domingo, 5 de octubre de 2014

T2. Capítulo 28. BÚSCAME.

Encendí la luz y fui a la nota. La leí rápidamente. El mensaje estaba escrito con un contorno grueso y con grandes trazos. Ocupaba todo el papel, casi fluorescente. Se podía ver incluso en la oscuridad. "SIGUE EL CAMINO". Me preguntaba a qué camino se refería. Parecía un eslogan religioso. De repente, la lámpara que yo misma había encendido se apagó. Aparté la vista del papel y miré a todos lados. Empecé a sentir miedo. ¿Sería una broma de Malú? Pero al principio de la escalera un reflejo atrajo mi atención. Fui agarrando las sillas, palpando las paredes para no caerme.
-¿Cariño? ¿eres tú? -pregunté al aire. ¿Dónde estaba la cámara oculta? Al llegar a mi objetivo flipé en colores. Colores los que había en la escalera. Había dibujado un camino de varios tonos con pintura de neón. De ahí la penumbra. Subí intrigada, sin dejar de mirar la magia que creaban esos pigmentos luminosos. Alcancé el segundo piso. En el último escalón había un corazón con una flecha clavada. Sonreí. Esto no podía ser verdad. Continué, y aquel misterioso recorrido acabó en la puerta del baño. La abrí y encontré la bañera llena de agua caliente, a juzgar por el vapor que provenía de ella. Un post-it, esta vez naranja, me ordenaba que me desnudase y tomase un baño. Lo hice enseguida. El agua estaba hirviendo, pero me causó relajación. La verdad es que necesitaba liberar todo el estrés. Ese día no había hecho más que preocuparme por la boda y mi trabajo. No me había dado ni un respiro. Tiempo para mí. Aquel baño me llevó casi veinte minutos. Pero la curiosidad de saber qué vendría después de eso, me condujo a salir. Con el albornoz puesto caminé hacia el pasillo. Había una nueva dirección, no muy larga. Podía ver el final del trazo. Nuestro dormitorio. Me dirigí hasta él rápidamente. Corriendo de puntillas, asomé mi cabeza por la puerta. La vi peleándose literalmente con un mechero.
-¡Te quieres encender, coño! -le decía, dándole golpes contra su mano. Me tragué una carcajada. Era tan única. Di tres golpes con mis nudillos. -¡no entres! -gritó. -¡un segundo! -me di la vuelta risueña. Me agaché y pasé un dedo por la pintura. Quedó manchado. Molaba demasiado. ¿De dónde la habría sacado? -¡¡ya!! -exclamó. Me levanté y entré despacio. La cama no era una cama, era un restaurante de estrella michelín. Me quedé asombrada. A lo ancho, varias cazuelas pequeñas y plateadas. Dos bandejas, una en frente de la otra, portaban dos copas y un plato, con sus cubiertos alrededor. Una enorme vela sin encender ocupaba el centro del  catre.
-¿Qué es todo esto? -pregunté aún sorprendida. Se levantó con esa sonrisa tan especial, y se acercó a mí.
-Pronto lo descubrirás. -susurró, matándome. Me acerqué a sus labios, pero se apartó soltando una pequeña y divertida risa. -bueno, si preguntas por la vela… el mechero me ha dejado tirada. -reí. -hora de cenar.
-¿Has hecho un curso exprés de alta cocina? -bromeé, sentándome en el lado que me indicaba. Ella se acomodó a unos palmos de mí, clavando sus ojos en los míos.
-Algo así… -titubeó. Estaba nerviosa. Levantó una de las tapaderas y corriendo la cerró. Se puso roja como un tomate. -me he equivocado. Se fue a la del otro extremo y la quitó. Me asomé. -primer plato. -sonrió. Me sirvió y comimos.
-No sabía que te gustaba tanto jugar a las cocinitas. -bromeé.
-Estás tú hoy muy graciosa… -me eché a reír. -pues mira sí, me encanta. ¿Algún problema? -puso los brazos en jarras.
-Ninguno, majestad. -dije seria.
-Te estás ganando un… -la corté.
-¿Beso?
-¡Ag! -se quejó, cerrando los puños y agitándolos. -me sacas de quicio. -le guiñé un ojo. -¡para ya! -adoraba estar con ella así. Esos momentos eran los que me hacían recordar por qué me había enamorado tanto de ella. Eran pequeñas cápsulas de felicidad que al digerir mi estómago me hacían sentir la persona más afortunada del mundo. Afortunada porque había poca gente como ella. Con ese sentido del humor, con esa capacidad de pisar fuerte, con esa manera tan peculiar de volverme loca.
Sirvió el segundo plato. Éste lo cogí con más ganas. Era pollo con salsa de almendras.
-Receta de mi abuela. -dijo al ver cómo lo saboreaba.
-Viva tu abuela. -reí.
-Viva. -contestó, alzando la copa para que brindásemos. El cristal de ambas copas chocaron, creando un sonido que silenció la estancia. Bebimos un buen sorbo.
-¿Me vas a decir ya a qué se debe esto?
-¿A qué se debe qué? -se hizo la tonta, fijando la mirada en el tenedor.
-Idiota… -murmuré, tomándome un poco de tiempo en masticar la carne. -a ese baño, a esta cena. A ese camino tan original y colorido. -se encogió de hombros, intentando ocultar su sonrisa, pero le era imposible.
-Nada, es una forma de decirte te quiero. -dijo no muy convincente.
-Sí, ya, claro.
-Que sí.
-Vale, vale. -dejé de presionarla. A lo mejor solo era una manera de disculparse y de hacerme ver que todo seguía siendo igual que siempre. 
-¿Postre? -preguntó.
-Estoy bastante llena. -reí, tocándome la barriga.
-Anda tonta, encima de que lo he preparado para ti…
-Mañana lo comemos, no te preocupes. -le prometí.
-Que no, que no. Ahora.
-¡No me cabe! -argumenté.
-Vamos, solo pruébalo. -insistió.
-No seas cansina, va. -le pedí. -no tengo ganas… voy a explotar.
-¡Me cago en ti! -se mosqueó. Abrí los ojos bruscamente. ¿Tanto le importaba?
-Bueno… venga. Pero solo un poco. -la advertí tras ceder. Dio unas palmaditas y se reincorporó. Pero esta vez no abrió la tapadera directamente, sino que puso el recipiente en mi plato. Me miró desafiante, con una sonrisa capaz de iluminar al universo entero. ¿Qué tramaba? ¿Qué postre escondía la tapa de la cazuela? Mi mente pensaba, imaginaba. ¿Una pequeña tarta? ¿un pastelito? ¿fruta? ¿chocolate o crema?
-¿Lista? -se mordió el labio. Yo asentí completamente intrigada. ¡Qué misterioso todo! La destapó con un ágil movimiento de muñeca. Me tapé la boca. No podía creerlo. Tuve un subidón de adrenalina que duró minutos. Había una mini tarta de chocolate, pero eso no era lo que tanta atención me había llamado. Para decorarla había dos alianzas incrustadas. -las llevaremos el resto de nuestra vida. -dijo con la voz temblorosa. -si aceptas casarte conmigo.
-¿Es una proposición?
-¿Quieres casarte conmigo? ¿Así te queda más claro? -rió nerviosa. -porque yo me muero de ganas. -ahora la que se había quedado sin palabras era yo. No sabía qué responderle. No sabía si creer que lo que decía su boca era verdad, o dentro de nada volveríamos a lo de la noche anterior. No sabía si confiar en ella. Sus ojos completamente brillantes esperaban una respuesta. Un sí. Decían tanto. Esos ojos hablaban por sí solos. Tenían ese don. Ese don de conquistar otras miradas. De acaparar toda la atención que quisieran. Y es que tenían un algo especial que te atraía. Te hacía mirarlos. Una fuerza sobrenatural.
Al lado de la tarta, y adaptando la forma redonda del recipiente, había una hoja muy bien doblada. La sacó, machándose la parte posterior de los dedos de chocolate. La abrió y me la ofreció. La leí en voz baja mientras sus manos arañaban mis muslos por debajo del albornoz.
"Soy una estúpida. Quizás no es la mejor forma de empezar una carta, y menos una carta tan importante, pero es la verdad. Me he comportado como una niña pequeña durante mucho tiempo. Esto es más serio de lo que pensé, pero por desgracia tienes a una novia un tanto soñadora y que se niega a ver que se hace mayor. Va siendo hora de que crezca y madure, pero sin perder esa magia, esa forma de ser. Esa infantilidad que sé que tanto te gusta. Necesito madurar en el sentido amplio de la palabra. Ya no soy la niña que se hizo cantante para perder clase… Marina, tú que eres más joven que yo me has enseñado una nueva filosofía. Me has demostrado tantas cosas... Eres una luchadora. ¿Y quién mejor que tú para ayudarme? Quiero que me acompañes a envejecer. Quiero hacerlo contigo. He cambiado. Ahora no es un juego. No te digo que  me quiero casar contigo para que sonrías, ni para verte feliz. Te lo digo porque quiero hacerlo, de verdad. Y sí por mí fuera firmaba ya de ya. No sé qué retos me tiene preparado el destino, ni qué regalos. Solo sé que quiero compartirlos contigo. Y también quiero que compartas los tuyos conmigo, por supuesto. Necesitaba demostrarte que quiero ser parte de ti, currármelo. Ganarme tu confianza de nuevo. Espero haber conseguido que veas que lo siento es verdad, y que siento mucho lo que te dije. Ya no habrá más pasos atrás. Ni más inseguridades. Te lo juro. Ahora, mi vida, estoy más convencida que nunca. Marina, cariño, ¿quieres casarte conmigo?"  

-¿No vas a decir nada? -preguntó, buscando mis ojos. Sonreí levemente. -creo que lo has dicho todo sin decir nada. -cogió uno de los anillos y me lo puso muy despacio en el dedo. -ya eres mía.  

sábado, 4 de octubre de 2014

T2. Capítulo 27. Y SI NO DAS MÁS.

-¿De verdad quieres acabar con esto? ¿de verdad? Todo ese amor que sientes. ¿Quieres derribar los castillos que pintaste y aplastar nuestro pasado? Todo lo que vivimos, cariño. -me indigné. Cabizbaja, negó con la cabeza. Acaricié su barbilla y controlé mis nervios. Busqué un poco de paciencia entre mi malhumor. -no dejaré que esto se vaya a la mierda por una tontería. -susurré en su oído. Me besó la mejilla y agarró mi mano, la cual acariciaba dulcemente su mentón.
-Yo tampoco dejaré que eso ocurra. -sonrió levemente. Me alegraba contar con eso.
-¿Me quieres? -le pregunté. Era cierto que me lo había dicho mil veces. Y mil veces la había creído.
-No he querido a nadie como te quiero a ti. -respondió sinceramente, besando con fuerza mis labios. Se abrazaron, buscándose como nunca antes lo habían hecho. -lo siento. -se disculpó mientras su sabor se alejaba lentamente del mío.
-Sé que podremos superarlo. -le dije. -si quieres, claro.
-Sí. -afirmó. Miró hacia el cielo estrellado y soltó un bufido. -soy un poco idiota. Siento que tengas que aguantar esto. -pasó su lengua por sus labios. -no te lo mereces. No te mereces a alguien como yo.
-No estoy contigo porque me merezcas o no, estamos juntas por lo que sentimos. -la corregí. -ninguna es mejor o peor que la otra. Simplemente somos dos personas, diferentes en algunas cosas, pero similares en otras. -asintió entendiendo lo que quería decirle. -no todo iba a ser de color de rosa… -suspiró, levantándose del suelo.
-Voy a intentar dormir algo que mañana salgo temprano. -me ofreció la mano. La agarré y consiguió alzarme. Nos abrazamos durante unos minutos. Sus manos se perdían por mi espalda, y su pelo por mi cara.
-Buenas noches. -le deseé, dándole un pequeño beso. -me quedaré un rato más. -dije.  No me apetecía irme a la cama aún. Solo daría vueltas sin conciliar el sueño.
Me dirigí hacia la mesa del comedor con un taco de folios y un bolígrafo azul. Me senté bajo la luz de la lámpara y comencé a reflexionar. Había sido un tanto egoísta, al menos, eso era lo que sentía en ese instante. Había puesto mucho de mí en esa idea, cuando era una idea de dos. Era un proyecto común. Por un momento pensé que era real, me había hecho entender que a ella también le hacía ilusión. Pero cada vez me daba más cuenta de que nunca había querido hacerlo. Quizá estuve demasiado ciega y no supe ver fuera de mí y de mis ilusiones. Agarré la primera hoja del montón y redacté el borrador de un comunicado. La boda se cancelaba.
La mesa estaba llena de incontables folios escritos, y otros tantos rotos. Y es que no sabía cómo hacer aquello. ¿Con qué cara se lo decía a todos los que se habían entregado tanto como yo? Mi madre, sus padres. Nuestros familiares, amigos. Lo esencial era darles las gracias por todo lo que se habían preocupado. Lo tendría en cuenta siempre.

Un empujón me desveló. Abrí los ojos con dificultad. Estaban muy pegados. Vi un foco de luz que me deslumbró. Procedía de la ventana. Ya había amanecido. La mesa seguía repleta de hojas. Oí un suspiro tras mi oreja. Besó mi pelo y confesó que había leído todos y cada uno de los papeles. Decidió sentarse en mis piernas, rodeando mi cuello.
-Te entiendo. -murmuró. -¿pero estás segura?
-Estoy harta de que dudes, Malú. Yo quiero seguridad en ti. Quiero verte creer en esto. -rompió el papel menos arrugado, o sea, el definitivo. La miré incrédula.
-Te doy el sí definitivo. Se acabaron las dudas. Estoy segura de lo que siento y quiero. De verdad. -parecía poner énfasis.
-Ya, bueno. Eso dijiste también la otra vez… -resoplé recordando su discurso en el concierto.
-Estamos hecha la una para la otra. -sonrió. -nada podrá con esto. Sabemos superarlo todo. -yo no cambié el gesto.
-Ahora soy yo la que no quiere casarse. -se le borró la sonrisa de golpe. -he perdido las ganas que tenía. -me sinceré. Mejor decirlo ahora que no plantarla ese día. Aparté sus brazos de mis hombros. Le hice entender que quería salir de allí, por lo que se levantó. Caminé hasta el cuarto de baño y me di una ducha fría. No me creía lo que acababa de decir. Aquel día me esperaban cuatro entrevistas en diferentes medios. Mi cabeza estaba completamente ida. Pensaba solo en ella. En nosotras. No iba a conseguir concentrarme en mi trabajo por mucho que lo intentase. Al salir del baño, ya no estaba. Ella también tenía un día completo, por desgracia. Me sentí basura.

-¿Y cómo se te ocurrió el nombre del single? -preguntó la reportera. Me embobé con el dobladillo de mi pantalón. Perdí la noción del tiempo mirando como la costura pasaba a lo largo de la tela. -¿Marina?
-¡Sí! -volví a la Tierra. -esto… ¿me puedes repetir la pregunta? -no era yo. No estaba en lo que tenía que estar. Eso era palpable. Mi mánager no tardó en darse cuenta de aquello, y antes de empezar la siguiente, me obligó a desahogarme. Yo no dudé en contarle todo de cabo a rabo. Mari siempre me había escuchado y aconsejado. Según ella, todo lo que me afectaba le interesaba. Estábamos muy conectadas. Cualquier cosa que pudiera influir en nuestro trabajo le incumbía.
-Dios de mi vida. -opinó al oírme. -bollodrama del bueno. -le tiré una servilleta.
-Ni gracia.
-Borde. -me calificó. -¡un poco de sentido del humor!
-No estoy yo para… -no me dejó terminar.
-¡Qué negativa eres! ¡Seguro que se soluciona!
-Tengo un malestar ahora mismo… -dije, llevándome a la boca la última patata que me quedaba.
-Pero a ver, ¿tú no querías unirte a ella y todas esas ñoñadas? -se hizo un lío.
-Quiero, pero joder, yo no veo que ella esté interesada en eso. -intenté explicarme.
-Ah, claro. Es eso. Yo juraría que sí lo está… -mojó la hamburguesa en una salsa. Qué fina era.
-¿Qué crees que debo hacer? -rogué una respuesta. -ayuda.
-No sé, todo depende de Malú.
-¿Cómo?
-Fíjate en su comportamiento a partir de ahora. -en eso tenía razón. Podría comprobar si realmente le importaba o no el casarse conmigo a través de sus actos. -va siendo hora de que nos vayamos. Vamos tarde. -miró el reloj. La imité. Volvía a estar en lo cierto. Qué sabia siempre esta mujer.
Entre que llegamos tarde y mi flojo desparpajo aquel día, la entrevista salió como un churro. Quise pedirle disculpas por aquello a la revista, y les dije abiertamente que podría repetirla si no les servía. No era un buen día para mí.
-Anda, anda. -me dio unas palmaditas en la rodilla Mari. -¿rumbo Majadahonda?
-Claro. -contesté sin mucho ánimo. Realmente no sabía con lo que me iba a encontrar. Tras una mirada entristecedora, arrancó.
-Me tienes para lo que sea, ¿vale? -aseguró. Eso me hizo sonreír. De estar siempre a sola a encontrarme con un amplio abanico de gente que me quería… sinceramente era genial. -y alegra esa puñetera cara ya. O te meto un tortazo. -solté una carcajada. Esa era mi Mari.
-Que sí, que sí.
-Y si se pone pesada tu mujer, me llamas y nos vamos esta noche de copas.
-¿Es una indirecta? -levanté las cejas.
-¡Creída! ¡Yo contigo no quiero nada! -reí. -¡que no te rías!
-¿Estás roja? -la piqué un poco más. Metió un frenazo que hizo pitar al coche que iba detrás. El cinturón pegó un tironazo, golpeándome contra el asiento. -¡tía!
-Respeta a tu representante. -dijo seria. Me dio hasta miedo.
-Lo haré… -levanté la mano en señal de promesa. Después de unos kilómetros más, llegamos al chalet. Salí del auto con algo de miedo y nervios. Muchos nervios. Tragué saliva antes de subir las escaleras. Abrí la puerta, la cerradura no estaba echada, lo que significaba que Malú ya estaba dentro.

-¡Ya estoy aquí! -grité. Estaba todo oscuro, ni una sola luz. Encendí la del salón, y vi sobre la mesa un post-it amarillo con unas grandes letras. Me acerqué con cautela. ¿Qué pondría?

lunes, 29 de septiembre de 2014

T2. Capítulo 26. LO QUE NO SABES.

No podía dormir, y no era la única. Dábamos vueltas por la cama. Cuando no era ella, era yo. Había demasiadas preguntas en el aire. Un exceso de tensión que nos inquietaba. Nos quitaba el sueño. Nos hacía pensar y pensar. Malú encendió la luz y se sentó, de forma que su espalda y cabeza quedaron apoyados en el cabezal de nuestro lecho. La observé disimuladamente. Miraba sus manos entrelazadas, acariciándose la una a la otra. Colé la mía entre las suyas, acto que desembocó en una sonrisa. Mi extremidad acaparó la atención, llevándose la mayor parte de las cosquillitas. Fue cabalgando con sus dedos, llegando hasta el codo, y volviendo a la muñeca. Una y otra vez. Me quedé completamente mermada. Atontada. Mi vista se fue nublando hasta que mis párpados me cegaron. Su piel se pegaba con la mía. Unas veces no se despegaba, y otras les dejaba un mínimo espacio. Su tatuaje se fundía en mi piel. Por un momento creí que lo había sellado en mí. Quise que nunca terminase. Que sus caricias en mi brazo fueran infinitas. Imborrables. Que no existiese el tiempo. O que todo el que existiese fuera nuestro. Y que en esa masa de tiempo indefinido no hubiera otra idea que no fuera amarnos. Amarnos sin condiciones. Sin peros. Sin dudas. Como siempre lo habíamos hecho. Entre esas cosquillas, noté que algo fallaba. Incluso con los ojos cerrados y el alma casi consumada, pude sentirlo.
-¿Qué es lo que he hecho mal…? -balbuceé.
-Tú nada. -sollozó, lo que hizo que abriera los ojos. Me temí lo que esperaba. Llanto. De nuevo llanto.
-¿Qué…? -pregunté. Soltó mi mano, cosa que no quería. Estaba demasiado bien con sus caricias. Solo quería que siguiera jugando ahí, que entrelazara sus dedos con los míos. Se giró sin parar de llorar, dándome la espalda. La abracé por detrás, intentando consolarla. -¿qué pasa, cielo? No tienes que agobiarte con esto… de verdad. Somos dos, y si tú no quieres no nos unimos. Ya está. Nada cambiará. Podemos seguir como ahora. Ya has visto lo bien que nos va. -besé su hombro con el fin de que me sintiera lo más cerca posible. -aunque nuestras madres te van a matar…
-La boda me viene grande. -dijo firme.
-¿Hay algo más? -me sobrecogí. Volteó su cuerpo hasta que nuestras pupilas pudieron mirarse. -Malú… ¿qué pasa? -tuve miedo.
-No merezco estar contigo. -soltó de repente. Sus palabras cayeron en mí como toneladas de piedra volcánica, quemando y golpeando mi cuerpo sin piedad.
-¿Qué dices…? -tartamudeé. Pero no logró aclarar mis dudas, solo incrementó su llanto ahogado. -princesa. -no sabía qué decirle ya para calmarla.
-Siento vergüenza de mí misma. -dijo con asco. Movió la cabeza de un lado a otro.
-¿Por qué dices eso? ¿por qué ahora? ¿qué ocurre? -me alteré. Siempre dejaba las cosas en el aire. Era de las pocas cosas que no me agradaban de ella. Siempre tanta intriga. En alguna de sus interminables pausas moriría. Ya lo veía. -¿me quieres decir qué pasa, o tengo que meterme en tu mente para adivinarlo? Joder. -me sofoqué. Estaba cansada.
-¿Cómo le dices a la mujer de tu vida que siente cosas por otra persona? -y justo al terminar la frase o cuchillazo, me miró. Esperaba una reacción. Quizá un grito por mi parte. Un grito que se silenció en mi interior. Se quedó revotando de pared en pared machacando todo mi ser. Noté que me fallaba mi cuerpo. En efecto, me había fallado ella. Todo lo que creía tener conmigo. Todo lo que creía ser. Y es que era mi razón de existencia. La persona que pensé que jamás me defraudaría. -Marina, lo siento. -susurró. Ni si quiera sabía a qué se refería con esa disculpa. -no lo he provocado yo. Mis emociones y sentidos se dejaron de llevar. Pero te juro que no he tenido nada, ni si quiera lo he besado.
-¿Lo?
-Sí. Es un chico. -aquello me desconcertó. A lo mejor nunca le habían gustado las mujeres y yo era una excepción. O puede que solo quisiera probar algo diferente. Cosa que me extrañaba. Habíamos vivido tantos sucesos… Éramos almas gemelas. Siempre lo había creído. Desde aquel "Bailar pegados", hasta estar junto a ella cuando se debatía entre la vida y la muerte. Lo nuestro no era cuestión de días, ni de meses. Lo nuestro era una cuestión indefinida. Un amor interminable. -pero ya te he dicho que no he llegado a nada. -dijo extinguida. Supongo que la creía… Ya no sabía ni lo que yo misma pensaba sobre todo este drama. Tenía que confiar en ella…
-¿Tanto significa? -pregunté.
-No significa nada. Solo me gusta. -murmuró.
-Lo suficiente para cancelar la boda, por lo que veo. -solté.
-Nadie ha dicho nada sobre… -la interrumpí.
-Por favor… ¡¿qué me dijiste ayer?! -alcé la voz. Hice emerger un silencio doloroso. -¿quién es?
-Un peluquero nuevo… -se rascó bajo la oreja, evitando mi mirada. En el fondo entendía que apartase la vista de mis ojos. Yo sería incapaz de contarle algo así. Asentí poniendo morritos.
-¿Qué se supone que debo hacer ahora? -pregunté. -¿me enfado…?
-Lo que tú veas… -volvió a escapar de mi mirada, que intentaba seguir la suya para ver qué sentía. Suspiré. Desde luego que ya no podía soportarlo más. Me levanté de la cama y me fui al jardín. Al menos allí el mundo parecía más bonito. Con sus estrellas alumbrando el universo, con esa luna llena que tanto iluminaba… El olor a hierba mojada, el movimiento irregular de las hojas que colgaban de los árboles… 

Dejé caer una lágrima. ¿Qué pasaría ahora? Mis últimos meses se basaron en imaginar un futuro a su lado. En preparar la boda. En hacerme millones de ilusiones. ¿Me dejaría? ¿La dejaría? ¿Nos casaríamos? El amor era tan complicado…
Perdí la noción del tiempo. Había estado bastantes minutos sentada sobre la hierba, que había empapado mis pantalones. Sin ni siquiera oír sus pasos, llegó, sentándose a mi lado. Su voz ronca me devolvió al planeta Tierra.
-Amor… -me apeló.
-Déjame. -le pedí sin llegar a mirarla.
-Entiendo que estés así. -se pegó un poco más a mí.
-Me siento traicionada. -me encogí de hombros. -me ha dolido.
-Es inevitable reprimir lo que sientes o dejas de sentir. -volví a quedarme muda. -no puedo controlar mis pensamientos. Me atrae.
-Me da igual que te atraiga. Me da igual que sientes ganas de besarle. Lo único que me importa es que dudes de la boda. Que la boda también me da igual, ¿sabes? Si no quieres pues ya está. Pero digo yo, podías haberlo decidido antes. Me hice ilusiones. Y no soy la única. Nuestra familia, Malú. -señalé mi pecho. -si no querías hacerlo, ¿por qué jugaste con todos nosotros?
-Yo también construí castillos en el aire contigo. -filosofó. -y no me arrepiento de nada. -movió sus piececillos.
-Me estás haciendo un lío. Dices que no quieres casarte, ahora que te gusta un chico, y después que no te importa tanto, que solo te atrae y terminas con un "y no me arrepiento de nada". ¿A dónde quieres llegar?
-Soy una indecisa. -suspiró.
-Tus indecisiones me hacen polvo. -resoplé.
-Perdóname. -rogó. Y vuelta al silencio de la noche. El mundo giraba mientras ninguna de las dos se atrevía a hablar. Respirábamos el mismo aire. Un aire contaminado por cientos de sentimientos. Estaba repleto.
-Te voy a hacer una pregunta. -rompí el hielo. -te pido que olvides el pasado y el presente. -asintió. Me estaba siguiendo. -imagina el futuro. Solo eso. ¿Qué ves?
-Veo… -frunció el sueño. -me veo más mayor, con más experiencia.
-¿Y a quién ves a tu lado? -sonrió.
-A ti. -se le escapó una risilla que me contagió. -a ti y a unos pequeños a nuestro alrededor. -un gusanillo atravesó mi estómago. Nos quedamos calladas, pero esta vez su frente descansaba en mi hombro. Podía sentir su respiración muy cerca.
-Entonces, ¿podrás olvidarte de ese chico?
-Sí. Ni si quiera me veo con él. -bufó. -pero me ha hecho dudar, y eso me da miedo. Marina, lo único que ha causado ese joven en mí es dolor. Porque he sentido que te traicionaba… me he sentido la peor persona del mundo. Te quiero más que a nada… -se sinceró. -recordé los días en el hospital. Tus palabras, tus canciones. Estabas allí conmigo sabiendo que probablemente nunca encontrarías una caricia de vuelta. Eso es amor. Y tú me has enseñado a amar. Pero ahora me siento vacía. -tragué saliva. -no puedo creer lo que mi mente ha pensado estos días… no puedo soportarlo. No puedo comprenderme ni a mí misma, por eso no puedo pedirte que me entiendas.

domingo, 28 de septiembre de 2014

T2. Capítulo 25. LLANTO LLORO.

El último mes antes de la boda se pasó volado. Nunca había vivido un agosto así. Lo solía tomar de vacaciones, descansando. Lo típico. Una escapada a la playa, ir al cine, disfrutar de paseos nocturnos. Pero eso formaba parte del pasado, y quedó junto a las cientos de cosas que habían cambiado. A parte de la reanudación de mi disco y lo que conllevaba, la boda no dejaba de requerir mi presencia. Los preparativos finales estaban llegando. Se podía decir que andaba ahogada. Los nervios tampoco ayudaban mucho. La idea de estar en todas partes ese día me alborotaba. No conseguía acostumbrarme a ser el centro de atención, a pesar de mi carrera. Si no era con una guitarra, prefería no serlo.
-¡¡Cómo lo vamos a cambiar todo ahora!! -oí a través de la puerta a Malú. -¡¡Mamá, es una locura!! -entré a la casa después de una firma de discos agotadora.
-¿Qué pasa aquí? -pregunté, acercándome a la familia.
-Se nos ha ocurrido algo estupendo. -dijo mi madre, invitando a que me sentara junto a ellos.
-Bueno, estupendo… -suspiró mi ya casi esposa.
-¡Lo es, no mientas! -exclamó su hermano.
-¿Y de qué se trata? -empezaba a intrigarme. Me serví un poco de comida. Había una fuente enorme de ensalada y un plato repleto de filetes cocinados a la plancha.
-Tu suegra, que quiere celebrar la boda en Algeciras. -se me abrieron los ojos. Nunca había estado allí, pero por las fotos que había visto, era un lugar precioso. -a ver, que a mí me haría ilusión porque he pasado allí casi todos mis veranos… pero es que no falta nada. Tendremos que enviar nuevas invitaciones, buscar un salón nuevo…
-Eh, relájate, para eso estamos nosotras. -mi madre apretó su hombro. Siempre lo hacía para consolar.
-Habíamos pensado en que fuera en la playa, y luego para el convite buscásemos un buen restaurante. Hay muchos por allí. -continuó José. La verdad es que era un plan precioso. Mucho mejor que casarnos en un ayuntamiento. Mi cabeza estaba idealizando el momento. Solo imaginándolo era perfecto… -¿tú qué opinas? -me quedé callada con la mirada perdida.

-Pues… no sé. -bufé. -me encanta. -confesé. -pero si eso supone cambiar muchas cosas… -hice una pausa. -solo quiero que todo salga bien. -noté que Malú me agarraba la mano por debajo de la mesa. La miré. Le regalé una sonrisa, a la que ella no respondió. Seguía seria, preocupada.
-¿Y bien? ¿Nos dais permiso? -insistió Pepi.
-Ay dios, callaros ya. -pidió mi suegro, que disfrutaba del fútbol.
-Sí, tú a tu bola. -le regañó su mujer. Reímos la escena, excepto los protagonistas.
-Yo voto por "Algeci". -levantó su mano y alzó el volumen de la televisión.
-Yo también. -lo imitó su hijo.
-Y nosotras. -se miraron nuestras madres. -pero aquí solo cuenta una palabra realmente. La vuestra. -no conocía esa vena poética de mi madre. No supimos qué responder, por lo que todos seguimos comiendo en silencio. Era cierto que si decidíamos hacerla allí en el sur, debíamos mover hilos en cuestión de horas. A penas faltaban 15 días para el enlace. Tendríamos que cancelar e iniciar muchos procesos. Además de avisar a los invitados. ¿Y si no podían ir? ¿Y si ya habían reservado hotel en Madrid? Pero estaba claro que no podíamos complacer a todo el mundo. Eran demasiadas personas las que vendrían. Lo estuvimos, al menos yo, deliberando toda la cena. No podía meterme en la cabeza de mi chica, pero tenía la certeza de que también lo estaba pensando.
-Bueno, es hora de irse. Tendréis que descansar. -opinó su madre, recogiendo la mesa.
-Quieta ahí, ya lo recogemos nosotras. -le pedí educadamente, pero me ignoró. ¿Cómo podía pedirle eso a una madre de familia? Ni siquiera pude controlar a la mía. Al final acabaron recogiendo entre las dos.
-Pensarlo bien. -nos susurraron antes de irse.
La puerta sonó al cerrarse y una nube de silencio inundó el salón de nuestro hogar.
-Se te veía bastante insegura en la comida. -dije, acomodándonos en el sofá. Se echó hacia un lado, distanciándose de mí. Me preguntaba qué pasaba por su mente ahora. Cabizbaja, abrazó sus piernas. Danka corrió hacia ella dando ladridos tímidos. Como si no quisiese molestar. Con un enorme salto, se colocó entre nosotras. Se echó sobre dueña y ésta la acarició. -cariño. -volvió su mirada hacia mí. Estaba decaída, triste. -¿qué te pasa…? -alargué mi brazo hasta acariciar su nuca. Quería contestar, movía sus labios, pero no conseguía decir nada. Solo quedó la intención de unas palabras que nunca llegué a oír.
-Amor… -tembló. Me asusté. Sus ojos se enrojecieron, y su sonrisa se invirtió. Traté de apartar a su perrita, que parecía no querer moverse del regazo de Malú. Conseguí que se bajara del sofá. Se alejó cansada, mientras yo intentaba abrazarme a María Lucía.
-No te pongas así, solo son contratiempos. -besé su pelo. Se escondió en mi hombro, rozando con sus labios mi cuello. -si no quieres, seguimos con el plan que teníamos hasta ahora. Ya está. Cero complicaciones.
-No es eso… -sollozó. Podía intuir que había algo más. Solo que no quise aceptarlo.
-¿Entonces…?
-No sé si quiero seguir adelante con la boda. -dijo de un tirón. Posteriormente, comenzó a llorar como nunca la había visto. No supe que decir, me centré en apretarla contra mí. Se me escaparon unas cuantas lágrimas. No podía creer lo que había dicho. Me sentó como un jarro de agua fría. Helada. Congelada. Enfriando cada parte de mi cuerpo por la que pasaba. Si no estaba segura de aquello, ¿por qué aceptó? Lo peor es que lo parecía cuando me dijo que sí delante de un montón de personas. ¿Es que habían cambiado sus sentimientos? ¿Qué había pasado? ¿Era yo? ¿Culpa mía? ¿Una tercera persona? Odiaba tener que pensar que algo fallaba entre nosotras. -perdóname. -volvimos al duro silencio. Un silencio que solo servía para comerme la cabeza.
-¿Qué significa ese "perdóname"? -recalqué.
-No lo sé, no lo sé. -parecía nerviosa. -no quiero que dudes sobre mis sentimientos. ¿Vale? -alzó su cuello para mirarme. -te quiero. -sonó sincero.
-No me cabe ninguna duda. -le aseguré. Dejó caer un beso en mis labios, algo frío. -pero, ¿por qué? ¿por qué esto ahora? -sujetó mi mano, y mirándola, se dispuso a darme una contestación.
-Marina, yo… te quiero. -suspiró.
-Eso ya lo has dicho antes. -busqué sus ojos, que me evitaban.
-La verdad es que no lo pensé bien cuando me pediste que me tomara un tiempo para asegurarme. Quise darte el sí por ti. Porque sabía que te hacía ilusión. Pero quizá dejé llevarme por lo que sentía por ti, y no por lo que realmente pensaba.
-¿Me estás diciendo que nunca has querido casarte conmigo realmente? -me choqué contra la realidad.
-No es eso. -achuchó sus dedos. Sentí su fuerte presión entre los huesos de mi mano. -creo que no me lo tomé muy en serio en el momento. Fue todo muy bonito. Muy idílico. Pero no me pensé en el futuro. Quise darte esa felicidad, verte ilusionada.
-¿Para ahora quitarme eso…? -dije dolida.
-No pretendía interrumpir nada, al menos no cuando anuncié frente a tu público que me casaría contigo.
-¿Y ahora sí?
-No sé lo que hago, nunca lo he sabido. -parecía asustada de sí misma. Pero más lo estaba yo.
-Jamás me esperaba algo así de ti… reina de la seguridad. -sintió que me había decepcionado. Bajó la mirada otra vez. No soportaba verla así. Me dolía mucho. Acaricié su mejilla y la levanté suavemente. -dime qué vamos a hacer. -no contestó. -prefiero frenar ahora a arrepentirnos más tarde…
-Mi madre me mataría.
-Deja de pensar en los demás. Necesito que seas egoísta y me digas qué es lo que quieres hacer. Olvídate de los invitados, de tus padres, de mí.
-Te quiero.
-Deja de decir eso. Ya sé todo lo que sientes por mí. Solo quiero saber una cosa. ¿Qué es lo que te echa para atrás?
-La idea de pertenecer a alguien para siempre.
-¿Eres tonta? -solté una carcajada. Me miró seria. No le había gustado mi risa. -tú y tu libertad.
-Sí, siempre he querido ser libre y que nada me atase. Ya lo hemos hablado.

-No vas a ser mía. Solo vas a ser una parte de mí. La misma parte que eres ahora. -expliqué. Le saqué una tímida sonrisa. -tú misma dijiste que solo era un papel. Tú misma dijiste que querías hacer esta locura, te equivocases o no…

jueves, 25 de septiembre de 2014

T2. Capítulo 24. LINDA.

Dicen que el tiempo vuela. Que en un abrir y cerrar de ojos todo cambia. Que hay que aprovecharlo. ¿Cuántos poetas y escritores dedicaron muchas de sus obras a transmitir este mensaje? ¿Cuántos? El tiempo es oro. Oro del más caro. Porque cada minutos que perdemos es irrecuperable. Y no hay nada peor que desperdiciarlos. Tenemos que saber hacer una buena gestión del tiempo. Y yo me ponía irrevocablemente nerviosa al mirar el despertador nuevo. Sí, por fin lo habíamos cambiado. En él se mostraban hasta los segundos, cosa que me alteraba. Se movían, gritándome una y otra vez que para un ser humano como yo era imposible pararlo. Detenerlo. Sin darnos apenas cuenta, la mitad del verano había pasado. Después de esas vacaciones donde Malú terminó de rehabilitarse, volvimos a Madrid, a nuestra casa. A penas faltaba un mes y medio para la boda, y cómo no, las organizadoras estaban de los nervios. Pensaba que incluso más que nosotras. Hacía unos días, cuando yo volví a volcarme en mi nuevo disco, mi futura mujer acudió a cientos de tiendas. No me quiso decir nada a cerca del vestido. O lo que quiera que llevase. Yo seguía pensando que era buenísima idea lo de llevar el vestuario de gira… El nuevo y melodioso despertador sonó. Tocaba una conocida canción de Beethoven. Lo paré, pues llevaba despierta ya un buen rato.
-Qué gusto el nuevo reloj. La mejor inversión de mi vida. -bostezó, librándose de las sábanas con los pies.
-¿Mejor inversión que yo? -pregunté, perdiéndome en su pecho.
-Sabes que no hay nada mejor que tú, pesada. -reí.
-Pero me encanta oírlo. -confesé. Hice una pedorreta en su barriga, completamente descubierta. En verano dormía desnuda. Para qué mentirme, me encantaba. Chilló. Tenía cosquillas en esa zona. Por mucho que se oponía, no dejé de hacerlo.
-¡¡QUITA!! -me empujó. Conseguí aguantar un poco más, pero su fuerza logró despegarme. Me eché a reír sin piedad a su lado. -estás graciosa esta mañana, ¿no? -observó. Yo asentí. Aunque más que graciosa, estaba feliz. Feliz con todo lo que me estaba pasando. -¿YA SON Y CUARTO? -miró el luminoso del despertador. Se alteró, levantándose de un salto. Danka se subió en el sitio que ocupaba. Puso sus patas sobre mi pecho, aplastándome. Emití un gemido. -me defiende. -rió. -tengo unas ganas horribles de empezar. -exclamó mientras peinaba su pelo frente al espejo. Yo intentaba librarme de las garras, nunca mejor dicho, de su perra. Había crecido muchísimo. Ya mismo no podría ni sacarla a pasear.
-Y yo de que empieces. -la rodeé por detrás. Depositó el peine sobre la cómoda y se giró. Mis pupilas se toparon con las suyas.
-Te arrancaba esos ojos. -dijo. Se me abrieron aún más. Qué miedo. -joder, son tan preciosos.
-Seguirán siendo así en mi cara… no hace falta que los saques… -dije temerosa. Me besó con una cara muy tierna.
-¡Llego tarde! -se separó de mí y voló prácticamente por las escaleras.
-Cariño, no son ni y media. -la avisé mientras bajaba las escaleras tranquila, no como ella.
-¡¡Es que quiero comenzar ya!! -volcó ágilmente el brick de leche en una taza, tal y como lo haría una camarera de alto rango. -no sabes cuánto echo de menos al escenario. A mi público. A mis músicos. No he hecho otra cosa en mi vida…
-Lo sé, lo sé. -asentí sonriente. Sus ojos brillaban y su sonrisa estaba más radiante esa mañana. Su hiperactividad me ponía de los nervios. Agarré sus brazos y conseguí frenarla unos segundos. -¡tranquila! -reí.
-¡Ay! -dio saltitos. Sacó la taza del microondas, y ardiendo, le dio un buche. Su grito se coló por las paredes. Recordé el momento sopa del restaurante en Francia. Sin ni siquiera quejarse, se echó un poco de leche fría para compensar. El vapor fue disminuyéndose. -¿tú qué harás hoy? ¿alguna entrevista? -negué con la cabeza. -¿aburrida todo el día? -volví a negar. -¿entonces?
-Tengo una cita. -su sonrisa se borró de golpe, cosa que me hizo estallar de risa. -con tu madre. -se calmó.
-¿Qué vais a hacer? -nos sentamos en el comedor con nuestros respectivos desayunos.
-No sé si debería contártelo. -ante un pellizco retorcido en el brazo, lo solté.
-Vamos a ir a comprar el traje para la boda. -le dije. Aplaudió entusiasmada. -también vendrán mi madre e Isa. Puede que Mari se meta, sabes cómo es. -reí.
-Y Orozco. -añadió.
-¿Orozco? -pregunté.
-Ese no se lo pierde. -aseguró. Pero yo no estaba muy convenida.
-Pero si él odia ir de compras, ¿para qué va a venir?
-Tú hazle caso a tu mujer. -me advirtió.
-Aún no lo eres… -una mirada me calló.
-Lo seré. -concluyó, dando el último sorbo a su café mañanero. -espero que vaya bien. -deseó, levantándose. -elige uno bonito. -susurró. Adoraba su forma de susurrar. La sentía tan cerca, tan dentro. Me daba la sensación de que nunca se iría. Siempre permanecería conmigo. Cada vez que murmuraba en mi oreja, el eco de su voz se extendía por mi cuerpo de la cabeza a los pies.

Me reuní a eso de las diez de la mañana con Isa, Pepi, y mi madre. No esperaba a nadie más, que yo supiese. Tenía la duda de si mi gran amigo Antonio me acompañaría en ese día tan especial. No lo sabría hasta que llegase. Al igual que Mari, que tan solo había dejado caer un "me encantaría ir".
-¡Hombre! -resultó que llegué tarde. Todos estaban ya sentados alrededor de la mesa de una de las cafeterías más famosas del centro de Madrid. Mi novia se había equivocado en el pronóstico de Orozco.
-¡Perdonad el retraso! -exclamé, sentándome al lado de mi estilista.
-¡Quita de ahí! -la voz ronca de Antonio me asustó. -¡ahí voy yo! -replicó. En cierto modo me dio coraje. ¿Por qué Malú siempre tenía razón? Pero por otro, me alegraba que estuviera ese día.
-Cariño, siéntate a este lad… -no la dejó terminar.
-¡Yo estaba ahí!
-Vamos, no seas idiota. -su mujer quitó el bolso del asiento para dejarle un hueco al cantautor. Le sonreí burlona. Me sacó la lengua. -eh, paz. -pidió.
-A que os meto dos hostias a cada uno. -amenazó mi suegra. Me incorporé rápidamente, provocando las risas.
-Bueno, a ver, hemos venido para lo que hemos venido. -Isabel sacó de su inseparable bolso, conjuntado a la ropa del día, como era de esperar, una libreta. La libreta. Mi libreta. La abrió por una página en blanco. Escribió en grandes letras "BODA". -es la primera vez que tengo que vestir a una novia. -mordió el bolígrafo.
-¿Y a ti quién te vistió, bonita? -rodeó su brazo su marido.
-Yo no cuento. -rió.
-Fue tan memorable… -se puso nostálgico. Su esposa le acarició la barba suavemente, mostrándole una enorme sonrisa. El resto, embobados contemplándoles.
-¡Vamos a ello! -se impacientó mi madre.
-¿Qué buscamos? -preguntó Isa. -¿algo moderno? Había pensado en un vestido corto verde. Irá perfecto con tus ojos.
-¡¡¡NO!!! -se levantó mi suegra, dando un golpe en la mesa. Pegamos un bote. -¡Tradicional!
-Yo voto también por eso. -levantó la mano mi progenitora. Se iba a liar muy gorda. Lo presentía. Me escondí con mis manos. Mi estilista discutía con Pepi con una serie de palabras técnicas que entraban por mi oreja derecha y salían por la izquierda.
-¿Marina? -llamó mi atención Orozco. -que tú qué opinas.
-¿Yo? Lo que digáis vosotros.
-Pero a ver, alguna idea tendrás. -aseguró Isa. -¿nunca te has idealizado casándote?
-Sí, pero nunca me he visto vestida. -me sinceré. Las peleonas emitieron un bufido. Yo, totalmente ensimismada, las miraba sin prestarles mucha atención. Mis horas de sueño habían sido escasas y comenzaron a pasarme factura. Al fin se aclararon. Habían conseguido llegar a un acuerdo. Un punto intermedio. Una solución que convenciera a las dos.
-Algo moderno sin salir de lo tradicional. -dijo mientras apuntaba en la libreta mi estilista. No podía hacerme a la idea del que sería mi vestido de novia, pues no entendía mucho a cerca de moda. Era una negada. Siempre lo había sido. Bendita Isabel.
-Vayamos a ello, Marinita. -se levantó Orozco.
-No empieces. -le advertí, alzando mi dedo índice. Él sonrió lo más amplio que pudo. Nos fuimos perdiendo y encontrando a lo largo de las anchas y transitadas calles de la capital española. -en serio. -repetí, al ver que abría la boca para decir algo.
-¡Que sí! ¡solo iba a pediros que paraseis! -nos detuvimos.
-¿Qué pasa? ¿tantas mujeres juntas te abruman? -reímos ante la gracia de Pepi. Siempre derrochando arte.
-No, no. Que me ha llamado Mari, que viene hacia aquí. Marina, lleva mandándote mensajes más de un cuarto de hora. -caí en la cuenta de que había silenciado el móvil. La esperamos en la Gran Vía durante unos cinco minutos. Exhausta, cruzó la calle a nuestro encuentro.
-¡¡MARINA!! ¿PARA QUÉ QUIERES EL TELÉFONO? -vino gritando.

Una conocida firma de trajes de novia nos había dejado a manos de una modista. Al parecer era muy alabada por el mundo del estilismo. A Isa casi le da un infarto cuando la saludó.
-¡Estás en las mejores manos! -me dijo. La modista le sonrió, y ella casi muere en el acto.
-¿Tengo que ponerme celoso? -le preguntó Antonio a mi suegra.
-Igual sí. -solté una carcajada. No pude reprimirla.

Después de pasar por tantos vestidos… tantos cambios de ropa, tantos "Marinita", tantos "quítate eso", tantos "qué cosa más horrible"… llegamos al elegido. La prenda que habíamos elegido entre todos. Y sabíamos perfectamente que era esa. Esa tenía que ser. Parecía que había sido hecho a mi medida. Me quedaba como anillo al dedo. Me resultaba indescriptible. Moderno, y sofisticado. Con ese toque tradicional que buscaban nuestras madres, pero sin olvidar la época en la que nos encontrábamos. La parte de arriba era de un tono negro transparente con flores de este mismo color que hacían una especie de zigzag hasta llegar a la cintura, donde el negro dejaba paso al blanco. Estaba segura de que era, sin duda, el traje de mi vida.

lunes, 22 de septiembre de 2014

T2. Capítulo 23. ERES EL AGUA.

Después de unas horas de camino, el GPS anunciaba la entrada al acogedor y pequeño pueblo de Burgos. La carretera parecía gritarnos "bienvenidas". Árboles y árboles decoraban nuestras vistas a los distintos bordes del camino. Una escena muy típica de película. Giré mi vista hacia ella. Miraba intrigada por la ventanilla. Invevitablemente se me formó una sonrisa.
-¿Quieres mirar a la carretera?-me dijo con risilla tímida, moviendo su melena.
-¡Todo controlado! -miré de reojo. No venía ningún coche. Puso su dedo índice en mi mandíbula y la giró para que estuviese pendiente.
-Cualquier día verás… -suspiró.
-¿Recuerdas el día del zigzag…? -me acordé.
-Cállate, cállate. -me advirtió. -que me dejaste sola de noche ahí en medio. Vergüenza te tenía que dar. Por favor, dejar a una joven indefensa…
-Bueno, joven. -bromeé. Me lanzó una mirada de odio. Casi pude ver dos llamaradas surgiendo de sus ojos. -volví en nada. -volví a la conversación.
-Claro, en nada…
-¡Serás mentirosa! No tardé ni medio minuto en regresar. ¡Además, te bajaste tú! -me justifiqué.
-¡Escogí vivir! -gritó exageradamente. No pude seguir con el rollo, me eché a reír. Ella me siguió, dándome pequeños tortazos cariñosos. Al cabo de unos minutos llegamos al lugar donde pasaríamos unos días. -¿Es aquí? -preguntó al ver que estaba aparcando. Estábamos frente a una casa muy típica del norte. Era una calle estrecha y larga. Larguísima. En ella se encontraban las viviendas de este tipo. Casi todas tenían ese tejado triangular. No eran muy grandes, pero tampoco excesivamente pequeñas. Un pequeño jardín en cada una, y un muro ante ellas de piedra. Estaba segurísima de que nuestra estancia allí sería perfecta. -pensé que nos íbamos a quedar en un hotel o algo. -dijo, bajando del coche.
-Prefiero cuidarte yo. -me sonrió. Se enganchó a mi cintura como una lapa, no me quedó otra que abrazarla por el cuello.
-Me encanta este sitio. -suspiró.
-Pero si aún no lo hemos visitado… -refuté.
-¡Es simplemente el ambiente! -exclamó, dando su punto de vista. -no ves que está todo el mundo muy tranquilo, muy a su bola. -explicó. Solo habíamos cruzado la acera y dado unos cuantos pasos. ¿Cómo conseguía ser tan rápida para todo?
La casera nos atendió siendo muy profesional, aunque se la veía nerviosa. Rondaba los cuarenta, y tenía un acento muy cerrado. El pelo cortísimo y pelirrojo, y unos ojos tan negros como el carbón. La primera impresión fue muy buena. Parecía gentil. Nos enseñó las habitaciones y el resto de estancias. Además de mostrarnos cómo se usaba determinados electrodomésticos. 
-Muy amable, gracias por todo. -la despidió mi chica.
-Ay, ¿no os importa que vengan mis hijos un día a veros? Son muy seguidores… -unió sus manos.
-¡Claro! -acepté. Qué menos. Se había portado estupendamente con nosotras. Dio las gracias como mil veces, y se marchó a su hogar. Vivía cinco casas más arriba con su familia.
-No está nada mal. -asintió mi prometida, sentándose en el rudimentario sofá. La decoración y el resto de muebles estaban obsoletos. Reí, dejándome caer en él. -se ha movido todo. -carcajeó.
-¿Tan gorda estoy? -miré mi barriga. Ella negó y me besó. -¿y este beso? -sonreí algo colorada.
-¿Ahora tiene que haber una razón para poder… -se lo pensó. -darte amor? -volví a alzar las comisuras de mis labios, esta vez mirando al suelo. Noté sus manos en mis mejillas. Las agarró y movió mis mofletes, jugando con ellos como le placía. Empezó a reírse sin sentido. Yo la miraba intrigada. Más se reía.
-Bueno… -respiré hondo. -oye, ¿damos un paseo? -propuse. Creí que era buena idea conocer el pueblo que tanta atención me había llamado.
-Guay. -aceptó.

Era tan precioso como imaginé. Había una combinación, un punto intermedio entre lo urbano y lo rústico de lo más curiosa. Había una zona más rural, más de campo, y otra moderna, con pisos en lugar de casas, con calles de alquitrán en vez de caminos de arena y piedra. Pero un paraje nos dejó completamente enamoradas del municipio. Un río bastante ancho, con un puente precioso que permitía el paso de una orilla a otra, y con unas montañas que sobresalían del pueblo. Aquello no parecía ni real. Correspondía más bien a una postal idílica. Nuestra imagen se reflejaba en el agua. Sonreímos. Éramos agua.

Tras hacernos cuantiosas fotos allí, seguimos perdiéndonos por las encantadoras calles de Miranda de Ebro.
-Estás demasiado lejos. -dijo, desde casi la otra punta del arcén. Me acerqué a ella con las manos en los bolsillos. Las miró sonriente. Sabía que al menos una de ellas acabaría fuera. -vamos… -tiró de mi codo. Consiguió que mi mano saliese y la agarró sin ni siquiera apretar. Entrelazó algunos dedos, dejando otros sueltos. Simplemente se rozaban, sin querer, sin pretender nada.
 -¿Eres feliz? -me atreví a preguntar. Frunció el ceño.
-¿Qué clase de pregunta es esa? -soltó una carcajada desairada. -pues claro que lo soy. ¿No ves la cara de mongola que tengo por tu culpa? -nuestras manos se iban cerrando a la vez, acabando nuestros dedos unidos por completo. Sigilosamente, con cuidado. Instintivamente. Inconscientemente. Como cuando el sol se adentra en el mar y se pierde hasta el día siguiente. Una fusión involuntaria. Solo que en este caso, esa unión hacía magia. La vi sonreír. -¿y tú?
-Mucho. -me limité a decir. Las palabras sobraban.
-Uno de septiembre. -dijo de repente. No sabía qué quería decir con eso. Una fecha. ¿Pero de qué? Mi rostro de duda la hizo explicarse. -nuestra boda. -abrí los ojos de golpe. -¿te parece bien? -habíamos ultimado muchos detalles, habíamos elegido los lugares, el fotógrafo, las invitaciones, pero nunca habíamos acordado la fecha exacta. Un día tan relevante como ese no era fácil de elegir.
-¿Por qué ese día y ese mes? -pregunté. Me atraía la curiosidad. Sabía que Malú no iba a escogerlo por casualidad. Me arrimé un poco más a ella. Ahora nuestros brazos se enredaban y buscaban como nuestras manos.
-Septiembre es el mes en el que empieza todo. La gente vuelve a sus hogares, vuelve a la rutina. Los pequeños se adentran de nuevo en el colegio… Es un mes para comenzar algo nuevo, ¿no crees? -se paró. Yo también lo hice. Nos pusimos frente a frente. Mi mente entendía fácilmente lo que aquella voz caída del cielo le decía. Era un día perfecto para dar ese paso. Asentí risueña. -¿te gusta? Lo sabía. -se respondió a sí misma. No dejé que articulase más palabras. Me limité a besarla, sosteniendo su cuello. -¿sabes por qué creo que eres el amor de mi vida? -en realidad me daba curiosidad saberlo.
-¿Por qué?
-Porque me enamoras cada día. -sonrió. -cada vez que me levanto es como si no te conociese. Todos y cada uno de mis despertares son diferentes. Y al acostarme, he aprendido nuevas cosas de la vida. Y de ti, por supuesto. No sé, es como si tratases de gustarme siempre.
-Siempre lo hago. -corroboré. -o al menos lo intento.
-Lo consigues, idiota. -me abrazó, reposando su cabeza en mi hombro. -estoy muy cansada. -dijo. Demasiados metros para estar recuperándose.
-Ya nos vamos. -pero antes de que diésemos un paso si quiera, un coche pitaba asomándose por la curva. Corrimos riéndonos a la acera.

-¡¡Tened cuidado!! -nos advirtió. Pero nosotras seguíamos dando carcajadas. Terminé embobada. Atontada. Su rostro bajo las luces de las farolas era más precioso si cabía. Y me quedé sin decir nada, sin moverme. Simplemente la observaba. Tantas veces había conseguido sacarme del mundo para dejar de hacer todo, para hacer nada. Para mirarla únicamente. Y entonces mi mirada se situó en una de las partes más bajas de su cara, por no decir el fin de ella. Y puede que solo fuera una recta más. Que fueran dos puntos unidos. Que fuese una simple y regular raya. Pero yo sabía que no. Era un horizonte. Un horizonte que separaba el cielo de la tierra. Esa mandíbula que al sonreír se tensaba más que las cuerdas de mi guitarra. El fin de su sensual y fino cuello. El principio de un rostro dulce, mágico, tierno. Único, inigualable, perfecto. Y siguiendo el camino encontré su oreja, sensible a mis mordiscos y besos. Y retorné y volví por donde anduve, topándome pues con su barbilla, que formaba un triángulo, un triángulo de las bermudas. Ese triángulo sin salida, sin escapatoria. Cada vez que llegaba me perdía y nunca supe cómo salir de él. ¿Que por qué? Porque yo era esclava de esa línea infinita.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

T2. Capítulo 22. TODA UNA VIDA.

A las dos semanas de despertar le dieron el tan esperado alta. Estaba ansiosa por volver a la rutina, al hogar. Aunque no era la única… Yo también lo deseaba. Ella estaba encabezonada en empezar con su nuevo disco, pero el médico le pidió un mes de reposo. Yo ya le dije que debía descansar, volver a tomar el hábito de hacer deporte, pues no sería capaz de aguantar tal ritmo si lo hacía tan de golpe. De no moverse nada, a someterse a esos conciertazos que solo ella podía ofrecer.
-Si notas cualquier molestia… -no le dejó terminar.
-¡Sí! ¡Entendido por quinta vez! -exclamó ella, con una enorme sonrisa. -¡nos vemos! ¡Espero que no sea pronto! -reímos. Incluso el médico lo hizo.

Entró rápidamente en el jardín. Danka y el resto de la tropa corrieron hacia ella dando ladridos y largas zancadas. Malú las abrazó mientras la lamían por todas partes. Se les veía tan felices. La habían echado mucho de menos. Pero mi chica no sabía lo que le esperaba tras la puerta. Fue como una loca subiendo los escalones. Por un momento pensé que se caería. Después de tantos días sin moverse sus músculos estaban engarrotados. Metió la llave a golpes, pues no atinaba a encajarla.
-¿Te echo una mano? -la adelanté.
-Yo puedo. -sonrió. Al fin consiguió abrir la puerta. Todo estaba muy oscuro. Las cortinas estaban completamente echadas. -Uy, qué oscurid…
-¡¡SORPRESA!! -saltaron por detrás de los sofás, otros se asomaron por la puerta, unos cuántos bajo la escalera. Malú tembló un segundo del propio susto. La miré sonriente.
-Te voy a matar. -murmuró. -casi me da un coma otra vez.
-¡¡Mi niña!! -la abrazó fuertemente su madre. La mayoría de sus amigos más cercanos estaban allí. Desde su amiga de la infancia, hasta Vero. Sin olvidar a sus compañeros de profesión. La banda entera estaba allí. Cantantes que habían compartido escenario con ella, y otros que ni si quiera eso, pero se habían convertido en grandes amigos. Tampoco faltaban Li y Pablo, y ese pequeño engendro que se formaba. Algunos de sus familiares que conocí en su cumpleaños también rondaban por allí. Como su prima Ainhoa, que no había cambiado en absoluto. Muchos rostros irreconocibles para mí. Quizás los había visto una vez, pero no más. José me ayudó con la lista de "invitados". Le avisé de que solo llamara unos cuantos. Los estrictamente necesarios. Pero ya lo conocía, y había pasado de mi petición.
-¡Marina! -me chillaron en el oído.
-¡Hey! -contesté, tocando mi oreja.
-¿Qué tal? -era Rubén, el director musical y pianista de Malú.
-Muy bien, ¿y tú?
-Algo preocupado. -me agarró del brazo y me alejó de la muchedumbre. -verás, me han ofrecido un puesto en una banda internacional. -lancé una interjección de sorpresa. -no, no es tan guay. No quiero dejar colgada a Malú.
-Creo que lo entenderá perfectamente. Sabes que es muy profesional. -opiné sinceramente.
-Ya lo sé, pero no quiero darle este palo ahora que se ha recuperado y empezará pronto… Es muy exigente. No elegirá a cualquier sustituto. -se cruzó de brazos.
-Bueno, supongo que su equipo se encargará de ello. -intenté ayudar, aunque no conseguí mucho.
-No puedo decir que no a esta oportunidad… pero separarme de la banda me va a costar mucho trabajo. Les he cogido mucho cariño… a ella en especial. -se abrió a mí.
-¿Dónde está mi enana? -se asomó por la puerta Isabel.
-¡¡Hey!! -saludé.
-¿Y ese saludo tan macarra? -puso cara de asco. -aparte de estilista tengo que cuidar tu…
-Este es Rubén. -la corté. -director mus…
-¡Ya nos conocemos! -exclamó él. -me alegro de verte. -me sentí un poco absurda en el contexto. Orozco asomó detrás de su mujer. Le tapó los ojos.
-Cari… eres tú. -dijo ella con una sonrisa muy tonta.
-No. -puso una voz muy rara, pero ese tono ronco lo delató. Isa rió. El cantautor le besó el moflete y con un rápido movimiento la giró para perderse en sus labios. Los adoraba. Hacían muy buena pareja. Rubén y yo nos miramos cortados.
-¿Tú también quieres? -Malú me sorprendió cruzando el césped hasta mis brazos.
-¿Si quiero qué? -me hice la tonta, a la vez que depositaba mis manos en sus caderas. Me respondió con un largo beso, interrumpido por las cientos de palmadas. Tierra trágame. Qué vergüenza. Terminé riéndome, con los mofletes más que sonrojados, y un cosquilleo fuera de lo normal en mi vientre.
-Deja de hacer eso. -le susurré. Ella pellizcó mi barriga partiéndose de risa.
-Uy, ¿y esos cachetes? -se burló. -¿te has puesto nerviosa?
-¡Cállate! -me avergoncé más aún. Se me escapó una carcajada.
-¡AY! ¡AY! -gritó Li. Corrimos hasta acercarnos. Había un charco de agua en el suelo que se alargaba por debajo de sus pies. La cara se me cambió por completo. La miré. Ella miraba asustada al suelo. De pronto, miles de carcajadas se sucedieron en torno a la escena. Incluso Lidia lo hacía. Vale. Había caído en la broma.
-¡¡No tiene gracia!! -me quejé. Mi compañera de aventuras más locas me abrazó fuertemente, con el enorme barrigón entre nuestros cuerpos.  -aparta. -dije muy seria.
-No seas mala. -dijo, riéndose. Carcajeé, devolviendo el abrazo que le había rechazado.

La vuelta de Malú, como habíamos titulado a la fiesta, se alargó hasta eso de las 9 de la noche, cuando decidí echarlos a todos. Mi chica se encontraba de lo más cansada, aunque no lo negase.

-Uf, qué cansancio. -suspiré, sentándome a su lado en el sofá después de recoger toda la suciedad que habían formado.
-Si me hubieras dejado ayudarte… -dijo. Le sonreí, abrazándola por la espalda. Se tumbó sobre mi pecho, relajando todo su cuerpo. -cabezona.
-¿Qué ha dicho el médico…?
-Sois unos plastas. -se quejó.
-Mañana nos vamos. -se sorprendió.
-¡¡Qué!! -se incorporó.
-Ven aquí. -le sonreí. Adoraba tenerla sobre mí. Pero se resistía. Se resistía a darme ese calor que hacía mejorar mis días. Ese amor que tan bien me sentaba. -va… -rogué.
-Con esa cara… ¿cómo me voy a quedar de pie? -se tumbó esta vez atrapándome contra el respaldo. Rodeando mi cuello con sus finos y débiles brazos. Me besó tiernamente, pegando su frente a la mía.
-Uy. -se me escapó una risilla.
-No empieces con los soniditos raros, eh. -me advirtió, tirando de un pelo de mi nuca.
-¡AU! -chillé.
-¿Dónde nos vamos? Dilo. -amenazó, agarrando por el extremo a otro de los centenares de cabellos.
-A… -titubeé. Subió los dedos hasta acercarse al inicio del vello. -no, no. -respiré agitadamente. -Miranda de Ebro.
-¡Guau! -exclamó.
-Ya sé que es un poco cutre. -reí. -pero es un buen lugar para que descanses.
-Sí, es muy tranquilo. -sonrió. -lo pasaremos bien.
-Claro. -le sacudí el pelo. Lo odiaba.
-¡Eh! -se quejó. -pf, qué ganas tengo ya de empezar a trabajar.
-Cualquiera que te oiga… -bromeé. Pensé entonces en Rubén… ¿Qué haría…?

Y con la ilusión de un nuevo viaje, con el único objetivo de reposar para coger fuerzas, preparamos las maletas con todo el tiempo del mundo. Al fin y al cabo teníamos toda la vida para ser felices.