. -dije apoyándome en el marco que separaba la entradita de la cocina.
-¿Qué amor? -preguntó mientras se disponía a recogerse el pelo con la gomilla negra que siempre llevaba en la muñeca. Incliné la cara y torcí la sonrisa.
-Eres un caso. -reí.

Esa tarde había quedado con Mari para que fuésemos a una entrevista. Pasó a recogerme en su pequeño pero acogedor coche. Era un mini rojo que no pegaba nada con su estilo desaliñado de cuarentona.
-¡Hola! -exclamé ilusionada, entrando en el automóvil.
-Qué bien te veo. -sonrió. Llevaba, una vez más, aquel moño despeinado, aunque ahora se había maquillado.
-Estoy muy emocionada. -dije frotándome las manos. Estaba deseosa de hacer esa entrevista. Era una revista enfocada a la música donde las jóvenes promesas lanzaban las ideas de sus nuevos proyectos, contaban la experiencia de ser un principiante de la música y exponían sus trabajos. Era una gran oportunidad para darme a conocer un poco más y promocionar ese disco que tanto me estaba costando sacar.
Llegué con la misma sonrisa con la que entré en la redacción. Se cruzaron por delante nuestra multitud de becarios llevando cafés a sus superiores, algún que otro despistado, y un nuevo cantante al que tan solo había oído una vez en la radio, pero fue lo suficiente para reconocerlo. Observamos el reloj y vi que nos habías retrasado unos diez minutos. Aceleramos el ritmo por las escaleras, buscando a mi entrevistador.
-Bueno, más vale llegar tarde que nunca. -dijo con la respiración acelerada mi mánager.  Por fin encontramos la sala y a Patricia, la reportera encargada de mi artículo. Las preguntas fueron fáciles de responder. "¿En qué te inspiras para componer?" "¿Desde cuándo lo haces?" "¿alguna anécdota de la grabación del disco?" "¿Cuándo oiremos el single?" Pero hubo una que me hizo sonrojar y dudar en la respuesta. "¿Has vuelto a ver a tu coach?". Miré a Mari, lo cual no me iba a solucionar nada porque ella no lo sabía. Pensé que sería bueno que lo supiese, porque necesitaba a toda costa una mano consejera. Ojalá Li estuviese conmigo.
-¿Marina? -interrumpió mis pensamientos mi representante.
-¿Eh? -contesté despistada.
-Respóndele, que está esperando. -me dio un brusco empujón.
-Eh, sí. Tuve unos problemas con la producción del disco y ella misma se ha encargado de solucionarlos. Cree mucho en mí y yo se lo agradezco. -contesté. Fue lo primero que se me pasó por la cabeza. Su nombre al fin y al cabo, formaría parte de la gente que participó en el CD. Tarde o temprano lo sabrían, además, no era nada sospechoso que tuviera que callarme.
Después de la participación en la revista, me hicieron unas fotos para ella en una especie de estudio improvisado. Tan solo había dos focos y un fondo blanco.
-Tú sonríe. -me pidió el simpático fotógrafo.

A la salida, vi que Malú me había llenado de mensajes el móvil. Caminé distraída siguiendo los pasos de Mari camino al coche mientras los leía.

                             
Sonreí al leerlo. Qué mandona era.
-Oye, voy al centro, cojo el metro. Ya nos vemos. -le dije.
-¿Quieres que te lleve? -me preguntó.
-No, no te molestes.
-Bueno, pues nada. Mañana sesión de fotos para el disco. -me avisó apuntándome con el dedo índice. Duerme bien.
-Hoy día se soluciona todo con maquillaje. -reí, alzando la mano para despedirnos. Me crucé con un mogollón de personas que viajaban en el metro. Es increíble el número de desplazamientos que se producen en este tipo de ciudades. Me senté en el único asiento libre que había y pronto fui aprisionada por una multitud que me rodeaba, agarrándose a los barrotes para no caer en la frenada. Los observé. Un gran cantidad de pasajeros se acumulaban en el medio de transporte. Un señor con barba sujetaba a su, seguramente, nieto, sobre sus piernas. Al lado una señora embarazada miraba sonriente su barriga. Más a la derecha, un hombre serio, vestido con chaqueta y corbata portaba un maletín de cuero bastante bueno. Era increíble la cantidad de personas que vemos pasar por nuestra retina. Gente diferente y con vida propia.  Cada uno con su historia, cada uno con sus sueños. Me impresionaba esa idea. Puede que fuera una buena canción… Al lado mía se puso una mujer de unos cincuenta años, cuya cara no pude ver porque miraba al otro lado. Parecía cansada, arqueaba su espalda desganada apoyándose en la pared que había entre la puerta y mi asiento. Yo me bajaría en la siguiente parada, así que pensé en dejarle mi asiento. Ella lo necesitaba más que yo, sin duda alguna.
-Perdona, ¿Quiere sentarse? -le pregunté educadamente. -volteó la cabeza y mi mundo se hizo trizas… era ella. Era mi madre. Me quedé rígida, sin poder moverme ni articular palabra. Nos quedamos mirándonos asustadas sin saber cómo reaccionar. Me agarró el brazo con fuerza y se sentó en el asiento.
-Te encontré. -dijo con la voz rota.-Me alegra que seas tan buena persona… Qué guapa y qué grande estás.-susurró casi llorando. Yo también estuve a punto de hacerlo. No me explicaba que hacía en Madrid, y pareció haberme leído la mente porque al segundo dijo: he venido a la capital para buscarte… no he parado ni un segundo.
Me libré de sus garras con un giro rápido. Cada vez que veía su rostro, los recuerdos malos de mi pasado florecían en mi mente. Me dolió verla tan demacrada, pero sintiéndolo mucho, lo merecía. Yo había sufrido mucho por su culpa. Más bien por la de mi padre, ella solo se dejaba llevar por él pero era partícipe y ninguna vez se atrevió a defenderme. A dar la cara por su hija. Oí que el altavoz anunciaba mi parada y comencé a hacerme paso entre la gente, escapando de ella, que gritaba que no quería volver a perderme ahora que por fin me había encontrado. Pero mis pies eran más rápidos que sus torpes pasos. Al cruzar la puerta no detuve mi carrera buscando la salida de la estación, pero logré oír un último grito suyo.
-¡TENGO ALGO IMPORATNTE QUE CONTARTE! -aquello me indicó que volvería a hacerlo. Que volvería a encontrarme y que volvería a sentir lo que había sentido hacía apenas un minuto. Estuve a punto de girarme y gritarle: ¡NO ME INTERESA!
Llegué asfixiada a la salida del metro. Me apoyé en el semáforo que debía cruzar para encontrarme con Malú. Me eché a llorar en él. Apenas podía respirar. El corazón me iba muy deprisa.
-¿Está usted bien? -se acercó una señora mayor con un andador.
-Sí. -dije limpiándome rápidamente las lágrimas.
-Estos adolescentes… ¿te ha dejado tu novio?
-Ojalá. -solté. -y no soy ninguna adolescente. -contesté borde. El semáforo se puso en verde y crucé, esta vez a una velocidad ralentizada. Iba más despacio que la señora con andador. Metí las manos en mis bolsillos y me encogí. Saqué un gorro de la bandolera y me lo puse. Tenía las orejas heladas. Mi cara era un auténtico poema.
-Ay, que moni con ese gorrito. -dijo Malú al verme con una enorme sonrisa, pero rápidamente se borró de su rostro. Me miró triste y asustada. -¿ha pasado algo? -preguntó con la mirada entristecida y cogiéndome los brazos. Agachó su cabeza para buscar mi mirada, que apuntaba al suelo.
-Me he encontrado a mi madre en el metro… me está buscando. -me abrazó y soltó un "ains" comprensivo. Me aferré muy fuerte a su chaquetón.
-¿Prefieres que vayamos a mi casa? -me preguntó sin despegarse de mí.
-No, vamos a cenar. -le pedí. -ese era el plan.
-Ya, pero si no te encuentras bien… podemos hacer un plan B. Peli y manta. ¿te apetece?
-Ese plan no me gusta. -contesté muy borde, para arreglarlo con un: me falta abrazo en ese plan.
-Abrazo está en todos los planes que hagas conmigo. -sonrió, consiguiendo que yo también lo hiciera. Fui a besarla y no se quitó.
-Ostia, lo siento. -dije al darme cuenta de que estábamos en pleno centro de Madrid, separándome de su cuerpo.
-Bah. -dijo sacando la lengua.
-No, bah, no. -reí. -Nos han podido ver, ¿lo sabes?
-Aquí cada uno va a su rollo. -miró a su alrededor. -Seguro que si alguien lo hubiera visto, ni me hubiera reconocido. Y menos a ti, con este gorrito. -dijo bajándomelo divertidamente y tapando mis ojos con él.
-¡Eh, que me despeinas! -reí, colocándolo de nuevo. -Es de Li, se lo he cogido prestado.
-A ella le quedan mejor. -soltó. -¡No me mires así, es la verdad! Soy sincera.
-Demasiado sincera. -bufé. -pero es verdad. -tras una pausa en la que nuestras sonrisas se encontraron bajo el enorme reloj que marcaba el paso del tiempo, le dije que fuéramos a ese restaurante.
-¿Seguro? -me preguntó.
-Hombre, ya que es gratis. -sonreí. -Has dicho que invitabas tú. -me mordí la lengua y Malú aplastó mis cachetes con sus manos envueltas en unos calentitos guantes negros.
Me quedé mirando el vino de su copa. Estaba concentrada, pensando en qué podía ser aquello que tenía que contarme mi madre. No tenía ni idea. Al levantar la mirada, vi que Malú estaba apoyada en su mano mirándome muy atenta.
-Eres preciosa. -dijo.
-Demasiado sincera. -bromeé.
-¿En qué piensas? -le conté sin dudar un segundo lo que mi mente mascaba en esos minutos. Alargó su mano hasta la mía y jugó con las diez pulseras que llevaba en mi muñeca. Pulseras que nunca me quitaba.
-Pues ni idea. -ni ella ni nadie lo sabía. Siguió paseando sus dedos por mis complementos. Comenzó a desabrocharlas sin mi permiso. Quité el brazo repentinamente. -Déjamelas.
-No. -dije, tomando un sorbo.
-Vale… -mi contestación borde hizo que se echara hacia atrás, acomodándose en la espalda de su asiento.
-Lo siento. -me disculpé, volviendo a dejarle mi brazo.
-¡Jé! -sonrió. Siempre se salía con la suya… ¿Y cómo decirle que no con aquella cara qué tenía? Al deshacerse de todas las pulseras descubrió una cicatriz en mi muñeca. -Por eso no querías que te las quitase… -comprendió al fin. Yo asentí triste.
-Fue una tontería. Era una niña con muchos problemas. -dije, colocándome de nuevo las pulseras con su ayuda.
-Lo siento… no sabía que…
-No te preocupes. -sonreí. -fue hace mucho tiempo. -Terminó de anudarlas todas y se quedó agarrada a ellas. Me miró y no sabía que decir, pero no hacía falta. Su mirada lo decía todo. Sentía pena.

-Espero que tu madre te cuente lo que sea y se largue. -confesó. -Ojalá no la vuelvas a ver nunca más. 

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